CrónicaViolencia de género

¿No entiendes que mamá está muerta?

por Indira Rojas

Ilustración de Lucas García

TEMAS PD
25/11/2018

―Marlenys, ¿dónde estás?
―Camino a casa, Bárbara.
―¡Ven rápido! Vladimir entró y golpeó a mamá. Está como muerta.

Bárbara tiene 8 años y está sola en el apartamento. Su padrastro, de 39, cierra la puerta con llave y huye por las escaleras. La niña mira y toca a su madre tendida en el suelo de la sala. Martha Mosqueda no se mueve. Marlenys le dice a su hermana por el celular: “Háblale a mamá, no dejes que se duerma”. Bárbara responde que no puede hacer nada. Marlenys está a 30 kilómetros de casa, en un autobús que recorre la Avenida Boyacá en Caracas. Tardará al menos una hora en llegar a la Urbanización 27 de Febrero en Guarenas, estado Miranda. Cae la noche. Son las 6:17 de la tarde del lunes 10 de octubre de 2016.

La muchacha de 18 años llama desde el autobús a una vecina para pedirle ayuda. Habla luego con su abuela materna, la señora María Elena. Esta le recuerda que Martha presentó una denuncia contra su esposo hace apenas 9 días, por violencia psicológica y amenaza. Le aconseja a su nieta contactar al policía que firmó la medida de protección. Marlenys llama de nuevo a su hermana. Bárbara está desesperada.

―¿Tú no entiendes? ¿Tú no entiendes? ¡Termina de llegar! ¿Tú no entiendes que mamá está muerta?

Una hora antes, Bárbara y su mamá subían las escaleras de regreso a casa. Vladimir las esperaba de pie frente a la puerta del apartamento. Llevaba un morral en sus espaldas. Era la primera vez que Martha veía a su esposo tras dos meses separados.

―Abre la puerta que vamos a hablar.

Martha replicó que no era bienvenido. Cuando abrió la puerta, Vladimir la empujó hasta la sala. Le ordenó a la niña que se fuera a su cuarto. Le pidió a su esposa los papeles y las llaves del apartamento. Ella dijo que no le daría lo que pedía y él respondió con golpes. Bárbara escuchó los gritos. Corrió a mirar. La pareja forcejeaba. Vladimir sacó un cuchillo del bolso. La niña miró. Tardó en reaccionar. Fue a su cuarto para pedir auxilio desde la ventana. Nadie respondió. Entonces, la sala quedó en silencio.

*

Martha y Vladimir se conocieron en la empresa de transporte terrestre Aeroexpresos Ejecutivos. Ella era cajera, él chofer de autobús. Martha era viuda y vivía con sus dos hijas en la planta alta de la casa de la señora María Elena, en la parroquia La Vega. Marlenys tenía 13 años y su hermana era una bebé de 3 cuando la relación de su madre comenzó a enseriarse. Vladimir se mudó con ellas a La Vega. A la abuela de las niñas no le gustaba su presencia. Discutían con frecuencia y ella terminaba por correrlo de su casa. Vladimir quería comprar un lugar propio para establecer a la familia.

La pareja se casó el 5 de mayo de 2011, en el registro civil de La Vega. Esperaban que al estar unidos en matrimonio obtendrían de forma más expedita el crédito para comprar un apartamento. Un año después se mudaron a Guarenas, a 50 kilómetros de la señora María Elena.

Martha y Vladimir se casan en 2011. Ilustración de Lucas García

Vivirían allí hasta el 10 de octubre de 2016. Después del asesinato de Martha, las niñas volvieron con su abuela. Los cinco años junto a Vladimir quedarían resumidos en los testimonios que dieron a la policía, al fiscal y a las abogadas del Centro de Justicia y Paz (Cepaz). La organización, que trabaja por la defensa de los derechos humanos, tomó el caso el 11 de noviembre de 2016 para apoyar jurídicamente a la familia. Hasta entonces, ni Marlenys ni su abuela habían tenido acceso al expediente que reposaba en la Fiscalía. El caso fue procesado como femicidio.

Femicidio es una palabra nueva para el sistema judicial venezolano. Se incorporó a la Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia​ en la reforma de 2014. Para ese año, según ONU Mujeres, al menos 6 países de la región ya tipificaban el delito en sus leyes y códigos penales: Perú, Chile, El Salvador, Guatemala, México y Nicaragua. La ley venezolana define el femicidio como “la forma extrema de violencia de género, causada por odio o desprecio a su condición de mujer, que degenera en su muerte, producida tanto en el ámbito público como privado”. Ocurre en un contexto en el que la relación de poder entre hombre y mujer es desigual.

En la acusación particular contra Vladimir, preparada por Cepaz, las abogadas Jany Joplin y Magaly Godoy argumentaron:

“El femicidio habitualmente está asociado a una historia de violencia, historia a menudo desatendida por los sistemas de protección previstos para la mujer víctima de violencia, como en el presente caso, en el que no se contó con medidas de protección eficaces ni redes institucionales de apoyo que resguardaran ‘realmente’ la integridad física y la propia vida de Martha Mosqueda”.

Antes de ser asesinada, Martha ya era una víctima.

Tenía dos años casada cuando denunció a su esposo por primera vez. El 19 de marzo de 2013, se dirigió a la fiscalía número 31 de Miranda para pedir protección por violencia psicológica. Vladimir controlaba el tiempo de su esposa y la celaba de su hija mayor. Marlenys no se llevaba bien con él. Cuando el papá de la joven falleció, Martha asumió el liderazgo de la familia. Ahora Vladimir quería imponerse como la única autoridad. Un día Marlenys se fue de la casa. Discutió con Vladimir porque él no quería que su novio fuera a visitarla. Ella se quedó con sus abuelos paternos por dos meses.

El 11 de junio de 2015, Martha volvió a denunciar a su cónyuge por amenaza ante la Policía del Municipio Plaza, en Guarenas. Él dijo que la mataría. También que se suicidaría por ella. Un día, Marlenys vió cómo Vladimir empujaba a su madre contra la cama. Ella luchaba para quitárselo de encima. La adolescente intentó separarlos, pero Vladimir la empujó. Marlenys gritó: “¡Tócame para que veas!”. Más tarde, ese día, él replicó: “Tu madre es la que me grita”. Cuando terminó la pelea los esposos parecían, de nuevo, dos enamorados. La hija mayor de Martha ya tenía 17 años. No se confiaba de aquella dulzura con la que Vladimir conquistaba la atención de su mamá. Martha le había contado muchas decepciones. Descubrió relaciones secretas de Vladimir con mujeres en San Félix, Puerto Ordaz, Puerto La Cruz y Barquisimeto.

Martha denunció a su esposo tres veces. Ilustración de Lucas García

Martha pasó dos años sin empleo. Hasta que se animó a estudiar. Martha era técnico superior universitario en Administración. En febrero de 2016, a sus 37 años, inició un diplomado de Asistente Tecnológico Integral en la asociación civil Aliadas en Cadena. La organización ofrece programas de formación para mujeres de bajos recursos y en comunidades vulnerables. Martha era la mayor de su clase. También la que vivía más lejos. Debía viajar 41 kilómetros hasta la sede de la asociación en Las Acacias, Caracas. En un ensayo para la asignatura del profesor Pedro Sandoval describió cómo lloraba al dejar a Bárbara en el colegio antes de irse al curso. En otra presentación dijo que su marido era su mayor apoyo y su gran motivador. No le contó a nadie que era víctima de violencia de género. En casa, Vladimir se quejaba de los estudios de su esposa.

En abril de 2016, ella escribió en Facebook: “Nunca es tarde para aprender. (…) Esa habilidad será tuya por siempre, jamás te dejará, nunca te pedirá el divorcio y como siempre soñaste te será fiel hasta la muerte”. Martha culminó las clases y consiguió empleo en la empresa donde fue pasante. En agosto de 2016 decidió separarse de Vladimir. Él se fue de la casa. Se llevó consigo el televisor, una bombona de gas, el aire acondicionado y comida.

Tiempo después Martha le contó a su hija mayor que estaba decepcionada de ese matrimonio fallido. Estuvieron juntos por cinco años, pero ya no quería saber más de Vladimir. Lo quería lejos de su familia. El 29 de septiembre de 2016, la Policía del Estado Miranda entregó a Martha una Medida de Protección y Seguridad. Vladimir tenía prohibido acercarse al lugar de trabajo, estudio y residencia de su esposa. Se le advertía que los “actos de persecución, intimidación por cualquier medio” estaban restringidos. Por último, la medida establecía:

“Se le prohíbe al ciudadano Vladimir José Acevedo (…) de 37 años de edad las agresiones físicas, verbales y psicológicas en contra de la ciudadana Martha Elena Mosqueda de Acevedo”.

El 29 de septiembre también se tramitó una solicitud para la evaluación psicológica de Martha. El examen deja constancia del impacto de la violencia íntima en la víctima y en su calidad de vida. El informe final es una herramienta para la acusación. Los resultados deben ser remitidos a la Fiscalía con competencia en la protección de las mujeres y anexados al expediente de la denuncia. Martha fue examinada en el Instituto Nacional de la Mujer. Su esposo la mató cuatro días después.

Vladimir se va de la casa. Ilustración de Lucas García

*

Las autoridades tardaron dos años en atrapar al femicida. Él tenía familiares dentro de la policía. Las abogadas de Cepaz hablaron con el fiscal que dirigía la investigación. Llevaron fotografías del asesino. Le dijeron en varias oportunidades que trabajaba en un terminal pirata en Guarenas. Que habían encontrado causas abiertas por otros delitos. Marlenys dio la dirección de varios parientes de Vladimir. Ofrecieron información, pero no recibieron nada a cambio. Ni una pista sobre su paradero. Era como darle un mapa a una persona con los ojos cerrados. Cepaz planteó la posibilidad de llevar el caso a instancias internacionales si agotaban los procesos internos.

El caso se hizo público. El 23 de noviembre de 2016, integrantes de Aliadas en Cadena marcharon para rechazar el femicidio de su compañera. Marlenys, Bárbara y la señora María Elena estaban al frente de la caminata. También hablaron con la prensa los días que siguieron y alertaron que el femicida seguía fugitivo. Vladimir respondió con amenazas de muerte. Llamaba desde celulares distintos a su suegra e hijastras para decirles que les haría lo mismo que a Martha.

El fiscal rastreó los números telefónicos hasta dar con su propietario. Resultó ser un primo de Vladimir. Lo citaron a un interrogatorio, pero no ofreció información nueva. El femicida continuó libre. Algunos conocidos le decían a Marlenys que vendía drogas en la parroquia 23 de Enero en Caracas, otros que estaba en Agua Salud. Una tía creyó verlo en el mercado de Quinta Crespo. No estaba segura. “Yo veo a un gordo que se le parece y me da miedo y corro”.

Marlenys y su abuela intentaron denunciar a Vladimir por las amenazas telefónicas. Acudieron a una fiscalía en Caracas, pero allí se negaron a procesar la denuncia. Les dijeron que debían ir a Guarenas, donde la fiscalía número 31 llevaba el caso. Al llegar, se enteraron de que una nueva funcionaria dirigía las investigaciones. Nadie les había informado. Tomaron sus declaraciones y se fueron a casa, sin la constancia de que su denuncia había sido procesada. Días después la nueva fiscal se excusó diciendo que la impresora de la institución no tenía tóner.

Cepaz pidió ayuda a funcionarios del Ministerio Público en Caracas para acelerar la búsqueda del femicida. Al mismo tiempo, pidió medidas especiales de protección para Bárbara y Marlenys, víctimas indirectas de la expresión más grave de la violencia de género. En especial la niña, que fue testigo del crimen.  

Una de las abogadas de Cepaz que llevaba el caso estaba en una reunión cuando recibió la llamada de la fiscalía. “Doctora, tiene que venir para la audiencia de presentación del sujeto”. Atraparon a Vladimir en Táchira, el 18 de abril de 2018. Lo enviaron al estado Miranda para presentarlo ante la justicia.

El femicida es sentenciado. Ilustración de Lucas García

Llegó a la audiencia de presentación junto a su abogado. El proceso judicial apenas comenzaba, y no se podría dictar sentencia hasta la audiencia preliminar. Sin embargo, admitió el delito ese mismo día. Comenzó a gritar. “Yo lo hice, yo lo hice”.

La audiencia preliminar fue el 14 de junio de 2018. Vladimir aceptó los cargos. Fue sentenciado a 19 años y 4 meses de prisión por el femicidio agravado de su esposa, Martha Elena Mosqueda.

*

En 2016, el Ministerio Público registró 122 femicidios consumados. Adicionalmente, el organismo encontró evidencias para imputar a los asesinos en 108 casos y 50 personas fueron condenadas. Los cifras de 2017 y 2018 no han sido publicadas.

Marlenys tiene 20 años. Estudia y tiene dos empleos. Dedica su esfuerzo a su hermana menor, Bárbara.

En febrero de 2017, Aliadas en Cadena entregó a sus alumnas los certificados del diplomado de asistente tecnológico. Marlenys y su abuela recibieron el título de Martha Mosqueda.

***

En esta crónica se usó el nombre ficticio de Bárbara para proteger la identidad de la niña, hija de Martha Mosqueda.

Este texto fue escrito a partir de entrevistas y documentos del expediente del caso.


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