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Los Nacionales, luchando hasta el final

por Mari Montes

Fotografía de Elsa | Getty Images North America | AFP

31/10/2019

De nuevo lo inesperado, lo que se veía imposible, la cuesta empinada, lo que nunca se vio. Parecía que luego de ganar los tres juegos disputados en Washington, los Astros se llevarían otra vez el campeonato de la Serie Mundial.

Es cierta esa máxima que dice: “nunca un equipo se ve tan bien como cuando está ganando, ni tan mal como cuando está perdiendo”. Las tres derrotas, anotar apenas tres carreras, una por juego, mientras recibieron diecinueve, los hicieron lucir mal; desdibujados ante un rival que al contrario se mostró recuperado y ajustado. Parecía fácil ganar uno para titularse campeones en el Minute Maid Park, además contando con el apoyo de su alegre afición.

Tendrían a Justin Verlander para el sexto juego. Esta vez debía ganar, tenía que parar la mala racha en Series Mundiales. La sexta podía ser la vencida. Al menos eso era lo que deseaban los fanáticos de los Astros, confiados en esas virtudes que les hicieron obtener 106 victorias en la temporada y en que la inspiración, luego de imponerse de manera apabullante en la capital, se sostendría. Se veía cerca la posibilidad de emular a los Yankees de 1996, que luego de perder lo dos primeros, le ganaron a los Bravos de Atlanta. Si un equipo tenía todas las piezas para lograr algo así eran los “siderales”. Nunca un equipo en un Clásico de Otoño de siete desafíos había ganado todos en el parque del rival después de perder los tres en la propia casa. Era difícil pensar en que esta iba a ser la primera vez.

El béisbol, desde siempre, es un juego de sorpresas. Si algo no ha sucedido aún, tengamos por seguro, está por suceder.

Nada en el béisbol es imposible, lo único que está escrito en este juego son las reglas por las cuales se rige, de resto, por mas números y estadísticas que existan para hacer proyecciones, es en el terreno donde todo pasa. Un lanzador dominante recibe un batazo que empata o voltea la pizarra. O después de una labor impecable del abridor, el bullpen la desperdicia. El mismo equipo que ganó con amplia ventaja, al día siguiente no liga y deja demasiados corredores en base, de ahí el siempre citado dicho beisbolero “al que no hace, le hacen”.

Algunos análisis apuntaron a que los Astros perdieron el juego seis porque Verlander trabajó de más, y eso fue culpa de AJ Hinch. Otra opinión es que los Nacionales ganaron ese sexto juego porque contaron con una salida sobresaliente de Stephen Strasburg, quien trabajó con solidez casi nueve episodios completos (8.1), y Juan Soto, Anthony Rendón y Adam Eaton se combinaron para remontar y forzar el séptimo de la Serie Mundial, el que todos sueñan, el que se usa para describir a alguien que se entrega intensamente: “se faja en cada juego como si fuese el séptimo de la Serie Mundial”.

Ese séptimo juego fue muy parecido a la historia de los Nacionales durante la temporada. No eran favoritos, tuvieron que remontar y ganaron.

En los dos primeros meses dejaron récord de diecinueve y treinta y uno, se especuló sobre la posible salida de Dave Martínez, y claro, con esos resultados, estaban cabizbajos y sin ánimo.

 

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En mayo Gerardo Parra fue dejado libre por los Gigantes de San Francisco y estaba en su casa en Florida cuando recibió la llamada de los Nacionales. Su ex compañero en los D’Backs de Arizona, y ahora coach de bullpen en Washington, Henry Blanco, conversó con él cuando llegó. Le explicó que el equipo necesitaba cambiar de actitud. Para Gerardo, Henry es como un hermano mayor, un consejero,una voz que hay que escuchar.

Los juegos se ganan en el terreno, pero lo que pasa en el clubhouse es importante. Un equipo necesita también los intangibles, eso que llaman química. Ellos creen en eso, en lo valioso de sentirse bien y divertirse juntos. Al llegar, Parra se dio cuenta de que si ganaban no se celebraban las victorias, cada quien se iba a su casa, no había compenetración. Entendió lo que le había dicho Henry: “Ahí te dejo ese clubhouse, es tuyo. Tú sabes que hacer”.

Lo primero que hizo fue poner música. Todo tipo de música que animara. Así comenzó a contagiar alegría y a lograr empatía entre todos. No existía ningún problema entre ellos, tampoco diferencias, pero era necesario mejorar el ambiente y procurar una hermandad. Pronto empezaron a trabajar juntos en el gimnasio, a divertirse mientras hacían sus ejercicios de preparación. La camaradería apareció y comenzaron a llegar las victorias. Los Nats ganaron setenta y cinco de los últimos cien juegos, eso dice mucho.

“Los campeonatos se ganan desde el clubhouse”, nos dijo Parra el día antes de comenzar la Serie Mundial en Houston. Destacó que fue fácil, que solo había que encender la chispa, tal como sucedió.

“Es un trabajo de equipo. Puedo proponer cualquier cosa, pero si no nos ponemos de acuerdo no pasa nada”, nos contó el jugador que revolucionó, no solo el estadio, sino la ciudad con la famosa canción infantil Baby Shark. El tema surgió por casualidad para tomar turno. Él usaba otra melodía, pero esta canción salió dos veces seguidas de su play list y entonces decidió dejarla, sin saber el impacto que tendría, en especial en los niños, que es lo que más le contenta. El tema ahora se interpreta en todas partes, incluidas iglesias, con coro de voces blancas, instrumental y versiones diferentes. Todos bailan y hacen ese gesto de unir ambas manos en palmadas verticales. En el Nationals Park, aficionados llegan vestidos de tiburones, con gorras que tienen una aleta, pañoletas o la cara pintada. Fue de verdad un hit de Parra y la casualidad.

En los Nacionales, como dijo el manager Dave Martínez, “no hay jugadores de banca, cada quien tiene un rol”; quien destacó ese aporte fuera del terreno del jardinero zuliano que se refleja en el juego. Como decía Tony Gwynn: “el béisbol es jugar duro y divertirse”.

El séptimo juego de la Serie Mundial fue un resumen de todo lo que pasó antes y durante la temporada, remontar la adversidad y ganar.

En marzo, cuando comenzó la temporada, creo que muy pocos –y no conozco a ninguno– predijeron este final para los Nats, están en el Este con los Bravos, los Filis, los Mets y los Marljns, y menos cuando ya no contaban con Bryce Harper, quien se fue a los cuáqueros con un contrato millonario. Pero los Nats son equipo que combina veteranía y juventud, que tiene un cuerpo de abridores estelares, encabezados por Max Scherzer y Stephen Strasbrug, con Patrick Corbin y Anibal Sánchez; con un bullpen que si bien no exhibió mucha consistencia en la temporada regular, hizo el trabajo que les permitió llegar a disputar el juego de los comodines, derrotar a los Cerveceros con ese batazo inolvidable de Juan Soto al mejor cerrador de la Liga Naciona, Josh Hader; vencer a los favoritos desde que abrieron los campos de entrenamiento, Dodgers de Los Ángeles; barrer con los Cardenales de San Luis y llegar al Clásico de Otoño, de nuevo sin ser favoritos, para hacer esto que vimos, asombrosos, inesperados, pero superiores. Sacando el máximo a sus atributos y aprovechando las fisuras del rival para tomar ventaja.

“¡Jamás rendirse!”, comentó el jugador venezolano Adrián Sánchez cuando conversamos sobre la clave de este campeonato.

El experimentado lanzador Aníbal Sánchez abrazó a su compañero Max Scherzer, con quien compitió antes sin éxito en la Serie Mundial entre Detroit y San Francisco. Ambos hombres lloraron emocionados a minutos de la victoria. Al finalizar el juego, bañado de gloria, cerveza y champaña, Sánchez nos dijo desbordando alegría: «Es un sueño, especialmente como el equipo empezó. Estar aquí celebrando es la emoción mas grande que cualquier pelotero desea tener».

Si bien a Aníbal no le fue bien en el tercer juego, que terminaron perdiendo 4-1 en Washington, su trabajo en el playoff fue extraordinario, destacando el juego en el cual estuvo a dos outs de darle no hit no run a los Cardenales de San Luis. Aníbal es un lanzador cuya experiencia le permitió reinventarse. Al no tener la misma velocidad en la recta, se convirtió en un pitcher controlado que se apoya en la colocación de sus pitcheos para dominar a los contrarios.

Las veces que los Nats jugaron en Miami, y luego en esta Serie Mundial, pude ver que los dos primeros peloteros –a menos que sea el día que va a abrir– que salen al terreno de juego son Aníbal Sánchez y Henry Blanco. Salen a correr y a soltar el brazo, mientras se va incorporando el resto del cuerpo de lanzadores.

Henry Blanco dijo al equipo de El Extrabase que fue positivo que no los vieran como favoritos. Para el coach de bullpen de los Nacionales eso inspiró más a los jugadores. «Estuvimos guindando», admite cuando le referimos el récord de la primera mitad de temporada. «Creo que son cosas de Dios, los muchachos a parte de que le pusieron el corazón, hicieron el trabajo de todos los días. Trabajaron a diario y estos son los frutos».

Sobre la llegada de Gerardo Parra, decisión en la que fue clave su opinión, nos dijo: «Le damos gracias a Dios por mandarnos ese regalo, de verdad que nos cayó como anillo al dedo. Desde que jugamos juntos sé qué es lo que puede hacer dentro de un clubhouse. Y les dije a ellos ‘aquí va a pasar algo especial y va a ser por ustedes’. El clubhouse como lo pusieron era todo el mundo unido y todos éramos una sola familia».

Eso era lo que se veía por televisión, eso es lo que veíamos desde el inicio de las prácticas y ejercicios de estiramiento, en el clubhouse después de cada juego. Como destacaba Asdrúbal Cabrera: “no hay que rendirse por nada, siempre creímos en nosotros, sabíamos que podíamos voltear el juego”.

Cuando Gerardo Parra y Henry se dieron ese abrazo que hoy vemos en las redes, y el “Baby Shark” rompió en llanto, conociendo esta historia, contada por ellos, entendimos todo lo que significó y la emoción que sintieron y el agradecimiento mutuo por haber hecho lo necesario para disfrutar de la felicidad que da ser los campeones de la Serie Mundial.

Es la primera vez que los Nacionales se llevan el precioso Trofeo del Comisionado que elabora la Joyería Tiffany, una gema de 14 kilos, hecho en oro y platino. En el diseño destacan las 30 banderas de oro que representan a los equipos que conforman la organización del Béisbol de Grandes Ligas (MLB), al rededor de una pelota de béisbol plateada que simboliza el mundo y que este año adornará la vitrina de Los Nacionales.

Y como es tradición en estos casos, sonó “We are the Champions”, del grupo Queen, en el clubhouse, que era una fiesta.

Siempre guardaré la imagen. El trofeo iba de mano en mano hacia el centro del salón. Unos daban entrevistas y otros festejaban entre ellos, agitando las botellas para seguir empapando a todos, cuando se escuchó la voz de Freddy Mercury. Desde donde se encontraban, corrieron al medio y Max Scherzer levantó de nuevo la preciada joya por la que trabajaron tan duro, cantando con el alma y toda la alegría. “No hay tiempo para los perdedores porque somos los campeones del mundo”.


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