ArtesCine

Llámame por tu nombre, o cuando la belleza provoca al corazón

por Diego Arroyo Gil

18/02/2018

No creo que haya que ser homosexual para admirar y disfrutar la belleza con que el director Luca Giadagnino ha cautivado las pantallas del cine con su película Call me by your name, basada en la novela homónima del escritor André Aciman. El descubrimiento del amor, del sexo, del cuerpo, tan común a todos, es el centro de esta historia que será, sin duda, un clásico. Todos hemos sido tocados alguna vez por ese íntimo deslumbramiento que es la vida viva haciéndose presencia dentro de nosotros, y estos dos muchachos, Oliver y Elio, hacen palpable ese milagro a medida que se conocen, se involucran, se aman, todo ello con una naturalidad, con una franqueza que conjura cualquier aprehensión y cualquier prejuicio. Dos personas que se encuentran y que juntas son el eje del mundo, ¿hay algo más usual y más corriente que a la vez sea lo más inaudito y lo más extraordinario?

El argumento es sencillo: año tras año, el padre de Elio, un profesor de cultura grecorromana universitario, invita a un estudiante a trabajar con él como becario en la casa familiar, en un pueblito del norte de Italia, durante el verano. El estudiante del verano de 1983 resulta ser Oliver, un poco mayor que Elio, y ambos, poco a poco, en medio de la festiva lentitud solar que los rodea, se descubren y se enamoran. Luego pasan otras cosas, pero eso es todo. Es el argumento de una novela rosa, de la que pudo haber resultado una pacotilla –que abundan–, pero la trama es tan sugerente, está tan llena de delicadezas, de guiños, de reflejos, que la historia adquiere esa condición –solo posible en el arte– que hace que creas que te están contando algo que no se había contado nunca antes, pero que reconoces de inmediato… ¿Cómo decirlo?… Es como si algo muy antiguo y de una vigencia y un poder tremendos se manifestara en una situación de cualquier esquina y te abriera una puerta inolvidable de la existencia.

Te ha rozado un dios, podría decir el padre de Elio, el profesor de cultura grecorromana que, al darse cuenta de por lo que pasa el hijo, le comenta, sonriente, piadoso, entrañable, que lo envidia. Y menciona, claro, the pain, el sufrimiento, o sea, la levadura que echan el azar y el destino a la harina de la vida. El sufrimiento que te ayuda a crecer, la belleza que provoca al corazón. No hay tragedia en la historia, y ni una gota de melodrama o de patetismo. The pain se debe a la conciencia de que se ha atravesado una verdad, y en ese sentido el padre-profesor es capaz de ver, él que trata a diario con esa materia, el fenómeno que han encarnado, como mitología reaparecida, el hijo y el alumno.

“Call me by your name, and I’ll call you by mine”, le dice Oliver a Elio en un momento que ocupará un lugar estelar del cine. “Llámame por tu nombre, y yo te llamaré por el mío”. Y ambos se rinden a un intercambio sensual cuya riqueza consiste nada más, ni menos, en que cada uno llama al otro por su propio nombre: Oliver llama Oliver a Elio, y Elio llama Elio a Oliver. Dos almas entregadas al juego de ser una, que llegan a ser una, en efecto, en ese instante, ¿pasajero?, que se quedará grabado como un insight del que, a partir de entonces, echará mano la memoria cada vez que quiera reanimarse.

Luego he sabido que la frase remite a un episodio, una vez más, de la Antigüedad clásica. El día en que Sisygambis, reina madre de Persia, confundió a Alejandro Magno con Hefestión y lo llamó Alejandro. Sisygambis se avergonzó, temió por su vida. Persia había caído ante Roma. “No te has equivocado, madre –la tranquilizó Alejandro–, este hombre también es Alejandro”, y la perdonó. “Este hombre” era Hefestión, su amante, y con eso Alejandro quería indicar que ellos dos eran uno, un gesto que se ha leído como una muestra de amor verdaderamente imperial, un amor que conquista hasta las antípodas.

Un episodio de tal envergadura histórica, reinterpretado como se reinterpreta en Call me by your name, puesto como pan sobre la mesa en un pueblito del que no se informa siquiera cómo se llama (se dice, apenas: “En algún lugar en el norte de Italia”), recibe el botín que de suyo le corresponde: Alejandro y Hefestión son Oliver y Elio, desde luego, pero somos también tú y yo, dos desconocidos en algún lugar de España, de México, del Caribe, dos desconocidos en algún lugar anónimo que el dios ha reencontrado…

El dios, digo, pero sería igualmente preciso hablar de la diosa. Una de las escenas principales de la película, la escena con mayor carga simbólica de la trama, está dedicada a Ella, en mayúsculas. El profesor, Oliver y Elio visitan una playa donde un grupo de arqueólogos ha hecho un hallazgo. Se suben a un pequeño bote y, a metros de la orilla, un buzo trae del fondo del mar una estatua inmortal. “Es Venus”, explica el profesor. Una seña al mito clásico: la tradición nos enseña que Venus nace de las aguas. Que Venus, la belleza, emerge de la espuma del mar y es trasladada a tierra firme. En tierra firme aparecen entonces, en la pantalla, Oliver y Elio, acariciando, curiosos, el cuerpo recuperado. ¡Se enciende de nuevo el corazón! Cada vez que amamos volvemos a ser los primeros amantes de la historia.

En estos días en que el puritanismo se disfraza de justicia para pervertirla y que se aprovecha de crímenes ciertamente horrendos para emprender su asedio ciego de siglos contra la picardía, la cortesía, la belleza y el cuerpo, es un pequeño gran triunfo que se lleve al cine una historia donde un joven de 24 años se enamora y se acuesta con uno de 17 sin que nadie, todavía, se haya vestido de luto. Sin que nadie, todavía, haya acusado a Luca Giadagnino y a André Aciman de fomentar la sodomía, el acoso sexual, la pederastia, la corrupción de la pureza de la carne, etcétera. Por lo pronto, en este caso, el arte y la vida han vencido el facilismo moral, la retórica que no se detiene en matices, la condena sin juicio, el veto para siempre y la insolencia.


ARTÍCULOS MÁS RECIENTES DEL AUTOR

Suscríbete al boletín

No te pierdas la información más importante de PRODAVINCI en tu buzón de correo