Leonardo Vera: “Pareciera que los síntomas de la hiperinflación no han desaparecido”

Leonardo Vera retratado por Alfredo Lasry | RMTF

15/01/2023

Lo único cierto, en la enmarañada economía venezolana, es que la inflación va a seguir siendo alta. Se ha vuelto crónica. Registra más de dos dígitos desde 1979. Son más de 40 años con esa tosecita, con episodios de bronquitis y de neumonía amenazante, como la hiperinflación que el país experimentó entre 2017 y 2019. La segunda más larga de América Latina. 

El empobrecimiento acelerado es el resultado de esa hiperinflación: los activos (financieros y no financieros) perdieron su valor en porcentajes inimaginables. Un apartamento en Sebucán, por ejemplo, cuyo valor era de 150.000 dólares, actualmente se puede comprar por 55.000 dólares, casi un tercio de su valor. No es una ganga, sino el síntoma de una economía enferma, cuyo diagnóstico ofrece, en esta ocasión, el economista Leonardo Vera*. 

Los síntomas de lo que podría ser el regreso de un proceso hiperinflacionario, ¿Son meras especulaciones o hay elementos que nos llevan a pensar que ese proceso está en marcha?

Primero hay que aclarar algo: ningún país llega a la hiperinflación si no tiene una inflación crónica. Desde 1979, los venezolanos empezamos a convivir con una inflación de dos dígitos al año… y por muchos años. Ahí radica la amenaza para que pasemos a la hiperinflación y ese es otro animal. Pero vayamos a lo que podría ser un comienzo. La inflación es una enfermedad en el cuerpo económico de la sociedad, por eso me propuse establecer si en el campo de la medicina, digamos, había una enfermedad con la cual pudiera establecer una similitud. Encontré que podía ser la hepatitis, que tiene varias clasificaciones. La hepatitis D, que es la peor, podría plantear la opción de hacer un trasplante. Cuando le escuché decir eso a un médico, pensé inmediatamente, ¿la dolarización? ¿El trasplante de la moneda? Pareciera ser el antídoto. Y ese es uno de los síntomas de la hiperinflación. Entonces, la definiría como una realidad, en la cual el público rechaza la moneda oficial. El problema va más allá y remite a la falta de confianza en el sistema monetario. 

¿Otro animal? ¿Podría describirlo? ¿Qué elementos configuran a ese animal?

Se comporta y arroja consecuencias diferentes. Se diferencia de la inflación, propiamente dicha, porque los precios crecen rápida y desordenadamente. En la inflación, tú podías tener cierta capacidad para anticipar la variación de los precios mes a mes. En cambio, este animal destruye esa capacidad porque los precios son mucho más volátiles. Y eso genera incertidumbre. Una de las consecuencias, justamente, es que la gente termina por rechazar la moneda. Bajo una inflación de dos dígitos, como la que tuvo Venezuela durante muchos años, tú no veías un rechazo categórico a la moneda, como lo vimos entre 2017 y 2020, cuando la gente se desprendía de los bolívares, prácticamente el mismo día, en que llegaban a su cuenta bancaria. ¿Por qué? Porque si espero una semana, el poder de compra de esos bolívares no va a ser el mismo, se va a reducir sustancialmente. 

Eso habla de una consecuencia en la conducta de la gente: cambiar los bolívares por cualquier cosa que preserve el valor de sus ingresos ¿Qué otras consecuencias podría mencionar?

La tributación: los ingresos del Estado. Al subir tan rápido los precios, el recaudador está recogiendo bolívares con mucho menor poder de compra. Esto va generando una crisis fiscal. La hiperinflación no solamente te daña el ingreso, te daña el patrimonio. Te empobreces. Entonces, adviertes que trabajar con la moneda soberana, no te sirve. 

Si tienes que destinar dos meses de tus ingresos para pasar cuatro días de vacaciones, te enfrentas a una decisión casi existencial. Te lo tienes que pensar muy bien. 

Eso no tiene sentido. En economía, se supone que el retorno que te genera la actividad laboral, debería ser suficiente para que una persona pueda tener un nivel de vida mínimamente digno y satisfactorio. En Venezuela eso también quedó destruido por la hiperinflación. Corremos el riesgo de que surja nuevamente, pero no me atrevería a asegurarlo. Todavía es prematuro y habría que ver cómo se comporta la variación de precios en los próximos meses. Pero en América Latina hay casos en los que la hiperinflación ha regresado. Perú es uno de ellos. Lo cierto es que, si bajas de hiperinflación a inflación crónica, y te quedas allí, el riesgo de que regrese la hiperinflación siempre va estar presente. Y eso es lo que nos ha pasado. Venezuela es el país de América Latina con la inflación más alta. 

¿Estamos viendo los primeros rasgos de la hiperinflación? ¿Cómo se manifiestan en Venezuela?

Uno es la inestabilidad cambiaria. La hemos visto en las últimas seis semanas. Y lo digo, porque la gente está tratando de salir de los bolívares a como dé lugar, buscando cualquier activo, financiero o no financiero. Lo vemos, además, en esa sensación de que estás perdiendo poder de compra a una velocidad abismal. No puedes proteger el ingreso y fácilmente cruzas el umbral de la pobreza. Es uno de los resultados que arrojó la hiperinflación de 2017. 

¿Eso es lo que explica que la pobreza en Venezuela sea del 80 por ciento?

Sí. Exactamente. No hay nada que lastime más que una macroeconomía mal hecha. Puedes tener los mejores programas sociales del mundo, pero si llevas a un país a la hiperinflación destruyes con los pies lo que hiciste con las manos. 

La pobreza se vuelve estructural

Una pobreza estructural y aberrante. El tamaño de la economía venezolana es 20 o 25 por ciento de lo que era en 2012 y, en este momento, el país no tiene la capacidad de generar riqueza, no digamos como la que tuvimos antes, sino la que teníamos, precisamente, en 2012. Quienes pudieron recuperarse en los dos últimos años, en los que hubo una inflación alta, pero no hiperinflación, corren el riesgo de volver a pasar el umbral de la pobreza, por la velocidad a la que están cambiando los precios. 

Regresamos no sólo a la hiperinflación, sino al sálvese quien pueda.

Tiene lógica que individualmente trates de protegerte, pero desde el punto de vista colectivo es una conducta ruinosa, porque si la persona que me vende Internet aumenta el 20 por ciento, yo voy a aplicar un aumento similar cuando haga una consultoría. Se produce una reacción en cadena, que refleja la necesidad que tiene el público de protegerse frente a un aumento de los costos, que lo afecta de inmediato.  

¿Quiénes quedan destruidos en esa reacción en cadena?

Todos. Al final, la conducta individual te da un resultado colectivo ruinoso. Entonces, esa conducta individual es típica en la hiperinflación. Si hay desconfianza en la moneda, si hay inestabilidad cambiaria, si hay una conducta defensiva individual, pareciera que los síntomas de la hiperinflación no han desaparecido en Venezuela y, por lo tanto, puede volver a los números, donde técnicamente algunos economistas hablan de hiperinflación (incremento de los precios de 50 por ciento, mes a mes, durante ocho meses consecutivos).

Frente a los síntomas que estamos viendo y a la “pedagogía” que nos enseñó el año 2017, estamos viendo esa conducta individual casi de forma instantánea. 

Tú necesitas quebrar esa conducta y eso, en economía, se logra con lo que hemos llamado coordinación. Necesitas cambiar las expectativas y que la gente resetee y compre un sistema monetario diferente, que sea más estable. 

Algo de estabilidad vimos en 2022.

Sí, mi hipótesis es que la economía se dolarizó de tal manera que la cantidad de bolívares en circulación era tan pequeña, que ya no podías generar un ataque cambiario. Entonces, con una pequeña inyección de dólares que hacía el BCV, los mercados se tranquilizaban. Eso se llama desmonetización. El dominio del dólar fue el que acabó con la hiperinflación. Pero no diría que el gobierno de Maduro se desentendió de la inflación. A mí juicio aplicó una estrategia que no era la correcta, y lo digo por los costos sociales que vimos. La estrategia del gobierno tiene tres pilares. Uno, el encaje legal –que de 100 por ciento pasó a 70 por ciento, sigue siendo el más alto del mundo; eso acabó con el mercado de crédito en Venezuela-. Dos. La decisión de anclar el tipo de cambio –a un nivel muy bajo y la percepción de la gente es que podías comprar dólares muy baratos-. Tres. Represión salarial. No hay ajustes de salarios desde marzo del año pasado. Jesús Farías (economista del gobierno) lo dijo claramente: si seguimos aumentando los salarios, vamos a tener más inflación. Pero el problema, a mi juicio, no es si hay o no bolívares en la calle, sino la falta de confianza en la moneda oficial. 

El único oferente de dólares en el mercado es el Estado, con inyecciones que varían entre 20 y 30 millones de dólares. Para la economía de un país, no es nada. 

El mercado cambiario, por su estructura, es disfuncional. Ningún mercado cambiario trabaja bien, si no tienes una reserva robusta y líquida. Venezuela se comió sus reservas líquidas hace mucho tiempo. El gobierno de Maduro, a partir de 2013, pagaba deuda externa, cinco o seis mil millones de dólares todos los años, mientras la sociedad se tragaba el control de cambio. El resultado fue la tremenda escasez que vimos en 2017. Si lo piensas hacia atrás, esa estrategia es diabólica. 

Pero hubo una respuesta. La economía se dolarizó. 

No es algo que se haya hecho de forma voluntaria. En realidad, fue la sociedad la que impuso la dolarización, justamente, para protegerse de estas inflaciones súper altas. Diría, más bien, que el gobierno ha intentado hacer lo contrario: desdolarizar la economía y, de hecho, con un éxito parcial. Las estadísticas que he visto, en el último año, demuestran que ha habido más circulación de bolívares que circulación de dólares en la masa monetaria. Cuando preguntas a qué obedece esa tendencia: la gente involucrada en la actividad comercial y la mayoría de los analistas advierten que se debe el impuesto que se aplica a las grandes transacciones financieras. Es una medida que busca, obviamente, recaudar, pero también desdolarizar la economía. Diría que es una política medio esquizofrénica, por un lado, te quieres protegerte de la inflación y por el otro no quieres dolarizarte. 

Entonces, ¿En qué quedamos?

Tenemos que aceptar que en una economía con tal desorden monetario es el público el que va a decidir qué moneda quiere portar. Y tú, con buenas políticas, pudieras ir orientando o ir conduciendo el proceso, pero no es algo inmediato, tienes que mostrar reputación, tienes que mostrar credibilidad, para que la gente vuelva a confiar en el bolívar.

¿Cuál es su hipótesis? ¿Vamos a regresar a una hiperinflación?

Lo que vimos en noviembre y diciembre pudiera ser un episodio, pero si la inestabilidad se prolonga, vamos a ir a una hiperinflación nuevamente, porque como te dije: los países con una inflación crónica, inevitablemente, desembocan en una hiperinflación. 

¿Estamos ante una amenaza real?

Sin duda. Pudiera ser que no regresemos a los niveles de 2017, 2018, 2019, sino a unos niveles más bajos. Pero eso va a depender mucho de factores que son impredecibles en el año 2023. No sabemos, por ejemplo, si el gobierno va a tener más recursos para gastar. No sabemos si la inestabilidad del mercado cambiario va a seguir. Lo único cierto aquí es que Venezuela va a seguir siendo un país con inflación alta, entre otras cosas, porque no se percibe una respuesta de políticas robustas, que restituyan la confianza en el sistema monetario. 

En buena medida, seguimos siendo una economía petrolera. Por las circunstancias que estamos viviendo: la guerra en Ucrania y las medidas para incorporar a Venezuela al mercado petrolero, ¿No abre una perspectiva más favorable para los ingresos del Estado? ¿Pudiera ser algo sostenible?

No lo veo como algo inmediato. La recuperación de la actividad petrolera, en el caso venezolano, va a ser bastante lenta. Incluso, creo que la licencia que le permite operar a Chevron ha sido sobrevendida. 

Hay un gerente de esa empresa manejando el negocio…

La pregunta sería ¿Qué tanto puede recuperarse la producción petrolera en los próximos años? No soy experto petrolero, pero pregunto y lo que me dicen es 100 mil o 150 mil barriles diarios. No es mucho, ¿verdad? Pero además le ingresa a una industria que tiene deudas, compromisos y grandes necesidades de inversión. Entonces, no es dinero que va directo al canal de gastos del Estado venezolano. Ha sido una apertura tímida, tendríamos que ver una apertura magistral y extraordinaria para que ese panorama cambie significativamente y eso no lo estamos viendo.

¿Cuál sería el paso inmediato? ¿Disciplinar, ordenar, coordinar, las variables macroeconómicas? 

A mí no me gusta utilizar la palabra disciplinar, porque no creo que el problema de Venezuela sea de disciplina del gasto o disciplina fiscal. El sector público venezolano no está gastando, por la sencilla razón de que sus recursos han menguado sensiblemente. El sistema tributario doméstico quedó destruido con la hiperinflación: lo que recaudabas por IVA o el ISLR, que casi desapareció, es muy poco. Ordenar sí es una acción que se ajusta a los desafíos que enfrentamos. Tendrías que buscar un financiamiento diferente al que tienes y ese financiamiento tiene que provenir, lo hemos dicho muchos economistas, de la asistencia financiera internacional. No puedes restringir el crédito a las empresas y las personas mediante la aplicación de un encaje del 70 por ciento a la banca, porque castigar a la banca es castigar al ciudadano y, al mismo tiempo, el gobierno no se castiga así mismo, sigue emitiendo bolívares para mantener empresas públicas quebradas. Si ves el mercado cambiario es disfuncional, no puede haber un solo oferente (el Banco Central de Venezuela), tienes que crear incentivos para que los privados vendan dólares. Y eso es parte de lo que hay que ordenar.

*Economista de la Universidad Central de Venezuela. Master en Economía en Roosevelt University (Chicago), Phd en Economía en University of East Londo (Inglaterra). Profesor titular de la UCV. Miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas. Experto en Macroeconomía y Desarrollo, Teoría Económica Post Keynesiana y Políticas Públicas para el Desarrollo. Consultor de organizaciones públicas y privadas.


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