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Domingos de ficción

La vieja y la rata

por Carolina Lozada

22/09/2019

Fotografía de .craig | Flickr

La vieja volvió a usar la fundita del té porque en esa casa nada se desperdiciaba y el frío estaba particularmente penetrante esa mañana. Las piernas las tenía abrigadas con unas gruesas y ahuecadas medias de lana, un pañuelo le cubría la cabeza. Un Sagrado Corazón de Jesús sobre la puerta protegía la casa. Al marido, si existió, ya nadie lo recuerda. Todos coinciden en señalar que ella siempre fue vieja y sola, una mujer de muy malas pulgas y poco trato. Para tener nietos se necesitan hijos, y ella nunca los tuvo. Las mascotas por lo general estuvieron descartadas, pero últimamente le gustaba charlar con una rata, un roedor que se asomaba a la cocina cuando ella preparaba sopa de papas con restos de carne, ingredientes picados en tamaños muy pequeños porque los pocos dientes que le quedaban apenas podían masticar.

Todos los días salía a su huerto, a ver de su cosecha. Algunos niños le jugaban trastadas como mordisquearle las manzanas del árbol y dejarle arrumado el montoncito de huesos. Ella estaba harta de reclamarles a los padres y de que estos no hicieran nada para evitar el vandalismo de sus pequeños. Un día decidió talar su único árbol frutal, era eso o echarle veneno a las manzanas, y esto último era complicado; así que le sacó filo al hacha que siempre había estado en la familia. Ella misma se encargó de talar el árbol, esa noche no durmió bien debido al dolor en los brazos, fue demasiado esfuerzo para ese cuerpo cargado de años. La vieja pasó la noche poniéndose pañitos de agua tibia con sal, un agua calentada en la chimenea, cuyo humo salía a confundirse con el resto de la noche nebulosa de ese pueblo triste y frío.

Esa mañana mientras esperaba que hirviera el agua para el té, miraba por la ventana justo hacia el lugar donde una vez estuvo el manzano y maldijo varias veces a esos truhanes, a esos cuervos de dos patas llamados niños. La rata la oía vociferar no solo contra sus odiados niños sino contra todos, no había ser vivo que escapara de sus imprecaciones, hasta tú, maldita rata compañía. El sonido de la tetera la sacó de su reconcomio y se dispuso a servirse el té junto a unos trozos de pan, era esta su costumbre diaria para sentarse a revisar las cuentas de sus vecinos deudores; mientras tanto la rata esperaba bajo la mesa la migas que se dignaran en caer.

Algunos vecinos le debían dinero, otros víveres o enseres. La vieja al sacar cuentas exclamaba el nombre de los morosos en voz alta y los acompañaba con motes burlones y comentarios afilados respecto a la vida de esos desgraciados sujetos. La rata ensimismada movía sus bigotes y de vez en cuando rozaba con la cola los pies hinchados de la mujer, las extremidades metidas dentro de unas pantuflas afelpadas.

Esa mañana no iba a escampar y la vieja lo sabía, de igual modo tenía que salir a cobrar; la inútil Irina le debía los intereses por el préstamo del par de medias de nailon para la primera comunión de su nieta. La vieja rezongando con una rata a sus pies, el movimiento de las agujas de un antiguo reloj de pared, el agua cayendo sobre los trastos acumulados del otro lado de la ventana de la cocina cerraban el cuadro del monótono paisaje. Afuera no se veía ni un alma, tampoco ningún demonio dispuesto a comprarla.

La solitaria mujer sorbía de manera ruidosa el té aguado que se sirvió cuando un extraño sonido atrajo su atención. Lo que escuchó fue el rechinar de una puerta al ser empujada. Poco pudo hacer la vieja, un hacha sobre la cabeza es un hachazo; lección poética para los estudiantes piojosos y trasquilados de la escuelita rural de esa comunidad olvidada por Dios y por los geógrafos. Los pasos cortos y torpes de la anciana apenas le permitieron aproximarse a la puerta, pero ya el muchacho había entrado y la había cerrado detrás de sí. Una maldición con voz rabiosa e impactada acompañó el acto de transición entre la mano con el hacha familiar en alto y el precipitado descenso hacia la cabeza coronada con un apolillado pañuelo de pequeñas mariposas azules.

Por intuición genética la rata estaba a buen resguardo, desde su rincón pudo ver las botas negras y escarapeladas en sus puntas que estuvieron dando vueltas por la casa. Pero era rata, no podía atestiguar en caso de un juicio, tampoco dar cuenta de si algo faltaba en esa casa. De igual modo fue muy precavida y no salió de su escondite hasta que el sonido del reloj y de la lluvia sobre los cacharros del patio fue el único ruido familiar a su oído.

La sangre ya había hecho mapa en el piso; un mapa más bien largo y poco ramificado hacia sus costados. El roedor se encharcó las paticas al recorrer la geografía que lo llevaba al destino de un cuerpo herido, mutilado, muerto. La rata se paró sobre la cara, el rostro que acababa de emprender el inevitable viaje al polvo con una mueca de odio y espanto. La rata se detuvo con sus bigotes y paticas nerviosas sobre la boca y comenzó a rumiar.

Afuera la lluvia documentaba su insistente constancia.


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