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La mirada de Igor Barreto

por Milagros Socorro

14/07/2019

Igor Barreto retratado por Lisbeth Salas | Archivo de Fotografía Urbana

Este retrato del poeta Igor Barreto (San Fernando de Apure, 1952) fue hecho en Caracas por Lisbeth Salas, quien le agregó un marco blanco donde escribió con su propia caligrafía el nombre del fotografiado.

Para ese momento, año 2008, Barreto había escrito unos diez libros de poesía que, en 2014, la editorial española Pre-textos reunió para componer un volumen de más de 500 páginas con el título de El campo/ El ascensor. Y después de eso, ha seguido publicando libros y revistas bajo su coordinación.

–Dígame, por favor, su lugar y fecha de nacimiento.

–Nací en la ciudad de San Fernando, un lunes 26 de mayo, de luna llena, en el Hospital Acosta Ortiz, a las 10 de la noche. Ahora, cuando paso bordeando las paredes del hospital después de tantos años, pongo mi mano contra el friso y rozo la pared hasta doblar la esquina, siempre por la misma acera. Al final me miro la palma manchada con pintura de cal, azul y blanca, y guardo aquel polvo dentro del bolsillo como un amuleto secreto (sólo para mí).

–¿Cómo era el ambiente de su infancia?

–Crecí en una casa colonial un poco desvencijada, pero que era un internado con 72 internas, todas hijas de pequeños hacendados que les confiaban a mis santas tías abuelas, el cuido y la educación de sus hijas. Recuerdo que había una campana para llamar a comer y unos largos mesones cubiertos con un mantel de hule con flores rojas y frutos azules. En Semana Santa la casa se animaba, no solo por la celebración de la Pascua de Resurrección y la suspensión del ayuno de carne, sino también porque mis tías solían comprar unas enormes tortugas del Orinoco que mantenían encerradas en uno de los baños situados a un costado del patio central, hasta la llegada de su muerte y conversión en guiso.

–Tortugas.

–Sí, de más de un metro de caparazón. Como las tenían cautivas en el baño, solía bañarme con aquellas enormes criaturas. Me encantaba. Prendía la regadera y me montaba desnudo sobre la tortuga con mis juguetes y aquel animal me paseaba por el baño atravesando juntos la cascada de la regadera. Yo era feliz. Imaginé que la muerte debía tener un dibujo parecido a lo vivido.

–¿Cómo era el lugar?

–Desde el portón de la casa se podía mirar el río Apure, y en la esquina, el bar de las Villanueva. Junto al bar había un enorme samán sembrado por mi tatarabuelo. Apoyándome en los enormes nudos del tronco, subía a una gran horqueta donde el samán desplegaba sus gruesas ramas y allí me sentaba cada tarde a escuchar los boleros que salían del bar de las Villanueva. Yo no era venezolano entonces, el río era tan ancho que me resultaba difícil imaginar un país más allá de sus aguas. Simplemente eso no era posible. Con los años me hice venezolano hasta el sol de hoy. Descubrí el mundo, tardíamente, cuando finalicé el bachillerato en Maracay. Esa ciudad tenía más samanes que San Fernando, pero en lugar de ríos era atravesada por plateadas autopistas, y algunos edificios de más de siete pisos de altura. Allí se me ocurrió irme del país.

–¿Cómo se produjo ese viaje?

–Mi madre se angustió mucho, pero sabía que había tomado una determinación. Solía entonces viajar a Caracas y visitar todas las embajadas y pedir sin ton ni son que me concedieran una beca. José Vicente Abreu, el escritor de las atrocidades de la dictadura de Pérez Jiménez, me recomendó que fuera a la sede del Partido Comunista y hablara con Gallegos Mancera, que él me daría la mano y me ayudaría. Lo que en realidad ocurrió es que Gallegos Mancera me extendió la ficha de inscripción del Partido Comunista, y yo le dije que no, que yo no era comunista. Yo leía por ese entonces a Marcuse y especialmente a Camus, y me gustaba la música heavy-metal. Un día, en la Casa de la Cultura de Maracay, conocí al Agregado Cultural de la Embajada de Rumanía y no entiendo por qué se le salió la preocupación de la primera visita de Ceausescu a Venezuela y su necesidad de hacer algunas actividades culturales en el sur del país. Olfateé de inmediato en aquel lamento la posibilidad de solicitar una beca, y así ocurrió. Me encargué de realizar aquellas actividades del funcionario, él entregó su informe y transcurrieron para mí seis años de estudiante en Bucarest. Al regresar a mi casa natal en San Fernando mis tías ya ancianas me preguntaban, por lo menos tres veces al día: Hijo, y qué fue lo que estudiaste en Rumanía. Teatrología y Filmología, tía Esther, o tía Ana, o tía Josefina. Ah caramba, qué difícil debió ser para ti estudiar esas cosas. Así había sido.

–¿Qué es la mirada? 

–No podría hablar sino de lo que pienso, desde mi experiencia individual, como persona marcada por el hacer poético y la cercanía de amigos fotógrafos. Sobre todo, ante un concepto como este, tan frecuentado por pensadores contemporáneos. Para mí, la mirada es un momento de coincidencia compleja, donde descubrimos un hilo secreto entre las cosas, una posible relación con «algo» distante o extraño, una conexión cósmica, tal vez, una revelación. Mi experiencia me ha llevado a valorar las relaciones que puedo establecer en el paisaje mundano. Pienso que el crecimiento espiritual ocurre con mayor plenitud en ese esfuerzo de conocimiento de lo que nos rodea o de lo que podemos evocar siempre con una actitud relacionante que tiene como intención incorporar, «implicar», el mayor número de información posible. Así, un poema es un acto de implicación del mundo y una mirada, en su sentido de mayor plenitud, también lo es. Se crece implicando, relacionando lo que se encuentra en ese plano de mundanidad horizontal. Cada vez creo menos en el crecimiento espiritual que obedece a los dictados de la elevación, de lo vertical: «Dios anda entre pucheros» creo recordar. La verticalidad del crecimiento interior exige un esfuerzo de contención de lo humano y conduce siempre a una disciplina que mutila la experiencia mundana. Eso no me interesa. Ya leí un buen número de santos. Ya los miré. Ahora me gusta consultar el diccionario ideológico de la lengua de Casares y maravillarme ante una ristra de palabras, de objetos que se relacionan con una aparente gratuidad, con espontaneidad encantadora. En una «mirada» intensamente mundana, el mundo se vuelca sobre sí mismo, con las distintas relaciones que podemos hacer o descubrir. En ese momento, es como si nos colocáramos una camisa sobre otra camisa, sobre otra camisa. El hombre es capaz de fundar el caos con sus torceduras y descalabros, con sus sesgamientos y tropiezos. Quisiera pensar en estas cosas como una cualidad que me conducirá a inéditas asociaciones, y a un deseo de celebrar este paso y este viaje por la vida, con gran placer. «Los ojos son niños» me dijo un amigo en Jerez de la Frontera, un hombre flamenco de muchos años. Él quería  hablarme de esa libertad oculta en nuestros ojos para mirar. Me señaló esa puerta de lo que llamo «implicación». Esa de la que he hablado, y que tiene razones y sinrazones que definen mi manera de ver al mundo.

–¿Solo el ojo mira?

–Siempre que hablo del «mirar» me refiero a algo que nombra el más allá, lo que tiene trascendencia. Es una actitud ante el mundo, donde convergen nuestros sentidos, nuestras cualidades conscientes e inconscientes. En cierta ocasión, andando por un camino en los desiertos del sur (otros lo llaman «el llano»), me detuve frente a una pequeña laguna sobrevolada por muchas gaviotas, lo que llamó mi atención y me hizo preguntarle a un lugareño que pasaba: ¿Cómo se llama esta laguna? Y este respondió: Las Gaviotas. Qué pena, se trataba de algo tan evidente, cómo pude ver sin establecer esa relación tan precisa, tan visual.  Una relación que había convertido un accidente geográfico en un «lugar». Esas gaviotas, quién sabe por qué razón, habían elegido esta laguna para sobrevolarla. La denominación tenía la cualidad de ser completamente poética e implicaba una relación entre dos objetos de naturaleza distinta: los pájaros y el lagunazo. En el nombre Las Gaviotas, el simple significante era rebasado por un significado humano más complejo. Sin duda que la mirada que condujo a ese nombre no provenía de una actitud, de una mirada desprevenida.

–¿Qué mediación hace la cámara fotográfica entre el ojo y lo mirado?

–La cámara aporta unas convenciones, como el rectángulo académico y sus derivaciones formales, que conforman la teoría clásica de la imagen. Que no pienso enumerar. Pero quisiera resaltar algo que es imprescindible para que exista una dimensión estética y un conocimiento muy particular de la realidad. Me refiero a la «distancia». La cámara implica una manera de ver con «distancia» el mundo. Un fotógrafo elige una posición frente a una parte del mundo. Lo mutila para que sea más humano.

–En el instante de la mirada, ¿qué le ocurre a quien mira y qué, al mirado?

–Si hablamos de la fotografía, te diría que es un arte del instante y del intervalo. Hay un espacio de tiempo entre una fotografía y otra. La poesía podría tener ambas características. Nadie vive en un estado poético. La experiencia poética pertenece también al instante y al intervalo, pero supone un proceso distinto que obedece a las peculiaridades de un material distinto. El fotógrafo debe sorprender al sujeto o a la situación en su momento complejo, su momento de mayor implicación. El fotógrafo parte de una situación dilemática, donde responde de manera consciente o menos consciente a muchas preguntas que están en el aire. La pose asumida por el sujeto también responde a ciertos dilemas, el sujeto asume una postura que denota quién es él. Si hablamos de una fotografía documental estos significados se desprenden de la representación y su importancia histórica.

–En este retrato de Lisbeth Salas, ¿a quién se parece usted?

–Soy la representación de una antípoda: yo quería representarme a mí mismo, pero Lisbeth pretendía fotografiar la idea que ella tiene de mí. Hay un cierto debate entre estas posturas. La antípoda siempre se resuelve a favor del autor, del fotógrafo. Sobre todo, si hablamos de un fotógrafo de arte: lo que supone una mayor intervención a favor de sus intereses. Ambos vivimos ese instante de manera angustiosa, o levemente angustiosa.

–Si una muchacha, en un puerto, digamos Cádiz o Maracaibo, ve esta foto, ¿qué piensa del hombre retratado? ¿Qué carácter, qué historia le atribuye?

–Esa muchacha agregará su propia historia al significado de la fotografía. Sin duda que el lugar donde vive el espectador modifica la percepción de la imagen. En la medida en que la imagen fotográfica tenga una mayor concentración de información, en sentido estético y semántico, será un mejor estimulante de la fantasía. Podría pensar al mirar la fotografía que se trata de un pariente que le preocupa porque guarda sus menguados ingresos dentro de un libro de su biblioteca, que pertenece a un poeta famoso, y que tiene por título: Purgatorio.

–Por favor, cuénteme la historia de sus fotos.

–Yo viví seis años en Bucarest (Rumanía), allí hice la universidad. Siempre que podía enviaba a Venezuela una que otra fotografía. Claro, no era esta época digital, cuando la fotografía circula de forma tan profusa. Pero enviaba estas fotos, y tenía veinte años. Quería que mis familiares me recordaran: la fotografía era un vínculo filial tan importante. Una imagen, una prolongación de mi cuerpo que apaciguaba tan larga ausencia. Ese era verdaderamente un cuerpo fotografiado encarnando la desnudez, la vulnerabilidad. Por otra parte, agradezco tanto a Lisbeth Salas, quien para mí es una extraordinaria fotógrafa, que haya realizado este retrato de nuestros sentimientos recíprocos de verdadera amistad. Hay simpatía y ternura en su mirada. Ella supo captar esa mezcla de elementos urbanos y rurales que es mi vida: “Cuando estoy en el campo pienso en el ascensor, cuando estoy en el ascensor pienso en el campo”, escribió el poeta Carlos Drummond de Andrade. Y Lisbeth da cuenta de esta ambigüedad, de esta fisura, desde la cual escribo y vivo. Es un retrato que me revela y me ha hecho feliz.

–¿Cómo cree que será recordado?

–No sabría responder. Yo deseo ser recordado como un ser (casi como el personaje del Laocoonte) que ha luchado por vencer una poderosa serpiente totalitaria. Y esto lo he hecho junto a mis amigos, que encarnan al mismo personaje con igual determinación: por la felicidad, por realizar una escritura plena, por ser padre, buen compañero, buen amigo. Pero hablamos de un deseo y un deseo, como dijo Cernuda, “es una pregunta cuya respuesta no existe”. Nuestra vida es fugaz frente a la permanencia de la naturaleza y el cosmos: yo deseo que el verde sea en el futuro intensamente verde, que el azul sea azul, que la noche se prolongue luminosa con sus prendas como las bellas mujeres que conocí y que el mundo continúe siendo una invitación apasionada al viaje.


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