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Perspectivas

La esquina de Stalin

por Adolfo Calero

09/10/2019

José Stalin en Teherán. Fotografía de Franklin D. Roosevelt Library Public Domain Photographs | Wikimedia

Una vez que los bolcheviques ganaron la guerra civil rusa contra los Blancos (1919-1921) y asumieron el poder total, una de sus primeras medidas fue establecer clasificaciones sociales taxativas. Según Lenin y Trotski, esto tenía diversos propósitos revolucionarios: suprimir los privilegios de clase, distribuir bienes y oportunidades priorizando a los otrora marginados, poner en contexto del nuevo orden social a la burguesía y aristocracia aún pululante y, en términos generales, dinamitar los eternos paradigmas socioculturales de un país mayoritariamente analfabeto y semifeudal. En realidad, y al trasluz de los sucesos posteriores, la nueva estratificación de la sociedad rusa –ahora soviética– pretendía forzar una colectivización masiva de la vida pública y privada, en la que el individuo y su singularidad quedaran absorbidos por su pertenencia a un grupo social de características bien delimitadas.

Diseñada con muy precisas especificaciones, la nueva categorización de trabajadores se distribuyó en obreros, campesinos, intelectuales, funcionarios, artesanos y “otros”; dentro de esta última, entraban todos aquellos elementos sociales considerados “sospechosos” o, directamente, “enemigos del Pueblo”, tales como aristócratas, empresarios, comerciantes, ex trabajadores de negocios privados, terratenientes e intelectuales y profesores no marxistas. Aunque la Nueva Política Económica (NEP) implementada por Lenin para evitar el default definitivo del nuevo Estado soviético flexibilizó dicha categorización, la llegada de Stalin a la cumbre del poder en 1929 la convirtió en uno de los puntales con los que el nuevo Jefe proyectaba refundar la Revolución desde dentro de ella misma. En medio de ese sismo híper revolucionario, quedó atrapado el joven Izraíl Métter.

Izraíl Moiseiévich Métter (Járkov, Ucrania, 1909-San Petersburgo, 1996) era judío e hijo de un pequeño fabricante de pastas. A pesar de una educación catalogada de “sionista” por haber cursado el bachillerato en una escuela hebraica, Izraíl poseía una natural inclinación hacia las ciencias, por lo que inició los estudios de matemáticas en el entonces llamado Instituto Nacional de Educación (luego Universidad de Járkov), donde resultó ser un estudiante aventajado y con gran vocación hacia la docencia. No obstante, la entronización de Stalin truncó su camino, debiendo abandonar la universidad al saber que su doble condición de pequeño burgués y judío le impediría graduarse. Esto se iba convirtiendo en una solapada política de Estado, pues Stalin –georgiano– odiaba con especial saña a los judíos, sobre todo si eran intelectuales (Zinóviev, Kámenev y Trotski constituyen ejemplos de ello).

Aunque a inicios de la década de 1930 aún estaba por llegar el período más cruel de la represión estalinista, Ucrania ya sufría los embates de los planes quinquenales: en 1932, el Jefe ordena aislar al campo ucraniano después de que sus campesinos se negaran a entregar la producción de grano al Estado. Esto desató el Holodómor (en ucraniano, “muerte por hambre”) y el empobrecimiento general de la fértil Ucrania. En este contexto, el joven Izraíl decidió partir de su tierra para recorrer los más recónditos rincones de la inmensa Rusia en busca de discípulos que necesitaran aprender matemáticas. Así recorrió Siberia, enseñó a campesinos y soldados y, en las soledades de la estepa, dedicó las horas sin fin a su otra gran pasión: la literatura. Métter resultó ser un prolífico y popular autor de novelas, cuentos, teatro e incluso cómics. Su primera novela, El fin de la infancia (1935), le confirió relevancia dentro del contexto literario ruso, pues aborda desde una perspectiva autobiográfica lo que significó para las familias judías rusas de clase media el traumático encadenamiento de la Primera Guerra Mundial con la revolución bolchevique y la guerra civil. Este relato allanó el camino para la que se ha considerado su obra maestra y una de las mejores novelas post estalinistas: La quinta esquina.

Israíl Métter

La quinta esquina se compone de variados mimbres vivenciales del autor, testigo y víctima de una época tenebrosa y de los sociópatas que la forjaron. Su protagonista, Boria, alter-ego literario de Métter, narra en primera persona recuerdos de su vida que, aunque enunciados desordenadamente, giran en torno a tres ejes bien definidos: su condición de judío pequeño burgués sin posibilidades académicas; su apasionada y tortuosa relación amorosa con Katya y la terrible vida cotidiana en la Rusia estalinista. Así, conjugando la vida privada de los personajes con la opresiva situación política, La quinta esquina denuncia la acelerada erosión de los ideales que llevaron al poder a los comunistas y convirtieron el “paraíso socialista” en una nación autárquica gobernada por el miedo, donde la población no tuvo más remedio que convertirse en cómplice de los crímenes del régimen para intentar esquivar castigos que igual se producirían. Sin embargo, esta novela también es la historia íntima de los dos amantes: Boria, hosco y de ternura sufriente, piadoso con los locos errantes y amante de la lírica que encierran la poesía y las matemáticas; Katya, hija de un profesor universitario, bella y díscola, con una extraña e impenetrable mentalidad que la emparenta con la tradición del personaje femenino en Dostoievski, Turguénev y Tolstói. Será precisamente el destino de Katya lo que dará título a la novela: mientras la torturan, los agentes del NKVD la conminan a encontrar la “quinta esquina” de la habitación para que cese el castigo; absurda y macabra, esta geometría del totalitarismo fue popularmente conocida en toda la URSS como “la esquina de Stalin”. Años después, muerto el tirano, Boria se enteraría de que, en aquella habitación de los horrores, Katya no se esforzó por hallar una quinta esquina, sino por divisarlo a él en algún rincón. Al carecer de una imagen o tumba para evocarla, Boria pensó:

Quizá es bueno que no haya conservado ninguna foto de Katya; la distancia entre esa foto y yo habría aumentado. Me habría sido imposible imaginarme a mí como soy en este momento, junto a ella. Sin su fotografía, me es más sencillo imaginarme joven: los dos existimos solo en mi recuerdo. Somos iguales. No hemos envejecido uno al lado del otro. No tengo que hacer ningún esfuerzo para verla hermosa. El tiempo no la ha destruido.

Métter escribió La quinta esquina entre 1958 y 1966 escondiéndola celosamente de la KGB, consciente de que el tan proclamado deshielo de la era Jruschov había sido tan solo un espejismo de apertura. Antes de concluir la novela definitivamente, apareció en 1964 una versión reducida con el título de Katya, un texto expurgado de todo contenido político y enfocado en los desventurados amores de ambos protagonistas; sin embargo, no sería sino hasta 1989, en el marco del glasnost y la perestroika de Gorbachov, cuando La quinta esquina se publicaría íntegra en la URSS.

Izraíl Métter formó parte de una camada de escritores soviéticos post estalinistas comprometidos con la formulación de las preguntas y reflexiones más incómodas acerca de la URSS de los años 30 y 40. Fallecido Stalin, la sociedad soviética se debatió entre el miedo pavloviano al castigo oficial y la avidez por preguntar adónde fueron a parar los millones de desaparecidos que despoblaron campos y ciudades durante más de diez años. Escritores como Vasili Grossman, Alexander Solzhenitsyn, Anatoli Ribakov o el propio Métter trataron de activar la consciencia de un cuerpo social que, ingenuamente, creyó ver en el deshielo de Nikita Jruschov una oportunidad para ordenar la memoria colectiva y personal de todos los soviéticos.

Aunque finalmente Jruschov comprendiera que la represión totalitaria era el único modo de preservar el régimen comunista y decidiera silenciar una discusión sobre la criminalidad estalinista que, por conveniencia, él mismo había iniciado, al menos quedarían para la Rusia por venir los retablos literarios de una época despiadada, los tiempos de la esquina de Stalin.


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