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Literatura

I love Paris in the summer

por Alejandro Oliveros

18/08/2018

Martin Heidegger (traje oscuro) y René Char fotografiados por Roger Munier

A las seis de la mañana del 23 de junio de 1940, de la manera más discreta, aterriza en Le Bourget un flamante Condor Fw 200V-1, piloteado por el capitán Hans Baur. Al abrirse la portezuela, aparece la temida figura de Adolf Hitler, acompañado por una pequeña corte de uniformados entre los que se reconocen Albert Speer y Arno Becker, arquitecto y escultor oficiales de la Alemania nazi. En sus apasionantes memorias (Inside the Third Reich), Speer refiere la memorable ocasión:

Tres días después de que comenzara el armisticio aterrizamos en el aeropuerto Le Burget. Era muy temprano, alrededor de las cinco y media de la mañana. Tres grandes Mercedes nos estaban esperando. Hitler, como siempre, se sentó al lado del chofer, Becker y yo en los asientos intermedios y detrás Geisler y otros asistentes. A nosotros, los artistas, nos habían proporcionado uniformes militares grises para no desentonar con el resto. Atravesamos los extensos suburbios y fuimos directamente a la Opera Garnier con su gran edificio neo-barroco. Era el preferido de Hitler y lo primero que quería ver. Después de una última mirada regresamos rápidamente al aeropuerto. A las nueve en punto la gira había terminado. “Este era el sueño de mi vida. No puedo explicar lo feliz que me siento hoy por haberlo realizado”. Por unos instantes sentí un poco de compasión por él. Tres horas en París, la única vez que habría de hacerlo, y se había sentido tan feliz En ese momento precisamente, cuando estaba en el apogeo de su gloria.

Quince años después, en el caluroso agosto de 1955, otro alemán habría de visitar por primera vez la capital francesa. Nada tenía que ver con el ejercito germano aunque alguna vez estuvo relacionado con el ideario del Führer. Y su visita, no sería tan fugaz pero sí tan reservada, a pesar de que no llegó en un avión privado sino en el prosaico tren que lo había dejado en la Gare de l’Est. Se trataba de Martin Heidegger, quien fuera convocado a participar, como invitado especial en las discusiones filosóficas del Coloquio de Cerisy, la pequeña población al noreste de París.

Las primeras palabras del gran pensador al llegar al andén fueron, como todo lo suyo, envueltas en sedoso hermetismo: Ich bin doch in Paris… Ich bin erstaunt –über mich. La primera expresión es sencilla en comparación con la que le sigue: “Así que estoy en París”, o “Entonces estoy en París”, o algo por el estilo. La segunda tiene el tono oracular característico y, por desgracia, imitado en exceso: “Estoy sorprendido –de mí mismo”. Qué quiso decir en realidad el autor de Ser y tiempo, con ese über mich, “de mí mismo”? Probablemente no mucho, en todo caso nunca volvió sobre el tema.

La visita había sido cuidadosamente preparada por Jean Beaufret y Kostas Axelos, filósofos, traductores y amigos de Heidegger. Para evitar los encuentros indeseados con la prensa, el “maître à penser” había sido alojado en el apartamento de Beaufret en el pasaje Stendhal, no muy lejos del cementerio del Père Lachaise. El breve tour incluyó el Louvre; Versalles, en donde, en 1871 otro visitante teutón, Guillermo I, se había proclamado emperador de Alemania, y un café, o una copa de vino, en el Café de Flore. La fortuna no nos quiso deparar un encuentro fortuito con alguno de los habitués del lugar, entre ellos dos admiradores del filósofo, Jean-Paul Sartre y Albert Camus.

A pesar de las afinidades electivas que los dos escritores franceses mantenían con sus ideas, Heidegger, en ese momento, no expresó ningún interés en conocerlos. Ni a ellos ni a ninguno de sus colegas de la Sorbona o el College de France. “Los espero en Cerisy”, habría pensado. Sólo a dos intelectuales franceses había manifestado que le gustaría encontrar: Au cour de mon voyage en France je serais très contente de faire la connaissance de Georges Braque et de René Char. Lo de conocer a Braque no tenía nada de especial; al fin y al cabo, el viejo maestro era una de las glorias de la pintura europea y un sobreviviente de los primeros tiempos heroicos de la modernidad. Por otra parte, no son pocos los estudiosos que han encontrado en el pensamiento de Heidegger una manera de iluminar el lirismo de las obras tardías de Braque (Neil Cox: “Braque and Heidegger on the Way to Poetry”).

Lo que sí resultaba inesperado era su deseo de encontrarse con René Char, la escogencia aparentemente menos obvia. El poeta, bajo el seudónimo de capitán Aleixandre, había sido uno de los miembros más activos y distinguidos de la anémica resistencia francesa. Su oposición a los nazis, con los cuales en su momento simpatizó Heidegger, había pasado de la teoría a la acción, de las palabras a las armas, poniendo a cada momento su vida en juego. No obstante, las afinidades electivas se habían venido manifestando desde la temprana fecha de 1938. En efecto, durante ese año, Char conoce, se enamora y se convierte en amante, de la sueca Greta Knutson, divorciada de Tristan Tzara en 1937, una mujer fascinante, destacada pintora, poeta y traductora del alemán al francés. Gracias a ella, Char conoce el mundo nocturno del romanticismo alemán, la lírica iluminada de Hölderlin y la filosofía de Heidegger. Suya era la traducción de Ser y tiempo difundida en Francia. Son años en los cuales Char se desdobla en poeta y combatiente, amante y lector de Heidegger. Los años en los cuales escribe sus Hojas de Hypnos, la colección de notas y poemas al cual pertenece este fragmento, que debe leerse como un reconocimiento a Heidegger y un homenaje a la formidable Greta Knutson:

El tiempo visto a través de la imagen es un tiempo que se pierde
de vista. El ser y el tiempo son muy diferentes. La imagen
brilla eterna, cuando supera al ser y el tiempo.

Heidegger por su parte, siempre buen lector de poesía, conocía la poesía de Char desde los años de Partage formal, también de 1938. Aunque es de suponer que no fue Char el único poeta francés que leyó durante esos años. Se trataba, como habría reconocido Goethe, de un caso de afinidades electivas, las cuales se establecen independientes de los involucrados en la relación. Razones sobraban para que Char no se sintiera a gusto con el pensador quien, aun después de la guerra invocaba la “grandeza del movimiento nazi”; y asimismo no eran pocos los motivos que han podido mantener a Heidegger alejado de aquel activo militante anti-hitleriano. Como habría reconocido Heráclito, autor al cual ambos rindieron devoción, se trataba de una reconciliación de los contrarios, ese “acople de tensiones opuestas, como en el arco y la lira”, una muestra más de la “vecindad entre el poetizar y el pensar”.

El esperado encuentro se realizó en el apartamento de Beaufret en passage Stendhal. Con el pensador y el poeta, el anfitrión, Kostas Axelos, Roger Munier y Frau Heidegger a cargo de los fogones. Todos en la terraza, a la sombra protectora de uno de los últimos castaños parisinos en una propiedad privada. Al natural embarazo de los primeros momentos de la reunión, por una parte el “rey de los filósofos” (Arendt) y, por la otra, el legendario capitán Aleixandre, el cual nada, o muy poco, había aprendido de alemán en los seis años de relación con Greta Knutson. Heidegger, por su parte, que sí sabía francés, se negó a expresarse en otra lengua que no fuera su materno alemán. Así, hasta que nadie recuerda cómo ni por qué, surgió el nombre de Herman Melville:

Cenamos de la manera más grata en la noche de verano haciendo Honores a la comida de Madame Heidegger. De improviso surgió el nombre Melville y su Billy Budd, por el cual ambos descubrieron una común admiración. Char se sentía a sus anchas hablando mientras Heidegger escuchaba. Todavía lo oigo diciendo, “El poema no tiene memoria. Lo que se me pide es seguir hacia delante».

Al finalizar la reunión en la noche veraniega de Paris, y todavía al cobijo del castaño, Char le confesó a Beaufret: “Es en verdad la primera vez que una persona como él no ha querido explicarme quién soy ni qué es lo que hago”.

Se trató del comienzo de una larga amistad. No sería la última vez que Heidegger, ahora invitado por Char, regresaría a Francia en tres ocasiones (1966-68 y 69), a Thor, en la Provenza del poeta, para participar en los famosos Seminarios de Filosofía. Char, por su parte, nunca fue a Alemania, como era de esperar . Como reconocimiento a la generosidad del vate provenzal, Heidegger le dedicaría sus irregulares Gedachtes, una de las contadas, por fortuna, incursiones del maestro del pensar en el arte de poetizar. A la muerte de su amigo, el 26 de mayo de 1976, el poeta escribió: “Martin Heidegger ha muerto esta mañana. El sol que lo ha acostado le ha dejado sus útiles y no ha retenido más que su obra. Ese umbral es constante. La noche que se ha abierto ama de preferencia”. El diálogo poeta-filósofo, una vez más, se impuso a la violencia totalitaria. En una situación de miseria material y espiritual, le corresponde al poeta salvar la palabra de la inmundicia que rodea a los amos del poder. Sólo así, el poetizar se hace urgencia y puede cantar y contar los hechos de la tribu en tiempos de indigencia.


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