Perspectivas

Hay que quitarle presión a la caldera: “Salida” y “voz” en Cuba comunista (1959-1994)

por Roberto Casanova

Fotografía de ADALBERTO ROQUE / AFP

06/10/2018

Introducción

La llegada de la revolución al poder, en 1959, dio inició a la diáspora de cubanos que no ha cesado hasta el presente. Se calcula que entre los años 1959 y 1994 un total cercano a las ochocientas mil personas emigró. La mayor parte se dirigió, como es sabido, hacia Estados Unidos. No se sabe cuántas personas intentaron emigrar durante ese período ni menos aún cuántas lo habrán deseado. Se trata de un fenómeno que tuvo y tiene importantes implicaciones políticas, sociales y económicas para Cuba y para los países receptores de esa población emigrante.

Durante ese mismo lapso, la protesta social y política, a excepción de algunos episodios de importancia, fue reprimida por el régimen mediante métodos que fue perfeccionado con el paso del tiempo. Ello no implicó que expresiones de descontento sobre asuntos como el funcionamiento de tal o cual servicio o sobre la carestía de productos, no se presentasen ocasionalmente. Pocas veces, sin embargo, tales expresiones supusieron una crítica integral al sistema comunista y varios casos de individuos de gran coraje que se atrevieron a enfrentar al régimen sirven de trágico testimonio.

Este ensayo pretende relacionar los dos fenómenos comentados, la emigración y la protesta. Durante mucho tiempo se ha creído que el régimen comunista llevó los extremos de represión hasta el punto de simplemente impedir a los cubanos abandonar la isla. El asunto fue, en realidad, algo más complejo. La emigración fue convertida, al menos desde 1965, en un instrumento utilizado conscientemente por el régimen como «válvula de escape» ante las tensiones sociales que, de tanto en tanto, se presentaron en esa país. La emigración no estuvo pues totalmente prohibida y fue, más bien, instrumentalizada por el régimen. Ello permite entender, entre otras cosas, por qué la emigración ocurrió, fundamentalmente, durante ese período, a través de «oleadas». En la argumentación se hará uso de algunos conceptos y modelos de las ciencias sociales, en especial, del modelo «salida» y «voz» desarrollado por el economista Albert Hirschman [1]. Este es, pues, un ensayo de historia «conceptualizante».

Cuatro olas humanas llegan a Florida

Al llegar al poder Fidel Castro y la élite que se aglutinó a su alrededor actuaron de manera implacable para eliminar cualquier expresión de disidencia. No fue una tarea fácil pues hubo diversos actos de rebelión, tanto individuales como colectivos, ante el camino autoritario que el régimen en formación comenzaba a transitar[2]. Paso a paso, sin embargo, el régimen dio forma, en pocos años, a un eficaz sistema de dominio sobre la sociedad – con la complicidad de una parte de ésta – que hizo muy costosa la protesta social y política. La oposición fue progresivamente reducida a núcleos e individualidades que actuaron, sin duda, con gran valentía pero con poca efectividad. Abandonar la isla se convirtió entonces, para decenas de miles de cubanos que rechazaban al régimen, en la única opción que podían razonablemente considerar. La historia de ese proceso, entre 1959 y 1994, es la que se resume a continuación.

1. La huida inicial (1959).

Diversas acciones tomadas por el régimen revolucionario, durante sus dos primeros años, hicieron surgir un creciente y justificado temor en varios sectores de la sociedad cubana. La violencia estatal desatada en contra de los miembros y simpatizantes del régimen caído (en formas tan extremas como el conocido «paredón»), el creciente número de confiscaciones de propiedades, la dura represión a la disidencia, la creación de diversos controles y regulaciones, la estatización del sistema de salud y del sistema educativo, entre otras acciones, fueron creando, para muchas personas, un entorno francamente hostil. Sectores de las clases media y alta de la sociedad sintieron amenazada su forma de vida e incluso su integridad física.

Mientras algunos resistían o esperaban, decenas de miles de cubanos decidieron abandonar la isla. Dadas las estrechas relaciones que durante mucho tiempo existieron entre una parte de la sociedad cubana y otra de los Estados Unidos, resultó natural que fuese este país el destino preferido por muchos emigrantes. Ello se acentuó en la medida en que Estados Unidos comenzó a actuar decididamente en contra del régimen revolucionario.

Se calcula que entre los años 1959 y 1961 – año en el que las relaciones entre ambos países fueron rotas – salió de Cuba un número aproximado de 230.000 personas. Se trata de una significativa masa humana desde cualquier punto de vista. Si se considera que la población total de la isla era de unas 7 millones de personas, esta huida masiva involucró a más del 3 por ciento de los habitantes. Había entre ellos, como es lógico pensar, muchos miembros y simpatizantes de la dictadura recién derrocada, temerosos de represalias. Pero también optaron por abandonar su patria un gran número de personas pertenecientes a sectores empresariales y profesionales de la isla. Particularmente dramática fue la salida de niños, enviados por sus padres al exterior para ponerles a salvo del control estatal que se preveía. Este temor resultó cierto en parte pues en materia educativa, efectivamente, el régimen, en la búsqueda de la hegemonía cultural, terminó dando forma a un sistema altamente ideologizante.

2. Desde Camarioca (1965).

Para 1965 el descontento social en la isla se había acumulado peligrosamente. Las elecciones habían sido suspendidas indefinidamente por el régimen, argumentado que la existencia de la revolución se hallaba en peligro. Las estrategias económicas habían resultado infructuosas para generar crecimiento, haciendo que las condiciones de vida de la población se deteriorasen gravemente. El gobierno, sin embargo, había tenido éxito en la creación de un sistema de vigilancia y represión políticas capaz de impedir cualquier protesta.

En ese contexto, Castro realizó una jugada estratégica riesgosa pero potencialmente beneficiosa para los intereses del régimen. Ante el deseo de miles de cubanos de emigrar hacia Estados Unidos, donde ya la comunidad de exiliados superaba un cuarto de millón de personas, Castro anunció el 29 de septiembre de 1965 que, hasta el 10 de octubre de ese año, el puerto de Camarioca permanecería abierto para que se fuese quien así lo quisiera. El puerto estuvo abierto en la práctica hasta el 9 de noviembre.

El gobierno estadounidense, estimando que Castro no permitiría una salida masiva de cubanos hacia Florida, pues ello habría de perjudicar la imagen, interna y externa, de su régimen, decidió aceptar el proceso migratorio. De hecho, propuso la creación de un «puente aéreo» para el transporte ordenado de quienes estaban optando por el exilio. En ello influyó mucho la comunidad cubana que se hallaba radicada en Florida y que ya había comenzado a movilizarse por su cuenta para buscar a sus familiares y compatriotas en la isla. Castro, a su vez, respondió subiendo la apuesta y aceptó la oferta estadounidense. Era claro que, en esa coyuntura, ninguno de los dos gobiernos quería asumir el costo político de interrumpir la salida de los cubanos que deseaban hacerlo.

La oleada emigratoria finalmente fue organizada alrededor de los llamados «Vuelos de la Libertad», iniciativa del gobierno de Johnson. Las condiciones en la que los emigrantes pudieron salir fueron particularmente infames. Debieron reportar todas sus propiedades, muebles e inmuebles, a las autoridades quienes procedieron a expropiarlas sin juicio alguno. Al momento de la salida del país, además, se les impuso severas restricciones en cuanto a los bienes que podían llevar consigo. Muchos salieron, literalmente, con lo que «llevaban puesto». Un costo que miles, sin embargo, estuvieron dispuesto a pagar para lograr vivir en libertad.

Los «Vuelos de la Libertad», a razón de dos diarios, cinco días de la semana, permitieron que durante casi ocho años pudiera salir de la isla un total cercano a las 260.000 personas. El mecanismo se mantuvo hasta 1973 cuando el presidente Nixon, ante la creciente presión crítica de la opinión pública, decidió suspenderlo. Por otra parte, a lo largo de esos años, Estados Unidos adoptó algunas decisiones legales que marcarían el proceso migratorio cubano, entre ellas, la Ley de Ajuste del Estatuto Cubano de 1966, que dio el carácter de refugiados a quienes salían de la isla, y medidas de discriminación positiva que facilitaban su inserción en la sociedad estadounidense.

3. Desde Mariel (1980).

La crisis económica en la que se sumergió la isla durante la segunda mitad de la década de los años 70, obligó al gobierno de Castro, entre otras cosas, a flexibilizar la inversión extranjera en sectores tales como el turístico. Miles de extranjeros (canadienses y europeos, fundamentalmente) así como de cubanos residentes en Estados Unidos, viajaron entonces a la isla como turistas. El contraste entre la precaria realidad cubana y la que estos visitantes de otras naciones describían, se hizo evidente para muchos. Un incontenible efecto demostración renovó con bríos las expectativas de una mejor vida en miles de personas, especialmente en los jóvenes. Pero también ocurrió que sectores de convicciones revolucionarias sintieron ofensivo el regreso de los exiliados (o «gusanos», como el propio Castro los había calificado) a la isla, en condición de visitantes con acceso privilegiado a instalaciones turísticas vedadas al común de los cubanos. El turismo trajo aparejado, en síntesis, un mar de fondo de fuertes emociones. Envidia, esperanza, rabia, resentimiento, impulsarían una nueva ola migratoria y darían a ésta rasgos especialmente desagradables.

Para esos años ya existían, en la práctica, diferentes grados de restricción a la salida del país. Ciertos sectores tenían menores o nulas posibilidades de emigrar. Era el caso de los médicos, los maestros, los miembros de las Fuerzas Armadas, los deportistas, los artistas, entre otros. El régimen consideraba que estos sectores tenían una particular responsabilidad frente el resto de la sociedad. Así, una solicitud para salir del país de, por ejemplo, un  médico, implicaba que éste fuese obligado a laborar en algún lugar muy exigente. Así, en teoría, se le forzaba a devolver a la sociedad lo que de ella había recibido. No es de extrañar que estos sectores profesionales representasen un porcentaje significativo de una nueva oleada migratoria.

Un creciente número de cubanos intentó la aventura de atravesar, muchas veces a través de medios precarios e, incluso, sorprendentes, los 150 kilómetros de mar que separan a Cuba de las costas de Florida. Una parte logró realizar exitosamente el peligroso viaje (usando, en algunas ocasiones, naves secuestradas) y recibió el tratamiento de refugiados por parte de las autoridades estadounidenses. Ello motivó a otros a probar suerte y echarse también al mar. El gobierno cubano utilizó la vigilancia y la fuerza para detener la migración ilegal pero la presión social no resultó fácil de contener.

En abril de 1980 un grupo desesperado de cubanos, en busca de asilo político, intentó entrar por la fuerza a la Embajada de Perú,  derribando una reja con un autobús. En los incidentes que se sucedieron falleció un guardia. Castro, al no obtener una respuesta favorable, por parte de Perú, a su solicitud de entrega de quienes habían ingresado al recinto de la embajada, retiró la protección oficial a las instalaciones. Fue un mal cálculo. En pocos días, 10.834 cubanos se hallaban agolpados, en deplorables condiciones, dentro de la embajada.

El gobierno de Carter criticó al régimen de Castro por lo que sucedía y ofreció recibir a un máximo de 3.500 de los refugiados. Castro vio entonces una posibilidad para convertir una peligrosa amenaza en una oportunidad. Abrió pues la frontera por el puerto de Mariel, en la actual provincia de Artemisa, e invitó a los cubanos de Florida para que viniesen a llevarse a quienes quisieran irse. No dejó, sin embargo, de organizar eventos públicos y de usar la propaganda política para demostrar, a los propios cubanos y al mundo, que la mayoría apoyaba con entusiasmo a la revolución y que quienes pretendían exilarse era una minoría indeseable de traidores a la causa del pueblo.

La salida de miles de personas estuvo acompañada por movilizaciones de funcionarios y simpatizantes de la revolución, quienes realizaron innumerables «actos de repudio» que se tradujeron, en muchos casos, en el uso de la violencia física y psicológica contra aquellos de sus compatriotas que hubiesen solicitado permiso para abandonar la isla. La rabia, el resentimiento y, tal vez, la envidia, de muchos de los que se quedaban en la isla se dirigió perversamente contra quienes salían al exilio, en unos días de infamia que aún son recordados.

Entre el 15 de abril y el 31 de octubre el éxodo supuso que unas 125 mil personas abandonasen la isla, usando centenares de naves de todo tipo. La masiva entrada de cubanos a Florida tendió a hacerse caótica e incluso la ciudad de Miami debió declararse en emergencia. La opinión pública estadounidense se hizo prontamente crítica de lo que se percibía ya como una invasión indiscriminada de inmigrantes. Sobre todo cuando se supo que Castro, con maligna astucia, había abierto varias de las cárceles del régimen e incluido a peligrosos presidiarios entre quienes se dirigían al exilio. En total, cerca de tres mil “indeseables”, como se les llamó, entraron de esta forma a Estados Unidos y se convirtieron en un problema cuya resolución duraría varios años.

Finalmente, Estados Unidos se vio en la necesidad de restringir la entrada de exilados mediante un bloqueo marítimo a partir de junio. Y Cuba, por su parte, cerró la frontera en septiembre. Esto no detuvo, desde luego, la inmigración ilegal aunque sí la disminuyó de manera importante.

4. Los «balseros» (1994).

La presión migratoria, aunque atenuada, hubo de permanecer luego de la oleada producida a través del puerto Mariel. En 1984, Cuba y Estados Unidos alcanzaron un acuerdo migratorio que establecía metas anuales en materia de visas pero tal acuerdo fue interrumpido al año siguiente por el régimen castrista como represalia por el inicio de transmisiones hacia la isla de Radio Martí, proyecto de la comunidad cubana exiliada con el apoyo del gobierno estadounidense. En 1987 se logró un nuevo arreglo mediante el cual Estados Unidos se comprometía a otorgar un máximo de 20.000 visas anuales a ciudadanos cubanos. Sin embargo, la mutua desconfianza y diversos eventos hicieron que, entre 1985 y 1994, sólo alrededor del 7 por ciento de la emigración esperada se concretase. Por ello, al margen de las leyes y de los inestables acuerdos gubernamentales, decenas de miles de personas y familias, en contacto con la comunidad en el exilio, empezaron a improvisar formas para salir de la isla.

La realidad cubana se había deteriorado gravemente, una vez más. En esta ocasión como consecuencia de un evento de significación histórica y de repercusiones catastróficas para el régimen: la desaparición de la Unión Soviética y, por tanto, de las préstamos y subsidios que de ella recibía Cuba. Así, la fuerza centrípeta que ejercía la comunidad en el exilio y la fuerza centrífuga que generaban las duras condiciones de vida en la isla, se complementaron e impulsaron a muchos a dejar el país.

Se calcula que los intentos de llegar a las costas de EEUU por parte de «balseros», como se les comenzó a llamar, pasaron de unos 2.000 durante 1990 a unos 15.000 durante el primer semestre de 1994. Entre un tercio y un cuarto de tales intentos fue exitoso[3]. El creciente flujo ilegal de «balseros» alertó a las autoridades tanto cubanas como estadounidenses, las cuales trataron de impedirlo. Varias tragedias de hundimientos y naufragios hicieron también que la opinión pública mundial prestase atención al drama de la nueva oleada migratoria de cubanos.

Las cosas se agravaron durante el año 1994. En agosto de ese año el rumor de que una supuesta flotilla, proveniente del norte, llegaría al Malecón de La Habana, creó grandes expectativas que al resultar defraudadas motivaron disturbios. Centenares de personas, jóvenes en su mayoría, marcharon pidiendo libertad y causando destrozos. El gobierno, de acuerdo a su costumbre, reprimió inmediatamente la protesta.

El insólito episodio fue, sin embargo, una clara señal para el régimen de la gran presión social acumulada. Castro actuó con rapidez, responsabilizando a Estados Unidos por lo sucedido y amenazando con permitir una nueva oleada migratoria.

Si Estados Unidos no toma medidas rápidas y suficientes para detener los incentivos a la salida ilegal del país, nos veremos obligados a dar instrucciones a los guardacostas de que no detengan ninguna embarcación que salga de Cuba.[4]

Varios hechos de violencia contra naves tripuladas por emigrantes ilegales complicaron la tensa situación. Finalmente Castro anunció, el 12 de agosto de 1994, que aquellos que lo deseasen podrían abandonar la isla a través de cualquier medio del que pudiesen proveerse.

A pesar de un primer anuncio favorable a la inmigración, luego del anuncio de Castro el gobierno de Estados Unidos informó que no estaba dispuesto a abrir sus fronteras a los «balseros» e instruyó a su guardia costera para que detuviese a cualquier nave que intentase ingresar al territorio estadounidense y la enviase a la base de Guantánamo en Cuba. Pocas semanas después, sin embargo, los gobiernos de ambos países llegaron a un nuevo acuerdo. Según éste, el gobierno cubano se esforzaría en evitar la salida ilegal con destino hacia Estados Unidos de sus ciudadanos; el gobierno estadounidense, por su parte, se comprometía a otorgar, al menos, 20.000 visas a cubanos que deseasen emigrar. (Para la selección de las personas que serían favorecidas fue creada una lotería o «bombo», como la llamaron los cubanos). Luego de varios meses un nuevo pacto fue suscrito y se estableció que los cubanos que fuesen interceptados en el mar, sin haber arribado a la costa estadounidense serían devueltos a Cuba, donde el gobierno no tomaría ninguna represalia en su contra. Este acuerdo fue bautizado, coloquialmente, como «pies mojados, pies secos».

Se calcula que del total de cubanos que ingresaron a Estados Unidos entre enero de 1990 y julio de 1994 (cerca de 48.000 personas) un 20 por ciento lo hizo como «balsero». Al igual que en las ocasiones previas, los acuerdos entre los gobiernos disminuyeron significativamente la migración ilegal pero ésta persistiría hasta el presente.

El modelo «Salida» y «Voz» reconsiderado

Hace ya varias décadas el economista Albert Hirschman propuso un sencillo marco conceptual para analizar las respuestas de consumidores o de miembros de organizaciones ante el deterioro en la calidad de los productos, servicios o beneficios que adquieren o reciben. En este contexto, la noción de organización es amplia e incluye empresas, asociaciones, partidos, gobiernos.

Según Hirschman serían básicamente dos las opciones que la persona o grupo en cuestión considerarían. La primera sería cambiar de proveedor: comprar productos a otra empresa, militar en otro partido, emigrar a otra región. Todas esas decisiones, aparentemente tan disímiles entre sí, tienen en común el hecho de que se está optando por finalizar la relación con un proveedor e intentar satisfacer la necesidad de que se trate con otros proveedores. Que tal acción haga cambiar o no la conducta del proveedor original no es relevante para quienes optan por esta opción, a la cual Hirschman llamó «salida». La segunda opción consistiría en protestar ante el proveedor que no satisface adecuadamente nuestras expectativas. Dicha acción puede adoptar diversas formas pero aspira siempre a que mejore la calidad del producto o servicio en cuestión. Es un acto comunicativo que pretende modificar la conducta del otro y, por tanto, el autor llama a esta opción «voz».

La «salida» es, esencialmente, una decisión privada, aunque no necesariamente individual. Es el tipo de conducta que se observa en cualquier dinámica de mercado donde exista algún grado de competencia entre proveedores. La «voz», por su parte, supone normalmente algún esfuerzo de articulación y movilización. Es un comportamiento fundamentalmente político, aunque se esté ejerciendo en contextos aparentemente distantes de la política, como sería un mercado de productos.

Ahora bien, una de las ideas centrales del planteamiento original de Hirschman era que la «salida» y la «voz» eran opciones antagónicas que tendían a socavarse mutuamente. En especial, sostenía, la existencia de una «salida» relativamente accesible debilitaría la «voz». Si, por ejemplo, un individuo puede acceder sin mayores costos a otro proveedor es improbable que dedique tiempo a usar la «voz» ante el proveedor original. Lo que ocurriría aquí es que la «salida» actuaría como una «válvula de escape», haciendo que disminuyese la presión sobre el proveedor ineficaz. Desde luego, si la «salida» se generalizase el proveedor estaría recibiendo una clara señal: o mejora la calidad de su oferta o corre el riesgo de quedarse sin consumidores. Si, por el contrario, la «salida» fuese muy costosa (más costosa que la «voz», se entiende) es probable que el individuo acuda a la protesta para tratar de cambiar las cosas. En este caso, no habría forma de «quitarle presión a la caldera», por así decirlo.

Se trata de un esquema conceptual simple aunque en la práctica ha demostrado tener gran potencial heurístico. Ha sido aplicado para entender las relaciones entre accionistas y empresas, clientes y proveedores, militantes y partidos, ciudadanos y gobiernos, entre otros casos. El propio Hirschman utilizó su esquema para explicar el proceso migratorio asociado al «Muro de Berlín»[5]. En el ensayo dedicado al tema el autor destacó, entre otras cosas, que el esquema «salida» y «voz» puede ser comprendido y utilizado por un gobierno. De igual modo propuso que, en ciertas circunstancias, la «salida» y la «voz» no resultarían antagónicas sino complementarias. El autor encontró, en efecto, que la «salida» de un número cada vez mayor desde Alemania del Este hizo que un número también creciente de quienes allí seguían comenzase a alzar sus voces de protesta. La razón de tal fenómeno estaría en el hecho de que el férreo control de la salida era uno de los símbolos del poder de régimen. Al perder éste dicho control se generalizó la percepción de su debilidad entre quienes permanecían en el país, sin atreverse a protestar hasta ese momento.

En el modelo de Hirschman el actor descontento con respecto al desempeño de, digamos, un régimen, enfrentaría el dilema entre emigrar o protestar. Sin embargo, si se retrocede un paso en el razonamiento podrá verse que el modelo consiste realmente en dos dilemas diferentes. El primero se refiere a ejercer la «voz» o el «silencio». El otro se plantea entre la «salida» o la «permanencia». Visto así es obvio que permanecer no significa necesariamente protestar. De igual modo, salir no representa necesariamente callar. Nos hallaríamos, en realidad, ante cuatro comportamientos posibles, tal como el cuadro lo muestra el cuadro 1.

 

Un individuo o grupo descontento por la actuación de un gobierno, por ejemplo, podría decidir permanecer en el país y ejercer su «voz» (caso I). Podría también intentar salir de él y guardar silencio (caso II). Estos serían los dos casos que Hirschman planteó en la versión inicial de su modelo y que, como hemos visto, resultan antagónicos pues, típicamente, la «salida» tendería a debilitar la «voz». Ahora, con el giro que aquí hemos introducido, nos encontramos con que el individuo descontento podría decidir también permanecer y callar (caso III). De igual forma, el individuo podría salir y usar su «voz» desde afuera (caso IV), en cuyo caso la «salida» se convertiría en un medio con respecto a la estrategia de protestar.

Los dos dilemas que dan forma a las cuatro posibilidades que hemos descrito someramente dependen, en buena medida, como toda decisión individual, de los costos y beneficios esperados. Emigrar (o «salir») puede implicar pagar costos emocionales y materiales aunque supone también recibir los beneficios de una mayor calidad de vida. Protestar, por su parte, puede llevar aparejados los costos de organización y de la potencial represión; al tiempo que sus beneficios colectivos pueden ser amplios aunque sus beneficios particulares no, planteándose así el problema característico de la acción colectiva.

La tesis central de este ensayo es que un esquema como el anterior pudo ser usado, con mayor o menor conciencia, por el régimen cubano como instrumento para el manejo estratégico del descontento social.

Una interpretación

La pretensión hegemónica del régimen comunista cubano le ha impulsado siempre a vigilar y reprimir cualquier expresión de disidencia. La «salida» y la «voz» son dos de tales expresiones, aunque de diferente intensidad. En el marco del modelo presentado la conducta impulsada tempranamente por ese régimen habría sido la III («permanencia» y «silencio»). Un testimonio ilustra cómo esa situación fue vivida por un relevante personaje:

Le confieso que me siento algo así como un prisionero. Llevo algún tiempo tratando de renunciar pero no me dejan ni dimitir ni ejercer plenamente la presidencia. Temen que me vaya porque se produciría un escándalo. Y si no renuncio, estaré a merced de medidas y actitudes que van en contra de mi criterio y hasta de mi conciencia.[6]

Son palabras del primer Presidente del período revolucionario, Manuel Urrutia, citadas por Huber Matos. Ni la salida ni la voz eran factibles para él, como tampoco lo fueron para muchos otros cubanos.

Por otra parte, con respecto al régimen cubano, Estados Unidos habría tenido también una opción inicialmente más conveniente: que los cubanos disidentes permaneciesen en la isla y luchasen allí en contra del régimen (opción I, es decir, «voz» y «permanencia»). El fallido intento de invasión de Bahía de Cochinos, en 1961, estuvo orientado, precisamente, a crear una resistencia al régimen dentro del país.

Ahora bien, el gobierno cubano fue particularmente exitoso en la creación de un sistema de represión de la «voz», logrando que la opción más costosa para un ciudadano inconforme fuese protestar. Operaba allí, entre otros fenómenos, el llamado «espiral del silencio». De acuerdo a éste, la probabilidad de ser individualmente castigado es más alta cuando son pocos quienes protestan y más baja cuando son muchos los que lo hacen. El problema está en que los primeros que decidan protestar, por ser pocos, corren el alto riesgo de pagar el costo más alto y, por tanto, lo normal será que muchos esperen a que sean otros quienes inicien la protesta. En esas circunstancias la protesta difícilmente sucederá y alzar la «voz» será un acto de coraje excepcional.

De este modo, la tendencia de los cubanos que no se resignaban a vivir bajo el sistema de dominio comunista era a abandonar la isla. Dicha propensión se vio progresivamente reforzada por el crecimiento de la comunidad de cubanos en el exilio, hecho que disminuía los costos de emigrar.

Ahora bien, en momentos en que el descontento social aumentó de manera significativa, el gobierno cubano pudo haber temido que el «espiral del silencio» se revirtiese. Unos cuantos, por desesperación o por convicción, podrían haber iniciado protestas y al hacerlo, habrían disminuido el costo de la «voz» para otros que podrían haberse animado a sumarse a ella, bajando aún más esos costos e incentivando a otros más a incorporarse.

El régimen cubano, entendiendo pues los riesgos asociados a una frustración colectiva que se acumula sin manera alguna de canalizarse, prefirió activar la opción de la «salida». Opción que ya, en la práctica, algunos cuantos cubanos habían adoptado, transmitiendo información al régimen con respecto al estado de ánimo social. En tres momentos críticos (1965, 1980 y 1994), con una llamativa brecha de 15 años entre ellos, el régimen abrió pues las fronteras para permitir la «salida» masiva de cubanos hacia Estados Unidos. Entendió, en definitiva, que, cada cierto tiempo, «hay que quitarle presión a la caldera» y evitar así que ésta estalle. La respuesta de Estados Unidos, por otra parte, fue, en líneas generales, limitar a ciertas magnitudes y condiciones la inmigración.

La «salida», políticamente administrada, se hizo entonces un componente esencial en las relaciones entre los gobiernos cubano y estadounidense. Cabe preguntase ahora sobre el tipo de «salida» que cada uno de ellos prefería. ¿La «salida» con «silencio» (opción II) o la «salida» con «voz» (opción IV)? En el caso del gobierno estadounidense parece claro que la segunda estrategia preferida era suscitar la protesta desde el exilio. En tal sentido, promovió la «voz» de los exiliados de diversas maneras, generando para unos cuantos, por cierto, una forma de vida nada desdeñable. El régimen cubano, por su parte, terminó prefiriendo también, como segunda opción, la existencia de una oposición en el exilio. Las actividades de dicha oposición le permitían mantener vivos el discurso anti-imperialista y la crítica a quienes traicionan a la revolución. Por lo demás, el impacto de las acciones opositoras en el exilio sobre la dinámica social de la isla no constituía una amenaza relevante.

El cuadro siguiente resume las preferencias de los gobiernos involucrados, en cuanto a comportamientos a incentivar en el pueblo cubano, a lo largo del período considerado:

Algunas conclusiones

El marco conceptual utilizado tiene algunas limitaciones y deja de lado elementos fundamentales para entender la historia de la emigración y la protesta en Cuba comunista. Es evidente, por ejemplo, que no considera las iniciativas que personas y grupos pudieron haber adoptado para generar circunstancias favorables a sus planes. El análisis presentado les coloca en una posición básicamente reactiva ante las jugadas estratégicas desarrolladas por los gobiernos enfrentados. Por otra parte, no incluye el comportamiento de quienes han apoyado al régimen comunista. Esa sería la base de otra historia, la «otra cara de la luna» que permitiría una perspectiva más cabal de la historia cubana de esos años.[7] 

A pesar de estas carencias, el esquema tiene un interesante potencial heurístico. Permite relacionar hechos y procesos que pueden enriquecer el análisis histórico. Uno de los hallazgos más importantes, desde nuestro limitado conocimiento de la historia de Cuba, ha sido comprender cómo la dinámica de «salida» y «voz», en el marco de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, ha servido para perpetuar el régimen castrista.

En efecto, el uso de la emigración, por parte del régimen castrista, como «válvula de escape» ante la cíclica acumulación del descontento social, ha obligado a Estados Unidos a permitir el surgimiento de una comunidad de cubanos exiliados dentro de sus fronteras. Estados Unidos, sin embargo, ha preferido siempre la «voz» y, por tanto, ha permitido y promovido el protagonismo que los propios exiliados buscan. Ello ha conducido al surgimiento del fenómeno de una «voz» exportada. Para el gobierno cubano tal hecho ha resultado políticamente funcional pues le ha servido para nutrir su maniqueo discurso en contra de los imperialistas y sus «lacayos».

Todo ello sin contar con el hecho, nada trivial, de que la numerosa y próspera comunidad cubana en Estados Unidos se ha convertido también en una fuente vital de divisas – por la vía de remesas – para la economía de la isla. Se trata, en este caso, de otra «exportación» social, la de aquellos sectores emprendedores que jamás habrían progresado en el contexto del rancio comunismo cubano.

***

  1. Referencias bibliográficas

Botín, Vicente (2009). Los funerales de Castro. Madrid, España: Editorial Ariel S.A.

Colomer, Josep M. (1998). Salida, voz y hostilidad en Cuba. España: América Latina Hoy, núm. 18, pp. 5-17, Universidad de Salamanca.

Constitución de la República de Cuba (1976).

Domínguez, Jorge (2006). Cuba hoy. Analizando su pasado, imaginando su futuro.  Madrid, España: Editorial Colibrì.

Fernández, Damián (s.f.). La disidencia cubana: entre la seducción y la normalización. Disponible en:

Hirschman, Albert O. (1977). Salida, voz y lealtad. México: Fondo de Cultura Económica.

Hirschman, Albert O. (1996). Tendencias autosubversivas (ensayos). México: Fondo de Cultura Económica.

Hoffmann, Bert (2004). Exit, Voice, and the Lessons from the Cuban Case. Conceptual Notes on the Interaction of Emigration and Political Transformation. Hamburg, Germany: Working Papers No. 19, Institute for Iberoamerican Studies. Disponible en:

http://codex.colmex.mx:8991/exlibris/aleph/a18_1/apache_media/4TY3JUE2YB9F8IAMY3YXX396NHIYF1.pdf

Matos, Huber (2002). Cómo llegó la noche. Memorias.  Barcelona, España: Tusquets Editores.

Mesa-Lago, Carmelo (2002). Buscando un modelo económico en América Latina: mercado, socialista o mixto? Chile, Cuba y Costa Rica.  Caracas, Venezuela: Editorial Nueva Sociedad.

Montaner, Carlos Alberto (2004). Cuba: anatomía de la represión. En “Letras libres”, noviembre 2004, México.

Payne, Douglas (1998). Cuba: Systematic Repression of Dissent. Disponible en:  http://www.essex.ac.uk/armedcon/story_id/Cuba_%20Systematic%20Repression%20of%20Dissent.pdf

Suchlicki, Jaime (2009). Breve historia de Cuba.  España: Ediciones Idea (Libro electrónico).

Verdeja, Sam y  Martínez, Guillermo (coord.) (2011). Cubans: an epic journey. St. Louis, USA: Facts about Cuban Exile, Inc.

***

[1] Hirschman (1977).

[2] Al respecto, véase: https://www.lapatilla.com/2014/03/17/roberto-casanova-como-se-hizo-el-silencio/

[3] Hoffmann (2004).

[4] Citado por Colomer (1998).

[5] Hirschman (1996).

[6] Matos (2002).

[7] Debe aclararse que este ensayo forma parte de una investigación más amplia que considerará estos aspectos aquí obviados.


ARTÍCULOS MÁS RECIENTES DEL AUTOR

Suscríbete al boletín

No te pierdas la información más importante de PRODAVINCI en tu buzón de correo