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Entrevista

Hasler Iglesias: “Ni a Jesucristo le vamos a dar un cheque en blanco”

por Hugo Prieto

24/11/2019

Una generación que no cree en promesas, que está hastiada de la demagogia y el populismo. A contracorriente valora la libertad individual, la fortaleza institucional y la participación como fórmula para preservar la democracia. La transformación de Venezuela dejó de ser una fantasía para convertirse en un desafío, en un reto cotidiano. 

Jóvenes que despiden a sus amigos en el “aeropuerto o en el cementerio”, dice Hasler Iglesias, ingeniero químico de la UCV y a quien ha picado el gusanillo de la política hasta la médula espinal. Actualmente, estudia una maestría en Gerencia Pública en el IESA. La crudeza de una sociedad en ruinas insufla el deseo de construir un país diferente, con separación de poderes y una sólida institucionalidad que impida a los vendedores de espejitos minar la democracia, aprovecharse de sus herramientas y espacios para sustituirla por un régimen autoritario, violador de los derechos humanos y con un apetito insaciable de dominación y control del individuo. 

En fin, una generación que lucha y quiere tener lugar en la sociedad del conocimiento.  

¿Qué lo llevó a participar en política?

Ni me lo imaginé ni tenía un plan para involucrarme en política, pero en 2009, el Gobierno decidió sacar la señal de RCTV de la televisión por cable. Junto a mis compañeros, organizamos varias protestas como parte del centro de estudiantes de la Escuela Básica de Ingeniería, ahí empezó todo. Yo veo, digamos, unas raíces en el trabajo comunitario que desarrollamos en el colegio La Salle de la Colina, en barrios vecinos como Los Manolos, Pinto Salinas y Simón Rodríguez. De ahí viene mi vinculación con la realidad social de sectores muy pobres del país. Influyó, además, el hecho de estudiar en una universidad asediada, maltratada, y una situación política súper compleja. Esa fue la puerta de entrada que me llevó a ser consecuente con una frase que había escuchado: Uno debe poner sus habilidades al servicio de la transformación de una realidad que considere injusta e insatisfactoria. 

¿Evaluó las opciones que había sobre la mesa? ¿Dónde militar? ¿Cómo organizarse y movilizarse? 

En la vida adulta hay como dos grandes espacios: los partidos políticos y las organizaciones de la sociedad civil. Y la respuesta que me di a mí mismo, quizás muy ingenieril, fue buscar maximizar el impacto. Pude haberlo hecho desde el servicio, desde una ONG, pero sentí que era un espacio limitado. Así que me decidí por un partido político (Voluntad Popular), cuyas acciones tienen mayor alcance poblacional y una incidencia de largo plazo. El ámbito de las ONG es más focalizado y su acción más puntual. Si la idea es participar en decisiones de gobierno, como las que eventualmente pudiera tomar un partido político, pues ahí es donde decidí estar. 

Ustedes no vivieron lo que se conoce como el pacto de Punto Fijo, los acuerdos políticos que institucionalizaron la democracia en Venezuela, luego de ser pisoteada por la bota militar. Pero ustedes lo único que conocen es esta restauración del autoritarismo, la autodenominada revolución bolivariana. ¿Cuál es su referente sino el pasado? 

El referente de los jóvenes son los sueños de cómo deben ser las cosas, porque nosotros somos una generación llena de cicatrices y de dolor, de despedirte de tus amigos o en el aeropuerto o en el cementerio. De una frustración permanente porque no consigues trabajo, no puedes formar tu propia familia, no puedes vivir una vida que no sea la incertidumbre y zozobra. Creo que el ser humano aspira vivir su individualidad, alcanzar sus metas, hacerse un proyecto y construirlo. Y eso es lo que hoy no existe. Para que cada chamo pueda hacer su proyecto de vida tiene que haber instituciones fuertes, seguridad, infraestructura pública, salud, políticas públicas que promuevan oportunidades. Para mí la raíz de todo eso es la libertad de la persona. Pero aquí a lo que te enfrentas es a trabas y más trabas, lo que al final termina siendo una terrible injusticia. Y lo haces no porque pienses en el pasado o tengas una referencia, sino porque tienes una necesidad interna de crecer, de ser mejor, de salir de abajo, como se dice, de ser alguien. 

Ciertamente, es una motivación legítima, pero ¿cuál sería el correlato político de lo que acaba de decir? ¿Qué es, digamos, lo que quisieran contraponer a la autodenominada revolución bolivariana?

Un Estado que no quiera controlar la vida de todos, hasta lo más íntimo de cada quien, sino que, por el contrario, promueva el desarrollo de las personas. Que promueva la igualdad de oportunidades en la educación, el emprendimiento, la creación de nuevas empresas y el éxito de las que ya existen. Un Estado que garantice seguridad y salud a sus ciudadanos. ¿Me preguntas en contraposición al chavismo? Un ecosistema en el que haya una simbiosis de todos sus elementos. No es por la vía del control sino por la vía de la promoción de libertades, de capacidades, de desarrollo económico que facilite todo eso. 

Hasler Iglesias retratado por Carolina Cabral | RMTF

¿Qué significado tiene para ti la palabra control?

Es dominación. Querer dominar cómo se fijan los precios. Querer dominar lo que vas a estudiar. Querer dominar adónde te vas a vivir, si sales o no del país. Querer dominar lo que dices y las consecuencias que conlleva lo que has dicho. Es someter al ser humano y lo haces, evidentemente, con un afán de poder. Yo domino para que nadie me dispute el poder que yo tengo. 

¿Qué piensas de los últimos procesos electorales que ha habido en Venezuela?

Creo que el autoritarismo se ha metido como un cáncer en todas las instituciones para poder manipular los eventos electorales y disfrazarlos, de tal manera, que sea complicado hasta para la propia oposición poder cuestionarlos. Aquí hay un dedo que pulsa una máquina y voltea el voto. Aquí hay una Fuerza Armada que se hace la vista gorda frente a ese hecho. Lo más cínico es lo que pasó con Andrés Velásquez en la elección de gobernadores, algo similar ocurrió en Bolivia: se paraliza la totalización durante un lapso y cuando llegan los resultados, son distintos a lo que está impreso, a lo que está en las actas, además, firmadas por ellos mismos. Eso para no hablar del ventajismo y de políticos inhabilitados a quienes se les violan sus derechos. Al final, el ciudadano se queda sin opciones o con dos opciones muy parecidas. El sistema electoral, que alguna vez tuvimos, se ha deconstruido para convertirse en una fachada y legitimar así una sola opción, pero no para que el ciudadano pueda elegir. 

La dicotomía en este continente convulso siempre ha sido entre el poder del Estado y el reducto de la sociedad. Esa tensión, esa difícil convivencia. ¿Qué sociedad civil quisiera ver en Venezuela?

Una de las cosas que ha hecho el chavismo es tratar de destruir las instituciones de la sociedad civil. Después del paro cívico de 2002, por ejemplo, el sector empresarial quedó deslegitimado. Los sindicatos, que en muchos países son motores de cambio y de democratización, hoy están desprestigiados por la vía del discurso oficial. A los mismos estudiantes, ¿cuántas veces no les han dicho terroristas y otra serie de cosas? Hay una insistencia permanente en restarle poder, prestigio y legitimidad a las instituciones de la sociedad civil. Eso para no hablar de las instituciones del Estado que, evidentemente, están copadas en su totalidad. Creo que son dos las premisas para que la democracia sea estable: instituciones fuertes, que no sean permeadas por los mecanismos clientelares y de corrupción y lo otro es que de nada sirven esas instituciones si no responden a las necesidades de la población. 

¿No sería mejor que la sociedad civil expropiara algunas funciones del Estado?

Yo creo en una sociedad civil con instituciones fuertes y que el Estado entienda que no puede resolverlo todo. En una ocasión tuve la oportunidad de ir a un seminario en Estados Unidos sobre alianzas entre sector público y sector privado. Para mí fue un shock, por ejemplo, ver cómo en una pequeña ciudad la propia comunidad gestionaba, a través de una administración privada, un centro de salud que prestaba un servicio público. Bajo esta alianza, el Estado no es el proveedor del servicio, es el que lo financia, pero finalmente hay que aclarar que esos recursos no son, precisamente, del Estado, sino de los contribuyentes. El derecho a la salud lo garantiza una comunidad, una asociación de vecinos, para decirlo en términos venezolanos, y lo hacen muy bien. Vi organizaciones de la sociedad civil que tienen como misión atender a una población específica: enfermos de VIH, cáncer, migrantes, etc., y lo hacen con fondos del Estado. Creo que ese es un modelo exitoso que en Venezuela hace falta. 

El problema es que, por décadas, la gente no tenía en cuenta los derechos fundamentales, no veo a nadie que diga “eso era cosa de otros”; y no veo a nadie que diga: “Caballero, ocúpese de esos asuntos, porque esos tiempos se acabaron”.

Es un caso clarísimo de la antipolítica. Yo no me meto en eso porque es un cochinero… llegaron los cochinos y mira dónde estamos. Lo tenemos muy claro como generación. No se le puede dar un cheque en blanco a nadie, así sea Jesucristo. Hay que estar pendiente de los milagros que hace y si esos milagros son los que la sociedad necesita o no.  

Hasler Iglesias retratado por Carolina Cabral | RMTF

Raúl Castro se congratuló porque Cuba y Venezuela “cada vez son la misma cosa”. ¿Venezuela es una franquicia de la dictadura cubana? ¿Qué piensa?

Hay una idea que siempre surge en las conversaciones de mi generación. Los veinte se nos fueron en esta pelea. Si tienes la oportunidad de viajar, ves que la dinámica de un chamo de 25 años es radicalmente distinta a la nuestra. Y muchos comienzan a cuestionarse. Ya entregué mis 20, ¿voy a entregar mis 30 también? La diáspora ha crecido muchísimo y pareciera que es la única salida aquí. En otro país puedo estar cómodo, puedo estar tranquilo, puedo crecer profesionalmente, pero voy a tener detrás un fantasma que me va a perseguir diciéndome: No hiciste todo lo que pudiste haber hecho. ¿Qué pongo yo por delante? ¿Una vida tranquila o el compromiso de haber cumplido y haber hecho lo correcto? Esa es el ancla que me mantiene aquí, no sé hasta cuándo y lo digo sin vergüenza.  

A Leopoldo López lo hemos visto jugando posición adelantada. Lo hizo en 2014, en 2017 y más recientemente el 30 de abril. ¿Nadie le pasa una cuenta al líder de Voluntad Popular?

Se la han pasado. En política, los errores se pagan caro, no solo en las encuestas, sino en el partido y en la coalición opositora. Eso ha ocurrido y es evidente. Ese debería ser el costo de las decisiones políticas, pero no la cárcel. Sin embargo, creo que llamar a esto por su nombre -una dictadura- y haber convocado a la protesta pacífica y ciudadana fue una lectura correcta. Quizás faltó convencer a más actores para que esa política tuviera más alcance. En mi opinión, eso debió hacerse no en 2014, sino en 2013, cuando se dijo que nos robaron las elecciones. El 30 de abril, cuando se le dio play a la película no aparecieron los militares que habían confirmado su presencia. Las conversaciones entre civiles y militares están cargadas de desconfianza, incluso de paranoia. ¿Qué tanto conocimiento tiene la Inteligencia del régimen? Se ha dicho que esos contactos siguen, no sé quiénes son ni quiénes pudieran estar hablando. Diría que si le vuelven a dar play a esa película, por favor, que tenga más fuerza. En cualquier caso, yo creo que los militares son el componente clave para la solución del conflicto venezolano, porque son ellos los que tienen el monopolio de la fuerza.

En el Gobierno se sabe quiénes elaboran el discurso, quiénes bajan la línea, quiénes mandan y quiénes obedecen. Eso está claro, pero en la oposición, que reivindica la pluralidad y el debate, quizás lo que queremos muchos venezolanos, el dilema es si vamos o no a elecciones el año que viene. ¿Qué piensas? 

La decisión no puede ser dogmática: Siempre vamos a elecciones o nunca vamos a elecciones. Ejemplos hay. En Bolivia, la oposición debatió el tema porque Evo Morales, a pesar de que perdió el referéndum para reelegirse, presentó su candidatura. ¿Lo aceptamos o no? ¿Le echamos pierna o no? Al final, más divididos que nunca, le echaron pierna, a pesar del ventajismo, a pesar de que violaron la Constitución y desconocieron el referéndum. Fue gracias a esas elecciones, a la posibilidad de identificar un fraude, a las movilizaciones que se generó el quiebre interno. La decisión de participar fue acertada. O aquí mismo, en Venezuela. En 2015 hubo unos que no querían ir. No hacemos nada con cambiar la Asamblea si no cambiamos al presidente. Si esa hubiese sido la decisión, no quiero imaginar dónde estaríamos en este momento. Haber ganado la Asamblea sigue siendo un gran activo en la lucha por la democracia. Pero también hay que decir que no haber participado en la elección del 20 de mayo nos permitió contar con todo el apoyo internacional que hemos tenido. Lo importante, entonces, es que cualquier decisión que se tome sea lo más unitaria posible. 

El aparato de propaganda del Gobierno y sus megáfonos han puesto en agenda “la reconciliación y unión de los venezolanos”. ¿Unión y reconciliación para qué? ¿Para seguir en esto o para que este país cambie? ¿Se ha hecho esa pregunta?

Sin duda. De hecho, me cuido mucho de usar la palabra reconciliación. No porque no lo crea, o porque no haga falta, pero hoy no es la herramienta. ¿Reconciliarse con el tipo que tiene el arma en la mano? Es lo que decía Churchill: “El que se humilla para evitar la guerra, tendrá la humillación y tendrá también la guerra”. Al igual que en el tema de las elecciones, la decisión no debe ser dogmática. La reconciliación tiene que sanar heridas en un entorno donde haya justicia, donde se conozca y se juzgue a quienes cometieron delitos. Reconciliación sin justicia y con impunidad es sumisión. Que se juzguen a quienes deban ser juzgados. Que se perdonen a quienes deban ser perdonados. No hay recetas mágicas en una transición. La reconciliación es necesaria, porque Venezuela no puede avanzar en medio de un conflicto, de una lucha intestina.


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