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Perspectivas

Guerra fría: pasión existencialista en tiempos de Stalin

por Wolfgang Gil Lugo

Fotograma de la película "Cold War" (2018)

26/03/2019
“Te aburrirías. Nacimiento, copulación y muerte. Son los únicos hechos cuando llegas al fondo”. T. S. Eliot: Sweeney Agonistes.

La esencia de la tragedia queda plasmada en el refrán popular que describe a la sardina que quiere escapar de la sartén y termina cayendo al fuego.

Erich Kahler (188 –1970), hace énfasis en las formas de la alienación, es decir, en la deshumanización que ha sufrido el hombre contemporáneo (La Torre y el Abismo, 1957). El pensador distingue dos niveles de alienación. El primero, constituido por la mecanización de la sociedad industrial, y posteriormente, por la sociedad de consumo. Las personas son reducidas a cifras y mercancías. El proceso queda ilustrado en la película Tiempos modernos de Chaplin, donde el ser humano se convierte en un apéndice de la máquina.  

Lo trágico de la historia contemporánea es que la humanidad, tratando de escapar a ese primer nivel de alienación, cae en un segundo nivel de alienación, constituido por los totalitarismos, donde se radicaliza la deshumanización. La novela 1984 de George Orwell lo deja bien sentado al destacar los aspectos más crueles de la represión.

Bajo el totalitarismo también se sufren otras dolencias más sutiles, como la angustia y el aburrimiento, es decir, los síntomas de la ausencia del sentido de la vida. Ese camino, más intimista, es el que toma como tema central la película Guerra fría (2018) de Paweł Pawlikowski, rodada en blanco y negro. El film nos conduce por un periplo de turbulencia existencial, narrado en breves episodios elípticos en la Europa dividida de la posguerra.  

Pawlikowski da prioridad a sus necesidades expresivas sobre las fórmulas comerciales. Ya admiramos su trabajo en Ida, la ganadora del Oscar a la Mejor Película Extranjera del 2013. En ese trabajo puso su atención sobre las almas quebradas por los horrores del nazismo.

Ahora, en Guerra fría explora las almas quebradas por el comunismo. A través de una aventura amorosa nos conduce desde el campo de Polonia a las calles del Berlín Oriental, desde París a Yugoslavia.

Tras la cortina de hierro

El argumento nos cuenta la historia de Wiktor, interpretado por Tomasz Kot, un director musical que recorre las provincias de la Polonia de la posguerra en busca de material etnográfico para un proyecto cultural «de retorno a las raíces», en el que está trabajando con la colaboradora Elena (Agata Kulesza, a quien conocíamos como la intransigente tía de Ida). Grabador en mano, registran viejas canciones populares, mientras seleccionan jóvenes talentos para formar una compañía, Mazurca, que revitalice a la Polonia devastada por la guerra. Detrás del proyecto está el gobierno comunista.

Durante la selección, emerge Zula, encarnada en una avasallante Joanna Kulig. Desde el principio, impone su indómita personalidad. Durante la audición, elige interpretar una canción rusa moderna cuando las reglas estipulaban claramente las melodías populares polacas. Wiktor queda impactado por su belleza, su espontaneidad y su fuerza de voluntad: «Mi padre me confundió con mi madre, así que usé un cuchillo para mostrarle la diferencia”.

Un fundido a negro traslada la acción a un nuevo espacio y a un nuevo tiempo: Berlín Oriental, 1952; es decir, antes del muro. La compañía Mazurca ha alcanzado tal grado de éxito que ha sido programada para actuar en el Festival Internacional de la Juventud. Descubrimos que el programa de Mazurca ha sido manipulado políticamente: junto a la música folklórica, cuelan odas a Stalin.

Todo el entusiasmo de Wiktor por su trabajo se ha desvanecido por la intromisión tan flagrante de la propaganda política en la pureza de su arte, por lo que el concierto de Berlín se convierte para él en una oportunidad para escapar hacia Occidente.

Por el contrario, Zula es una de las estrellas de la compañía que no tiene escrúpulos de aceptar la imposición autoritaria. Cuando Wiktor considera la oportunidad de desertar, le ruega a Zula que lo acompañe. A pesar de su carácter impulsivo, ella se niega a acompañarlo en su salto hacia la libertad.

La Europa dividida

Después de un fundido a negro, nos encontramos con Wiktor en París. Pawlikowski no nos llena los espacios en blanco. Nunca nos explica cómo es que Wiktor llega a tener éxito como músico de jazz en la farándula parisina. Después de unos años, Zula se le une.

Desde el punto de vista cinematográfico, las escenas mutan desde los marcos estáticos cuidadosamente compuestos del mundo comunista hasta los movimientos de cámara más libres que coinciden con los paisajes occidentales. Del mismo modo, la canción folklórica Dos corazones evoluciona desde una melodía rural a una balada jazz. Pawlikowski gestiona sutilmente una serie de claves estéticas que reflejan el flujo y reflujo de esta turbulenta historia de amor.

En el luminoso Paris, la pareja se encuentra más liberada; sin embargo, no han logrado la libertad interior. Esto queda muy bien ilustrado en la escena donde Zula baila ebria, al ritmo de los compases vibrantes del Rock Around the Clock de Bill Haley. La escena captura la sensación contradictoria de liberación exterior y sometimiento interior.

Zula es un personaje complejo. Es una mujer determinada. Puede fingir ser una simple campesina, o apuñalar a su padre abusivo, así como puede confesarle al mismo Wiktor que lo espía por la seguridad de Estado. La vemos transformarse de artista folklórica en sensual cantante de jazz. Después de una crisis de pareja, Zula se regresa a Polonia.

Al final, Wiktor la sigue, pero al cruzar la frontera es hecho preso y acusado de espionaje. Zula, angustiada por el bienestar Wiktor, lo visita en la cárcel. Luego, otro fundido a negro nos conduce al Tropicana de la Habana. Descubrimos que, para sacarlo de la cárcel, ella se ha casado con un personaje influyente del partido comunista.

Al final, luego de otro fundido a negro, los encontramos otra vez en Polonia, en el lugar que se conocieron, dispuestos a cometer un suicidio que los una en la eternidad.

Dos corazones que lloran  

La canción que anima toda la película, comienza con unos versos que dicen “Cuatro ojos y dos corazones, que lloran día y noche”. Al igual que los protagonistas, dicha canción sufre transformaciones de todo tipo: transita del folklore al jazz y del polaco al francés. A pesar de los cambios geográficos y artísticos, las almas de Wiktor y Zula continúan sufriendo. Son infelices bajo el totalitarismo, pero tampoco logran la felicidad en la orilla occidental de Europa.  

Pawlikowski nunca nos brinda ningún tipo de motivación convencional por la cual estas dos personas deberían estar juntas. Es lo suficientemente audaz para narrar toda la historia a través de sugerentes omisiones. Fiel a la usanza contemporánea, aproximarnos a Guerra Fría es como leer una novela a la que se han arrancado todos los párrafos explicativos. Sin duda, el director confía en nuestra intuición y nuestra capacidad de conjeturar.

¿Qué es lo que sabemos? Primero, existen dos almas destinadas a amarse por siempre, dando tumbos de un lado al otro de la cortina de hierro, en ocasiones juntos y en otras, separados, pero siempre pensando el uno en el otro. Segundo, hay una tensión sostenida que combina perfectamente con los temas gemelos de pasión amorosa y angustia existencial. Tercero, hay un componente trágico dentro de sus almas.

¿Qué podemos inferir de estos datos? Proponemos una interpretación constituida por tres componentes hermenéuticos. El primero consiste en atribuir parte de sus desdichas a razones históricas. El legado de la guerra, y luego el comunismo, han envenenado sus almas hasta el punto de convertir su pasión en ansia de la muerte. Siempre uno de los personajes protagónicos está tratando de escapar de algo. Sufren el tormento del exilio, incluso en suelo nativo. Wiktor y Zula no logran superar la división entre sus raíces y sus ansias de libertad. Sucumben al no poder poseer ambas cosas a la vez.

El segundo componente atribuye la otra parte de sus desdichas a las índoles existenciales de la pareja protagónica. Wiktor, sin duda, es un personaje menguado, como el ‘hombre del subsuelo’ de Dostoievski. Introspectivo, reflexivo y titubeante. Mientras que Zula, sobre todo al comienzo, parece orientada hacia el tipo titánico, como un Don Juan femenino. Zula está dispuesta a usar sus recursos para sobrevivir. Es una fuerza de la naturaleza, además es apasionada y pragmática. El asunto es que ambos son producto de la muerte de Dios: se encuentran unidos en la desolación. Ninguno de los dos encuentra su lugar en el mundo.  

Finalmente, los héroes románticos son autodestructivos. Aspiran al éxtasis, pero solo lo logran de forma fragmentaria. Luego sufren de largos periodos neurasténicos, en los cuales la vida pierde todo su brillo. Wiktor y Zula logran paliar su angustia existencial con destellos de dicha, a través de la pasión sexual, así como de mucha inspiración musical. Fuera de eso, la vida sin intensidad emocional es una carga que no pueden soportar.

Son espíritus atormentados por el absurdo existencial. Buscan desesperadamente escapar del conformismo de la era de hierro que describe Eliot con el verso: “Te aburrirías”. De ser así, habría que sanar su desolación con el lema de Henry Miller: “Hay que darle un sentido a la vida, por el hecho mismo de que carece de sentido”.


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