Filosofía

Churchill: la hora más oscura

por Wolfgang Gil Lugo

Darkest Hour (2017)

21/02/2018
“Me preguntaréis: ¿cuál es tu política? Os contestaré: hacer la guerra en el mar, en la tierra, en el aire, hacerla con todas nuestras fuerzas, con toda nuestra energía, que Dios nos aumentará. Hacerla contra una monstruosa tiranía nunca antes superada en el sombrío y lamentable catálogo de los crímenes humanos. Esa es mi política”.

Winston Churchill a los Comunes, 13 de mayo de 1940

Algunos pensadores, entre ellos Raymond Aron, han afirmado que, en cuanto a la poesía, las democracias están en desventaja con respecto a las dictaduras totalitarias. Es como si solo las dictaduras tuvieran la exclusiva de las épicas capaces de estremecer a las audiencias. Muy por el contrario, se puede afirmar que las democracias también poseen su épica. Lo que sucede es que está olvidada en algún armario. Cuando las libertades se encuentran en peligro, es hora de desempolvar las emociones sublimes para ponerlas al servicio de la lucha por un presente mejor.

Ese es el tema de La hora más oscura (Joe Wright, 2017), en la cual se describe un momento decisivo de la Segunda Guerra Mundial: cuando la Gran Bretaña parecía que iba a rendirse frente a Hitler, pero el coraje de un demócrata convencido le dio un giro a los acontecimientos.

Ese giro está encarnado en un acto de elocuencia política que tuvo lugar el 18 de junio de 1940. Un mes después de la toma de posesión de su puesto como primer ministro, Winston Churchill pronunció uno de los discursos más emotivos de toda su carrera. Se conoció como “This was their finest hour” (Esta fue su mejor hora) y en él convocó a toda la comunidad británica a preparase para enfrentar a la Alemania nazi que ya había avanzado en el continente europeo y había llegado a París cuatro días antes. Las líneas más conocidas del discurso son un llamado para que, pese a la oscuridad que pudo cubrir esa época, Gran Bretaña se convirtiese en un faro para la civilización occidental y pudiese “perseverar por más de mil años”.

En La hora más oscura se destaca el virtuosismo actoral de Gary Oldman. No siempre sale bien el dejarse enterrar bajo gruesas capas de prótesis y maquillaje para luego imitar los gestos y acentos de personajes históricos. La caracterización de Churchill es tan convincente que uno se olvida de Oldman, quien nos ha brindado tantos personajes icónicos: el vampiro en Drácula, de Bram Stoker (Francis Ford Coppola, 1992), el Sirius Black de Harry Potter, El prisionero de Azkaban (Alfonso Cuarón, 2004) y el comisario Gordon de Batman inicia (Christopher Nolan, 2005). Su interpretación de Churchill es impecable.

Desde la sala de guerra

Más que un  biopic (película biográfica), La hora más oscura es una magnífica cinta de suspenso psicológico. Nos logra impregnar de la tensión de la guerra sin hacer alarde de escenas de batallas. El conflicto bélico lo vemos desde la perspectiva del primer ministro.  Por esa razón, la puesta en escena tiene mucho de claustrofóbico.  La dirección se deleita con un juego de luces y sombras en lugares cerrados, en pequeños salones cargados de nerviosismo político y del humo de los puros de Churchill. Todo transcurre entre oficinas, pasillos, habitaciones, la Cámara de los Comunes, túneles secretos y hasta un vagón del metro.

En este clima estético, destaca con maestría la atmósfera de las salas de guerra. Nos enteramos del desarrollo de movimientos de los ejércitos por medio de planos que representan a las geografías y las tachuelas que simbolizan tanques y barcos. La única escena bélica que vemos tiene lugar cuando Churchill viaja a Francia y desde la ventanilla del avión contempla el horror de los campos de batalla.

Tan solo escapamos figurativamente a ese enclaustramiento por medio de sus discursos electrizantes. El alma y motor de aquel gigantesco esfuerzo colectivo fue sin duda su oratoria. El hombre, cuya retórica resultaba anticuada y anacrónica ya en los años veinte, parecía sintonizar ahora con el espíritu colectivo de los británicos, estimulando a cada ciudadano a dar lo mejor de sí mismo. En la era de la radio, sus discursos se convirtieron en un punto de referencia obligado en aquellos instantes.

Según los historiadores, el estilo retórico de Winston era, algunas veces, jocoso, ridiculizando la pronunciación germana de los nombres de sus enemigos, en otras, serio, apelando a la historia y a la gloria de los antepasados. Por momentos solemne, creando frases inolvidables, a ratos coloquial utilizando pintorescas y coloridas expresiones de la calle. El gran mérito de Churchill consistió en lograr que el mayor desastre nacional pareciese uno de los momentos más heroicos en la historia británica. Cuando en una ocasión le preguntaron al líder laborista Attlee qué era lo que el primer ministro había hecho para ganar la guerra, contestó: “Hablar de ella”.

El hombre de la historia

La hora más oscura no es realmente una película sobre Gran Bretaña o la guerra ni siquiera sobre toda la vida de Churchill. Se concentra en la psicología del gran estadista en el momento en que Churchill debe enfrentar la responsabilidad de asumir el cargo de primer ministro británico en pleno fragor de la Segunda Guerra Mundial, con la amenaza nazi a punto de conquistar toda Europa Occidental. Dicha responsabilidad es asumida con obsesión y hasta terquedad. Sobre ese rasgo de personalidad, Isaiah Berlin escribió:

“(Winston Churchill) es en esencia un hombre de principio único y de visión fanática. Preso de su propio sueño brillante y coherente por lo general no comprende ni a las personas ni los acontecimientos. No tiene dudas ni titubea y, por medio de la concentración de la fuerza de voluntad, de la brusquedad y del poder, logra pasar por alto gran parte de lo que acontece a su alrededor”.

La hora más oscura retrata a Churchill de un modo bastante realista. La cinta se deleita con sus peculiaridades como personaje arisco, cómico y carismático. Se reconoce que bebe copiosamente y que fuma sin parar. También se le describe como muy desenfadado, hace gestos groseros tanto a propósito como accidentalmente. Llega a ser muy hosco, pero esto se ve atenuado por el afecto sincero a las personas que le acompañan en la vida, ya sean sus seres queridos, su esposa, sus subordinados, como su secretaria, o hasta por el sencillo pueblo británico. Nos enteramos que Winston es un adicto al trabajo. No descansa ni en la cama ni en el baño.

La visión de Churchill le asegura el liderazgo hasta de quienes desconfían de su capacidad para enfrentar la crisis. Esto es muy significativo en su relación con el rey Jorge VI (Ben Mendelsohn), la cual era muy tensa al principio. Al rey no le agrada este brusco sustituto del refinado Chamberlain. Al final, ambos descubren cómo trabajar juntos. También asistimos al proceso de lograr seducir a la oposición, pero lo que se le hizo más difícil a Churchill fue convencer a los compañeros de su propia bancada conservadora.

Desde el punto de vista dramático, La hora más oscura nos muestra el proceso interno de  Churchill. Al principio, con su terquedad característica, el primer ministro está resuelto a llevar adelante la guerra. Luego, lo vemos cavilar cuando todo parece estar en contra. Se le ve menos seguro de sí mismo, al considerar el costo humano de sus decisiones. A esto se suma que sus compañeros del gobierno advierten sobre las consecuencias potencialmente desastrosas de tomar posición en contra de Hitler. Duda de sus propias convicciones y llega a considerar la idea de establecer el acuerdo con el enemigo que proponían los más conservadores. Esa es la hora oscura a la que hace referencia el título de la cinta. Finalmente, tiene lugar una importante inflexión. Churchill toma un segundo aire, evalúa la situación, se nutre del sentir popular y toma la decisión de asumir el destino.

El problema de la verdad histórica

La hora más oscura plantea preguntas sobre el mito y la verdad. Desde la perspectiva histórica, conocemos cómo se desarrolló y culminó la Segunda Guerra Mundial, pero es bueno recordar que, en esa época, no estaba del todo claro que Hitler perdería y que el destino de una Gran Bretaña libre estaba seriamente en duda, especialmente dada la renuencia de Estados Unidos a involucrarse. Este hecho queda claramente ilustrado en la escena memorable de la película donde se muestra a Churchill hablando por teléfono con el presidente Roosevelt, rogándole que le permita a Gran Bretaña obtener los aviones que compró en los Estados Unidos «con el dinero que le pedimos prestado».

Hasta aquí la cinta es fiel a la historia. Luego se toma algunas licencias. A tal respecto es paradigmática la escena del encuentro entre Churchill y un grupo de civiles en un vagón detenido del metro. Los sencillos ciudadanos le dan el coraje para que se decida a ser inflexible contra la Alemana nazi, lo que convence al primer ministro de marchar hacia el Parlamento y declarar que el país nunca se rendirá.

La escena del metro es tan conmovedora como ficticia. Constituye una gran arenga. Inspira a combatir contra los fascistas y reafirma el derecho de la gente común a que sus líderes los conduzcan a defender la dignidad.

Por otra parte, ese encuentro en el vagón del metro nunca sucedió. Se le puede considerar una alegoría de la forma en que Churchill se conectó con el pueblo británico. Es una licencia poética para explicar cómo el primer ministro supo interpretar el sentir nacional que le dio fortaleza para mantenerse firme ante la amenaza.

Esta manipulación de la historia por parte de los cineastas tiene correspondencia con algo que llevó a cabo el mismo Churchill.  A lo largo de la película, Churchill disimula la verdad del avance nazi en Europa continental para elevar el espíritu de la población. El dilema moral se hace evidente  en un discurso suyo a la nación, donde claramente tergiversa los hechos de la guerra.

¿Dónde está la línea entre la fiel narración de historias y la propaganda? ¿Deberíamos burlar la verdad o representar la fantasía como verdad sin explicar que su intención es inspirar a la gente a hacer lo correcto? Estas peguntas adquieren un nuevo matiz de significado en nuestro mundo plagado de posverdad.

Según la doctrina platónica de la mentira noble, el hombre justo puede tergiversar la verdad por buenas razones. Eso recuerda el principio maquiavélico de que el fin justifica los medios. La posverdad es un mal método utilizado por hombres injustos para lograr la dominación. ¿Pueden los hombres justos manipular la verdad para lograr la libertad y la justicia? Es un hecho que siempre queda pendiente el problema de la ambigüedad moral.

La poesía democrática

La hora más oscura es una bocanada de aire fresco e inspirador en un mundo donde las libertades se encuentran en riesgo. Ayuda a los demócratas a reconectar con la tradición de la poesía épica de la lucha por la libertad y la justicia.

La democracia, considerada desde el punto de vista de la dominación, es el menos malo de los sistemas de gobierno, tal como decía el mismo Churchill: “La democracia es el peor de todos los sistemas políticos, con excepción de todos los sistemas políticos restantes”. A esto hay que agregar que la democracia también es el mejor régimen desde el punto de vista de la liberación. Los problemas de las dictaduras se resuelven con democracia y los problemas de la democracia con más y mejor democracia. Toda lucha por ella lleva en su seno una sublime melodía que es capaz de salvarnos en nuestra hora más oscura.


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