Perspectivas

El plan Maduro: un paquetazo y una farsa

por Leonardo Vera

Fotografía de Federico Parra | AFP

21/08/2018

Después de cinco años y medio en ejercicio de la primera magistratura, tratando de eludir el estado crítico y vulnerable en que Chávez dejó la economía venezolana; apremiado por la profundización de una monumental crisis y una real amenaza de desalojo, Nicolás Maduro comienza a hacer anuncios para recoger los despojos. Lo viene haciendo a su andanza: a pedazos, improvisado, errático, tornadizo y titubeante.

Ahora habla de disciplina fiscal, de eliminar la emisión de dinero inorgánico, de la búsqueda de un ancla para detener la inflación. La neolengua ha revertido y parece atacar y apoderarse de las raíces del discurso simplificador y postizo del jacobinismo.

La tradicional esterilidad de su discurso y gestión de gobierno ahora parecen darle paso a una precipitada avalancha de decisiones y de acciones, que no son más que el producto del desespero de quien se niega a aceptar que en asuntos humanos todo tiene su final. La naturaleza de sus anuncios, lejos de haber promovido confianza y aliento en la población, los arroja al desconcierto, la oscuridad y la incertidumbre.

Veamos en esencia, y cierto orden cronológico, lo que Maduro hasta ahora ha anunciado como plan de recuperación económica. Después intentaremos armar el rompecabezas, advirtiendo las piezas que no encajan, y el desastre que se nos avecina si Maduro y sus asesores se empecinan en poner en práctica al menos una parte de lo que amenazan con imponer.

El plan Maduro

El 25 de julio, Maduro posterga una vez más la reconversión monetaria (para el día 20 de agosto) y anuncia que la reexpresión ya no será eliminando tres (3) dígitos a la moneda y a las transacciones, sino cinco (5), y que el nuevo signo monetario, el bolívar soberano, será gobernado por el petro que pasa a ser una unidad de cuenta virtual y ancla nominal de los precios.

Una semana después, el día 2 de agosto, levanta la norma que prohibía las operaciones en divisas en el país, aprobando (a través de la Asamblea Nacional Constituyente) la derogación de la Ley de Ilícitos Cambiarios, una decisión presumiblemente destinada a promover y activar un mercado cambiario para los agentes privados. En esa misma primera semana de agosto, decide exonerar del pago del Impuesto Sobre la Renta (ISRL) a Petróleos de Venezuela (PDVSA), sus empresas filiales y las empresas mixtas domiciliadas o no en el país. Ya el 23 de julio había anunciado una exoneración de impuestos de importación a los insumos, materia prima, repuestos, consumibles, maquinarias y equipos destinados a la actividad industrial.

El día 13 de agosto, Maduro anuncia el incremento en el precio de los combustibles, y en el caso de la gasolina señala que la meta es llevarlo a nivel internacional, no sin antes advertir que se hará “por las buenas o por las buenas” y que “si la oposición se atreve a sabotearlo, se va a arrepentir de haber nacido”. Un subsidio directo, para atenuar el impacto del incremento, recaería sobre aquellos usuarios que se registren con el carnet de la patria.

Pero el grueso y rollizo conjunto de anuncios de su plan es desplegado el 17 de agosto. Maduro deja boquiabierta a la población venezolana anunciando un ajuste de 5.900% en el salario mínimo, para llevarlo de su nivel actual de 3 millones de bolívares a 180 millones de bolívares, más un bono especial (bono de reconversión) que recibiría toda la clientela del carnet de la patria por 60 millones de bolívares. En el trajín sugiere que los precios no sufrirán mayor ajuste, pues el gobierno asumiría con un subsidio y durante 90 días el diferencial “de la nómina salarial de toda la pequeña y mediana industria”, y además impondría “un nuevo sistema de precios” con anclaje al petro (llamado Plan 50), que sería explicado próximamente por los estelares ministros Tareck El Aissami, y Wilmar Castro Soteldo.

Sin salir de su asombro, los venezolanos tuvieron que escuchar la parte más peripatética, extravagante y rara de su anuncio. Venezuela pasa a un régimen cambiario con un tipo de cambio oficial único y fluctuante que ya no es de 249.000 BsF por dólar, como reflejó la última subasta Dicom, y tampoco 4.000.000 BsF por dólar, como ha determinado el Banco Central de Venezuela (BCV) en el mercado de remesas hace unos días, sino 6.000.000 millones de BsF por dólar. Maduro parece creer que nada en un océano de dólares y se atreve a señalar entonces que el BCV hará hasta tres subastas por semana con el mecanismo Dicom (con la meta de llegar a cinco subastas por semana), pero eso sí, iniciando con un tipo de cambio que se ha devaluado en 2.309%. Nada de esto va a ejercer impacto alguno en los precios, pues El Aissami y Castro Soteldo tendrían todo atajado con su nuevo sistema de fijación precios.

Pero la extravagancia y terrible tragicomedia no para allí. A partir del 20 de agosto, y según Maduro, Venezuela pasa a trabajar con cuatro unidades de cuenta y al menos tres paridades cambiarias (dos flotantes y una fija). Piezas monetarias en bolívares fuertes y bolívares soberanos circularán simultáneamente, los precios se marcarán en petros y en bolívares soberanos. El dólar seguirá campeando en la cabeza de la gente (pues ese si tiene el respaldo de la economía más fuerte del mundo). Así que los venezolanos han sido invitados a sacar sencillas cuentas en bolívares fuertes, en bolívares soberanos, en petros y en dólares, y para cada una hay unas reglas de conversión. Como a toda expresión hay que birlarle desde ahora cinco ceros, la tasa de cambio no es en realidad 6.000.000 de bolívares por dólar, sino 60 bolívares soberanos por dólar, y como 1 petro equivale a 60 dólares (según ha señalado esta versión tropical del emperador Diocleciano), entonces por transitividad 1 petro valdrá 3.600 bolívares soberanos.

¿Pero qué papel juega el petro en todo esto? Pareciera que el petro ya no es una criptomoneda (y en realidad nunca lo fue, pues allí nunca hubo criptografía), ni un medio de pago digital internacional, sino más bien ha quedado como una mera unidad de cuenta. Una unidad de cuenta que además funcionará, según Maduro, “como ancla de la economía”. A decir verdad, a Maduro lo han engañado haciéndole creer que el petro puede hacer la magia que sí pudo hacer la unidad real de valor en Brasil durante el gobierno de Itamar Franco, una suerte de unidad de cuenta que se revaluaba día a día con el cruzeiro y que hizo que las transacciones no se expresaran más en cruzeiros devaluados (sino en URVs) y con una denominación anclada en paridad fija y 1 a 1 con el dólar. Así que la reforma monetaria brasilera fue, en cierto sentido, una dolarización indirecta de la economía (sin usar el dólar) asumiendo una paridad fija y creíble en medio de circunstancias macroeconómicas bastante diferentes a las que atraviesa Venezuela. El petro, en contraste, es una unidad de cuenta anclada al valor futuro e incierto de un activo físico enterrado a 5.000 metros de la superficie en un baldío territorio al sur del estado Anzoátegui, y en una economía que no posee municiones para mantener la estabilidad en la tasa de cambio. Parece claro entonces que no es lo mismo anclar, en paridad fija y creíble, con una poderosa moneda mundial, que hacerlo con paridad fluctuante y sin reservas internacionales, con un activo físico de valor incierto.

Maduro cerró en cierto modo la presentación de su plan con anuncios fiscales. Es aquí donde despliega su mayor falacia con asombrosa osadía. Maduro anuncia una meta de déficit fiscal cero. Sí, en efecto, todos oímos bien: “¡Déficit fiscal cero!” Suponemos que esa es parte del programa que le pusieron en la mano para combatir la hiperinflación, una propuesta que ruborizaría hoy a la derecha germánica en Europa y al mismo Milton Friedman. Para lograrlo propuso:

1. Subir la alícuota del IVA en 4 puntos (de 12% a 16%) supuestamente para ser aplicable sobre el consumo de bienes suntuarios.

2. Una fórmula de pago anticipado por concepto de impuesto sobre la renta (ISLR) con pagos mensuales el 0,5% y el 2%.

3. El retorno al Impuesto a las Transacciones Financieras sobre los contribuyentes especiales con tasas que oscilarían en un rango entre 0% y 2%.

El inflamable aumento del precio de la gasolina pasó a un segundo plano el día 17 de agosto y ahora es un plan, a dos años o más, con destino incierto.

Con estos recursos tributarios, y con lo que pudiera levantar por la devaluación de la moneda, Maduro se propone financiar no sólo los 20 puntos de PIB de déficit fiscal que tiene hoy el sector público en Venezuela, sino además cubrir el aumento del salario integral de 5.900% para cerca de 2 millones 700 mil empleados públicos, para 3 millones 500 mil pensionados, y para toda la nómina de las empresas privadas medianas y pequeñas, que deben sumar cerca de 420 mil unidades productivas. Quizás sólo le faltó precisar el número de décadas que le tomará llegar a semejante meta.
¿A dónde nos llevará el plan Maduro si los resortes de la sociedad no se activan?
El plan Maduro es falaz, infundado, retorcido y quimérico, pero también adolece de un componente esencial que requiere la economía venezolana para poner en marcha un programa de estabilización exitoso: financiamiento externo.

Como no hay fondo líquido y abundante de reservas en dólares, su plan se decanta por una devaluación que pone el valor de la moneda nacional incluso por encima de la cotización del mercado negro. Esa cotización es consistente con una economía que sólo importa recursos por el orden de los 10 mil a 12 mil millones de dólares al año y que la ha llevado a un equilibrio en “estado de postración”; pero para nada refleja el equilibrio de una economía que 6 años atrás importaba más de 55 mil millones de dólares al año y que crecía al 5,5% anual. Peor aún, como el tipo de cambio único y oficial no pudo ser colocado por debajo de la tasa del mercado negro (por la ausencia de un fondo de abundantes recursos en divisas), la posibilidad de que las empresas financiaran algún tipo de aumento salarial con los recursos liberados por la baja en el costo en las importaciones, se ha desvanecido. Por el contrario, el escenario para las empresas es trasladar a los precios los inmensos incrementos en la estructura de costos salariales y de los costos de las importaciones, o en su defecto cerrar.

Más mortalidad empresarial agrava la crisis productiva venezolana, ya de lejos la peor observada en la región en décadas. Aquellas unidades empresariales y comerciales que sobrevivan, lo harán empujando precios y lidiando con el maravilloso esquema de represión económica que de seguro ya está ideado.

Desde luego, el incremento de precios será algo no visto ante esos ojos reservados y tristes de una población que aseguraba haberlo visto todo en materia de inflación. La recaudación en términos reales de esas minucias tributarias que Maduro pretende rasguñar se desplomará. No quedará más recurso que pagar las abultadas, pero fugaces nóminas públicas y otras promesas devaluando aún más o recurriendo a la máquina de impresión.

Aún después de semejante devaluación inicial como la que Maduro ha anunciado (en 2.300%), no podía anunciar entonces un sistema de tipo de cambio fijo, pues no tiene como defenderlo. El BCV escasamente recibe divisas del sector petrolero y no tiene reservas defensivas. Así que sin una oferta profunda y continuada de divisas, ese mercado cambiario fluctuante que ahora Maduro anuncia quedará, por las presiones fiscales o por las presiones financieras de la economía, a merced de los ajustes de precio, lo que llevará ulteriormente a las autoridades monetarias a aceptar la espiral devaluación-inflación o a controlar y racionar una vez más la asignación de divisas. El lector ya habrá percibido claramente que estamos de cara a un estrepitoso fracaso del plan. Nadie y sólo el gobierno va a vender divisas inflavaloradas a la tasa petro/dólar. El mercado negro estará una vez más campeando a cualquier tasa bolívares soberanos/dólar.

La crisis fiscal, cuya faceta más visible para la población se revela crudamente en el déficit y la pésima calidad de los servicios públicos, no hará sino empeorarse. En su desesperación, Maduro ha exonerado a las empresas petroleras del impuesto tradicionalmente más recaudador y progresivo que tuvo Venezuela en la década de los años 70 y 80 (el ISLR petrolero), y ahora intenta trasladar la carga hacia el menguado y casi destruido sector privado no petrolero. Por un lado dicta generoso (como solían hacer en sus decretos los emperadores romanos) aumentos de ingresos salariales que ya sabemos se habrán diluido en sólo horas, y por otro lado increpa por recursos a sus asesores quienes sólo pueden ofrecer más rasguños a los desintegrados bolsillos de los sobrevivientes, y más impuesto inflacionario (por la vía monetaria o cambiaria). La realidad es que su gobierno perdió el acceso a los mercados financieros internacionales, no tiene capacidad para financiarse y la recaudación fiscal de origen petrolero (aquello que llamamos la renta) es un recuerdo. Y aún así el presidente tiene el descaro y la desvergüenza de prorrumpir: “¡Déficit fiscal cero!”

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Leonardo Vera es Individuo de Número de la Academia de Ciencias Económicas y Profesor Titular de la Escuela de Economía de la Universidad Central de Venezuela.


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