El Nacional y la épica del plomo

por Willy McKey

Fotografía de Federrico Parra | AFP

14/12/2018

En la historia de mi abuelo siempre hubo dos maneras de oler el peligro. La primera ha rondado la noche y las mujeres. La segunda sigue escondida en las viejas maneras de hacer política. Mi abuela, según él, era “perejimenista sin saberlo, aunque con una lealtad inquebrantable”. Él fue reportero y linotipista de El Nacional. Reportero primero y linotipista después. El apartamento donde vivían, en la avenida Baralt y a dos cuadras de la redacción de Puerto Escondido, sirvió de concha a muchos líderes opositores a la dictadura.

En la historia de El Nacional siempre hubo dos maneras de oler el plomo. La primera ha rondado la amenaza de las armas y el Poder. La segunda sigue escondida en los rincones del linotipo. Cuando salió a la calle su primera edición, el 3 de agosto de 1943, Venezuela contaba con el lujo de tener un periódico dirigido por un respetado narrador y editado por un poeta, ambos con una profunda formación política. Toda una rareza. Quizás demasiada para enfrentar, apenas cinco años después, el derrocamiento del presidente Rómulo Gallegos por Marcos Pérez Jiménez.

Los oficios y las ideas de mi abuelo más de una vez lo condujeron a los calabozos de la Seguridad Nacional. El propio Pedro Estrada le pidió que dejara de enconchar adecos “…o vamos a tener que cortarte la otra pierna, Cojito”. Y así fue como llegó al noble oficio de linotipista: don Miguel Otero Silva, quien conocía por el poeta Antonio Arráiz la eficacia editorial de mi abuelo, le sugirió dejar de reportear durante un tiempo. “Nos conviene que estés cerca de otro tipo de plomo, Cojo. Eres un editor rápido en papel, pero eso te necesitamos en el taller de montaje. Y, además, será muy conveniente tener un amigo en la linotipia cuando nos provoque hacernos los locos con alguna sugerencia del censor”.

En esos talleres mi abuelo contrajo la psoriasis. Quizás hoy resulte una metáfora demasiado urticante para explicar un tipo de periodismo que era capaz de ponerse el plomo en la piel con tal de explicar el mundo a sus lectores. Antes de la crisis del papel, antes de la hiperinflación, antes de las divisas negadas para comprar tinta, supe de un jefe a medianoche afilándole los dientes a un párrafo, confesando nombres y apellidos, replanteando una noticia con la única intención de que el impacto pasara desapercibido para la policía, pero no para los lectores.

El arte de decir la verdad y saber cómo hacerlo, explorando con avidez arqueológica las ruinas de la pirámide invertida. La intención desmontando los mitos de lo objetivo. Un periodismo que se permitía delirios neoyorquinos, sólo que en medio de una dictadura militar.

Es la épica impresa del plomo contra el plomo.

Hoy la sempiterna suma del quéquiéncuándocómodónde y por qué que enseñan en las escuelas de periodismo sólo nos sirve para contar que desapareció la versión impresa de un diario referencial en el periodismo latinoamericano. Hacemos un repaso que deje saber que las páginas que en algún momento sirvieron de asilo impreso a las palabras como las de Gabriel García Márquez y Tomás Eloy Martínez mañana no darán espacio a nadie más. Ni el soporte de las discusiones de Juan Nuño contra el mundo. Ni lo que le dio a José Ignacio Cabrujas eso que no le dejó hacer el teatro. Ni el mundo de papel que le permitió a Juan Liscano hacer de la literatura un asunto público. Ni las controversias de Luis Alberto Crespo o Juan Barreto. Ni los experimentos en letra alta de Pedro Chacín. Ni las diagramaciones que reunían, en una misma página, a Adriano González León y a Juan Nuño. Ni la orilla de imprenta que tuvieron Guillermo Meneses y Oscar Guaramato.

Los duelos tienen esa pulsión que permite revisarnos, rectificar, asumir consecuencias.

Hasta hoy circulará la edición impresa de El Nacional. Y quizás el dolor que estamos expiando ya no puede tener las dimensiones adecuadas, porque de alguna manera nos hicimos la idea de que pasaría y creímos que nada de eso estaba en nuestras manos, sino en un dios del destino que se parece demasiado a los antojos del Poder.

Vimos cómo se adelgazaba la edición dominical, mientras otros periódicos desaparecían. Vimos el divorcio entre las maneras de la edición impresa y las de la versión digital, con la intención de sobrevivir buscando el clic a como diera lugar. Vimos bobinas de papel prestadas que cruzaban la frontera en camiones escoltados por otros periodistas que hacían la cobertura de nuestra crisis con la piedad de los donativos.

Vimos el asedio. Vimos la herida. Vimos todo lo que pasaba.

Nada funcionó.

Vimos el duelo antes de la tragedia y ahora, al parecer, lo único a mano es la noticia.

Y la noticia, por sí sola, tampoco será suficiente.

Si bien la desaparición de la edición impresa de El Nacional es una tragedia, toda tragedia esconde dos lecciones del destino: aquella que la origina y aquella que la lleva a su final. De modo que es el momento de hacer un inventario responsable: reparar en cuánto hemos perdido con esta tragedia, asumir cuanto nos toca y recuperarlo, así sea simbólicamente.

Una de las acepciones más hermosas del vocablo ‘palabra’ era “Metal de la voz”. Se refería a esa piecita de plomo que identificaba cada voz, cada palabra, en el taller del linotipista. Entró en desuso y desapareció de nuestras voces en la medida en que la técnica del linotipo fue relevada por nuevas rotativas y magias digitales.

Las palabras también se van perdiendo. Cuando olvidamos las palabras, también desaparece aquello que nombrábamos con ellas. Sin embargo, el plomo sigue allí. Ya no en forma de palabras, quizás, sino transformado en soldaditos, en balas, en excesos.

Aquella épica impresa del plomo contra el plomo merece mucho más que un duelo. No podemos conformarnos con ser, como diría Ana Teresa Torres, los últimos espectadores. Porque no es un mérito echar de menos aquello que desde hace rato habíamos dejado de cuidar: la nostalgia también es una trampa que sirve para quitarnos de encima un pedacito de culpa.


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