Mundial Rusia 2018

El miedo de atacar y el miedo de perder // #Rusia2018

por Jován Pulgarín

Créditos: Kirill Kudryavtsev, Yuri Cortez, Patrik Stollarz, Franck Fife / AFP

04/07/2018

Pocos recuerdan que en el Mundial de 2006 el mejor jugador fue Zinedine Zidane, que el goleador fue Miroslav Klose, que el joven más destacado fue Lukas Podolski, que el equipo más atractivo fue Portugal y que Brasil y España compartieron el Fair Play.

Se recuerda, eso sí, que Italia fue campeón. Un campeón inesperado, que se defendió como pudo y que, cuando no pudo, apareció Gianluigi Buffon. Se llevó el premio Yashin, una consecuencia obvia de la puesta en escena de Marcello Lippi.

Dos años antes del triunfo de Italia, Grecia triunfó en la Eurocopa de 2004, frente a la generación de Oro de Portugal: Figo, Deco, Rui Costa, Nuno, Carvalho, Maniche, Costinha, Rui Costa y un jovencito Ronaldo.

Grecia fue la segunda selección que menos remates realizó por partido (7,8), la quinta que menos disparó entre los tres palos (3,5 por encuentro), la octava en la media goleadora (1,1) y la penúltima en posesión del balón (43 por ciento por partido). Nunca antes había ganado algo un equipo con tales números. De hecho, el único remate contra los lusos fue el gol del triunfo, aquel famoso cabezazo de Angelos Charisteas.

En ese mismo año, Porto, con Mourinho, fue campeón de la Champions League. Era un equipo sin estrellas, fiel a la filosofía de sacrificio, lo que posteriormente se conocería -simplificando una idea más profunda- como “mourinhismo”: Vítor Baía, Jorge Costa, Ricardo Carvalho, Paulo Ferreira, Nuco Valente, Costinha, Maniche, Pedro Méndez, Deco, Alenichev y Derlei.

Se creó entonces la tormenta perfecta para que la posesión fuera desdeñada. No importaba el cómo sino el fin. El balón sobraba, decían los entendidos. La victoria de los tres equipos redimía a quienes validan el fútbol sólo desde resultados: se juega bien si se gana, se juega mal si se pierde.

Hasta que llegó España, la España de los mediocampistas (Andrés Iniesta, Xavi, Xavi Alonso, Cesc Fàbregas, Sergio Busquets…). Dos Eurocopas y un Mundial. Primero, bajo la dirección de Luis Aragonés y luego con Vicente Del Bosque. El panorama futbolístico se recompuso y, entonces, se empezó a hablar de nuevo de la posesión, después de la posición (o ubicación) y el 4-3-3 se universalizó.

Detrás de todo esto estaba la figura de Joseph Guardiola y su Barcelona. El español logró con la pelota como herramienta 14 títulos entre 2008 y 2012. “En el fútbol soy muy egoísta: el balón lo quiero para mí, y si el contrario lo tiene, no le espero, se lo voy a quitar, que sepa que se lo voy a quitar, que voy a por él. Mis equipos son eso”, decía el entrenador que ahora hace vida en Inglaterra.

Su propuesta no pasó desapercibida en Alemania. A la conocida preparación física se le sumó el trabajo con el balón. Sami Khedira, Bastian Schweinsteiger, Mesut Özil, Philipp Lahm, Toni Kroos, Miroslav Klose, Thomas Müller… Había talento como para, a través del dominio del esférico, establecer diferencias. El relevo generacional en la dirección técnica, de Jürgen Klinsmann a Joachim Löw, derivó en ese título de 2014.

Lo curioso de ese torneo es que se recuerda mucho más el 7-1 a Brasil que el propio título del equipo germano. Probablemente porque seguimos reduciendo el fútbol a números, cuando se trata de una actividad muy compleja, como las relaciones humanas.

Viajemos a Rusia 2018. Es probable que, visto el juego desplegado y los eliminados, se imponga un equipo de fútbol directo, es decir, de una transición rápida de defensa a ataque, sin mayor elaboración. Suecia y Uruguay son un ejemplo de ello. O que sabe desplegar sus contragolpes: el epítome sería el tercer gol de Bélgica contra Japón.

Inglaterra es un equipo que se maneja muy bien en esa idea de fútbol directo, sin embargo, demostró los problemas que enfrenta cuando se encuentra con una defensa bien posicionada, como la de Colombia. En este partido vimos a dos fuerzas que se anulan, básicamente porque ninguno de los dos tenía los elementos para ejercer influencia en la zona donde se gesta regularmente el triunfo: el mediocampo.

“Cuando seas entrenador, vas a querer poner a todos los centrocampistas en tu equipo; es la mejor manera para que el equipo juegue bien”, le dijo Guardiola en su momento a Javier Mascherano.

Para quedarnos entre argentinos y poner de nuevo a Inglaterra como rival. En 1986, Carlos Bilardo encontró su equipo ante Inglaterra. Eran prácticamente tres defensas y siete mediocampistas, sin delantero.

Obviamente, Jorge Valdano era el hombre del área, no obstante, si se revisan los movimientos contra la selección europea, se observa que después de la línea de tres en el fondo (José Cucciufo, José Brown y Óscar Ruggeri) estaban: Sergio Batista, Olarticoechea, Jorge Burruchaga, Héctor Enrique, Roberto Giusti, Jorge Valdano y Diego Maradona.

En este esquema Cucciufo subía por su costado derecho, Valdano jugaba por detrás de Maradona y Burruchaga aparecía como un “9” en el punto penal. Fue una manera muy interesante de enfrentar a un equipo rápido y físico como el inglés. Ese 2-1 fue el partido más bravo que tuvo la Albiceleste antes de llegar a la final contra Alemania.

De este encuentro queda la famosa anécdota de la confesión de Maradona. Según Valdano, el “Pelusa” le dijo que siempre estuvo buscándolo para pasársela, pero tuvo que seguir solo con el balón hasta la meta porque siempre un defensa se entrometía en la acción.

Siguiendo la premisa de Marcelo Bielsa y Guardiola, que lo importante es “llegar” y no “estar”, los equipos que se imponen desde la superioridad posicional en el campo, lo cual no tiene que ver con la mayor cantidad de delanteros, son los que destraban, los que aparecen, los que sacan del patrón al rival. Se desorganizan para generar un caos que desconcierta al contrario.

José Pékerman le tuvo miedo a esta idea y prefirió salir desde el principio con tres jugadores de corte completamente defensivo en el mediocampo: Carlos Sánchez, Wilmar Barrios y Jefferson Lerma y dos volantes, en teoría, ofensivos: Juan Guillermo Cuadrado y Juan Fernando Quintero. Y un solo delantero: Radamel Falcao.

El resultado fue previsible: un solo remate al arco en los primeros 45 minutos, 4 en los 90 y 2 en ese mágico minuto final del descuento. Luego, es Sánchez -volante de contención- quien mete en problemas a Colombia con la falta sobre Harry Kane que se transforma en penalti.

Con la eliminación encima, sin mañana, el entrenador colombiano convierte a Colombia en lo que pudo ser, con el ingreso de Carlos Bacca, Mateus Uribe y Luis Muriel. Con más jugadores que saben qué hacer con el balón, es que los cafeteros llegan al córner que empataría el encuentro, consecuencia de un disparo de Uribe (el tercer remate al arco en todo el partido).

No fue en jugada colectiva, pero sí una opción de un hombre que llegó precedido por ese gran disparo que posee. Después, falló desde los 12 pasos, porque precisamente es en este tipo de situaciones donde se observan las maravillosas contradicciones de este deporte, y desde donde también fallaron Messi y Cristiano Ronaldo.

En el córner, Mina cabecea y empata momentáneamente. Fue el tercer gol del defensa del Barcelona. Una demostración más de los problemas creativos de Colombia en todo el torneo: contra Japón, el gol fue de tiro libre; contra Polonia, Mina abrió el marcador, y contra Senegal fue el autor de la victoria.

Los neogranadinos extendieron su vida con un defensa goleador. Pretender vivir con eso en un Mundial es encomendarse a un santo.

El analista Diego Latorre escribió:

A esa sentencia, debemos colocar los números que reseña Juan Pablo Varsky en su red social:

Nadie puede borrar lo que logró el técnico argentino con Colombia. No se trata de buscar culpables, porque perder o ganar es una circunstancia y no un delito. Sin embargo, queda la amarga sensación de que siempre se pudo hacer más.

Hace tiempo me topé con este extraordinario blog de fútbol. En un artículo titulado “Ser o saber”, firmado por un bloggero llamado Javier Martínez, hay un cierre maravilloso que dice así:

“Sumidos en la disputa del tener o no razón, olvidamos el origen de la disputa, que nunca debe ser el con quién no estamos de acuerdo, sino por qué no lo estamos, y, más aun, qué parte de nuestra postura se debe al deseo y cuál al conocimiento. Y entonces, quizás no le echemos la culpa al fútbol, sino a nosotros mismos”.

Espero haber dejado claro el por qué no estoy de acuerdo en permitir que se rebaje el valor de jugar con la pelota. Comprendo también, perfectamente, por qué Irán jugó contra España con un sistema defensivo numantino, o la de Rusia. Puede que no llene al ojo, pero es una propuesta válida.

Como también fue válida la de México, que le salió a atacar a Alemania y le ganó, y la de Japón, que fue a buscar a Bélgica y casi da la sorpresa del torneo. En un duelo muy equiparado, Suecia no renunció a asumir el protagonismo y, con sus altas y bajas, Brasil aún guarda reminiscencias de su pasado porque sus volantes tienen la libertad para hacerlo.

Cierro con una párrafo de Bielsa que está en el libro 11 caminos al gol:

“Yo soy un obsesivo del ataque. Yo miro videos para atacar, no para defender. Mi trabajo defensivo se resume en una frase: ‘corremos todos’. El trabajo de recuperación tiene cinco o seis pautas y chau, se llega al límite. El fútbol ofensivo es infinito, interminable. Por eso es más fácil defender que atacar. Correr es una decisión de voluntad, crear necesita del indispensable requisito del talento”.


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