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Domingos de ficción

El extraño caso de la sábana faltante

por Lena Yau

Fotografía de Hernán Piñera | Flickr

10/11/2019

A Tulio Hernández

La sábana faltante es motivo de discusiones y acusaciones varias.

Que si la muchacha que trajiste de Boconó era una ladrona, me dejó sin pantaletas, desemparejó los juegos de cama, desguazó todos los electrodomésticos de casa, le lavaba los dientes a la gata con mi cepillo y se acostaba contigo.

Que si la vecina de arriba derramó un chorro de lejía sobre el tendedero porque niño menor la dejó plantada y la sábana al viento era un recordatorio de las tardes en las que aprovechaban mi ausencia (menor y vecina) para intercambiar fluidos sobre mi cama.

Que si la abuela en un arrebato de creatividad vio en la sábana sin planchar las flores que necesitaba para parchear un vestido, los lunares para el sombrero de domingo que había prometido coser a la nieta de su compañera de residencia, la popelina ideal para hacerse un saquito de fomentos y tres fundas de almohadas.

Pero la muchacha de Boconó no fue la responsable de la desaparición de esa sábana porque el día que desapareció la pieza en cuestión, Tomasa

(que así se llamaba la susodicha aunque exigía que la llamaran María y si alguien le decía, pero si Tomasa es un nombre muy bonito, ella cogía una fruta y la pelaba con los dientes –María Tomasa, no; Tomasa, tampoco; simplemente María–; –¿como la telenovela?, entonces rabia en el pico ocupado pelando una piña y en los ojos que se le ponían del color de las chiripas, –María –subrayaba, escupiendo cáscaras y mirando fijo y desafiante)

no paró ni un minuto, las navidades estaban cerca y habían escogido ese día, justo ese día, para hacer hallacas.

A la familia le gustaban las hallacas caraqueñas y Tomasa

(que a los efectos de este cuento será Tomasa a su pesar y no María porque en el tiempo del relato la versión que Los Caifanes hicieron de «La negra Tomasa» estaba muy de moda)

las preparaba al estilo andino, metiéndole garbanzos al guiso, por eso no le encargaban hacerlas sino que se las compraban a la conserje del edificio hasta que, en un golpe de suerte, la mujer combinó acertadamente seis caballos, soltó el cubo, la mopa, el manojo de llaves y se largó –dicen que a Miami– dejando a clientes, inquilinos y propietarios, huérfanos de plato.

Tomasa pensó que por fin podría dar a conocer su sazón pero se equivocó. La señora contrató a una cocinera vestida con cofia y delantal bordado a mano que, armada de dos sacos de mazorcas de maíz y un pilón de madera, convirtió la cocina es una estampa neo mantuana.

(–¿y cómo se llama usted?, Josefina, señora, ¿y cuántas hallacas me van a salir de esos sacos, Josefina?, ochenta, doñita, ¿y va a alcanzar para los bollitos?, sí, señora, ¿y necesita algo más, Josefina?, nada, doñita.)

Cerrados los detalles pertinentes, la señora anunció que se retiraba para dejarla trabajar tranquila, pero antes de irse ordenó a Tomasa que no desperdiciara los garbanzos que había sacado para sus hallacas andinas, que buscara la olla de presión y que hiciera un potaje, una sopa espesa, un rancho, que lo montara rapidito porque la jornada iba a ser larga y Josefina necesitaba la cocina para ella sola.

A Tomasa le dieron ganas de destusar los dos sacos de maíz con los dientes,

(la furia mandibular que reverberaba en la barbilla de esa negra linda que me tiene loco y su canalización consecuente era para la familia folklore útil)

estaba harta de que cada diciembre se repitiera la misma historia, que no le brindaran una oportunidad a sus hallacas con garbanzos era un desprecio, y que le metieran a una entrépita dentro de la cocina era el colmo, habrase visto, qué va a saber de cocina esta desgraciada.

Pensó en vengar el oprobio en sedas accidentalmente lavadas a máquina, en alfombras indeleblemente manchadas con la caca de la gata, en postres oportunamente escupidos, a ella qué más le daba comerse algo cocinado con su propia saliva si se la tragaba todos los días, lástima por el quesillo, con lo rico que le quedaba, en fin, a cortar cebolla, zanahoria y papas para el potaje, más luego apuntaría en el diario las formas de hacer justicia.

Tac, tac, tac, el cuchillo sobre la madera de la tabla de picar, preparó un sofrito sencillo y cuando el olor le avisó, echó los garbanzos, un trozo de carne, agua, cerró la olla, coronó con la válvula y se atrincheró en el cuarto de lavado aojando en intervalos a la cocinera intrusa.

Josefina esperó a que esa loca se fuera a hacer oficio para sacar de sus macundales un molinillo eléctrico de esos que trituran el maíz y lo convierten en masa –qué pilón ni que ocho cuartos–, se ríe con su marido al cargarlo –es de adorno, mijo, se raspan las mazorcas, se pone el grano en la maquinita y el resto es moler y cantar canciones negras–. En la habitación matrimonial, la señora modelaba ante el espejo vestida de pin up, es un ama de casa elegante y competente que cocina con distancia y categoría, llamó a un par de amigas, estoy haciendo hallacas, ¡no!, ¡qué va!, ¡no necesito ayuda!, pasen por la nochecita a probarlas, se sentó en el secreter y suspirando abrió una agenda forrada en cuero, ella es tan original que sigue escribiendo a mano sus listas de pendientes. Constató que estaba up to date, hojeó las páginas de meses pasados y encontró en mayo, junio y julio, una serie de insultos grotescos escritos con una caligrafía que no reconocía, junto a dibujos que podrían tacharse de porno naif.

(¡Pero qué es esto!, ¿quién anda entre mis cosas?, ¿quién es capaz de dibujar un pene eyaculante y exigirme que me lo coma?, ¿quién me retrata como una caricatura?, ¡yo no soy tan gorda!, ¡seguro fue la asalta cunas del siete por el escándalo que armé cuando encontré a hijo menor revolcándose en mi cama con ella! ¡Arranqué la sábana de un tirón y grité, grité, grité, Tomasa Tomasa Tomaaaaaaaaaasa!)

Una tolvanera de recuerdos traumáticos empujó a la señora a deshacer la cama con asquito retroactivo. Le pidió a la abuela que la observaba desde el vano de la puerta que buscara a Tomasa y que le dijera que su ropa de cama estaba sucia, arrugada y fea. Volvió a su agenda, separó con cuidado las pruebas del delito y debajo de la fecha del día escribió:

To do list:

 Pasar una carta a la asociación de vecinos, a los padres del colegio y a los socios del club para informar lo ocurrido. Esa pelandusca es un peligro.

Miss Boconó llegó resoplando, recogió las sábanas como lo hizo cuando el happening de hijo menor con la vecina tuvo espectadores inopinados

(aquella tarde antes de abandonar la habitación mancillada, Tomasa curioseó un poco los asuntos del niño –qué crecido, qué potencia, qué esplendor, qué promesa, ¿por qué no me buscará en mi cuarto como hace su papá?–. El señor la requería cantando Estoy tan enamorado de la negra Tomasa y ella se revolvía cual lagartija –¿cómo aprendiste a partir patillas con la boca? te vas a romper un colmillo–. Miró la sábana buscando un souvenir sin cuidarse de la vecina del siete, que la pilló, la llamó bandida, le recordó que era una cachifa, le preguntó si no tenía suficiente con el señor y le arrebató la sábana. Tomasa la recuperó, corrió, la escondió en el cesto de la ropa por planchar pensando en que en la noche se envolvería con ella y se tocaría un poco –si viene el papá cerraré los ojos, oleré la sábana, pensaré que es el niño, un día le voy a contar que me la peino esperándolo, con qué gusto le enseñaría mis trucos sobre la lavadora–)

y regresó con ellas al lavadero. La abuela la vio tan atareada que le ofreció hacerse cargo del potaje, la muchacha de Boconó reaccionó arrojando la ropa y lanzándose de cabeza a la cocina para salvaguardar la autoría de la sopa, nadie toca mis garbanzos, y para declararle la guerra a Josefina y recuperar así la soberanía sobre las hornillas. Ajena al lío que había provocado, la abuela observaba el estampado de flores y lunares que adornaba la tela que quedó a sus pies –¿esta chiquilla sabrá coser?– y aprovechó el jaleo para entrar a la habitación de la asistenta. Revolviendo sus cosas encontró un diario,

(que no era un diario como tal, sino un florilegio de invectivas que declino transcribir por no caer en aquello del texto dentro del texto, una cosa es hablar de la intervención en la agenda de la señora y otra muy diferente transcribir las iras de Tomasa)

no lo leyó porque no le interesaban los asuntos ajenos, sólo quería unas tijeras, aguja e hilo para coser en casa de su hija los días que la traían de visita. La memoria le tendía trampas en casi todo, pero los fascículos de Manos maravillosas que coleccionó buena parte de su vida estaban intactos en su cabeza: cuellos, puños, muñecos de fieltro para adornar el árbol de navidad, patrones e instrucciones, se movían en sus dedos, buscaban hacerse materiales. Abrió una caja de galletas, no era el costurero improvisado que supuso, dentro había fotos,

(que tampoco voy a describir por pudor –son fotos de su familia en Boconó– y porque nunca he estado allí)

cerró la caja y la devolvió a su sitio. Quiso seguir hurgando pero temió que la descubrieran, mejor ayudo a Tomasa, metió las sábanas dentro del tambor y programó en ciclo corto mientras escuchaba unos alaridos que iban y venían de y hacia muchas direcciones,

de abajo hacia arriba

Porque yo tengo clase y no soy como tú, que escribes y dibujas chabacanerías en las agendas ajenas,

de arriba hacia abajo

¿Clase? tú lo que eres es una reprimida, chica, haz como yo, búscate un muchachito que te…

de una esquina a la otra, ida y vuelta en pin pon

Dale duro a ese pilón, ió, ió… ♩ ♪ ♫ ♬

Lo que me faltaba, la vieja metiéndose con mi ropa, ¡no me lave las sábanas, abuela! ¡Y tú! ¡Deja de cantar y desaloja, que voy a servir el almuerzo!–

… que se acabe de romper, ió, ió ♩ ♪ ♫ ♬

de la puerta principal al hall,

Ya llegué,

del hall a la puerta principal,

Marido, usted y yo tenemos que hablar,

de la habitación de hijo menor al hall,

Mamá, yo no tengo nada que ver,

de la puerta principal al hall,

¿Qué pasa ahora?,

de la habitación de hijo menor a la puerta principal,

Papá, te juro que yo no sé nada de los dibujos,

de la puerta principal a la cocina,

Tomasa, ¿está lista la papa?,

de una esquina a la otra,

Quita las manos de mi olla, al señor le sirvo yo

de arriba hacia abajo,

Frígida, envidiosa

la del siete soltó un chorro de lejía sobre el tendedero que empapó las sedas íntimas de la señora adelantado la venganza no escrita en el diario de la boconesa; la abuela recogió las prendas de su hija totalmente perdidas, las empacó en su maleta de fin de semana, estas pantaletas no servirán para vestir pero sí para hacer retales, y se apresuró a colgar las sábanas recién lavadas para disimular el hurto; una explosión retumbó en la cocina, Soy de los Andes era pura verduras y carne viva porque, entendiendo que todo ataque es defensa, desplegó su Niquitao personal para neutralizar los avances de Josefina en su territorio y abrió la olla de presión sin esperar a que se vaciara el vapor y sin calcular distancias.

(qué inoportuna es esta muchacha, a la hora de almuerzo y el día de las hallacas, esta niña es una calamidad, hasta aquí llegó mi paciencia, ten tu finiquito, ve al hospital a que te curen y después te regresas por donde viniste que ya no haces falta, antes de irte sírvele lo que quedó de los garbanzos al señor y límpiate un poco, qué van a decir los vecinos si te ven con esa zanahoria en el ojo)

y Tomasa vio que quedaba saco y medio de mazorcas y sintió que los dientes le castañeteaban y la del siete encendió la tele porque era la hora de la telenovela y niño menor se puso los cascos para escuchar alguna canción y el señor se sentó frente a un plato con siete garbanzos y la señora se sirvió un whisky que bebió de golpe y la abuela pensó en lo feliz que se sentía en familia y la sábana encimera ondeaba sobre las cuerdas y sin pinzas y Josefina cantaba ió, ió.


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