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Literatura

El esotérico Barco de Colón

por Fedosy Santaella

18/09/2019

Interior de la antigua librería Suma. Sabana Grande, Caracas

El gordo entró a principios de segundo año, pero sólo fue hasta unos meses después que empecé a tratar con él. Era enorme, tenía una voz gruesa y enfática y proclamaba a todo gañote que sería presidente de la República. No había podido seguir en Derecho porque había aplazado un par de veces quién sabe qué materia, por lo que, para no irse de la universidad, había tomado otra carrera mientras se cumplía la veda de dos años que le impedía volver a la Escuela de Derecho. Esa carrera sustituta había sido, por supuesto, la de Letras.

Así fue cómo el gordo se apareció un día en la clase de Arte en aquella primera semana del segundo año. Llegó tarde y, con su vozarrón desfachatado pidió permiso para entrar. El padre Cisuelo lo dejó pasar, pero observó que no alzara mucho la voz, porque la tenía, como ya se notaba, demasiado escandalosa. El gordo dijo algo gracioso, todo el mundo rio y entonces atravesó el salón, se fue hasta al fondo y se sentó a mi lado.  Me vio, me saludó con cara seria y se puso a prestar atención a la clase. No me agradó el tipo, la verdad que no. No me agradaban los ruidosos, los faramalleros, los simpáticos, los oportunistas.

Con todo, nos fuimos haciendo amigos. Con cerveza o sin ella, el gordo tenía grandes ideas. Como aquella de ser presidente de la República, o la de convertirse en empresario. O la de llegar a ser director de un equipo de futbol. Todo lo pensaba y lo vivía con pasión. Tragaba libros sobre manipulaciones mentales, devoraba Don Balón y era –y es– hincha acérrimo del Real Madrid.

En ocasiones, entre una materia y otra, el gordo y yo nos íbamos a tomar cervezas al Trébol, una licorería cercana a la universidad. Volvíamos a clases chispeados, para luego, ya con el calendario de clases cumplido, regresar a la licorería, preámbulo siempre de los bares de modas y, en especial, de las tascas.

En aquellos años, la diversión estaba en las tascas. Nadie que presumiera de conocer la noche de Caracas podía pasar por alto uno de aquellos restaurantes regentados por españoles o portugueses, con mesas de madera, manteles y paredes rayadas con declaraciones de amor, constancias de presencia, groserías y chistes malos escritos en bolígrafo, marcador o lápiz de grafito. Hablamos de las tascas de La Candelaria, de Chacao, de Sabana Grande, las tascas incluso del CCCT y las que se asentaban en las esquinas más felices de cualquier otro centro comercial de la ciudad.

Allá, a esas tascas, íbamos a parar el gordo y yo con nuestros amigos y amigas. Frecuentábamos las de La Candelaria porque aquel era su barrio, y se las conocía todas. Entre ellas, El Barco de Colón resultó una maravilla. No sé, quizás era su fachada en forma de barco, con sus banderines y sus cabos, quizás toda aquella madera y lo amplio del sitio. Creo que nos gustaba, sobre todo, su piso de abajo, su sótano. Es decir, entrabas a la tasca, bajabas unas escaleras, y llegabas a otro salón, con un montón de mesas, barra y mesoneros. Se suponía que estábamos en la bodega de la embarcación, pero en realidad estábamos en un sótano; aunque tampoco puedo asegurar que lo fuese, porque quizás el diseño del sitio daba esa ilusión. El asunto es que en aquellos años estábamos dados a lo esotérico, a las conspiraciones secretas y a los milenarismos, así que estar «bajo tierra», es decir, en la supuesta bodega del barco, era una manera de ponerse en línea con aquellas formas del misterio.

Sobre esa cubierta secreta de aquel barco que nadaba en un mar de espuma de cerveza, el gordo y yo hablamos toda una noche de los misterios masónicos que habíamos leído en El péndulo de Foucault de Eco y en otro libro de un jesuita que yo había comprado en la librería Centro de Orientación Filosófica. En El péndulo de Foucault habíamos leído que los jesuitas también tenían que ver con la gran conspiración mundial y con la lucha entre poderes ocultos; así que no nos extrañó para nada que un jesuita escribiera sobre los masones, e incluso los atacara exponiendo sus secretos, sus rituales, su historia profunda. Ese libro, Simbolismo de la masonería, del monseñor León Meurin, era parte, según nuestra mirada, de la guerra secreta entre jesuitas y masones.

Nosotros estudiábamos además en la Católica Andrés Bello, la universidad de los jesuitas, lo que venía a formar parte de las predestinaciones, sincronías, serendipias y semióticas esotéricas y mágicas que pensábamos nos rodeaban. Todo lo mezclábamos, todo nos parecía conectado. Tampoco nos parecía casual que frente al edificio donde vivía el gordo, allí en la esquina de Ferrenquín, hubiese un templo masónico; ni que la librería aquella, el Centro de Orientación Filosófica, quedase relativamente cerca de La Candelaria, en la avenida México con la esquina de Puente Brión, tal como indicaba el sello de los libros que salían de aquel lugar.

—Y si te pones a ver, nuestras librerías caraqueñas siguen una línea —especulé yo aquella noche, ya habiéndome cargado unas cinco cervezas—. Mira cómo hay un trazado desde Chacaíto, con la librería Lectura, pasando por Suma, en línea recta sobre el bulevar de Sabana Grande, para llegar luego a Plaza Venezuela, a la Gran Avenida. Allí están, casi en fila india, Élite, Médica París, Kadmos, y un poco más allá, frente a la plaza, el Fondo de Cultura Económica y Ludens.

—¿Un trazado esotérico, energético? —dijo el gordo, que me seguía con atención en todos mis delirios.

—Quién sabe. Algo hay.

—Pero queda por fuera el Centro de Orientación.

—El Centro de Orientación Filosófica quizás forme otro vértice que ignoramos. Plaza Venezuela, la avenida México, el templo masónico de La Candelaria podrían armar alguna figura geométrica mayor.

—Alguna figura talismánica…

—…que ignoramos —completé y tomé cerveza, poniendo cara de sabueso esotérico (sea lo que sea tener cara de sabueso esotérico, pero supongo que ustedes más o menos lo sospechan).

—Eso, habría que descubrir el mapa que trazaron los libreros —respondió el gordo con tono solemne.

—¿Los libreros?

—Son una secta los libreros, eso pienso. Quien tiene los libros tiene el conocimiento, y quien tiene el conocimiento tiene el poder…

—¿Qué poder tiene un librero nada? —manifesté entre el enojo y la chanza—. Los libreros sólo quieren vender libros y, a veces, leerlos. No sé, esa línea de energía no es de los libreros. Debe ser de alguien más.

El gordo se encogió de hombros, tomó cerveza, respondió:

—El poder está en lo que se oculta, papá. No sé, quizás hemos entrevisto algo que nos supera. Quizás los libreros se hacen pasar por pendejos y en realidad gobiernan el mundo.

Entonces sí solté una carcajada.

—Tú y tus vainas, gordo.

—¿Yo y mis vainas? ¿Yo y mis vainas? Yo voy a ser presidente de esta mierda, papá. Tú, mi guía, mi consejero. Juntos vamos a mandar en esta cagarruta de país… Y los libreros se van a joder.

Esta vez me aguanté la carcajada y callé como siempre callaba cuando el gordo decía que iba a ser presidente. Seguimos bebiendo y en breve volvimos sobre los asuntos milenaristas. Pedimos más de beber. Las cervezas ayudaban a conectar ideas arcanas. Cualquier idea.

Y así se nos iba el año académico, con materias que no estaban tan mal —a excepción de filología—, con mis salidas de tascas con el gordo y con nuestros asuntos esotéricos que nos hacían sentir dueños del mundo, o separados del mundo, porque ya se sabe, el sabio, por sabio, es ajeno al mundo… o algo así.

Una sensación de poder nos llevaba, y la noche era parte de esa alquimia, de ese secreto que creíamos tener, un matraz, el solve et coagula de nuestros días. La literatura, los jesuitas, los masones, los poderes del mundo y vaya usted a saber qué más, todo era nuestro, todo lo sabíamos.

***

Este texto pertenece al libro Retablo de plegarias, pronto a ser editado en Colombia por El Taller Blanco Ediciones.


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