Literatura

El cristal con que se lee

Fotografía de Canopic / Flickr

10/02/2018

«Confianza en el anteojo, no en el ojo».
César Vallejo

Aún recuerdo con nitidez su llegada a mi vida. Ocurrió hace pocos años, mientras leía un ensayo sobre jitanjáforas en La experiencia literaria de Alfonso Reyes, un pequeño volumen de la Colección Popular del Fondo de Cultura Económica. Al pasar por los versos de Mariano Brull citados por el autor mexicano —«filiflama alabe cundre /ala olalúnea alífera /alveolea jitanjáfora /liris salumba salífera»—, las letras se difuminaron. Supuse que se trataba de un efecto generado por la naturaleza lúdica de la jitanjáfora. «¡Qué maravilla!», exclamé. Pero no. Que esa escritura me resultara impronunciable e incomprensible no me sorprendió tanto como no poder leerla. Me distancié un poco del texto y volví a intentarlo. No vi mejor, pero comprendí lo que ocurría. Ese gesto, apartarse para tratar de leer, marcaba un parteaguas en mi experiencia de lectura: había llegado la hora de la presbicia. Tuve en ese instante, para qué negarlo, un pensamiento patético: calculé no los años sino los libros que me quedaban por vivir.

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Aunque mi visión mejoró cuando empecé a usar lentes correctores, desde aquel día crepuscular —perdonen la presbicia—, no solo los libritos de la Colección Popular del FCE dejaron de engrosar mi biblioteca. También aquellos ejemplares cuyos pequeños formatos, tintas tenues y fuentes diminutas pudiesen convertir mi lectura en un fatigoso recorrido. Esta decisión, por supuesto, no es producto de un menosprecio editorial, sino de una minusvalía física. A mis criterios de selección literaria he añadido imperativas consideraciones de índole visual al momento de adquirir un libro. Desde que ingresé en la comunidad de los présbites, al placer de leer se ha sumado la no menos placentera sensación de poder ver con claridad.

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La presbicia, también conocida como vista cansada o envejecida, se debe a un debilitamiento de un lente natural del ojo llamado cristalino. Esta debilidad ocular, producida por el desgaste del tiempo, es la marca bautismal de los cuarentones y consiste en percibir de manera borrosa los objetos cercanos. La presbicia muestra un mundo desenfocado donde se necesita cierta distancia para que las cosas recuperen su claridad. Visto así, más que una insuficiencia parece una lección de conducta, una didáctica del buen ver. Quizá porque esa anomalía permite reconsiderar nuestra ubicación al momento de mirar —de interpretar— el mundo. A cierta edad, parece sugerir la presbicia, urge que la vista gane en madurez lo que ha perdido en nitidez. Esa capacidad de compensar la deficiencia visual con un discreto alejamiento es una disposición que al ímpetu del ojo joven, apegado a las cosas y libre aún de brumas, le resulta innecesaria. Con la presbicia puede llegar también la certidumbre de que apartarse no es renunciar —al mundo de la lectura, a la lectura del mundo—, sino situarse frente a lo observado de tal modo que adquiera contornos más exactos, aunque se trate incluso, como en el poema de Rafael Cadenas, de «exactitudes aterradoras».

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Y sin embargo, no todo es asunto de aproximaciones. Porque de nada vale el espacio que pueda haber entre el texto y el lector présbite sin una luz que lo acompañe. «Primera cuestión: —recuerda Ricardo Piglia en El último lector— la lectura es un arte de la microscopía, de la perspectiva y del espacio (no solo los pintores se ocupan de estas cosas). Segunda cuestión: la lectura es un asunto de óptica, de luz, una dimensión de la física». Con el paso de los años, todo lector, y más si padece alguna deficiencia visual, aprende a valorar, seleccionar y preparar sus ambientes de lectura. No solo los lugares y objetos donde el cuerpo se dispondrá cómodamente para leer, sino la luz —natural o artificial— que hará más amable y prolongada esa cercanía. Nada más agradable para un lector de vista cansada que la proximidad de una lámpara de noche junto a la cama, el fulgor del alba sobre las primeras páginas de un libro o los rayos de sol que se filtran por los ventanales de la biblioteca. Sencillas claridades que dotan de limpidez el encuentro de los ojos con la escritura.

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Octavio Paz: «La luz no absuelve ni condena, /no es justa ni es injusta, /la luz con manos invisibles alza /los edificios de la simetría; /la luz se va por un pasaje de reflejos /y regresa a sí misma: /es una mano que se inventa, /un ojo que se mira en sus inventos. /La luz es tiempo que se piensa».

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¿Y cómo opera la literatura en la mirada del lector? ¿Qué efectos ópticos ocasiona? En Prefacio a la transgresión, Michel Foucault asoma una conjetura ocular: «Detrás de todo ojo que ve hay un ojo más tenue, tan discreto, pero tan ágil que, a decir verdad, su todopoderosa mirada roe el globo blanco de su carne; y detrás de este hay otro nuevo, luego otros más, cada vez más sutiles, y que pronto solo tienen ya como única sustancia la pura transparencia de la mirada. Se dirige hacia un centro de inmaterialidad donde nacen y se anudan las formas no tangibles de la verdad: el corazón de las cosas que es su sujeto soberano». Esa sucesión de ojos que se adentran en una mirada traslúcida tal vez sea la que nos facilita la óptica literaria: libros como anteojos para leernos de cerca. Una idea que traza simetrías con aquello que Julio Ramón Ribeyro escribe en Prosas apátridas: «El artista de genio no cambia la realidad, lo que cambia es nuestra mirada. La realidad sigue siendo la misma, pero la vemos a través de su obra, es decir, de un lente distinto». El arte como un tratamiento oftalmológico. Un ajuste de cristales para descubrir contrastes en la aparente monocromía del mundo.

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Hace algunos meses mi esposa me regaló un Kindle. Recuerdo mi forzada sonrisa de gratitud mientras sostenía la pequeña tableta en mis manos. Lo primero que pensé es que ya no habría necesidad de mantener encendida la lámpara de noche mientras leo, costumbre que suele incomodar el sueño de mi esposa. La ilusión duró poco al comprobar que ese modelo no incorporaba iluminación. Para leer en él se requiere, como en la lectura de cualquier libro, una luz externa. Pasé varios días familiarizándome con sus funciones, no tanto por curiosidad sino para convencer a mi esposa de que apreciaba su regalo. Pronto desistí de la farsa y lo guardé en su caja. Confieso que no solo era la falta de luz propia lo que me desanimó. En realidad, lo que sentí al abrir el paquete fue una punzada de traición. Me recuerdo mirando de reojo a los libros de mi biblioteca y diciéndoles en silencio: «tranquilos, tranquilos». Era un comportamiento retrógrado, lo acepto. Siglos del imperio Gutenberg pesaban sobre mí, impidiéndome ver como enriquecimiento lo que consideraba infidelidad. Como si lo que más importara no fuera la lectura —que desaparecerá cuando desaparezca el hombre—, sino las superficies donde esta ocurre, sujetas siempre a las metamorfosis de la tecnología. Es obvio que los libros, tal como los concebimos desde el siglo XV, representan apenas un episodio más en la historia de los soportes de lectura. Pero los lectores somos seres más conservadores de lo que llegamos a admitir. Es comprensible: leer equivale a conservar. Armar una biblioteca es oficiar un culto a la permanencia. En ese sentido, el Kindle —babilónica biblioteca de bolsillo— es uno de los soportes de lectura más conservadores que existen.

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Lo cierto es que creí que jamás llegaría a sintonizar con ese artefacto de aséptica apariencia. Pero todo libro, aun el electrónico, sabe esperar a su lector. La indiferencia mutó en celebración el día en que, casi por curiosidad, abrí un libro en el dispositivo, empecé a leer… ¡y pude modificar el tamaño y el brillo de las letras! Poco me importaban en ese momento sus virtudes de manejabilidad y almacenamiento, la disponibilidad del diccionario, el bajo costo de los e-books…, sí, eran atributos nada desestimables, pero mi presbicia de lector encontró en la posibilidad de ajustar las fuentes del texto unos años más de alivio y claridad visuales. Era colirio en modo touchscreen. Ese detalle, que puede resultar ridículo o intrascendente para tantos usuarios, representó para mí el salto cuántico al mundo del libro electrónico.

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Kindle significa encender una luz, propiciar una iluminación. Eso exactamente sucedió cuando mis dedos se deslizaron por la pantalla y ocurrió el prodigio del agrandamiento de las fuentes. Si todo libro, como pensara Borges, es una extensión de la memoria y la imaginación, el Kindle viene a ser una extensión de extensiones, una biblioteca portátil cuyas páginas de arena ofrecen la ventaja no solo de incorporar vastas playas, sino de ajustar la dimensión de sus partículas. He aprendido con rapidez a transitar esas arenas con la sensación de haber recuperado la fortaleza de mi lente cristalino. El Kindle es una prótesis de juventud ocular de la que ya no puedo prescindir. Mi esposa me mira hoy de reojo y sonríe con la satisfacción de haberme adivinado una necesidad que no pude enfocar a primera vista.

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Desde que me mudé a Lima he leído más y mejor —en libros físicos y electrónicos—, pero me ha costado bastante leer los códigos de una ciudad en la que aún no me reconozco, aunque sea la ciudad donde nací. Más de treinta años de ausencia provocan estos síntomas que, sin ser graves, dificultan el sentido de orientación. Como si se tratara de una segunda presbicia, trato de ajustar mis lentes y de ubicarme con prudente distancia —desprenderme de los libros y caminar por la ciudad—, pero aun así no logro descifrar los relieves y las conductas de una urbe que se me desdibuja como una jitanjáfora incomprensible. Creo encontrar las razones de esta inadecuación, de esta nueva anomalía en mi mirada, en un libro llamado Marginalia, donde Carlos Yushimito sostiene que la condición del escritor migrante se asemeja en buena medida a mirar el mundo sin los anteojos puestos. «Pienso —sugiere el narrador peruano— que uno debe limpiarse los ojos llenos de tierra. Y que uno debe luchar contra esa solidez, contra todos esos contornos que alguna vez fueron sólidos y nítidos». Es posible que migrar produzca una carencia óptica que, a diferencia de la presbicia, no precise de un alejamiento para transparentar la realidad, sino de una voluntad de integración con el nuevo territorio y de insumisión antes las viejas referencias de la mirada. Limpiarse los ojos llenos de la tierra abandonada, aunque las retinas padezcan ese brusco y acaso necesario frotamiento del pasado. Mientras tanto, transcribo estos versos de Luis García Montero como quien enciende una lámpara en la noche limeña y se dispone a seguir leyendo: «Pierde el tiempo sus llaves /y yo busco mis gafas, /para seguir aquí, /en las ventanas y las mesas, /con los años abiertos /al pie de la ciudad».


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