Diario de Milán

Diario de Milán, febrero de 2019 (parte VIII)

por Alejandro Oliveros

16/02/2019

Richard Strauss en el piano. Fotografía de richardstrauss.at

Milán, viernes 8 de febrero de 2019

Modiano (1)

Nunca he sido un gran lector de Modiano. Y no es porque no me guste, o me haya hecho algo, o se haya referido de mala manera a los autores que amo. Simplemente nuestros caminos no se han cruzado. Algunos de sus libros (El café de la juventud perdida) los he disfrutado más que otros, pero después de cuatro novelas de Banana Yoshimoto, con su desbordado romanticismo onírico (“Su mejor amigo de la infancia había sido un muchacho mitad árbol y mitad ser humano”, por ejemplo), el pararrealismo, no exento de algún tinte romántico, del Premio Nobel francés de origen judío, es bienvenido. Esa “maniera” que es la que Breton pretendía de los poetas y escritores de su grupo y que él, en Nadja, y Aragon en El campesino de Paris, pudieron alcanzar. Una realidad movediza, insegura, con un norte variable, y por eso mismo, inquietante y poética. El tiempo, la gran preocupación de los narradores desde Homero (“En el año séptimo de la guerra de Troya”), para Modiano a simple vista parece no ser tan relevante. Con un par de palabras apenas, nos aclara que estamos en el mismo lugar, pero veinte años antes o después, y sigue con su narración; que es, asimismo, como en su admirado Proust, una búsqueda del tiempo perdido. L’horizon, la novela que compre en Paris poco después de ser publicada a mediados de 2010, y que por misteriosas razones no había podido terminar hasta ahora, es una elocuente muestra del tan admirado e imitado “estilo-Modiano”.

Roque Javier Laurenza y Richard Strauss

“Y como has podido llegar a los treinta años sin haber escuchado lo mejor que escribió Richard Strauss, sus Cuatro últimas canciones, una de las partituras más hermosas del siglo XX”, me preguntaba a finales de 1978 el notable vate panameño y exquisito melómano, Roque Javier Laurenza, a la salida de la sede neoyorkina de la sede la ONU, a donde habíamos asistido a un memorable recital de Leontyne Price. No han sido pocas las ocasiones en las cuales mi supina ignorancia en cuestiones musicales me ha colocado en situaciones embarazosas; no obstante, aquella fue, y sigue siendo, cuatro décadas más tarde, la más embarazosa. Se refería, y en esto, como siempre, tenía razón el querido y ya difunto Roque, a las Vier letzte Lieder, escritas por Strauss poco antes de su muerte. “La única versión que debes oír es la de Elizabeth Schwarzkopf”, las demás no”, concluyo de manera inapelable. Debo reconocer que no deja de ser emocionante  también escuchar la  grabación de la premiere de la obra en Londres 1950, en la voz legendaria de Kirsten Flagstad  con el no menos legendario Wilhelm Furtwängler. La de Schwarkopf es la que escucho ahora en Radio Classica Milano y que no hacen sino confirmar el juicio de Roque, se trata de una de las partituras para voz más bellas escritas en el XX. Cerca del fin, y en el exilio, el viejo Strauss vuelve a las poesías del que fuera su gran amigo Herman Hesse y de allí escoge el texto de las tres canciones iniciales; el cuarto, un poema no menos hermoso, es del romántico alemán von Eichendorff. Este es el orden que escogió el editor de Strauss para la publicación póstuma de las Cuatro últimas canciones:

Fruhlig 0.00-3.41

September 3.42-9.06

Bein Schlaffgehen 9.07-14.31

Im Abendrot 14.32-22.55

Finalizada la Segunda Guerra, Strauss se refugió en Suiza para evitar los arbitrarios y barbaros procesos de “desnazificación”; organizados por los aliados, al servicio de los más oscuros intereses, contra un escogido grupo de intelectuales alemanes que habían “colaborado”, de cualquier manera, así fuera dirigiendo una orquesta sinfónica; mientras reconocían y se aprovechaban del talento gerencial de una serie de funcionarios que habían jugado un papel decisivo en el esfuerzo de guerra de Hitler. Fassbinder se encargó de referir los sórdidos manejos de estos procedimientos. De nada le habría valido a Strauss haber salvado a su nuera y sobrinos de origen hebreo, o haber intercedido directamente ante Goebbels a favor de Stefan Zweig. Había pertenecido y dirigido de 1933 a 1935 la Cámara Musical del Reich y eso era suficiente. De todo eso, de esa oscuridad del alma y de la agotada condición humana, es de lo que habla Strauss en esta música nocturna y extrañamente iluminada de esas Cuatro últimas canciones a las que fui introducido por Roque Javien Laurenza una fría noche de septiembre de 1978.

Milano, miércoles 13 de febrero de 2019

Printemps d‘hiver

Días ingratos que nada tienen que ver con la bondad del clima de estos días; un episodio climático que los franceses llaman “Printemps d’hiver” (Primavera de invierno) para referirse al tiempo primaveral que, momentáneamente, aparece en pleno invierno. Mientras, vuelvo a recoger la maleta para intentar un nuevo retorno a la patria, al Inferno, como llaman a esa  comunista adaptación criolla de la geografía dantesca. Aunque no es menos verdad que vivir fuera del infierno no garantiza la residencia en el paraíso; el lecho de rosas del que hablaba el valiente Cuauhtémoc. Cavafy por su lado nos recordó que llevamos a Ítaca con nosotros a donde quiera que nos dirijamos. Con la imagen de Ítaca se refería a la condición humana, tan frágil y tan propensa a las celadas y desvaríos. La sensación tan frecuente de no ser más que juguetes en las manos de los inmortales como intuyo Sófocles. Una condición donde lo único seguro es la inseguridad. Así llega a su final, en medio de la más dramática perplejidad, esta estancia milanesa.

Modiano (2)

Hay libros que son obstinados, tercos. Como L’horizon, de Patrick Modiano. Por lo menos siete veces, en ocho años, trate de leerla sin poderla terminar. ¿Qué digo, terminar? Es que ni siquiera superaba las primeras veinte páginas. Durante esos años me lo lleve en varios viajes y fue testigo de cómo terminaba otros libros de su autor sin ningún obstáculo (los obstáculos de Modiano son golosinas al lado de los de sus compatriotas Sarraute o Butor). L’horizon, que termine de leer, por fin, hace algunos días, es puro Modiano. Sus personajes, unos más borrosos que otros, incluyen una frágil pareja de jóvenes que se conocen por azar en una de las entradas de metro de Paris, y se involucran en la más tenue, intensa y breve relación amorosa; cuyo final, igualmente borroso, se produce por una serie de circunstancias tan azarosas como el encuentro inicial: “Ellos (la policía) saben muchas cosas que no te he contado”, dice la efímera Margaret y desparece sin dar señas de vida durante cuarenta años. El tiempo que ha tomado a su amigo Bosmans para tomar la decisión de ir a visitarla a Berlín. El último capítulo, con algunas páginas memorables, nos lleva por un recorrido, típico modaniano, por la capital alemana que no conduce necesariamente a la reunión de los amantes, sino al horizonte abierto donde todavía el amor es posible: “Uno quiere creer que tal vez el tiempo no ha terminado su trabajo de destrucción y que nuevos encuentros son posibles”. De lo poco que me leído de Modiano esta ha sido la más gratificante; un buen libro, bellamente escrito. Solo espero que el próximo título suyo que me toque leer sea menos obstinado.

*

Alpes

Más allá
del lago, escucho
la montana
que me habla,
con su aliento helado
y su barba blanca,
Palabras
que no entiendo
y que, en mi juventud,
terminaban
en un incendio.
Ahora son los Alpes
que todo lo recuerdan
y todo lo saben,
los empeñados
en susurrarme al oído
las señas de lo olvidado.

Vivaldi

De las decenas de obras de Vivaldi, incluyendo algunas de sus óperas, que me ha tocado escuchar en muchos años, nada me hermoso y conmovedor que el primer movimiento, “Largo”, de su Sonta para cello Op.14 No.5 RV398. Tenía una buena década que no lo escuchaba, después de haberla adquirido y perdido en algún lance o descuido. La escucho ahora, en la versión de János Starker, la dulzura de cuyo timbre no fue igualada a todo lo largo del XX. La composición del inventor del barroco musical sorprende por su veneciana nocturnidad, que es más bella la Serenissima una vez que el sol invicto se ha puesto sobre las cúpulas de la Giudecca. Esta nocturnidad la ha debido tener muy presente Bach cuando se dio a la empresa de escribir sus Sonatas para cello. Los de Vivaldi son apenas 9’.36” de sublime belleza en un dialogo, grave y existencial, entre las cuerdas y el piano, originalmente clavecín, que lo acompaña asombrado de cómo son capaces de expresar tanta contenida emoción. La partitura se resuelve en un Allegro con la misma tensión de los movimientos precedentes. La música de un sueño presentido y perdido.

Milán, jueves 14 de febrero de 2019

“Frente al piano los dolores pasan”. Pollini a sus 77 y Chopin

En días pasados, el año pasado en realidad, escribí sobre la decisiva influencia de Mauricio Pollini en la nueva percepción que es estos tiempos del XXI tenemos de la música de Chopin, tan maltratado por la sordera de la modernidad. Su insistencia en grabar las composiciones más serias y menos difundidas del maestro polaco. Con Polllini Chopin se convirtió en nuestro contemporáneo. A Chopin le ha dedicado la más reciente de sus grabaciones, siempre en DG, con composiciones escritas entre 1843 y 1845: “Chopin ya estaba muy enfermo y su relación con George Sand estaba en crisis. Años dolorosos pero con momentos de extraordinaria dulzura que se encuentran por ejemplo en la Berceuse. Considerando que lo había estudiado desde temprano, diría que hemos estado juntos durante 70 años. Y cada vez lo amo más. Un compañero de vida y música; un compositor extremadamente profundo. Siempre he tenido presente una frase suya: ‘Nada más detestable que una música que no contenga un pensamiento’. Su música ha conquistado todas las generaciones por ese elemento misterioso que la recorre”. Para celebrar sus 77, el maestro tiene programada una presentación aquí, en su nativa Milán, el dieciocho de este mes, tres días después de mi partida, helas! A la pregunta de cómo se mantiene tan activo:

Una cierta fatiga la siento incluso yo. Los pianistas, como todo el mundo, envejecen; sin embargo, contamos con la música, un excelente antídoto. Tocar todos los días durante horas y horas es mejor que el gimnasio: mantiene alerta el cerebro y agiles las manos. Frente al piano los dolores pasan, los anos se olvidan y los malos humores se desvanecen. A solas con la música, dentro de la música, el tiempo se detiene.

Tengo como una de las mejores experiencias musicales de mi vida, la de haber asistido, en compañía de la notable novelista venezolana Matilde Daviu, al recital del maestro, a finales de 1980, en Carnegie Hall. En el programa música de Alban Berg y, por supuesto, de Chopin.


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