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Diario de Milán

Diario de Milán, febrero de 2019 (parte VI)

por Alejandro Oliveros

09/02/2019

Fotograma de The Dead (1988), de John Huston

Milán, sábado 2 de febrero de 2019

Un fantasma en Milán

El gélido inicio del segundo mes del año me ha encontrado en esta ciudad y no bajo el cielo natal, como estaba pensado. La falta de seguridad en el traslado del aeropuerto a Caracas, el temor a una revuelta generalizada, las posibilidades de quedar atrapado en una estrecha autopista acosada por asaltantes, y las consecuencias imprevistas de los acontecimientos de hoy, me han obligado a quedarme en la capital lombarda. De este modo, el Diario de Milán se niega a llegar a feliz término, y todavía durante un par de semanas seguiré con estas notas apresuradas por la incertidumbre. Una extraña situación la de estar donde se supone que no debería. Me siento como un fantasma, como si de mí solo quedara eso, una condición fantasmal mientras estoy en otra parte. En realidad ni yo mismo me siento del todo aquí. El que se fue no se ha ido.

Milán, domingo 3 de febrero de 2019

Me adapto con dificultad a la experiencia de estar ocupando un lugar en el espacio que no me corresponde. A veces siento que los demás no me ven o no se dan cuenta de que estoy aquí, como si fuera transparente. He redoblado la dosis de protectores gástricos, que es el nombre post-moderno de mis viejos antiácidos, y hago lo posible de no salir de la habitación sino para ocasiones especiales. Me refugio en las páginas de un libro de Stephen Greenblatt sobre Shakespeare y en L’horizon, la novela de Modiano que he comenzado a leer en cinco oportunidades, sin pasar de las primeras veinte páginas, desde que la compre en la recordada librería La Hune, un brumoso día de noviembre de 2010. Constanza y Alessandro han salido a una visita guiada en el Piccolo Teatro, y aprovecho para ver el montaje en La Scala de Giovanna d’Arco, la juvenil y prometedora ópera de Verdi, con la Netrebko bajo la dirección de Chailly. Afuera, pasa este domingo flojo, indeciso, grisáceo y adormentado.

Ayer, con algunas entradas de este diario, “Feliz aquel”, el último de los textos del Cuaderno de Milán, recorrido por memorias y texturas de todo tipo, unas más afortunadas que otras, pero que son una tímida defensa contra el olvido de situaciones que no quisiera olvidar. El libro termina así, y ahora comienza su propio viaje, que nadie sabe cuanto ha de durar, como todos los buenos viajes, hacia su publicación.

Clarinetes

Con Ángel Alayón comparto, entre otras cosas una especial simpatía por el clarinete, la madera que en su estado actual fuera perfeccionado a finales del XVIII, demasiado tarde para que Mozart, que sentía una gran atracción por el instrumento, a diferencia de la flauta a la cual, como yo, detestaba. Pudiera escribir más de dos o tres partituras, incluyendo el glorioso Quinteto K. 581, con todas su sublime melancolía, y el sonoro Concierto K. 622, escrito poco antes de su muerte y una de las grandes maravillas de su catálogo. Ángel me descubrió la Rapsodia de Debussy, y yo espero descubrirle esta partitura de Alban Berg, de hecho el último de sus trabajos (1935), que es un arreglo para violín, piano y clarinete del segundo movimiento de su Kammermusik. Una obra poco escuchada y menos grabada que, en sus 14’.32”, es un compendio de lo que fue el modernismo en música: brillante, conceptual exquisita, impersonal y hermética. Un esfuerzo admirable de expresar los sonidos de la más pura y clásica inteligencia, con ese dejo de frialdad de todo lo clásico.

Paz y Liscano

Como si no fuera suficiente con vivir en dos países, sueño que estoy en México en la casa de Octavio Paz, siempre generoso y cordial, como dicen que era y lamento no haber disfrutado. Aprovechando su interés en la poesía norteamericana, una de sus mejores traducciones es la William Carlos Williams, le propongo que publiquemos una antología de los poetas objetivistas con una introducción suya y mis traducciones; empresa a la que, me asegura con entusiasmo, se sumará a su regreso de Nueva York. A Juan Liscano, por otra parte, explica el significado de unas imágenes aztecas en las cuales se describen las prácticas masturbatorias de algunas sectas indígenas; un tema que, como todo lo que tuviera que ver con erotis, apasionaba al vate venezolano. Con Juan, mantuve una intensa amistad —con el todo era intenso—; por desgracia, y nuevamente por motivo de mis desplazamientos, no fue muy larga, pero si lo suficiente como para compartir con él durante un par de años la dirección de la legendaria Zona Franca.

Al poeta mexicano no lo conocí, pero estuve punto de hacerlo en dos oportunidades, ambas en 1974. En la primera, llegué hasta su enorme oficina, tapizada con una hermosa alfombra azul ultramarino, en el edificio del diario Excelsior, desde donde dirigía la revista Plural, una de las mejores que se han publicado en Latinoamérica. Me movió hasta esa estancia la intención de entregar, a cambio de unos ejemplares de Plural, los últimos números de mi revista Poesía, que editaba con el apoyo de la Universidad de Carabobo. La gentil secretaria me animó a dar un vistazo a la biblioteca dedicada a las revistas literarias de todo el mundo: “A don Octavio le gusta mucho su revista. Fíjese, las tiene aquí, entre las primeras”. Y me señaló el estante donde se encontraba mi pequeña Poesía, de la remota Valencia-Venezuela, al lado de tan relevantes como L’Ephemere o Text+Kritik. Me sacó del asombro la amable señora: “Don Octavio está por llegar. Espérelo un momento no más. Estará encantado de conocerlo”. No de balde se tienen orígenes campesinos; la posibilidad de conocer a aquel gigante de la literatura latinoamericana, me aterró de tal manera, que salí espantado del edificio al infernal tránsito de Ciudad de México donde, paradójicamente, recuperé la tranquilidad. Dos días después, José Emilio Pacheco con su esposa, después de un gira por la ciudad (José Emilio fue el autor de una autorizada guía turística de México DF), detuvieron el Volkswagen frente a un elegante edificio en uno de los barrios más hermosos de la ciudad, y, abriendo la puerta, me dice José Emilio: “Paz te está esperando, le hablé de ti y quiere conocerte para hablar de Poesía”. De nuevo fui presa del terror, y supliqué a mis confundidos y gentiles anfitriones que me dejaran en el hotel. Cosas que uno hace en la juventud para tener algo de que arrepentirse en la alta edad. Mi sueño de anoche, consuelo de tontos, compensó en parte la oportunidad extraviada. La antología de poesía objetivista me parece una buena idea y se la propondré a los amigos de Pre-textos. Por desgracia, si un día se concreta el proyecto, no tendrá la introducción de ese poeta generoso con los jóvenes que fue don Octavio Paz.

Milano, lunes 4 de febrero de 2019

Una hermosa mañana, con su luminosidad tan liviana. Los Alpes al fondo reblanquecidos por las recientes nevadas. Algo, si no mucho de abisal, hay en esas alturas cantadas por la imaginación occidental desde los romanos. Más recientemente fue el escenario tuberculoso de Thomas Mann; el de la divinal locura del Manfredo byroniano y de la menos poética sífilis de Nietzsche. Tanta claridad contrasta con la oscuridad de los tiempos que vive el país natal convertido, por los errores de unos y la vocación traicionera de otros, en una figura trágica en el mejor sentido hegeliano. Solo una síntesis superior puede superar la situación trágica de terminar en una eterna revolución cubana o de sucumbir ante una intervención militar. De eso se trata, y esa es la salida a la que aspiran la mayor parte de los países europeos más influyentes, con la excepción de Italia, de una síntesis que devuelva la libertad al maltratado paisaje nativo.

Las cartas de T.S. Eliot

Acaba de aparecer en Londres el octavo tomo de la Correspondencia de Eliot (yo me quedé en el tercero, y solo conozco a un admirador del poeta, Manolo Borras, que los tenga todos en su biblioteca, y seguramente ya leídos) que se extiende por los años 1936-38 a lo largo de 1100 páginas. Cada vez más comprometido con su papel de director de The Criterion y de “homme de lettres” profesional, Eliot se haría famoso por la rudeza de sus juicios; errados muchas veces, como el que dirige al joven inédito Lawrence Durrell: “Otros diez años de madurez y de trabajo con el lenguaje y las formas literarias, pueden ser de ayuda”. Todavía faltan otros doce tomos para que la edición de la Correspondencia se complete, lo cual obligara a Manolo a procurarse un estante con espacio suficiente para albergar lo que es en sí mismo una pequeña biblioteca.

Milán, martes 5 de febrero de 2019

Post-ideologismo

Con la caída del Muro de Berlín se oficializó la “muerte de las ideologías”. Salvo en algunos países de la periferia, en Occidente los pensamientos marcadamente ideológicos, como el marxismo, ya no tendrían ninguna participación en las tomas de decisiones sobre el futuro del hemisferio. No hubo duelo por este fallecimiento, como tampoco lo hubo por la muerte de Ricardo III; la desaparición de realidades monstruosas solo estimula el regocijo. Sin embargo, pocos se preocuparon por llenar el vacío. Sin ideologías, todos íbamos a estar mejor, de eso estábamos seguros. Con el paso del tiempo, comenzamos a sentir cierta inseguridad y a formularnos la incómoda pregunta: ¿cómo se vive sin ideologías? Nos vimos privados, de repente, de un viejo enemigo con el cual, como con la presbicia, habíamos aprendido malamente a convivir. Ahora ya no necesitaríamos de los incómodos anteojos y veríamos mejor. Pero, ¿qué es lo que vemos? La comprobación es la más inquietante. Lo que está frente a nuestros ojos es un mundo vacío de ideas, algo así como el Sahara sin arena o el arcoíris sin colores. Y así, al paso de pocos años, después del agobiante pero de alguna manera excitante “tiempo de las ideologías”, nos encontramos, un “día después”, en una rara distopía donde la única exigencia que se le hace a los nuevos líderes de la polis, no es solo que no respondan a ninguna ideología, sino que no respondan a ninguna idea. Si la ideología era una “falsa conciencia”, la ausencia de ideología ha producido una condición que llamo de “pre-conciencia”, un estadio previo al reconocimiento de lo malo y lo bueno. En un mundo sin ideas, este tipo de consideración resulta perfectamente irrelevante. En parte, al menos, esto explica la posición del gobierno italiano frente a la tragedia venezolana. La pintoresca, y siniestra, troika que dirige la nación amiga, cuyos integrantes se distinguen por tener “una idea menos cada ano”, se sienten orgullosos de este esta penosa fisiología. Acusados a la ligera de fascistas, no llegan ni siquiera a eso. Oportunistas sí, lo cual es el fundamento de todo populismo. El resultado es una contradicción lamentable en la cual uno de los integrantes de la troika apoya la salida democrática, mientras que los otros dos, también de extrema derecha, respaldan la más sórdida manifestación del marxismo en toda la historia. En el mundo de la pre-conciencia puede ocurrir que A=B. La extrema derecha y la extrema izquierda se reconcilian en un debate donde las ideas están excluidas; o, mejor, prohibidas.

Pedro Terán en Milán

“L’emigrante di Manoa” es como se llama la muestra del destacado artista venezolano Pedro Terán que, por razones políticas, ha escogido el exilio en la ciudad de Viterbo. A este exilio hace el título de la exposición. Terán es ampliamente conocido como uno de los precursores del conceptualismo y los performances en Latinoamérica. Una empresa que comenzó a mediados de los sesenta en correspondencia con la de artistas como Rolando Peña en Venezuela o Robert Rauschenberg en los Estados Unidos, quienes entendieron que era justo y necesario que, así como la psique, el cuerpo del artista formara parte del cuerpo de la obra. Una intuición que habría de condicionar el trabajo de los nuevos conceptualistas chinos, de los cuales Zhang Wang es apenas uno de ellos. El cuerpo de Terán debe ser la anatomía más conocida del arte venezolano contemporáneo. Las fotografías y videos de sus actuaciones lo presentan como protagonista casi único. En la muestra milanesa, varias series de inquietantes fotografías a color confirman esta deriva. Una constante se ha mantenido a lo largo de los años, y es la pulcritud casi quirúrgica de sus producciones. Un minimalismo con un dejo extraño de metafísica. Que es lo primero que uno siente en esta su primera aparición milanesa. Al ingresar al espacio de la galería, siente uno que todo es blanco, no solo las paredes sino la luz y hasta el aire. A través de esta blancura que todo lo rodea se observan, en la pared del fondo, las enigmáticas figuras geométricas con un pequeño nombre puesto al revés: MANOA. Nuestro país original del cual hemos sido arrojados unos más que otros, e incluso quedándonos, por la maldad ideológica y la insania de unos mentidos dirigentes. La Manoa de Terán es una nostalgia que se expresa en todas las obras de la muestra; no menos en las estupendas fotografías, cuyo protagonista es, por supuesto el mismo artista, un emigrante en Milán lleno de memorias de Manoa.

Milano, miércoles 6 de febrero de 2019

Los muertos de Joyce-Huston

Cuando Luis José García —uno de los más agudos cine-espectadores que conozco, con Rodolfo Izaguirre, Daniel Labarca y Fernando Rodríguez— me escribió, hará cosa de un mes, para decirme que había vuelto a ver Los muertos, la adaptación que, en 1978, hiciera John Huston del relato de James Joyce. Me apresuré a hacer lo propio. No obstante, la feliz determinación no pasó de los primeros veinte minutos. Algo me impidió continuar viendo esta joya de la cinematografía, una especie de premonición o el vago recuerdo de una tristeza. Lo intenté en una segunda oportunidad y no pasé de los treinta minutos. Nada de lo que se narra en esa media hora es especialmente trágico, casi que lo contrario. Un grupo de amigos irlandeses clase media se han reunido para celebrar la noche de Navidad de 1904 en la casa de tres amables señoras, una de ellas tía del protagonista. Por razones que no alcanzo a entender, o por lo mismo, no había puesto especial interés en ver lo que estaba seguro que era una gran película, la última del gran John Huston, uno de mis héroes, nada menos. La historia de Joyce, demasiado larga para ser cuento, y no tan larga para ser novela, es una de las mejores narraciones escritas en inglés moderno, suficiente para inmortalizarlo en la memoria de los hombres. La acción de la película prosigue hasta que la cena llega a su fin y los invitados, animados por la comida y las generosas bebidas, se retiran en medio de una nevada sin fin. En el cuento, Joyce alcanza una belleza expresiva solo posible en el Shakespeare tardío. El vago recuerdo de tanta belleza, de tanto dolor y nostalgia, ahora lo vi confirmado, es lo que me hizo postergar tanto la experiencia de este film inolvidable. La belleza es solo el comienzo de lo terrible, una línea de Rilke que veía una vez más confirmada. La cinta termina con una secuencia que se inicia con la esposa del protagonista, una Anjelica Huston inolvidable, escuchando absorta una vieja balada irlandesa que canta el último de los invitados en salir de escena. Y termina, diez minutos después, con el protagonista, el igualmente convincente, Donal McCann de espaldas a su esposa, que duerme después de la terrible confesión; mientras, a través de la ventana, observa como la nieve cae, silenciosa y sin apuros, sobre los restos de su gran amor, sobre toda Irlanda, y sobre todo sus vivos y sus muertos.


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