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Perspectivas

Costa-Gavras: el compromiso humanista

por Wolfgang Gil Lugo

Fotografía de Alberto PIZZOLI | AFP

20/09/2019

¿Pero qué era el humanismo? El amor de los hombres, nada más, y por eso mismo el humanismo no era otra cosa que una política, una actitud de sublevación contra todo lo que mancha y deshonra la idea del hombre.

Thomas Mann: La montaña mágica (1924).

Se tiene noticia de que Edgar J. Hoover, el célebre director del FBI, mandó a levantar un expediente a Charlie Chaplin por sospechar que era comunista. Chaplin fue, además de un gran artista, un consecuente crítico de las fuerzas económicas que deshumanizan al hombre, tal como lo  muestra en Tiempos modernos, pero también fue un valiente opositor del nazismo, convicción que se evidencia en El gran dictador. Chaplin nunca se declaró comunista. A pesar de negarse a caer en la trampa de las ideologías y mantenerse como un humanista, en 1952 fue expulsado de los Estados Unidos como consecuencia del clima de la posguerra.

Es una bendición cuando aparecen en el clima cultural intelectuales como Chaplin, que no ceden a las pasiones políticas. Nos gustaría considerar en ese selecto grupo el nombre de Costa-Gavras, cineasta francés nacido en Grecia, quien, el día 21 de septiembre de este año, recibe el Premio Donostia del Festival de San Sebastián. En las gacetillas de prensa que promocionan dicho evento, se afirma que es un reconocimiento por su cine “comprometido”. En tal sentido, habría que clarificar qué significa tal afirmación.

A partir del existencialismo de Sartre, se hizo popular el término de “intelectual comprometido”, donde el trabajador del pensamiento debería someterse al ideal revolucionario, y en consecuencia, suspender los escrúpulos morales hasta que sean exterminados todos los enemigos del progreso social.

Según Paul Johnson (Intelectuales, p. 208), Sartre fue un promotor de la violencia redentora. Para él, el homicidio es liberador. A esta ansia de sangre le brinda una justificación política. Considera que el problema de la izquierda es el no aceptar la violencia, la cual es legítima frente a la represión institucionalizada de las sociedades capitalistas. De esta manera, Sartre se convierte en uno de los padrinos de la brutalidad moderna. Promovió el radicalismo en África y también en el Sudeste asiático, donde la violencia se hizo norma. En Camboya, los criminales eran intelectuales francoparlantes que habían absorbido en París las enseñanzas sartreanas.

Como se puede apreciar, ese concepto de compromiso es tóxicamente ideológico y antihumanista. Corresponde a lo que Raymond Aron calificó como el “opio de los intelectuales”, quienes anestesian su ética en nombre del comunismo mesiánico. Al contrario, a Chaplin se le puede considerar comprometido con la humanidad.

La impronta profunda

A favor de considerar a Costa-Gavras como un humanista se puede alegar la impronta profunda en la formación de la sensibilidad de las generaciones de los jóvenes de fines de los años sesenta. Dicha impronta consistió en un cortocircuito producido por dos películas. La primera fue Z (1969), un alegato contra las dictaduras militares y los extremos del anticomunismo. Luego vino otro impacto, La confesión (1970), la cual mostró el terror del totalitarismo comunista. En el imaginario mundial, Costa-Gavras es el autor de estas dos obras, aunque ha producido mucho más, pero no son tan inspiradas y arquetípicas. Es difícil no pensarlas como una pareja imprescindible.

El cine de Costa-Gavras presenta dos niveles. El primero corresponde a la denuncia de la injusticia. Presenta una situación que nos indigna. En un segundo nivel, expone a la ideología que está detrás de la injusticia. La ideología es un sistema de creencias para justificar una forma de dominación y que promueve agendas políticas represivas para garantizar su aceptación; de esta forma crea una falsa conciencia entre la ciudadanía.

Fotograma de Z. Costa-Gavras, (1969)

Z: la tentación reaccionaria

Z se ambienta en la Grecia de principios de la década de los sesenta. La acción se detona cuando un diputado, de actitud pacifista y vocación social, es asesinado por un grupo de ultraderechistas. La trama principal gira sobre las actuaciones del magistrado asignado para investigar y exponer la verdad, mientras los funcionarios del gobierno intentan ocultar sus conexiones con el atentado. La investigación criminal que se lleva a cabo llegará hasta las más altas esferas del poder, y provocará, involuntariamente, el debilitamiento del gobierno democrático griego.

El director logra la magia de combinar una historia de denuncia política con el género del thriller. De esta forma, transforma una historia incómoda en una narración trepidante. Dirige el film con maestría, logrando una de sus mejores películas. La obra ganó un muy merecido Oscar a la Mejor Película Extranjera en 1969.

El trabajo actoral es memorable. Destacan dos actuaciones tan breves como inspiradas. Una de ellas es la de Yves Montand, como la víctima del atentado. Montand brinda al personaje del diputado una majestad que explica la indignación popular por su muerte. Por su parte, Irene Papas aparece fugazmente como la esposa y nos deja su dolor en nuestra sensibilidad. La más prolongada carga actoral recae sobre Jean-Louis Trintignant, quien tiene a su cargo el personaje del juez instructor. Trintignant le suministra verosimilitud  y gravedad al personaje que clarificará la madeja de complicidades.

La ideología que denuncia esta película es la reaccionaria, la cual aspira a regresar a un estadio retrogrado y autoritario. Para dicha mentalidad, la democracia es solo una concesión mientras se pueda manipular desde el poder, pero al ver sus intereses en riesgo, es capaz de quitarse la careta y mostrar su rostro despótico. Esta ideología se nutrió del anticomunismo, y tachaba de comunista a cualquier movimiento innovador. Un fenómeno muy agudo durante la Guerra Fría.

Fotograma de La Confesión. Costa-Gavras, (1970)

 La confesión: el terror revolucionario

Un año después, Costa-Gavras sorprende con La confesión, una producción franco-italiana, basada en una historia real. La película es una representación de los acontecimientos que rodearon el arresto y el confinamiento solitario de Arthur London, un alto funcionario del partido comunista checoeslovaco, quien fue víctima de las purgas del estalinismo. Asistimos al horrendo espectáculo de un proceso viciado y lleno de torturas, que obliga a London, junto a otros compañeros caídos en desgracia, a confesar una traición que nunca cometieron.

El director logra imprimir al film un temple emocional de espanto claustrofóbico, que  coincide con las denuncias del estalinismo de novelas como 1984 de George Orwell y El cero y el infinito de Arthur Koestler.

De nuevo Yves Montand destaca. Ahora le toca sacar adelante el calvario del político caído en desgracia, mientras que Simone Signoret encarna con veteranía y consistencia su papel de esposa preocupada por el destino de su marido.

Costa-Gavras nos da las herramientas para comprender la lógica implacable del totalitarismo. El Estado absorbe todo el poder y, de acuerdo a su paranoia, descarta a todos de los que sospecha. Basta la sospecha, no hace falta comprobar con evidencias. Por otra parte, el totalitarismo, a diferencia de las dictaduras tradicionales, no solo exige que se le obedezca, sino que se ame el obedecer. Por eso es tan importante que los sospechosos confiesen su devoción al régimen junto con su culpa.

Una observación suspicaz

Viendo la filmografía de Costa-Gavras nos asalta una sospecha. Después de las dos grandes películas que le dieron fama internacional, Costa-Gavras se mantuvo en la línea de fusionar temas políticos controvertidos con el valor de entretenimiento del cine comercial. Ha producido una gran cantidad de películas de gran calidad en las que denuncia injusticias. De todas formas, parece que falta algo. No es capaz de impactar a la conciencia mundial como lo  hizo en el pasado.

Llama la atención que, en la mayoría de los casos, los objetivos del trabajo de Costa-Gavras han sido los movimientos y regímenes de derecha, como las dictaduras militares que gobernaron gran parte de América Latina durante el apogeo de la Guerra Fría. En tal sentido, destacan Estado de sitio (1972), sobre el secuestro de un asesor de contrainsurgencia de la CIA por parte de los Tupamaros en el Uruguay de la época de la dictadura, y Desaparecido (1982), que narra las vicisitudes de un periodista norteamericano a manos de los esbirros de Pinochet, con complicidad de la propia embajada americana.

También Costa-Gavras exploró los antecedentes del derechismo en Sección especial (1975), donde las autoridades del régimen de Vichy prestan sus juristas para justificar las ejecuciones de ciudadanos franceses inocentes ordenadas por las autoridades alemanas de ocupación. Esta línea histórica la continúa en Amén (2002), donde denuncia la actitud colaboracionista de la iglesia Católica en el holocausto judío.

Respecto a este patrón, da la impresión de que La Confesión constituye la única excepción, ya que se ocupa de la opresión por parte de un régimen comunista. La pregunta es si esta película es suficiente para cubrir todas las injusticias de la extrema izquierda. Esto nos lleva a preguntarnos si Costa-Gavras ha perdido su capacidad de ver las injusticias vengan de donde vengan.

¿Una sospecha infundada?

Thomas Mann pide que nos sublevemos contra todo lo que niegue lo humano. Exigir a los intelectuales que cumplan dicho precepto, nos ha convertido en muy celosos. Tal vez hayamos sucumbido a una pulsión paranoica. Es muy posible que Costa-Gavras siga consecuente con su distanciamiento de las ideologías.

No es fácil olvidar el riesgo que asumió al inicio de su carrera. Se la jugó al cuestionar las dos más grandes ideologías que se disputaban el control del planeta. No se puede negar que se ha mantenido firme en su línea de denunciar injusticias. Los temas de la opresión, la tortura y la violencia siguen siendo constantes en su trabajo. De todas formas, quienes admiramos su obra, no podemos dejar de sentir nostalgia por el joven cineasta que conmovió y forjó conciencias. Suspiramos por el efecto  que produjeron sus dos grandes películas sobre la concepción ética del ser humano.

El gran desafío es poner en cuestionamiento las ideologías mismas, denunciándolas como lo que son: creencias que justifican formad oscuras de dominación.


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