Perspectivas

Cándido o el optimismo

18/09/2021

Retrato de Voltaire en 1718, por Nicolás de Larguillière.

Tendría yo unos dieciocho años cuando cayó en mis manos por primera vez una novelita en la que no he dejado de pensar estos últimos días. El Cándido narra las aventuras del héroe filosófico del mismo nombre que sale a recorrer el mundo, convencido de que este es “el mejor de los mundos posibles”. Cándido nació en el castillo de su tío, el barón de Thunder-ten-tronckh, en el reino de Westfalia, en lo que hoy es Alemania. A nuestro protagonista “lo dotó la naturaleza de un carácter amabilísimo; su fisionomía anunciaba desde luego la bondad de su corazón, y eran iguales en él la solidez del juicio y la sinceridad: tal vez por esto, y no por otro motivo, le llamaban Cándido”. Tenía un tutor, el Sr. Pangloss, “filósofo eminente de toda la provincia”, que le enseñaba “la metafísica-teólogo-cosmólogo-nigología, y demostraba a maravilla que no hay efecto sin causa, y que en este mundo, el mejor de los mundo posibles, el castillo del señor barón era el mejor de los castillos posibles”.

Un día, Cándido es sorprendido en ciertos escarceos amorosos con su prima Cunegunda, “muchacha colorada, fresca, gordilla y apetitosa”, y por ello es expulsado del castillo. Allí comienzan sus desventuras. En compañía de su amigo y tutor, el filósofo Pangloss, inicia un largo peregrinaje que lo llevará a Cádiz y a Lisboa, para luego pasar a América, donde juntos recorren a pie los caminos que llevan a Lima, a las misiones jesuíticas del Paraguay y, cómo no, en busca de El Dorado, la mítica ciudad de oro perdida en los Andes. Luego de una parada en Surinam, Cándido regresa a Europa, pasando por Inglaterra y Francia. Por doquiera contempla un mundo lleno de horrores, crueldades, desastres naturales, hambrunas y guerras fratricidas que se empeña sin embargo en explicar a la luz de la filosofía más optimista. Finalmente termina sus días, pobre y desengañado, en la no menos mítica ciudad de Constantinopla. Allí pronuncia la célebre frase con la que concluye el relato: “lo importante es no argumentar, no argüir, y cultivar la huerta”.

El Cándido o el optimismo fue publicado en Ginebra en enero de 1759. Su autor, el filósofo Voltaire, vanamente intentó esconderse tras el seudónimo de “Doctor Ralph”. La obra conoció más de veinte reediciones en vida del autor, convirtiéndose en uno de los éxitos más importantes de la literatura francesa. El tono irónico y satírico se hace presente desde el comienzo. Incluso desde el título: el hecho de que un héroe filosófico se llame Cándido tiene un efecto paródico. Candidus, en latín como en español, significa “blanco”, pero también “inocente”, “de buena fe”. No se espera de un filósofo nada parecido a la candidez, y sí más bien una actitud escéptica y desconfiada. La ciencia nace de la duda. En realidad, Voltaire la está emprendiendo contra el racionalismo optimista de Leibniz, filósofo alemán de una generación anterior. Considerado como uno de los espíritus más influyentes de su tiempo, Leibniz decía que la razón era suficiente para explicar todo cuanto ocurre en el universo, y que todo cuanto ocurre, ocurre en la mente de Dios. Por ello este mundo es el mejor de los mundos posibles, pues funciona según una armonía preestablecida por el Creador. Para Leibniz, el mundo es bueno por naturaleza, y todo mal es ínfimo comparado con la bondad del mundo. El relato satírico de Voltaire se enmarca, pues, en un serio debate de especial importancia para la ética racionalista del XVII: el origen del mal y sus alcances en los asuntos humanos.

Francés descreído y fatalista, pero también espíritu ilustrado y aventurero, no parecen casuales los lugares donde se desarrollan las aventuras del héroe de Voltaire. El autor traza un puente entre Europa y América cuyas cabeceras se ponen en Lima y Lisboa. Ambas ciudades acababan de ser asoladas por violentos terremotos. Se sabe que Voltaire estuvo profundamente conmovido por el trágico terremoto de Lisboa de 1755. Escribió un Poema sobre el desastre de Lisboa, que envió a Rousseau. Mientras, ambos continentes, Europa y sus colonias en Norteamérica, se veían envueltos en la Guerra de Los Siete Años (1756-1763). En Hispanoamérica, Cándido perseguirá dos utopías fundamentales: la utopía celestial, encarnada en las misiones jesuíticas del Paraguay, y la utopía material, representada en El Dorado, la mítica ciudad áurea que durante siglos despertó la codicia de exploradores y cazadores de riquezas.

Relato iniciático y de crecimiento personal, la biografía del Cándido es la biografía espiritual de Voltaire. Su camino del optimismo al desengaño es el de su personaje. Sin embargo nuestro autor no es un pesimista, sino más bien un optimista moderado. Más acá de las trascendentales explicaciones que escapan a nuestra mente, nuestra labor de transformar el mundo puede comenzar por lo inmediato, por más pequeño, por lo más cercano, por lo que tenemos a la mano. De ahí las palabras finales de Cándido: “lo importante es cultivar la huerta”.


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