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Entrevista

Andrés Duque y sus raras artes

por Daniel Fermín

Cortesía Andrés Duque

24/09/2019

I

—Yo no parto de ideas preconcebidas, de conceptos, de trabajar mi identidad ni mis intereses basándome en mis raíces —dice, sentando en un bar de Barcelona, el documentalista hispanovenezolano Andrés Duque (Caracas, 1972). Luego dirá que su desconexión con Venezuela fue radical, que el comunismo es una utopía y el capitalismo una putada. Dirá todo eso, encenderá un cigarrillo, tomará un trago de su cerveza y pedirá que lo guíen por la entrevista—. Es que yo me disperso demasiado.

—Te preguntaba por el origen de Carelia.

II

Andrés Duque cuenta la historia así: un día, en el Golfo de Finlandia, el compositor ruso Oleg Karavaychuk —protagonista del documental Oleg y las raras artes (2015)— le dijo que en su película autobiográfica Ensayo final para utopía (2012) Duque era una especie de chamán carelio que hacía más dulce la despedida de su padre.

—Andrés —le dijo Oleg, lo cogió de la mano y le señaló Finlandia, que estaba al frente—, las puertas de Europa. ¡Ve a por los carelios!

El día en que murió Karavaychuk, el 13 de junio de 2016, un ruso contactó a Duque por Facebook para darle el pésame y agradecerle el documental que había hecho sobre el músico. En qué andas ahora, le preguntó. Leo sobre Carelia, le contestó Duque. Por qué. Porque me lo dijo Oleg. Se conectaron por Skype y le comentó: Andrés, yo soy carelio. De inmediato, el ruso lo puso en contacto con un amigo chamán que vive en Moscú. El chamán le respondió que sólo un extranjero podría hablar sobre Carelia. Duque, al escuchar eso, cogió las maletas y se fue a verlo en persona.

—De alguna forma él me da cierta licencia artística para trabajar—cuenta Duque, en el bar, tras impartir una clase magistral en la Escuela de Cine de Barcelona—. Me da unas coordenadas de lugares a dónde ir para tratar de encontrar eso que buscaba: quería hablar sobre Carelia desde la magia que supone su cultura, su cosmogonía.

Esa idea inicial, la de invocar la tradición chamánica de Carelia para hacer converger lo fantástico y lo real, se convirtió pronto en otra cosa. Duque no consiguió nada de los rituales que tenía en mente. Lo que encontró, después de tres semanas de intentos fallidos en ciudades, pueblos y lugares remotos, fue una familia normal —padre, madre, tres niños y dos niñas— que vivía en el bosque. La familia Pankratev.

—Cuando encontré a esta familia con estos niños me di cuenta de que la magia estaba allí, de que tenían duende. Hubo una sintonía tremenda.

Era noviembre de 2017. Estuvo dos días con ellos y aceptaron que los filmara. Duque marcó el 21 de junio de 2018 para comenzar a grabar. Se fue y no volvió a tener contacto hasta que regresó en la fecha establecida. Lo esperaban con café y comida. La historia dura noventa minutos, se llama Carelia, internacional con monumento, se estrenó en el Festival de Cine de Rotterdam y empieza con el padre de la familia frente a la cámara explicando que Carelia no siempre fue un territorio ruso.

III

Fragmento del cuaderno de anotaciones de Andrés Duque:

Humo de cigarrillo caligrafía rusa

Si fuese un paisaje sería Carelia

Hace unos meses que empecé a escribir en ruso

Escribir a mano es como ser arquitecto y hacer casas.

IV

Carelia se divide hoy entre Rusia y Finlandia. Su cultura se ha visto reducida por su pasado de asesinatos y masacres (un ejemplo: la Gran Purga de Stalin en los años treinta). Hay, bajo sus bosques, miles de cadáveres de diferentes nacionalidades. J.R.R. Tolkien se inspiró en el imaginario carelio para escribir El Silmarillion, Jorge Luis Borges hizo lo propio con La muerte y la brújula. Duque, como ellos, no quiso recrear una Carelia con rigurosidad histórica sino apropiársela para reinterpretarla desde su subjetividad.

—Mis películas siempre van a ser resultado de lo que estoy viviendo. Y allá viví dos historias en paralelo: la de la familia Pankratev y la de Dimitriev.

La historia de Dimitriev, de Yuri Dimitriev, es esta: activista e historiador, tras más de dos décadas de investigación, encontró en el bosque de Sandarmokh, en Carelia, una fosa común con los restos de más de mil personas que desaparecieron en 1937. El gobierno de Vladimir Putin, obsesionado con limpiar la imagen de Stalin, le imputó a Dimitriev los cargos de pornografía infantil y pederastia. Esto, presuntamente, contra su propia hijastra. Dimitriev fue detenido antes de que Duque pudiera entrevistarlo. Lo que sí hizo Duque fue entrevistar a la hija, contar su historia, ponerla a dialogar con la de la familia Pankratrev para crear una metáfora del pasado y presente de Carelia y hacer una denuncia.

—Por eso —explica Duque— la película de repente adquiere otra forma. Pasa de ser una película entre el diario de viaje y el retrato familiar a ser un dispositivo de entrevistas, fotografías y textos. Digamos que la familia, en ese intento de estar siempre en un ejercicio de recordar cosas, da pie a hablar sobre la memoria y cómo la memoria está siendo reescrita, tergiversada por el Estado. La denuncia no deja de ser una declaración de amor a un país que está perdiendo todas las libertades de expresión.

V

Andrés Duque viste vaqueros y una camiseta gris. Una decena de estudiantes de la Escuela de Cine de Barcelona escucha atento su clase. Algunos graban, otros toman notas. Duque dibuja bloques en la pizarra. Escribe “yo”, escribe “espacio”, escribe “tiempo”. Es zurdo. Gesticula, se pasa el marcador de una mano a la otra. Dice que las películas de Bresson se basan en las manos. Dice que el cine no se entiende por conceptos ni diálogos sino por sensaciones, sonidos o ritmos. Dice que si una obra comunica lo hace a través del compromiso del artista con la creatividad. Cita a Deleuze, a Foucault, a Merleau-Ponty. Dice que los archivos forman parte de la naturaleza del cineasta. Somos archivistas, aclara. Sugiere que llevemos un diario, un cuaderno de apuntes.

—Un diario —dirá después— es la práctica de permanecer en constante alerta. Hago anotaciones de cosas que he vivido o escuchado, de cualquier evento que llame mi atención. Eso me ayuda a mantenerme creativo. Escribo para no olvidarlas. Quizás más adelante desarrolle esas anotaciones para publicarlas.

VI

Fragmento del cuaderno de anotaciones de Andrés Duque:

Los traumas se heredan. En cambio, si el arte sigue siendo una mirada de la realidad habría que distinguir que la moral que se ejerce sobre lo que se mira tiene la capacidad de invocar lo bello o lo abyecto. Así, la estética de cómo ven los niños el mundo de los adultos será diferente a la estética que puede tener un adulto sobre los niños.

VII

La historia de Andrés Duque empieza con Luis Buñuel. Tenía siete años cuando vio Los olvidados —“una película que perturbó profundamente mi infancia”, recuerda—. De niño, siempre estuvo expuesto al cine no comercial. Silvio, su padre, era un periodista que dirigía la revista cultural de la empresa petrolera Maravén y en su sede había un cineclub que proyectaba cine de autor. Un día hubo una confusión: Andrés quiso ir a ver El cuatro de hojalata, un corto animado venezolano, y al llegar a la sala se encontró con que exhibían El tambor de hojalata, un drama alemán sobre el nazismo. Esa película lo hizo ser adepto a esa sala. Era 1978. Tenía ocho años y veía de todo.

—Veía Bambi y Dumbo con la misma ilusión con la que veía ese otro cine que me mostraba cosas del mundo de los adultos. Muchas veces no las entendía, pero sentía curiosidad. Me convertí en un cinéfilo y en un cineasta en potencia.

El cine marcó su infancia —la infancia: jugar a la casa del terror, irse de expediciones, hacer trucos de magia—. Todas las conversaciones con sus amigos, dice, giraban en torno a la película que había visto ayer o anteayer.

—Hacía sesiones de cine en la casa cuando compramos el primer betamax. También los llevaba al cineclub. A veces los engañaba y les decía “en esta película hay tetas” y nos llevábamos una sorpresa y nos encontrábamos con que de tetas nada. Lo que veíamos era una película dirigida por Margarite Duras y me querían matar.

La música fue otra de las aficiones de su niñez. Su padre tocaba la guitarra; su madre, Elena, el acordeón. Ambos querían que su hijo fuese músico. Lo inscribieron en el conservatorio de José Antonio Abreu y estudió violín hasta los trece años.

—¿Y querías ser músico?

—En un momento sí, pero el conservatorio no me gustó. Lo sentía como muy espartano, muy militar. Yo no tenía las cosas muy claras. Digamos que probé con la música a ver qué pasaba. Lo disfruté hasta que me di cuenta de que me quitaba un tiempo que podía aprovechar para vivir. Con la entrada de la adolescencia dejé la música.

Vivir era, para ese adolescente, ver más cine. Vio todo lo que proyectaba la Cinemateca o el Ateneo de Caracas. Vio Arrebato (1979), de Iván Zulueta, —“una película iniciática, que marcó un antes y un después para mí”—, vio la filmografía de Luis Ospina —“recuerdo que dije que de grande quería ser como él”— y empezó a conocer a cinéfilos que compartían películas. Si alguien viajaba, traía títulos que no se conseguían en Venezuela. Un día, en 1991, Duque viajó a Nueva York y se compró algunas cosas: dos enciclopedias de la historia del cine, dos libros de Deleuze —La imagen-tiempo y La imagen-movimiento—, un libro de Amos Vogel —El cine como arte subversivo— y una cámara.

—¿Y qué grababas con esa cámara?

—Empecé a hacer experimentos con mis amigos. Experimentos con formas, con luz. Filmaba a mi padre conduciendo y utilizaba recursos propios de la cámara para generar imágenes más abstractas. No contar historias con temas ni hacer ficciones sino mostrar momentos. Algunos de esos momentos están en Primeros síntomas.

En Primeros síntomas (2015) se ve esto: una botella congelada, una prótesis dental dentro de un frasco con una calabaza encima, un hombre que dice “qué ladilla”, tomas desde un tren en movimiento, un titiritero, una anciana sentada en un banco, tuberías, un insecto en una piscina y textos que explican su proceso creativo de aquellos años: “Comencé a grabar para encontrar el desperfecto”, se lee. Hasta que su cámara mostró su primer síntoma: el micrófono, estropeado, hizo ruido. La solución fue ponerle música a todas las imágenes que grababa. Duque descubrió así el montaje cinematográfico. Esos videos le valieron reconocimientos en festivales de cine universitarios.

—¿Ya entonces estudiabas Periodismo?

—Estudié Arte un año y luego me pasé a Periodismo porque quería tener un oficio. Pensaba que como periodista iba a conseguir un trabajo, generar ingresos.

No se equivocó. Mientras estudiaba Periodismo en la Universidad Central de Venezuela consiguió trabajo en HBO Latinoamérica. Era el corresponsal encargado de darle cobertura a la sección de cine. Hacía reportajes y entrevistas. Tenía veintiún años cuando lo enviaron a cubrir festivales internacionales. Entrevistó a Martin Scorsese, a Tom Cruise, a Sandra Bullock. Eso lo acercó aún más al mundo del cine.

Carelia, internacional con monumento

VIII

Andrés Duque se fue de Caracas a Barcelona en el año 2000. Al emigrar partió con la idea ya clara de convertirse en cineasta. Hacer entrevistas de cinco minutos le parecía insuficiente. Quería pasar temporadas largas con gente que le interesaba, hacer documentales con ellos y no simples reportajes. Le pareció lógico dar el paso de ser periodista a convertirse en documentalista. Por eso estudió el Máster en Documental Creativo de la Universidad Autónoma de Barcelona. Allí se terminó de enamorar del género: vio películas experimentales y descubrió sus infinitas posibilidades.

—Pensé que el documental podía ser la manera de empezar a hacer cine. Llegué, hice el máster y no me desligué del periodismo. Por muchos años me mantuve haciendo corresponsalías para HBO, para Discovery Channel, para la BBC. En el máster me inyectaron documentales muy interesantes y venenosos.

El veneno inoculado en el máster permanece en él hasta ahora. Tras finalizar sus estudios, entró a trabajar en una productora audiovisual. Estuvo nueve años y aprendió la técnica y a controlar los lentes de la cámara. Mientras, hizo películas autoproducidas. Su ópera prima fue Iván Z (2004), un retrato del director español Iván Zulueta. La grabó en tres días y obtuvo una nominación al Goya a Mejor Cortometraje Documental.

—¿Con Iván Z ya te sentiste cineasta?

—No, me pasó con la siguiente película. Iván Z la hice como un homenaje a alguien que adoro. Es una película de un cinéfilo que rescata a una figura olvidada del cine, pero la planteo como un reportaje, sólo que crece y se convierte en lo que es. La construyo como una home movie y es una película casera, deliberadamente amateur.

A Iván Z le siguieron los cortometrajes Paralelo 10 (2006), Landscapes in a Truck (2006) y La constelación Bartleby (2008) antes de hacer su primer largo: Color perro que huye (2011). Esa película surgió de un accidente. Duque, mientras trabajaba en otro proyecto, se fracturó un tobillo al intentar colarse en una estación de tren y aprovechó su recuperación para hacer una especie de memoria con su archivo audiovisual.

Color perro que huye fue una película muy controvertida. Mucha gente la odió. No la entendió. Fue una película que hice con plena conciencia. Dije: “hacemos cine en otro soporte, que se llama digital, y esto supone otra manera de concebirlo”. Hice una película autobiográfica, ensayística, que eran términos que todavía no tenían mucho calado en España, y respetando incluso la estética del video. La proyección internacional que tuvo es lo que ha hecho que mis películas empiecen a entenderse un poco más aquí porque siempre he sido considerado el perro verde del cine español.

El cine de Duque está lleno de bichos raros. Su obra varía entre el retrato de personajes que bordean el límite entre la genialidad y la locura —Zulueta en Iván Z, una filipina esquizofrénica en Paralelo 10, Karavaychuk en Oleg y las raras artes— y el cine de corte ensayístico y autobiográfico, de apuntes y memoria. De los primeros le interesa, dice, su inconformidad, su excentricidad, su marginación. Retratar a otros también es una forma de develarse a sí mismo. Su obra, que ya suma más de una decena de películas, cuenta con el respaldo de la crítica especializada y el reconocimiento de festivales internacionales. Su nombre es habitual verlo en certámenes como Rotterdam. Su currículo registra galardones como el Premio Ciudad de Barcelona en 2013 por Ensayo final para Utopía o el Premio del Público en el Festival Punto de Vista de Navarra por Color perro que huye. Este año el Atlántida Film Fest realizó una retrospectiva de su filmografía.

—Los premios —dice— siempre son alicientes, un empujoncito que te dan para seguir. Mantener esa llama viva es lo más importante.

—¿Te ves haciendo cine el resto de tu vida?

—Creo que no sé hacer otra cosa. De hecho, no sé hacer otra cosa.

—¿Ya no pasa por tu cabeza hacer cine de ficción?

—Yo escribí una ficción y cuando terminé dije: “ya está, ya lo hice, para qué filmarla”.

—¿Y qué hiciste con ese guion?

—Está en un cajón.

—¿Y de qué va?

—Está basada en la vida real y es una historia de crusing gay. Una noche en Barcelona me encuentro con un hombre que quiere tener sexo salvaje conmigo y empieza a ponerse violento. Me golpea y yo le golpeo de vuelta y salgo corriendo, asustado, y me voy por un barranco. Paro para descansar y se me acerca un filipino y con él tengo la conversación más hermosa sobre el amor y sobre el sexo que haya tenido. Recuerdo que acababa así: en un momento le pregunto “cómo te llamas” y él me dice en idioma tagalo “te amo”. Yo pensé que ese era su nombre y dije “qué nombre tan bonito”, y la película se acaba allí. Me quedé con ese nombre. Luego se lo comenté a un filipino y me dijo que eso no es un nombre, que significa “te amo”. Fue cuando decidí escribir el guion.

IX

Fragmento del cuaderno de anotaciones de Andrés Duque:

Una historia de amor que empiece con Shakespeare y termine con Marx es algo todavía por escribir.

X

—Yo siempre quise irme de Venezuela. Por muchas razones. La más personal: el hecho de ser gay y estar frente a una sociedad sumamente homófoba.

—¿A qué edad descubriste tu sexualidad?

—De pequeñito. A los cuatro años ya era un lince. Aunque hubo un adormecimiento entre los ocho y los catorce. Yo no me sentía a gusto con la idea del mariquita, con esa construcción del homosexual que veía en la tele. Tenía mucho éxito con las mujeres, tuve novia y, en un momento, mis padres, que sabían que era gay desde chiquito, vieron con optimismo que había reconducido mi vida, pero luego tuve mi primer contacto gay con un chico y a partir de ahí no paré.

—¿Cuántos años tenías?

—Quince.

—¿Tus padres lo vieron con naturalidad?

—Sí, pero digamos que oficialmente, ante mi familia, salgo del armario cuando mi padre me tiene que sacar de prisión.

—¿Estuviste preso?

—Sí.

—¿Y eso?

—Eso te lo cuento otro día.

XI

Fragmento del cuaderno de anotaciones de Andrés Duque:

En casa

León vuelve a ser el que era.

XII

Andrés Duque viste una camiseta a rayas horizontales y una cazadora de cuero. Una decena de estudiantes de la Escuela de Cine de Barcelona vuelve a escucharlo por tercer día consecutivo. Mira su portátil, sentado en su escritorio, con una mano apoyada en su barbilla. Les proyecta fragmentos de películas de Jan Svankmajer, de Steve Mcqueen. Escribe “cine autorreferencial”, escribe “cine ensayo”, escribe “cine etnográfico”, escribe “diario”. Dice que no esperen que su primera película —la que harán los futuros cineastas— les de dinero, dice que esto es fruto de años. Dice que tras hacer Iván Z, una televisora le propuso hacer una serie sobre cineastas malditos. Él preguntó por qué llamaba maldito a Zulueta y prefirió trabajar como repartidor de pizzas. Cita a Montaigne, cita a Deleuze. A las 21:10, diez minutos después de la hora programada para terminar la clase, lo echan del aula. Dice que no es la primera vez que lo echan de algún sitio.

—¿Te quieres tomar una cerveza? —pregunta al salir.

Un profesor, también documentalista, escucha cerveza y se une. Duque dirá —otra vez en el bar— que para hacer sus películas suele viajar sólo. Escucha anécdotas de otros viajes y cuenta las suyas. Duque ha grabado en Mozambique, en Venezuela, en Rusia, en España. Pronto irá a la Carelia finlandesa. La cerveza se acaba. Duque camina bajo la noche de Barcelona para buscar su moto. Un semáforo lo detiene unos segundos.

—¿Nunca has tenido algún momento de querer dejarlo todo?

—Sí. Una vez lo hablé con mi terapeuta. Me preguntó qué quería ser y yo le dije que actor porno. Nos morimos de la risa y lo olvidamos.


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