Perspectivas

Almas de pupitre y tiza

14/01/2021

Tenía dieciséis años cuando llegué a Venezuela. Fui arrancado de Montevideo como los árboles que arrebata un tornado y los lleva lejos, arremolinados en su desgarro. Esquinas biseladas por nostalgias fueron a dar al fondo de un tiempo que nunca regresó, mientras los atardeceres de Macuto curtían mi acento. En pocos meses ya no se descifraba mi origen, y en menos de un año ya pasaba por autóctono. Todo un logro de memoria auditiva despertada por la fuerza de adaptación adolescente. Mimetizar mi acento acabó siendo un recurso que, poco después y con apenas dieciocho años, me permitió estar al frente de un aula por primera vez. Fue en el liceo Juan José Mendoza de Caraballeda, en 1982.

“Mi nombre es Rogelio Altez”, dije con seriedad ese primer día, mientras daba la vuelta para escribirlo en el pizarrón. Docenas de ojos me atravesaban, apenas menores que los míos por tres o cuatro años, enjugados por una curiosidad que sacaba cuentas sobre mi apariencia. Fue allí cuando entendí que, en cada gesto, cada explicación que daba, otras voces se oían en mi voz, manos de pedagogías y lecciones que insospechadamente llevaba conmigo, y ahora me conformaban. No desaparecieron con aquel tornado devastador; acompañaron mi desgarro y se quedaron a vivir dentro de mí para siempre.

El final de esa jornada, la primera en mi biografía docente, me halló caminando por la Calle Real de Caraballeda. Vinieron a mí escenas de la infancia, especialmente mis maestras de primaria. «Si viera usted qué contento me vuela por dentro pensando en usted», dice el poema que Víctor Lima compuso a José Pedro Varela, el fundador de la escuela moderna en Uruguay. El recuerdo me abrazó con la música de Los Olimareños, para mayor regresión. A pesar de que Varela vivió en el siglo XIX, con el tiempo entendí cuánto había en mí de su obra, legada como un tejido que la historia había enhebrado con lápices y guardapolvos hasta alcanzarme, antes en la niñez, y luego frente a una clase.

Además de Varela, otros fundadores de la enseñanza en Uruguay tenían que ver con mi educación. Enriqueta Compte y Riqué le daba el nombre al preescolar al que iba cada mañana de la mano de mi padre. Ese nombre, que sonaba a repiqueteo en mi cabeza de cinco años, pertenecía a la mujer que creó el primer jardín de infancia en América Latina, allá por 1892, en Montevideo. En ese mismo contexto de saltos cualitativos, la capital sureña inauguraba la Escuela Normal para Señoritas en 1887. El edificio, ubicado en la esquina de las calles Colonia y Cuareim, fue una ambiciosa apuesta en un entorno de gobiernos militares. Allí se pusieron en práctica, como en muchas otras escuelas uruguayas, las reformas que Varela impulsó.

Tres principios identificaban su proyecto; dos de ellos, la enseñanza gratuita y obligatoria, fueron comunes a muchos otros países. El tercero, que imponía una educación laica, señalaba el perfil de la formación primaria en aquella república diminuta, pero segura de sus pasos. Hoy entiendo que una enseñanza laica tuvo mucho que ver con mi decisión de ser antropólogo. La religión acabó siendo un objeto de estudio y no el camino para entender el universo.

Jacobo Varela, hermano mayor de José Pedro, participó igualmente de aquel momento transformador y fundacional. Entre otros aportes, Jacobo diseñó el banco fijo, pupitres ajustados a un concepto pedagógico de higiene basado en la postura, la ubicación de las piernas, y el ángulo del cuerpo para la escritura. El “banco vareliano” o “banco nacional” contó con dos modelos, uno individual y otro para dos estudiantes. A mí me tocó el doble, y por eso siempre compartí el pupitre durante toda mi primaria.

El edificio de la Escuela República Argentina cuando era una escuela para señoritas

Jacobo, al igual que su hermano, ocupó el cargo de Director Nacional de Instrucción Pública, y seguramente contribuyó con el diseño de aquella escuela para señoritas. Se trata de un enorme edificio de tres plantas: la de arriba, residencia de niñas; la segunda, biblioteca y museo pedagógico; y en la de abajo las aulas de clase. Con dos enormes patios para hacer ejercicios techados por claraboyas corredizas, la escuela pasó a llamarse República Argentina a partir de 1935, Nº 2 de Práctica. Edificio y escuela siguen funcionando, exhibiendo la vigencia de los principios varelianos: educación gratuita, obligatoria y laica. Allí cursé mis seis años de primaria y tuve el orgullo de ver a mi hermana como una de las abanderadas de la escuela, distinción reservada a los mejores estudiantes.

Haber sido alumno en un monumento nacional debería ser el primer punto en un currículum. Sin duda, en ese lugar no enseñaba cualquier maestra. De todas las que tuve, dos de ellas van indelebles en mi memoria, y especialmente en mi quehacer del aula: Susana Cuinat y Marta Dilandro. Susana me padeció en cuarto y quinto. Era capaz de dibujar un mapa en un solo trazo y su expresión imantaba miradas envolviendo al salón con imágenes, como si el mundo estuviese allí y brotara del hueco que el banco vareliano había diseñado para los tinteros. Fue así como sus clases sobre las “causas y consecuencias del viaje de Colón” instalaron en mí el interés por la historia. En los agradecimientos de mi tesis de grado menciono precisamente esto. Hasta allí llegaron sus explicaciones sobre la toma de Constantinopla por parte de los turcos otomanos.

Con Susana leí a Juana de Ibarbourou. «En el umbral de mis recuerdos está Tilo, mi perro», comenzaba uno de sus cuentos breves. Resultaba inevitable, en mi corazón perrero y gatuno, sentirme acompañado con aquella narración en la que un perro era el centro de la evocación y los sentimientos de la autora. En mi familia había más perros y gatos que hijos, así que la identificación fue inmediata. Esa lectura, junto con otras que ya desde muy temprano Susana puso en mis manos, me envolvió entre letras de una vez y sin retorno. Mi maestra me hizo comprender, tan temprano como en primaria, que el lenguaje es lo mismo que el pensamiento, que aquello que pensamos solo puede ordenarse entre significados que caben en palabras, y que para poder expresarlo es necesario conocerlas.

Marta fue la voz severa, firme, la clase que anuncia el bachillerato. Hacía hincapié en los contenidos científicos, en claro estímulo por estudios que ya asomaban otro nivel. Todavía siento en mis manos la impresión de un ojo de toro, fresco y gelatinoso, que llevó una vez para hacernos entender algo de biología que ahí se quedó, pegado a aquel órgano y a mi estupor. En tiempos de dictadura, Marta me protegió cuando fui castigado por recortar una escarapela nacional un día de fiesta patria en el que debí haber llevado esa insignia en mi uniforme. Había cometido un delito contra un símbolo nacional. Las intransigencias patrioteras de los gobiernos totalitarios, en todas partes, obligan a la adulación desde la infancia. Mi maestra salió en mi defensa, luz de derechos en un mundo oscuro.

 

Contra aquella oscuridad se abrían iluminadas las aulas de mi escuela. En su etimología, el significado en latín de la voz aula remite a un patio grande, cercado, donde se realizan ceremonias. En griego, αὐλή, representa igualmente a un palacio, salón grande o bien un portal. Las aulas de mi escuela eran portales hacia dimensiones creadas por maestras, universos ilimitados en los que sumergíamos nuestras cabecitas de esponjas insaciables. Los pizarrones eran negros y a mí se antojaban profundos y mágicos. Sobre ellos habían pasado millones de tizas y palabras, restas y sumas, contornos, figuras geométricas, todo iba y venía una vez más, cada día, cada año, cada clase, como las páginas de un libro que se vuelve a leer y en cada lectura enseña algo nuevo.

Llegué al liceo cortado por la huida de mi madre. Perdí el primer año por una cadena de expulsiones que fabriqué desde el limbo en el que me encontraba. Me prohibieron la entrada a los liceos públicos, y así fui a dar al Instituto de Enseñanza Luisa Luisi, que llevaba el nombre de otra pedagoga coetánea de Varela y Enriqueta Compte y Riqué. El “Luisa”, como le llamábamos, era un sitio particular. Pequeño, estrecho, raro. Allí fuimos a dar hijos de perseguidos, chicos con problemas, repitientes, en fin, un lugar que no encajaba con la dictadura patriotera.

Mis recuerdos del liceo todavía los comparto con algunos de mis compañeros de entonces, amistades fraguadas al calor de una adolescencia donde el fútbol era libertad y reunión, en el estadio, en un parque, o donde fuera que rebotara una pelota. En el Luisa recibí clases de francés con Marta Bolón, sin duda la más dulce de todos los docentes que tuve en mi vida. Marta, además, me regaló la amistad de Flavio, su hijo y mi compañero de clases, relación que pervive hasta hoy como la de Walter, Daniel y Marcelo, vínculos que ninguna tormenta ha separado. Ellos me cobijaron en tiempos de comida escasa y vivienda incierta. Siento que son la presencia viva de mis años de formación esencial. Cuando estoy frente a un aula, todo cuanto aprendí de la mano de aquellas maestras y junto a mis amigos se recrea, como si estuviesen allí, como si les hablara a ellos.

Mis maestros de la universidad tienen otra esencia. Vinieron a corroborar mi vocación docente y entregarme las herramientas con las que definitivamente crecí, sin dejar atrás aquello que me conformaba desde muy adentro. Su virtud más elocuente ha sido la de cultivar lo que ya estaba sembrado. Y esto no ocurrió en cualquier contexto, sino en la Universidad Central de Venezuela, el lugar que enseña y forma con solo entrar a su campus. Es difícil nombrar a todos aquellos que, junto con ese espacio maravilloso y envolvente, desplegaron ante mí toda su fuerza educadora y me alcanzaron cada una de sus herramientas como si fuesen piezas que habrían de encajar perfectamente entre sí en cada paso de mi vida académica.

 

Valoro cada instante de mi vida ucevista, cada segundo, cada pupitre en el que volví a ser alumno. La Escuela de Antropología, y su hermana la de Sociología, llenaron mi espíritu de eterno estudiante. Muchos de sus profesores se volvieron mis maestros en esa exquisita aventura en la que me formaron como investigador. Sus enseñanzas fueron más allá de la clase convirtiendo al mundo en aula, ese portal mágico que tiene todo por descubrir.

Detenerme a describir mi experiencia universitaria conduciría a narrar una historia sin fin. Prefiero acudir a la síntesis y solo mencionar aquellos maestros que, revestidos de un inquebrantable buen ánimo, transmitieron sus saberes en lecciones vivas, como las llamó Miguel Acosta Saignes.

Confieso una gran ventaja ante muchos compañeros en mi primer semestre: ya conocía muy de cerca la universidad y la escuela a través de mi hermana, quien me había llevado más de una vez a varias actividades extra cátedra en inocultable estímulo hacia las ciencias sociales. Por eso no me eran extraños los ascensoristas de la facultad (los había entonces), el comedor, o Valentín Fina, el gran iniciador de la carrera. Valentín fue mucho más que aquella figura inmensa en la desaparecida aula 214; fue la palabra precisa en momentos difíciles, el consejo, la experiencia. Mi primer profesor en la universidad, mi primer examen, mi primera salida de campo, y el primero en darme un empleo: profesor de fútbol en el Centro Educativo de la APUCV, lo que hice por tres inolvidables años. Así, además, continué desarrollando mi vocación docente mientras cultivaba el saludable hábito de seguir aprendiendo.

En ese primer semestre tuve el honor de tener como profesora de Técnicas de Investigación Documental a Michaelle Ascencio, vaya lujo. Mi osadía por discutirlo todo me llevó a debatir con ella sobre formas de referir bibliografía, en un arrebato irónico que, años después cuando me hice historiador y ante cada pie de página, me devuelve la sonrisa de Michaelle, llena de una enorme paciencia atendiendo mis desmanes. Todavía la veo venir, sentado en el cafetín de Trabajo Social, cuando me regaló un ejemplar de la Revista Nacional de Cultura en el que publicó uno de sus artículos. Acompañó su obsequio con una dedicatoria que hoy me llena de orgullo: «Tu maestra de lectura y escritura». Atesoro ese ejemplar como un pergamino que certifica haber sido su discípulo.

Decisiva en mi futuro como profesor de ambas escuelas, Sociología y Antropología, fue la asignatura Formación Social Venezolana. Eventualmente creo que sigo allí, en clase, escuchando a María Elena Lovera, mientras consumía un cigarro tras otro, melena suelta y vestidos con aire de mayo francés. Embelesado, seducido por un magnetismo que solo puede ser académico, estuve también en las clases de Ocarina Castillo. Mucho después, siendo profesor de esa misma asignatura por largos años, venían a mí sus palabras, asidas a contenidos que hoy acompañan mi forma de comprender los procesos históricos. La escuela me las regaló como maestras, la vida las hizo mis amigas.

«No puede concebirse antropología sin historia», dice la primera frase de mi tesis. Y quienes me han preguntado por ella saben que le pertenece a Omar Rodríguez, mi mentor, mi profesor de Antropología Política, otra de las asignaturas que me define como antropólogo y como docente de esa escuela. Omar fue fundamental en el inicio de mi vida profesional. Por él fui a dar a Ciudad Bolívar, incluso antes de recibir mi título, para trabajar en el Museo Etnográfico de Guayana. Seis meses bastaron para empacharme de cargos públicos, y regresé a donde realmente pertenezco: la universidad. Fue Omar quien me instó a mi primera experiencia como profesor universitario en la Escuela de Trabajo Social. Mucho después, ya en mi escuela, él me pasó el testigo de Antropología Política, la asignatura que nos une en una biografía académica que, además, incorpora a otro de mis maestros: Gustavo Martín.

Gustavo fue mi tutor de tesis de grado, y mi profesor de Etnopsiquiatría, fantástica asignatura que hace de la realidad un prisma de ángulos infinitos para interpretar. Cómo olvidar sus clases a las siete de la mañana, lleno de entusiasmo, gestualidad, interés en cada cosa que preguntábamos, cada vector de razonamiento. Nos hizo seis o siete evaluaciones durante un semestre y nadie lo notó. Era capaz de asignar una tarea en la que debíamos comparar a Marx con Lacan, o a Lévi-Strauss con Freud, o bien hacer un glosario de veinticinco términos de psicoanálisis para apenas obtener uno o dos puntos, y nosotros de lo más contentos. Fue mágico, una máquina de estímulo. La confianza que transmitía en el aula la llevé conmigo el día de la defensa de mi tesis, la primera que se discutió públicamente en la escuela. Por entonces, bastaron una tiza y el pizarrón. En lugar de nervios, me animaba el inmenso honor de saber conjugadas allí, en el cierre de mi carrera, tantas lecciones previas, tantas letras y palabras que en esa escena cobraban el sentido de una vida.

Muchos otros maestros me llenaron de antropología, cada uno en su estilo. Rafael Camero, Pastor Ponce, María Luisa Allais, Helia Lagrange, y hasta Carlos Alberto Martín, con sus inefables ejemplos para explicar qué es un tiesto, estrellando contra el piso una vasija en plena clase, o bien describiendo un percutor. Solía hacer el gesto de cómo una simple piedra podría partirle el cráneo a un simio, ante exclamaciones de horror en toda la clase; la piedra dejaba de ser piedra y pasaba a ser, efectivamente, un percutor. No había simio ni piedra allí, pero la habilidad del maestro consiste en hacer sentir que aquello que explica está allí, tangible y presente. Todos mis profesores de la escuela me regalaron un capítulo en la disciplina, una página para leer y revisitar cada vez que tengo el placer de dictar una clase en mi escuela.

La UCV, además, me dio maestros sin necesidad de aulas. Aunque también son mis amigos, me han enseñado muchas cosas, como por ejemplo lo ha hecho Víctor Rago, jurado de aquella primera tesis, autoridad de la facultad, y dueño de una inconmensurable habilidad en el manejo del vocabulario. Víctor abre el abanico del diccionario y las conjugaciones como un mago que despliega el mazo de cartas y extrae aquella que siempre acaba por sorprender a todos.

También cuento entre mis grandes maestros a Franco Urbani, sin duda uno de los geólogos más importantes en la historia de Venezuela. Hecho de una bonhomía extraordinaria, Franco me ha acompañado en la difícil aventura de la transdisciplinariedad, remontando cauces, dibujando mapas, observando gargantas de ríos y quebradas, o descifrando documentos del pasado. No es casualidad; su hijo Bernardo también es antropólogo. Junto a Franco, otros ingenieros desdoblaron su formación para enseñarme a comprender los terremotos como hechos históricos, y no como simples fenómenos: Carlos Ferrer, Raúl Estévez y Jaime Laffaille, quienes han encerrado sus ojos entre las estribaciones de Mérida, donde los Andes se abren como una enciclopedia de geomorfología.

La vida de investigador nos cruza con colegas, y sobre todo con grandes maestros. Algunos entretejen sus pasos con los míos y abren umbrales hacia nuevas dimensiones. Lo han hecho como amigos sin dejar de ser guías. Así cuento entre ellos a Armando Martínez Garnica en Colombia, o a Virginia García Acosta en México. Con la simpatía de Armando se abrieron mil puertas, especialmente muchos intersticios en el Archivo General de la Nación, en Bogotá. De la mano de Virginia crecí en el estudio transversal de los desastres. Gracias a ella cuento con un campo de estudio que no existía en el horizonte de la antropología latinoamericana hasta que su trabajo lo instauró a finales del siglo pasado.

Con todos ellos en mi mochila fui a Sevilla, destino insoslayable en mi ruta de investigador, océano de maestros en el americanismo. En cada documento de los archivos peninsulares aparece el espíritu de nuestros antepasados de lectura de manuscritos. Un tejido invisible de huellas digitales se forma sobre los folios en testimonio del interés compartido sobre el pasado. Con cada atril, cada legajo, cada atado de documentos, enhebramos aquel tiempo que nos define. Es este un universo de aprendizaje infinito y enseñanza interminable que escribe la historia igual que las maestras lo hacen en el pizarrón, una y otra vez con cada consulta a esos escritos tan antiguos como propios.

Salón de actos de la Escuela Republica Argentina

Una vida en las aulas me ha hecho entender que el doble rol de estudiante y docente es un regalo invaluable. Mis estudiantes, todos los que he tenido, me han enseñado igualmente con sus preguntas, sus tareas y miradas fijas y atentas. Aquellos que ahora son mis colegas continúan sumando enseñanzas y llenando mi mochila de lecciones. Son motivo y destino, causa y capítulo, párrafo y método, la razón de un pupitre y el sentido de las tizas. Sus ojos viven en los míos y cada uno de sus pasos colorea la misma huella pedagógica que comenzó en Colonia y Cuareim.

Ha sido una biografía de eterno aprendizaje, llevado de la mano de maestros, en aulas o más allá de ellas. “No nos hables como a tus estudiantes”, me reclamó mi hijo Benjamín más de una vez. En realidad, no podría despegar de mis huesos aquello que me conforma; no obstante, su demanda me hizo entender que debía aprender algo más en mi vida, y fue así como intenté ser un mejor padre. Claro, resultó inevitable transmitirle buena parte de lo que soy, y por eso Benjamín, cuando explica algo, revela al profesor que lleva por dentro, a pesar de su señalamiento.

Esa madera de docente también la tiene mi hijo mayor, Rogelio. Fue profesor de inglés en el prescolar del Centro Educativo de la APUCV, como un bucle de tiempo que llevó mi nombre otra vez al mismo lugar y en labores semejantes. En un fin de curso, Roge condujo a unos seres humanos pequeñitos a presentarse en el Aula Magna de la UCV. Mientras cantaban «Yellow Submarine» sus padres miraban emocionados hasta las lágrimas, al mismo tiempo que las mías hablaban de mi orgullo.

Mis hijos me enseñan cada día, aún en la distancia a la que fueron arrojados, como tantos otros venezolanos. Son grandes maestros que llevo junto a mí, y van al lado de la imagen de mi padre, mi primer maestro, el mayor de todos. Papá me enseñó a caminar, a ser hombre, a respirar el fútbol, a apretar los dientes y seguir adelante. De él aprendí a narrar, como lo hace un docente, pues fue un extraordinario contador de historias. Trajo su vida a la mía con cada cuento de infancia. Conocí el campo y su pueblo antes de estar ahí, sus correrías entre amigos traviesos, o personajes que pintaban realidades tan mágicas como ciertas. Sus fábulas de “Juan y el zorro” llegaron hasta mis sueños de niño, ahuyentando pesadillas y maravillando mi imaginación, entonada con su voz de locutor. Papá acabó estimulando un gusto por el pasado que vino a dar en mi formación como historiador. Logró omnipresencia en vida y ganó trascendencia para siempre. Va en mis pasos, como aquellos que condujo con sus manos firmes y robustas cuando me llevaba al jardín de infancia.

La pasión por aprender se adquiere solo a través de buenos maestros, y presumo de ello. Todos los que he nombrado y tantos otros que siguen conmigo. Gracias a esa vida de libros y pizarrones llegó Inés, haciendo de cada día un aula divina donde compartimos esa misma pasión por estudiar, investigar, pensar y escribir. Tengo el privilegio de tener a mi lado al recurso didáctico más encantador que ha nacido en Venezuela, y de ella sigo aprendiendo, especialmente en mi condición de historiador.

Todo cuanto he aprendido, enseñanzas de maestras, maestros y estudiantes, constituye mi ser, navega entre cuadernos y apuntes por el torrente de mi biografía, hace de mi vida un aula en la que comparto pupitres con tinteros o modernas mesas colectivas, para redactar una página más allí donde convergen las almas de los eternos aprendices. Hoy, cuando entro a un salón de clases, retorno al umbral de la Escuela República Argentina y me convierto en tiza para que Susana y Marta sigan enseñando y hagan de mi pizarrón ese libro que esconde una lección nueva cada vez que volvemos a leerlo.


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