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Entrevista

Abel Saraiba: “A la gente la dejaron a la deriva”

por Hugo Prieto

Abel Saraiba retratado por Ernesto Costante | RMTF

13/10/2019

¿Quién no ha sentido rabia? ¿Quién no ha sentido tristeza? Esta experiencia ha impactado a la sociedad venezolana hasta la médula. Y nadie, por sí mismo, tiene los recursos para salir de esta locura. Mejor no hacerse preguntas como la que marca esta entrevista. ¿Cómo ha impactado la crisis humanitaria la psiquis del venezolano? Quien responde es Abel Saraiba, psicólogo, con estudios en bioética y posgrado en Familia y el Niño de la UCAB. Saraiba, además, coordina el programa Creciendo sin Violencia, de Cecodap.

En apenas seis años, justamente el lapso que dura un período presidencial en Venezuela, pasamos del siglo XXI al siglo XIX, de botar la casa por la ventana (elecciones 2013) a una crisis humanitaria compleja. ¿Cómo cree que eso impacta la psiquis del venezolano?

Creo que el impacto es dramático, si a uno le toma tiempo procesar que una relación se termine y una persona puede quedar atrapada digiriendo un momento, pues eso es terrible. Volver al siglo XIX, con lo que emocionalmente nos toma a los seres humanos procesar los cambios es tremendo. Además, creo que esto nos sorprendió con la guardia baja, porque estábamos escindidos. Es decir, por un lado estábamos viviendo en la dimensión 2.0 y por el otro en los dramas del siglo XIX. Esto, lejos de ofrecernos un punto de salida, a veces nos hace como tomar una pala y empezar a cavar. ¿Qué hubiese sido de la sociedad del siglo XIX, si hubiese tenido las redes sociales y las herramientas que hoy tenemos, para contar y mirar lo que sucede? No creo que ese impacto pueda borrarse y quizás lo mejor sea que no se borrase, porque nos estamos enfrentando a una serie de hechos sociales que van a dejar una marca decisiva en lo que seremos como sociedad.

El cerebro sigue siendo un misterio. La memoria es traicionera y la capacidad individual para entender lo que nos pasa es muy dispar, tanto como las inequidades de la sociedad venezolana. No sé si tenemos las herramientas para procesar lo que nos está pasando.

Nadie las tiene. Es decir, nadie, por sí solo, tiene las herramientas como para enfrentar la realidad que estamos viviendo. Creo que eso marca un punto de cara al reto que tenemos por delante. Sobre todo para una sociedad tan individualista como la venezolana, aunque creamos que por estar juntos y porque nos gusta echar broma somos todo lo contrario. Esto hace, por primera vez, que tengamos que pensar de una forma genuina en el que tienes al lado, entre otras cosas, porque lo que te separa cada vez es menor. Pensamos que los problemas eran de otros. Y hoy caes en la cuenta de que finalmente estamos conectados.

Pareciera que el país que le gusta la chanza, el país chévere, nunca existió. ¿O eso era cosa de una tribu, de un segmento reducido de la sociedad?

Yo me he hecho esa pregunta: ¿era así el país de mis viejos? Detrás de la bonanza, también había una profunda sombra de la cual no se hablaba. Pongo un ejemplo. Mi familia paterna es de origen portugués y con el tiempo yo descubrí que mi papá habla el portugués menos que yo. ¿Por qué? Él me contó algo que ahora lo he entendido. Mis abuelos le prohibían a él hablar portugués en la casa, porque eso podría significar que él tuviera acento. ¡Ah!, un motivo de burla, un motivo para enredarse en una pelea en la calle. Entonces, ciertos mitos que construimos como sociedad no dan más. Nos horroriza la xenofobia a la que se enfrentan los venezolanos que migraron, pero resulta que aquí también hubo historias de xenofobia. Esto de que todo era chévere, de que aquí a todo el mundo lo recibían con los brazos abiertos, eso no es así. A lo mejor se vivió como algo chévere, pero a la luz de lo que estamos viviendo entendemos que no era así, que eso fue lo que nos trajo hasta aquí.

Los venezolanos somos acríticos con la realidad, con nosotros mismos. Añoramos el país chévere y cuanto antes regrese, mejor. Pero somos incapaces de plantearnos otra cosa.

Finalmente, pensamos en el otro porque ahora nos hacemos una serie de preguntas:¿Cuál es nuestro lugar en la historia? ¿Qué nos trajo hasta aquí? ¿Qué tenemos que cambiar? ¿En qué nos hemos equivocado? Pero pareciera que sigue siendo algo lejano, porque Venezuela sigue siendo el mejor país del mundo. ¿Por qué nos permitimos creer eso? ¿Con base en qué? Nos agarramos de la herencia natural, del Ávila, del Salto Ángel, pero de lo que hemos hecho como sociedad ¡ah!, eso cuesta un poco más.

No lo veo muy de acuerdo con el lugar común que reza… lo mejor que tiene Venezuela es su gente.

Yo creo que es lo mejor y lo peor. Lo que hace vivible al país es su gente, en la medida en que uno se siente parte, de que uno encuentra una familiaridad cotidiana, que le da una sensación de alivio frente a ciertas cosas, pero a su vez esa misma forma de vernos y de relacionarnos nos lleva a poner un gran velo que impide mirarnos. Creo que ahí está el tema. En ese sentido, la suerte de Venezuela es un poco binaria. Por un lado, tenemos grandes riquezas naturales, pero por otro lado tenemos una gran pobreza institucional. Sí, la Venezuela chévere nos llevó a esta otra Venezuela, pero había papel tualé. Había unas condiciones mínimas diferentes a las que hoy tenemos, la gente no se veía obligada a comer de la basura. Pero no hemos roto con la dicotomía. Es decir, hay quien quisiera volver a la Venezuela chévere, pero también hay quien aborrece a la Venezuela chévere y esta otra Venezuela le parece paradisíaca. Yo no me hallo en ninguna de las dos, porque la Venezuela chévere nos trajo hasta acá. Romper con esa dicotomía nos exige movimiento.

Abel Saraiba retratado por Ernesto Costante | RMTF

¿Usted pasa consulta?

Yo paso consulta.

Este regreso al Siglo XIX, casi a la velocidad de la luz, con el militarismo, con las formas dictatoriales de gobierno, el regreso de las enfermedades endémicas y la pobreza generalizada, ¿qué patologías ha traído a su consulta?

Me vi leyendo a Freud recientemente y era como escuchar los padecimientos en el cuerpo. La gran queja del siglo XIX. ¿Qué hacemos con esta señora que se enferma pero que médicamente no le encontramos explicación? Entonces Freud se topa con la histeria, con la neurosis. La gente llega a la consulta para conectar lo emocional con el cuerpo, llegan porque les duele algo, porque se han enfermado del estómago o de la piel. Y en algunos casos, después de peregrinar tratando de encontrar una respuesta, se encuentra con que quizás algo pasa por dentro. Yo me siento como en una reedición de lo que tal vez vio Freud en su momento, con un cambio, sí. En la época de Freud el mandato era no gozar; y si sientes placer, te invadía la culpa. El mandato hoy es lo contrario: siente placer y si no es así eres profundamente infeliz. Lo que vemos es el cuerpo puesto delante de las emociones y allí uno tratando de abrirle un espacio a la palabra.

Nunca podemos controlar una emoción. Quizás podemos lidiar con ella, pero eso es lo que nos determina como ser humano. Puedes tener una predisposición a la rabia que puede llevarte a la violencia. ¿Cuáles serían esas emociones? ¿Se está haciendo algo para controlarlas?

Tradicionalmente —y en esto hay un consenso en la psicología— se identifican cinco emociones: la rabia, la tristeza, el asco, la alegría y el miedo. Es cierto, uno no controla lo que siente. Pero lo que uno pudiera intentar es controlar el pensamiento que viene asociado a una emoción. Pensemos en la rabia. Si no haces nada, porque las emociones no se ven, pasado un lapso la rabia se convierte en ira. Pero la ira tiene una capacidad de destrucción en nuestro entorno, en nuestra vida. La tristeza. Cuando sientes la tristeza de una forma persistente y no logras tramitarla, no haces nada con ella, se empieza a transformar en una depresión, que pudiera incluso paralizarte. Pero no hacemos nada, porque creemos que de eso no nos vamos a morir.

Para quien se lo quiera creer, ¿verdad?

¡Claro! El suicidio, por ejemplo, es la segunda causa de muerte en la población con edades entre 15 y 20 años. Lo dice la OMS. Es un tema de una gravedad tremenda. Pero pensamos que no, porque de nuevo: las emociones no se ven. Pero si tuviera una herida sangrante, nadie dudaría de ir al médico. Pero si uno está triste o tiene rabia, pudiera actuar por su cuenta y ahí viene lo peor.

Y todo eso en medio de la emergencia humanitaria compleja. No hay tratamiento, no hay capacidad para anticipar qué emociones están alterando la conducta de los individuos. Esto es un récipe en blanco.

A la gente la han dejado a la deriva. Si hay una consecuencia inmediata de la emergencia humanitaria, diría que es el sufrimiento. Pero justamente ese sufrimiento permanece inabordable, porque no hay las condiciones para atenderlo. Aquí llegó una joven adolescente con un alto riesgo suicida, le sugerimos que buscara la forma de hospitalizarse, de tratarse. ¿Y qué le dijeron en el hospital? Que si quería matarse, el metro estaba allí. Afortunadamente esa joven pensó, de forma inteligente, que ese no es el comportamiento de un profesional. ¿Cuál ha sido la respuesta en general? No tenemos lugar para hospitalizarla ni medicamentos que darle. La recomendación es que busque un centro privado o tenerla en la casa. Pero la atención en un centro privado cuesta 3.000 dólares. Así fue como la sala del apartamento se convirtió en la sala accidental de un hospital y la madre renuncia al trabajo para ser la cuidadora de su hija, sin tratamiento, sin medicinas. Frente a un paciente renal que no tiene cómo dializarse, frente a un niño que come de la basura o un enfermo de cáncer, ponte en la fila. Es un acto de una crueldad tremenda.

¿Y eso es producto de la incapacidad que tenemos de pensar genuinamente en el otro o es algo atribuible a la inacción, a la indolencia del Estado? ¿O son las dos cosas?

Creo que son las dos cosas. Creo que el Estado es indolente y es negligente con relación al tema de salud mental, entre otras cosas. Pero también, como parte del país chévere, de que somos felices, no nos cabe la idea de que la gente esté profundamente triste y deprimida. Eso no está en el radar y es terrible, porque en medio de la emergencia, la gente está pensando en otra cosa. Nos cuesta mucho aceptar la tristeza, porque eso implica aceptar que lo que ocurre nos hace daño. Eso es un gran obstáculo para hacer acciones colectivas. ¿Cómo nos vamos a poner de acuerdo si no sabemos lo que nos pasa?

¿Por qué yo tengo que entender a un individuo que dice que Chávez fue todo? ¿Todo no es demasiado?

Hubo algo que falló, porque muchos venezolanos pensaron que la respuesta a los problemas la tenía un sujeto. Esa idea está muy interiorizada en nosotros. Creo que una de las cosas que estamos llamados a entender es que nadie es invulnerable. Tenemos que vernos en nuestra fragilidad, porque tuvimos unos soportes imaginarios. Tenemos petróleo, tenemos mises, tenemos un patrimonio natural. Pero todo eso se ha resquebrajado. Tenemos que entender que nos pueden pasar cosas, sin aterrarnos, pero en igual medida tenemos que tomar previsiones para que esas cosas dejen de pasarnos. Por otro lado, tenemos que hacer un gran esfuerzo para reconocer al otro en su diferencia. Para el chavista, el opositor era una cucaracha; y para el opositor, el chavista era un bruto, un marginal, sin entender que a lo mejor el chavista fue excluido de ese país que parecía chévere, hasta que vino alguien y se los dijo, y esa gente pensó: es verdad, ese tipo me está hablando a mí. Después de reconocernos, tenemos que respetarnos.

¿Por qué le tenemos tanto miedo a vernos vulnerables?

Porque eso rompe con la idea de que lo podemos todo, porque vernos vulnerables implica que podemos necesitar ayuda o nos confronta con nuestras propias limitaciones. Y más allá, que puede haber otro, que no soy yo, que tenga la solución. ¿Dónde está la trampa? Negar que somos vulnerables no nos salva de serlo. Ojala podamos vernos vulnerables, porque uno pudiera pensar: ¿Qué más nos puede pasar? Y todavía nos pueden pasar muchas cosas peores, pero si no nos cuidamos las seguiremos contando.

¿Qué podemos hacer para detener esa fuerza inercial que profundiza el deterioro, la idea de que nuestra realidad puede ser aún peor?

Hay que darle paso al deseo. Hay que empezar a construir, incluso en medio de lo que pareciera una locura, una visión de hacía dónde queremos ir. Eso le pudiera poner coto a esa fuerza inercial.

¿La resiliencia? ¿El conformismo? ¿Esa son las dos opciones? ¿O hay una tercera que no podemos o no queremos ver?

Tenemos que romper lo binario. Uno puede ver una resilencia ingenua… ante todo lo que te pasa sonríe, una cosa naif que no lleva a ningún lugar, quizás sirva ponerse en contacto con personas que han vivido situaciones mucho más difíciles. ¿A qué conclusión llegaron los sobrevivientes del Holocausto judío? Que en cierto momento ya no tenían nada que tener. Qué en medio de esa adversidad tenían que aferrarse a algo de la vida y a partir de ahí empezar a construir soluciones, que no eran ni mágicas, ni fáciles, ni nada. Yo creo que el camino es mucho más áspero. Y vuelvo al deseo entendido desde el psicoanálisis, porque implica una renuncia. Sí deseo fumar, por ejemplo, renuncio a la salud, porque tarde o temprano seré un paciente cardiovascular. El deseo nos interroga: ¿Qué es lo que yo quiero? Pero también, ¿qué estoy dispuesto a poner? ¿Qué estoy dispuesto a perder y a dejar atrás para poder hacerle frente?

Pero eso implica costos, quizás sufrimiento, no creo que los venezolanos estemos ávidos de vivir una experiencia como esa.

Pienso en la promesa de Churchil, sangre sudor y lágrimas. Esa fue una promesa sincera, porque era lo que venía. Creo que nos hace falta una dosis de realidad. Pero ese mensaje es tremendamente impopular. No veo un camino sin fricción, porque lo que viene implica romper con el imaginario de que como esto es una tierra de gracia, nosotros no necesitamos hacer ningún sacrificio, sino a un individuo que reparta bien. No, aquí hay que hacer unos sacrificios considerables.

Abel Saraiba retratado por Ernesto Costante | RMTF

¿Usted cree que el venezolano está enfermo, digo, en su psiquis?

Yo creo en la clínica individual. Lo que pudiera decir es que el venezolano está impactado. Es decir, no hay manera de que esta experiencia no haya dejado huella en nosotros. De cualquier manera esta experiencia hace que redimensionemos lo que somos. No somos los mismos ni seremos los mismos. No sabría decir a dónde nos lleva esta versión de lo que somos, pero sí, definitivamente, estamos impactados. Creo que hay mucha gente enfermándose, que hay mucha gente sufriendo, más de lo que pudiéramos imaginarnos. Nos preocupan las cifras de la malaria. ¿Y las de depresión? Quizás la malaria nos parezca un mal menor. Cada quien con sus recursos, se mueve más o menos, pero todos hemos dejado algo en el camino.

¿Si esto sigue deteriorándose, como pudiera ocurrir, cuáles serían las consecuencias en la salud mental de la gente?

A mí lo que más me asusta es cómo nuestra visión se va haciendo más corta. Uno de los peores daños, el que más me preocupa —además de lo traumático de la violencia, de la angustia crónica por el hambre, de la incertidumbre permanente por la falta de servicios públicos— es la incapacidad de ver opciones. Cuando asumimos la resignación y nos convencemos de que no hay otra forma de vivir, incluso, que no nos merecemos otra forma de vivir, creo que nos miramos desde un túnel cada vez más estrecho. Quienes han tenido otras experiencias, quienes han vivido una existencia diferente, pierden la voluntad de contarlo o van muriendo en el camino. Cuando nos convenzamos de que esta es la única vida posible, será mucho más difícil salir de ese túnel.

¿Esto es producto de la ejecución de un plan conductual, por llamarlo de alguna forma? ¿Esto puede ser inducido? La idea de que no hay otra vida posible, sino esta que estamos viviendo, creo que está copando el imaginario de grandes sectores de la población venezolana.

No me sorprendería que esto responda a una cosa pensada, porque ha salido tan bien que es difícil dejársela al azar. Lo que sí veo es que el gobierno ha utilizado dos grandes recursos: el miedo y la esperanza. Miedo de que te agredan, de que te pasen cosas terribles, además con manifestaciones más marcadas de lo que el Estado pueda hacer, cómo el Estado puede dañar con represión, no hay límites. Y la esperanza. Dos cosas. Uno: no necesito darle un apartamento a todo el mundo, basta que se lo dé a uno de diez para que los otros nueve crean que les puede tocar. Dos: la esperanza como algo que se quiebra. Lo peligroso que ha sido eso para la sociedad venezolana en este último tramo. Cada vez que ha habido una esperanza de que las cosas puedan cambiar… y no cambia, cómo la gente se viene abajo. La esperanza como una tragedia. En eso el gobierno ha sido tremendamente eficaz.


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