OpiniónPolítica

Hiperinflación: la hora de reconocer el error

por Luis Vicente León

Fotografía de EPA

26/11/2017

Leí un día a un analista que explicaba por qué era imposible que en Venezuela hubiera hiperinflación. También dijo que era un pésimo negocio comprar dólares, pues no había duda de que se te quemarían las manos cuando su valor descendiera estrepitosamente. Remataba atacando a quienes pensaban distinto a él y acusándolos de corrupción y manejos oscuros. Yo también me he equivocado en algunas proyecciones en mi vida personal y profesional, aunque definitivamente no en estas dos, en la que mi posición ha sido enfáticamente la contraria. Pero la diferencia es que algunos reconocemos que el futuro no se puede proyectar linealmente. Que hay muchas variables incontrolables. Que las ciencias sociales son imperfectas y que nuestro trabajo es organizar los acontecimientos y ayudar a construir los escenarios más probables. Pero el futuro, ese sólo lo analizamos sólidamente cuando se convierte en pasado. Quienes internalizan esta realidad no tienen la inseguridad de pensar que si se equivocan se acabó todo. Entonces eres libre de seguir analizando y construyendo hipótesis, con el mayor cuidado, ayudando a otros a pensar y planificar, racionalizando su contexto, pero reconociendo las incertidumbres críticas de ese entorno y con tu mente abierta para interpretar los cambios.

¿A qué viene esto a colación? Pues cuando intenté entender cómo es posible que el gobierno se haya quedado pegado en una estrategia de control e intervencionismo extremo, frente a la evidencia obvia de su fracaso. ¿Cómo vuelve una y otra vez a ofrecer resolver los problemas, que él ha creado, haciendo lo mismo que lo llevó ahí, ante el desastre monumental de su modelo? Algunos piensan que es un proceso deliberado y que el gobierno buscaba la destrucción del país. Yo insisto que eso al menos tendría una justificación dentro de alguna racionalidad, aunque sea la del mal. Pero no lo creo. Este desastre no estaba planificado y el gobierno no se alegra de lo que esta pasando, pero no tiene ni la más remota idea cómo resolverlo. Busca culpables externos, conspiraciones empresariales, corruptos propios y complots internacionales, para no reconocer, incluso frente a sí mismo, que el culpable de todo esto, incluso de aquello en lo que tiene razón, es él. La peor combinación: equivocado y prepotente.

Negar la evidencia sólo los lleva a empeorar el entuerto. Cuando creen que el problema es el controlador y no el control, intentan resolver las distorsiones creadas por ellos mismos, controlando más… y más… y más y cambiando controladores como cambiarse de interiores, hasta que todo colapsa. Controlaron el tipo de cambio y el resultado es la devaluación descontrolada. Controlaron los precios, y entramos en la hiperinflación. Expropiaron y destruyeron la capacidad de producción. ¿Y ahora qué? La única manera de atender este desaguisado es reconocer el error y cambiar. Es plantearse un modelo de ajuste integral, que parta por una negociación con el sector empresarial, para recuperar confianza y estimularle a usar sus recursos, ante un gobierno que no tiene más. Es abrir el mercado cambiario y resolver la distorsión. Es buscar acuerdos de financiamiento nuevos en los multilaterales, para ayudar a palear el costo social brutal que hay que pagar ahora para salir de esta crisis innecesaria.

Nada se resolverá con amenazas, ni cierres, ni presos, ni decretos controladores, ni discursos llenos de hostilidad. Mugabe los utilizó todos y luego de pulverizar los inventarios que quedaban en almacenes y anaqueles… no quedó nada más. Porque nadie producirá, ni importará, ni venderá, ni aquí ni allá, si no les permiten cubrir sus costos de reposición. Todo lo demás es paja. Anímate a cambiar y cambiarás el país.


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