Homenaje a Szymborska

Wislawa

01/11/2021

Dando continuidad al homenaje que, en ocasión de cumplirse los 25 años de haber recibido el premio Nobel, rendimos a la poeta Wisława Szymborska, publicamos el poema que Carmelo Chillida compuso para ella el día de su fallecimiento.

Fotografía de JANEK SKARZYNSKI | AFP

La poeta polaca Wislawa Szymborska, en su discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura en 1996, hablando de “verdugos, dictadores, fanáticos, demagogos”, aunque la lista podría extenderse largamente, advierte: “Ellos ‘saben’. Saben, y lo que saben les basta de una vez y para siempre. No se interesan en nada más, porque eso podría debilitar la fuerza de sus argumentos. Y cualquier saber que no provoca nuevas preguntas se convierte muy pronto en algo muerto, pierde la temperatura que proporciona la vida”. ¿Pueden estar más vigentes estas palabras hoy para nosotros? Este homenaje a Szymborska, poeta que ha significado mucho en mi vida, lo escribí la noche que murió, el 1º de febrero de 2012.

 

I

 

Amiga, cómo nos haces esto ahora,

en tan difícil momento. Te creíamos inmortal

como un niño cree que sus padres lo son.

 

Silencio. Un cigarrillo y silencio.

Un brindis –un vaso lleno ante otro invisible–,

un trago de vino, una inhalación

profunda y silencio.

 

Se supone que debería salir corriendo

a escribir una nota sobre ti, sobre tu obra,

para el periódico.

 

Hace apenas horas cruzaste la frontera,

tranquila, dormida en tu cuarto, en Cracovia

–el lugar que nunca abandonaste.

 

Pero qué importa la nota en el periódico

ante esta pérdida. El tiempo se hace lento,

un instante se abre paso entre los otros.

Este no es el tiempo de los periódicos.

Este es el tiempo real, el tiempo

del nacimiento y el de la muerte.

 

Silencio.

 

Miro tu rostro nunca repetido

en una galería de imágenes en la computadora.

Siempre esa sonrisita,

de joven y de anciana, de niña pícara

que se burla de todos.

 

Justamente así fluyen tus versos.

Nunca vi alguien que se pareciera

tanto a su obra.

 

Me detengo, no escribo una palabra más.

Silencio. En tu honor.

 

 

II

 

Aunque sé que si vieras esto,

seguro lo encontrarías demasiado solemne,

me sugerirías un poco de humor

para compensar, me darías unas

suaves palmaditas en la espalda.

Quizás, con suerte, me invitarías un té

y me ofrecerías un cigarrillo.

Nos sentaríamos en tu viejo

y cómodo sofá y sostendríamos

una breve conversación no hecha de palabras.

 

Sonríes en silencio, sonríes.

Contigo muere un mundo.

 

Amiga, quizás no nos hagas tanta falta.

Hemos comprado cada uno de tus libros,

y están en un tramo cercano en la biblioteca,

ellos nos acompañarán un rato más.

Son páginas y páginas para leer,

meditar, releer, sentir el deleite del milagro

que es despertarse cada mañana.

 

Pero mañana tú no despertarás.

 

 

III

 

Mineral, vegetal, animal fuiste.

Fuiste la mirada que contemplaba las nubes,

las letras que intentaban describirlas en su viaje

y el cuerpo bien asentado en la tierra.

 

Cuerpo y alma en ti nunca estuvieron separados

–entre nosotros, ese fue

un invento nefasto de Platón.

 

No recibiste nunca respuestas convincentes,

así que no dejaste nunca de preguntar.

Amiga, no lo niegues,

te interesaban las preguntas, no las respuestas.

 

En secreto te burlabas de esas respuestas,

de todo discurso seguro de sí mismo.

De los otros, de ti.

 

Te decían poeta, pero esa burla cordial

era tu verdadero oficio.

Basta verte semisonreír en las fotos,

aun en la Academia, cuando el Nobel,

cegada entre luces y cámaras.

 

 

IV

 

Nunca te fuiste de tu piso en Cracovia.

Viviste las invasiones nazis y las invasiones rusas.

Otros partieron a París, a dar clases

en universidades norteamericanas.

Pasó lo que pasó y tú te quedaste ahí,

sufriendo, escuchando malas y malas noticias,

muertes cercanas. La mayoría de los campos

de concentración estuvieron en Polonia.

Polonia fue el lugar del máximo horror.

Te quedaste y sobreviviste

viéndolo todo, registrándolo todo.

Y sin embargo, de entre los poetas

de tu generación –los que le dijeron

a Adorno que sí se podía

escribir poesía después de Auschwitz–

fuiste la única

que no se estancó en el dolor.

Tú volviste a sonreír porque sabías

que el tiempo de la Historia

se diluye en el vasto

tiempo inhumano del Universo.

 

 

V

 

Es hora de detenerse

–ya habrá horas para leer y escribir.

Toma tú la palabra, termina esta breve elegía:

 

No existe vida

que, aun por un instante,

no sea inmortal.

 

La muerte

siempre llega con ese instante de retraso.

 

En vano golpea con la aldaba

en la puerta invisible.

Lo ya vivido

no se lo puede llevar.


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