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Copa América Brasil 2019

Vinotinto vs. Brasil: ¿Todo vale por un resultado?

por Jován Pulgarín

Fotografía de Jaun Mabromata | AFP

19/06/2019

Una de las grandes preguntas que aún hoy se hacen en Colombia es la siguiente: ¿de qué sirvió el 5-0 contra Argentina? Dice la leyenda que Hernán “Bolillo” Gómez le dijo a Francisco Maturana: “Nos jodimos, Pacho, ahora van a querer que ganemos el Mundial”. Lo que pasó después de aquel resultado todos lo conocen. La selección neogranadina no pasó de ronda en 1994 y peor aún, nunca le perdonaron el autogol a Andrés Escobar.

Del toque-toque de Colombia ya no queda ni rastros. Gómez y Maturana son vistos como abuelitos garcíamarquianos, que le dieron abolengo a un equipo regularmente tristón. Exiliados, como lo personajes del Gabo, hoy buscan la gloria fuera de su país: con Ecuador y Venezuela. El fútbol “moderno” requiere otros ritmos y otras sapiencias. Ambos estrategas representan el pasado en una profesión que requiere de mayores estudios.

Traigo a colación esto, porque apenas cinco años después de aquel resultado en el Monumental de Buenos Aires, esa generación, ya desgastada, asistiría a su último Mundial. Pasarían 16 años para que Colombia regresara a la élite, de la mano de otro estratega que replantearía los cimentos del estilo, el argentino José Pékerman.

En la primera columna que escribimos en Prodavinci, nos preguntábamos, dadas las contradicciones evidentes en el cuerpo técnico de Venezuela, si el mensaje podría llegar con claridad a los jugadores. A mi juicio, la Vinotinto se sostiene por la calidad individual de los ejecutantes. Es competitiva porque ya la mayoría de sus jugadores lo son en sus diferentes equipos. “El tema es pasar de allí a ser ganadores, ese cambio requiere de muchas cosas”, me decía Juan Pablo Varsky en una conversación antes de la Copa Confederaciones de 2013.

Huérfanos de alegrías, después del estilo que predominó con Richard Páez, al venezolano se le ha vendido que sobre todas las cosas, lo importante es el resultado. Pero bajo esta filosofía, que propuso César Farías y que ahora repite Rafael Dudamel, tampoco han predominado las victorias. Es paradójico, porque visto en retrospectiva, pareciera que actualmente hay más elementos disponibles que en la era de los tres zurdos (Gabriel Urdaneta, Ricardo David Páez y Juan Arango). Aunque las comparaciones son odiosas, el referente en ataque, en aquel tiempo era Alexander Rondón, una gran diferencia con las opciones de Dudamel.

Cuando hoy se dice “esto es fútbol”, se resume que lo más probable que pase en la cancha es lo improbable. Aunque existan ciertas tendencias, los partidos solo responden a una realidad de 90 minutos. Las sorpresas se circunscriben a ese tiempo y espacio. Los torneos cortos (Grecia en la Eurocopa, Once Caldas en la Libertadores) a veces lo permiten. Son excepciones que confirman la regla.

Una sorpresa fue, por lo visto ante Perú, el rendimiento físico y defensivo de Venezuela. El elemento motivacional y las correcciones del técnico (Yordan Osorio por Jhon Chancellor, por ejemplo) dieron resultados. Sin embargo, ¿a costa de qué? De una sola jugada clara en ataque. Y aclaramos, la solidaridad, el trabajo en equipo, los relevos en algunas acciones y, sobre todo, el amor propio consiguió puntos muy altos en este partido contra Brasil. No reconocerle a todos los involucrados su buen desempeño sería mezquino. Sin embargo, la tarea de este lado es poner el dedo en la llaga: pareciera que la Vinotinto es un equipo en eterna formación. Si se arropa los pies, el arco le queda muy lejos. Si se sube la manta, la defensa sufre.

Para romper con esa dinámica, ¿Venezuela debe competir o sentar las bases para las eliminatorias en Brasil 2019? Dada la economía de la Federación Venezolana de Fútbol, es probable que pocas veces un entrenador pueda tener la opción de jugar contra equipos que realmente pueden medir su potencial. Es decir, este torneo será la única opción de probar in situ el arsenal adquirido. ¿Se puede combinar el aprendizaje y la competividad? Es un tema para el debate.

El experimento de Colombia empezó en la Copa América 1987, como bien lo recuerda Alexis Correia en su extraordinario artículo “De cuando chalequeábamos a Colombia”. El 5-0 de 1993 no fue un resultado aislado. Fue el pináculo de un estilo que se afianzó en un torneo en el que culminaron en el tercer lugar, por encima de la Argentina de Maradona, exactamente un año después de que la Albiceleste había ganado la Copa del Mundo.

Antes del Mundial de 1990, el seleccionado neogranadino solo había asistido al de 1962. Luego conformó una idea y un equipo de trabajo que le permitió codearse con los mejores durante 12 años. El tema pues, no es si Dudamel es capaz de sacar un resultado. Obviamente que tiene los elementos y la capacidad para, en un partido determinado, hacerlo. La pregunta es si luego de tres años hay pistas de una identidad que le permita variar según el rival. Yo aún no tengo respuestas para ello. El equipo hoy puede lucir bien y caerse mañana. Al menos que precisamente esa sea la filosofía Vinotinto, el triunfo del “como vaya viniendo vamos viendo». Muy cónsona con el país.


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