Deportes

Vinotinto sub-20: la apuesta de Dudamel da resultados

por Jován Pulgarín

Samuel Sosa pelea por el balón en el juego contra Brasil. Fotografía de Claudio Reyes | AFP

02/02/2019
¿Prefiero jugar bien o mal? Pues jugar bien. ¿Y ganar o perder? Pues prefiero ganar. Pero si mezclamos el color de los calzoncillos con manzanas o peras nos confundimos.
Jorge Valdano, campeón del mundo en 1986.

Venezuela está cerca de cumplir el objetivo: clasificar al Mundial sub 20 que se realizará en Polonia. Una victoria en los próximos dos partidos podría sellar el pase con mucha antelación. ¿Es probable? Bastante.

El buen momento de la selección, la superioridad individual y las debilidades de Argentina y Colombia inclinan la balanza a favor de la Vinotinto. El asterisco en esta ecuación es la irregularidad del torneo, que deriva en una gran paridad, como lo advertíamos en el análisis previo del hexagonal. Un equipo puede cambiar de rostro entre un choque y otro: Ecuador y la Albiceleste son los últimos ejemplos de ello.

Venezuela lo ha sufrido también. Es obvia la diferencia con respecto al juego ante la Celeste  (1-1) y la victoria sobre Brasil (2-0). En este último encuentro, los duelos personales fueron más parejos, el equipo no resintió el cansancio físico y pudo contrarrestar los últimos enviones con rápidos contragolpes. Para hacer gráfico este ejemplo: Uruguay presionaba alto, recuperaba la pelota en la zona de volantes y volvía al ataque, así consiguió la igualdad. Continuaron con el mismo ritmo hasta el minuto final. Los amazónicos, en cambio, entraron en desesperación, se partieron en bloques y la Vinotinto aprovechó para tirar balones a Jan Hurtado y Samuel Sosa, ganándole las espaldas a los volantes de contención y defensas.

Aún, así, con el 1-0, los de Rafael Dudamel recularon tanto que de nuevo jugaron al límite, tentando al destino. Fueron esos minutos, entre el m. 70 y m. 85, cuando Brasil tuvo varias oportunidades despejadas in extremis por los defensas o finalizadas por fuera del arco.

En la victoria 2-0 de Venezuela, según la estadística de la Conmebol, Brasil tuvo más la pelota (73%); la circuló más (582 pases por 218 del rival) y fue más preciso en los pases (86% por 63%). Con números así, ¿cómo perdió? Primero, remató menos que Venezuela (13 por 15) y de esos disparos solo dos fueron entre los tres palos, mientras que 5 de la Vinotinto fueron directo al arco.

Hay otro dato que funciona para explicar cómo desde la concentración, madurez e inteligencia emocional (importantes estadísticas que no se cuantifican), Venezuela se impuso: de las cinco amarillas que Brasil recibió, cuatro fueron sacadas en el segundo tiempo y tres en los últimos 20 minutos, cuando el partido entraba en su etapa de definición. A ello se suma una cartulina roja a la máxima estrella de los amazónicos: Rodrygo Goies, un minuto después del segundo tanto, obra de puros recursos de Hurtado. Esto no es sorpresa. En el partido contra Chile, insulto incluido por el hambre que pasa el pueblo venezolano, Venezuela fue superior desde la concentración.

“Es un juego competitivo, por lo tanto que el balón entre es esencial. El gol es el objetivo. Lo que ocurre es que hay gente que cuando piensa en el gol no piensa como objetivo meterlo, sino que no se lo metan, y ahí empezamos a condicionar el juego”, continúa analizando Valdano en sus disertaciones sobre qué significa jugar bien.

Venezuela inició el torneo en esa modalidad: la de impedir que el balón entre. Luego evolucionó. De aquella selección superada desde el juego por Colombia en el debut, pero que supo defender el 1-0 hasta con 10 hombres, quedan flashbacks. El equipo tiende a juntarse cerca del portero Carlos Olses y dejar a un efectivo en punta para el contragolpe. Se siente cómodo con esa dinámica, a pesar del obvio riesgo.

Pero hay individualidades que aprovechan esta situación para sacar oro en cada balón suelto. Sosa es uno y obviamente Hurtado el otro. Los goles que tenían atragantados aparecieron cuando más se necesitaban: ante Brasil. Su ausencia contra Uruguay condicionó mucho el partido. Porque este “9” es pura potencia y obliga a los rivales a soltar poco a los laterales y volantes de primera línea, debido a que deben relevarse para pararlo. Es decir, para bloquear el avance del venezolano se necesitan mínimo dos o tres contrarios. A veces más: en el 1-0, Jan se deshace de cuatro amazónicos y define al costado del arquero. La jugada tiene más mérito porque la pelota no viene de un avance o contragolpe, con los rivales fuera de posición, sino de un saque lateral, cuando la defensa está enfocada en recuperar el balón.

“Considero un error poner el triunfo antes que el juego, porque el juego es el cómo accedo al triunfo. Me ha parecido siempre una estupidez lo de elegir entre jugar bien o ganar. Si me lo pones así prefiero ganar, pero ¿cómo lo hacemos para ganar? ¿Qué preferimos, un imbécil bueno o un hijo de puta malo? Son cosas de una naturaleza tan distinta que está muy mal compararlas”, concluye Valdano sobre la vieja diatriba. Y si lo cito es obviamente porque coincido.

El fútbol no movería tantas pasiones si simplemente nos quedáramos con el resultado. Es lo que lo hace diferente a otras disciplinas, como el baloncesto o el béisbol, que debido a su naturaleza un partido solapa a otro con apenas 24 horas de diferencia. El desgaste en un encuentro de 90 minutos obliga al descanso y a nosotros, los analistas, a dedicarle tiempo a repensar en lo sucedido.

¿Quiero ver a Venezuela en el Mundial? Por supuesto. ¿Estoy contento por la victoria de Venezuela? Sin lugar a dudas. Me gustaría que Dudamel apostara mucho más por la tenencia para que el equipo sufra menos y se aproveche el talento de jugadores que, creo, están amarrados en una camisa de fuerza. Por ejemplo, es enorme la diferencia cuando Brayan Palmizano está en el campo.  ¿Eso impide que reconozca que la idea del técnico está dando resultados? En lo absoluto. Como dice Valdano: son cosas de naturaleza distinta. Al final, los logros de los equipos y procesos técnicos quedan en el recuerdo de los fanáticos para toda la vida. En cambio, estas líneas se perderán en los archivos o serán material para ser troleado en Twitter. Lo entiendo y acepto. Porque si tengo que escoger entre tener la razón y ser feliz, siempre me quedaré con lo segundo.


ARTÍCULOS MÁS RECIENTES DEL AUTOR

Suscríbete al boletín

No te pierdas la información más importante de PRODAVINCI en tu buzón de correo