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Perspectivas

Ver por encima de la oscuridad

por Wolfgang Gil Lugo

Fotograma de "Wait until Dark" (1967), de Terence Young

22/04/2019
“Y, entonces, abrí la puerta de par en par, y ¿qué es lo que vi? ¡Las tinieblas y nada más!”
Edgar Allan Poe: El cuervo

En el simbolismo, la luz representa la bondad y la consciencia, mientras que la oscuridad está asociada a la maldad y la bestialización. Lo tenebroso es el lugar del miedo, de los terrores que pueden agazaparse tanto en el mundo real como en lo profundo del subconsciente. Las tinieblas son el ámbito natural del crimen. La delincuencia se encuentra a sus anchas donde escasea la luminosidad.

Hay una película, Espera la oscuridad (Wait until Dark, Terence Young, 1967), donde Audrey Hepburn asume un papel de enorme dificultad histriónica: el de una ciega asediada en un apartamento por criminales dispuestos a someterla a engaños, amenazas y maltratos.

Una puesta en escena claustrofóbica

La acción de Espera la oscuridad se desarrolla en un apartamento de la ciudad de Nueva York a lo largo de unas 18 horas. Narra la historia de Susy (Audrey Hepburn), una mujer ciega a causa de un accidente automovilístico. Nos enteramos que está casada con un fotógrafo profesional, Sam Hendrix, que le salvó la vida. Durante el vuelo de Montreal a la Gran Manzana, Sam, inocentemente, recibe en custodia una muñeca de trapo, en donde han embutido una cantidad de heroína. Los dueños finales de la mercancía comienzan su búsqueda desesperada, que conjeturan escondida en el apartamento de Sam. Lo que se suponía que no era más que un trabajo sencillo, se enreda cuando aparece un elemento inesperado: Susy llega al apartamento.

A partir de ahí, toda la acción tiene lugar en la sala de estar del apartamento, situado en un semisótano, con luz exterior, pero sin vistas. El escenario evoca La ventana indiscreta (1954) de Hitchcock. La película explora las limitadas posibilidades de defensa de una persona incapacitada. Es una lucha desigual entre unos crueles criminales y una mujer débil y desamparada.

Los delincuentes hacen uso gradual de la violencia. Comienzan con la manipulación, luego el engaño, después la desmoralización y finalmente el amedrentamiento de la víctima. Los malhechores quedan desconcertados por la tenacidad de Susy, quien se defiende con recursos inesperados. El continuo fracaso de sus cómplices lleva al villano principal, Harry Roat (Alan Arkin), a optar por la violencia física. Igual descubrirá que la frágil mujer no es una presa fácil.

Además de lo bien administrada que está la narración, y de la excelente banda sonora de Henry Mancini, esta película es notable por la inspirada presencia de Audrey Hepburn, quien le imprime palpitante verdad a la historia. Ella nos convence de que es una persona sensible que afronta con admirable coraje una trampa mortal. Todo esto multiplica la preocupación del público por el destino del personaje, complejo y cautivante, que se encuentra en vilo entre el peligro y la incertidumbre.

Cuando participó en este film, Audrey Hepburn no era la jovencita que conmueve con su ingenuidad, de Vacaciones en Roma, por ejemplo. Tampoco era la chica desinhibida, que termina una noche de juerga comiendo un croissant frente a una joyería de lujo, de Desayuno en Tiffanys. Ahora es una mujer madura que, tras una apariencia endeble, deja traslucir madurez, fuerza de carácter e inteligencia, todo esto envuelto en una dulzura angélica.

Un país secuestrado

Platón, en Republica VIII, da un interesante dato de sociología política. Una de las primeras medidas que toma el tirano, después de hacerse con el poder por medio de la retórica demagógica, es blindarse a sí mismo y a su régimen, con una guardia personal de mercenarios extranjeros, cuya lealtad está con el gobernante y no con el país.

Para la sociología política clásica, como la ciceroniana, la república está formada por solo dos clases: los nobles y la plebe. Estas dos clases deben resolver sus problemas de forma política, es decir, mediante la discusión civilizada bajo el concepto de bien común. Maquiavelo (Príncipe, XIX) explica la decadencia de Roma, especialmente desde Marco Aurelio en adelante, debido a que las fuerzas armadas se convierten en un tercer elemento, un partido que mira por sus propios intereses y descuida el bienestar tanto de los nobles como de la plebe. Al final, la guardia pretoriana es la que termina imponiendo a los emperadores.

En condiciones como las antes mencionadas, tiende a bajar la calidad del poder condicionada por ese partido político militar. Lo malo siempre puede empeorar. Si bien las dictaduras militares latinoamericanas fueron malas, ahora estamos frente a un nuevo fenómeno aún más abyecto. La población, en el caso que vivimos, es similar a la mujer ciega atrapada por unos pandilleros.

¿Atrapados sin salida?

Cuando un adversario es más débil y está desarmado, le toca fortalecer la voluntad, clarificar la percepción y, sobre todo, aguzar la astucia.

Para ilustrar la voluntad, haremos uso de la memorable escena de aquella otra vieja película, El gran escape (John Sturges, 1963), donde el personaje interpretado por Steve McQueen, un soldado americano atrapado por los nazis y encerrado en una celda, expresa su determinación a escaparse a través de la forma repetitiva de lanzar la pelota de béisbol contra la pared de la prisión. Cuando vemos eso, tenemos la seguridad de que su firme intención lo conducirá a evadirse del campo de prisioneros.

El otro componente es clarificar la percepción. Esto significa ser capaz de ver la realidad sin proyectar nuestros prejuicios, o sin empañarla con nuestros derrotismos o triunfalismos. Esto también está muy bien ilustrado en otra película, El último samurai (Edward Zwick, 2003), donde el personaje protagónico, interpretado por Tom Cruise, es un soldado mercenario norteamericano que es atrapado por unos guerreros tradicionales japoneses. La escena significativa se produce cuando tratan de enseñarle al extranjero el arte de la esgrima japonesa y siempre termina derrotado por su instructor. Hasta que el hijo del líder samurai le recomienda: ‘No mente’, es decir, que inhiba los pensamiento y se dedique a percibir. Entonces, la habilidad del protagonista sufre un salto cualitativo. Logra ponerse a la altura del experimentado oponente.

El tercer componente, la astucia, está muy ilustrada por Espera la oscuridad. Para contrarrestar los avances de los villanos, la invidente Susy emplea la voluntad y la percepción. Ante la superioridad de sus enemigos, utiliza su desventaja como una ventaja. Con audacia, logra desconectar las lámparas eléctricas y coloca a los criminales en su estado de ceguera, al cual no están acostumbrados. De esta manera, los lleva a un terreno que ella domina. Susy cuenta con un arma secreta, un factor no tenido en cuenta por los asaltantes: su percepción auditiva, emocional e instintiva que ha desarrollado a causa de su condición.

La escena donde esto tiene lugar demuestra la maestría del director Terence Young. Nos referimos a la extraordinaria secuencia en pantalla negra. Donde, al prescindir de la imagen, en un audaz acto de suicidio visual, obliga al espectador a colocarse en la perspectiva de la protagonista. De esta manera, logra una genial acrobacia al servicio de la narración.

Al igual que Susy, puede que un país haya sido sometido a la manipulación, el engaño, la desmoralización, el amedrentamiento y la violencia. Pero a los tiranos se les agotan sus armas. Si los agentes luminosos consiguen sacarlos de su terreno, podrán contar con el anhelado futuro.


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