Artes

V. S. Naipaul, la escritura como centro del individuo

por Arnaldo E. Valero

Fotografía de JAN COLLSIOO / SCANPIX SWEDEN / AFP

18/08/2018

En 1950 el joven Vidiadhar Surajprasad Naipaul viajó a Inglaterra para realizar estudios en Literaturas Hispánicas en la Universidad de Oxford. En calidad de ciudadano de las colonias inglesas en el Caribe y de alumno destacado del Queen’s Royal College de Trinidad, había obtenido una beca para estudiar en esa prestigiosa institución. Pero su intención no era obtener un título universitario y volver a su isla natal, sino consagrar su vida a la escritura hasta obtener renombre y prestigio como escritor de lengua inglesa. La claridad de su propósito existencial, aunada a una voluntad y una dedicación ciertamente admirables, le hicieron merecedor del Premio Nobel de Literatura en 2001, “por haber unido percepción narrativa y escrutinio incorruptible en obras que nos obligan a ver la presencia de historias suprimidas”, según reza el fallo de la Academia Sueca.

Pero volvamos al año 1950, cuando el joven de ascendencia hindú tenía dieciocho años.

Como herramientas para su oficio, el joven aprendiz de escritor había comprado un lápiz malva indeleble y un pequeño cuaderno rayado. También llevaba consigo una «vida imaginaria», alimentada por los libros y el cine, un elevado concepto de la vocación por la que estaba viajando y un tipo de educación que le había proporcionado una forma «monacal» de ver las cosas, es decir, que lo impulsaba a buscar escenarios, acontecimientos y sujetos que corroboraran la información que poseía de antemano. Viajaba en busca de material que le ayudara a definirse como escritor. Quería escribir sobre las «grandes cosas», cosas o experiencias con aura novelesca, que obedecieran a una visión épica del mundo. En definitiva, viajaba movido por el deseo de asumir la personalidad de un escritor elegante, conocedor, inmensamente experimentado, como Evelyn Waugh, Aldous Huxley o Somerset Maugham.

El trayecto de su isla natal a Nueva York lo hizo en avión; la travesía del Atlántico, en barco. Tras una semana de viaje llegó a la «Madre Patria». A partir de ese momento, todo resultó maravilloso: la luz del atardecer en un momento en que su isla ya hubiera sido de noche, las grandes obras de la ingeniería victoriana, el efecto de la luz de las farolas sobre los árboles, los olores matutinos, la sensación de centro de la gran ciudad, el ruido de los trenes subterráneos, desayunar en un comedor ubicado en un sótano, algo inexistente en su isla natal… Según confesara en The Enigma of Arrival (1987): “Era como entrar en el mundo de una novela, de un libro; como entrar en el mundo real”. En carta a sus familiares, escrita el 12 de octubre de 1950, afirmaría: “En este clima maravilloso se te ocurren las palabras más hermosas”.

Y sería en el corazón del antiguo Imperio británico donde escribiría su excepcional y polémica obra literaria. Su profundo amor por el calypso, el cine y críquet quedarían plasmados en Miguel Street (1959), entrañable homenaje a su infancia antillana, la aguda ironía que le permitiría retratar la psique de pueblos que veneran líderes ineptos y desleales empezaría a cultivarla a partir de The Mystic Masseur (1957), la devastación desatada por los mesías nacionalistas que se valen de la teoría del enemigo para darle aura redentora a sus acciones la señalaría en crónicas como “Michael X and the Black Power Killings in Trinidad” (1974) y la retrataría en novelas como A Bend in the River (1979), el complejo impacto del integrismo islámico en Irán, Pakistán, Malasia e Indonesia nutriría Among the Believers (1981) y Beyond Belief (1998), la desazón que causa la imposibilidad de explicar a fondo la herencia de los pueblos que nos conforman sustentan A Way in the World (1994), un libro cuya lectura es fundamental para los venezolanos.

A diferencia de escritores como Derek Walcott o Édouard Glissant, que llegaron a celebrar la condición multicultural inherente a la diversidad étnica y racial del Caribe, Naipaul presumiría que la variedad de orígenes, credos y color de piel hacen de las naciones caribeñas verdaderos polvorines sociales, en virtud de la manera como las palabras «raza», «pueblo», «patria» y «revolución» son utilizadas para camuflar procesos caracterizados por la rapacidad política. Una de las obras donde mejor expuso esa realidad es The Mimic Men (1967). No es casual que, en diciembre de 1977, Michael Manley, quien entonces era el Primer Ministro de Jamaica, le escribiera una carta en la que dice: “Quería que supieses que el libro me ha parecido hermoso y excitante, aunque algo aterrador. La manera en que manejas el tema del desorden me suena mucho (…) Ojalá hubiera más tradición de lecturas en la sociedad caribeña y entre los políticos que la representan.”

A juzgar por el discurso que leyera en la ceremonia de entrega del premio Nobel y algunos de sus ensayos, Vidiadhar Surajprasad Naipaul consagró su existencia a la escritura para alcanzar su consumación como individuo y fraguar un universo privado plenamente opuesto a las nociones de identidad o comunidad cimentadas por la ideología comunista y las tiranías religiosas. Lejos de toda pretensión por imponer sus puntos de vista o de proyectarse como ejemplo a seguir, el autor fallecido el pasado sábado 11 de agosto asumió que un escritor con integridad ética no debe apuntar a una gran causa pública: hacerlo supondría contaminarse con el propagandismo, con la prédica panfletaria: transformarse en un predicador con cierta capacidad técnica para escribir. De manera que podemos aproximarnos a sus libros como el legado de un hombre que no sólo estuvo facultado con una extraordinaria lucidez y el don esclarecedor de la palabra sino que, además, consiguió un lugar desde el cual cultivar su vocación profesional y conceder serenidad a su espíritu, la obra de un hombre que acertó a identificar y conquistar el centro estético de su universo intelectual y espiritual.

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Arnaldo E. Valero es catedrático de la Universidad de Los Andes. En su libro Entre zombis y caníbales (Premio Stefania Mosca de Ensayo 2014) ofrece una apreciación más detallada y abarcadora de la trayectoria literaria de V. S. Naipaul.


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