Skip to content

Perspectivas

Universidad de Los Andes, 234 años

por Mariano Nava Contreras

07/04/2019

…A la serrana, altiva, nuestra Universidad

El pasado 29 de marzo se cumplieron 234 años desde que en 1785 fray Juan Ramos de Lora, primer obispo de Mérida, fundó el Seminario de San Buenaventura, origen de lo que hoy es la Universidad de Los Andes. La idea de Monseñor era que se fundara una escuela de latinidad, entonces el idioma del saber, para aprovechamiento de los jóvenes de la ciudad que después seguirían estudios de leyes o religiosos. La iniciativa recogía una vieja aspiración de las élites merideñas, hacía tiempo empeñadas en el establecimiento de una casa de estudios superiores en la pequeña ciudad, tan lejos de Caracas y Bogotá, donde estaban las universidades más cercanas. Obvio, las miras del proyecto trascendían desde el principio el estudio del latín, más aún en la ciudad que fuera sede de uno de los principales colegios mayores del virreinato. En efecto, el viejo colegio jesuita de San Francisco Javier funcionó en Mérida ininterrumpidamente desde 1629 hasta la expulsión de la Compañía de Jesús en 1767. Así, durante la colonia, ya la pequeña ciudad había sido durante casi siglo y medio un prestigioso centro de estudios que atraía a jóvenes de todo el occidente de la entonces provincia de Venezuela.

Mérida pasó, pues, dieciocho años sin una casa de estudios de importancia desde la clausura del colegio de los Jesuitas hasta la fundación del Seminario. Demasiado para una ciudad cuya vocación para el estudio se había revelado de manera tan precoz. Sin embargo, fray Juan Ramos murió pronto y no pudo hacer por consolidar su obra más que poner las fundaciones de la casona de bahareque que sería su sede en solar muy principal, nada menos que haciendo esquina con la plaza mayor, el mismo lugar donde hoy queda el Rectorado.

La modesta sede y su biblioteca comenzarían a funcionar con los bienes rescatados del antiguo colegio jesuita, que en alguna medida se habían conservado hasta entonces. A los libros de esta primera biblioteca se sumaron los volúmenes de la biblioteca personal del obispo Ramos de Lora. A su muerte, fray Cándido Torrijos, el nuevo obispo, haría por dotar mejor la biblioteca y equipar un rudimentario laboratorio con pipetas, morteros, dos globos terráqueos y, ¡oh maravilla!, un telescopio que había comprado en España especialmente para la Universidad. Hombre ilustrado, hizo subir semejante equipaje a lomo de bestia desde el puerto de Gibraltar en treinta arcones que se trajo llenos de biblias, libros y diccionarios de latín, una mitra nueva, unas cuantas cuentas de chorizo español y demás enseres personales. Quiere la leyenda que fueron treinta mil los libros que trajo Monseñor. Hoy sabemos que solo fueron tres mil, pero aun así, para los tiempos, eran muchos.

El reconocimiento real no llegaría hasta octubre de 1807, cuando Carlos IV firmó una cédula por la que concede al Seminario potestad para otorgar grados mayores en filosofía, teología y cánones. Sin embargo, el rey negará entonces la posibilidad de que se instale una universidad en Mérida. Quizás un poco tarde. Tres años después, cuando estallen los sucesos de Caracas, los merideños verán claramente la oportunidad de tener, finalmente, su universidad. Es así que el 21 de septiembre de 1810, solo cinco días después de haber declarado la independencia de la Provincia del Reino de España y su adhesión a la Junta de Caracas, el primer decreto que aprueba la Junta Gubernativa de la Provincia de Mérida es el que crea la primera universidad fundada en Latinoamérica por latinoamericanos, la primera de la Venezuela independiente: la Universidad de San Buenaventura de Mérida de los Caballeros.

La casa de estudios emeritense tendrá, como entonces la de Caracas, facultades para otorgar títulos en filosofía, medicina, teología, derecho civil y canónico. Sin embargo, diversas dificultades relacionadas principalmente con el terremoto de 1812 y con la guerra de independencia impidieron que las actividades de la Universidad se desarrollaran con normalidad. Será en 1832, cuando Páez ordene la separación del Seminario y la Universidad, así como la redacción de los nuevos estatutos de ésta, que tomará oficialmente el nombre de Universidad de Mérida. En 1883 Guzmán Blanco finalmente le da el nombre de Universidad de Los Andes. Tales son los orígenes que celebramos.

Hace tiempo mi maestro Elías Pino solía repetir una frase esperanzadora que se le hizo famosa: “de peores hemos salido”. Esta frase que, reconozco, no sé si el maestro aún repite al hablar de la atribulada historia de Venezuela y su incierto presente, viene como anillo al dedo también para la Universidad de Los Andes y para todas las universidades venezolanas. En efecto, al igual que el país, la Universidad de Los Andes ha debido superar a lo largo de su historia momentos sumamente críticos, y ha sabido salir con bien de ellos. En 1812, como se ha dicho, el violento terremoto que devastó gran parte de Venezuela se ensañó también, y muy especialmente, con la ciudad de Mérida, destruyendo sus principales casas y edificios, entre ellos la casona de la universidad y su inestimable biblioteca. Muchos de los invaluables volúmenes que se habían conservado desde el siglo XVII en los anaqueles de los Jesuitas, más los que habían hecho traer los obispos Ramos de Lora y Torrijos, se perdieron. La universidad y el seminario debieron ser mudados temporalmente a Maracaibo, donde solo el seminario pudo iniciar parcialmente sus actividades. Ambos no volverán a Mérida sino nueve años después, en 1821, nada menos que en medio de las dificultades de la guerra de independencia. Más tarde, en 1872, Guzmán Blanco decreta la extinción de los seminarios y el traspaso de todos sus bienes a las escuelas nacionales, con lo que la universidad debe desalojar su antigua casona, que recuperará cinco años después, bajo el gobierno de Francisco Linares Alcántara. En 1883, Guzmán Blanco esta de nuevo en el poder y ordena la venta de todos los bienes de la Universidad, lo que causa su ruina y fuerza su dependencia exclusiva del presupuesto nacional, originando así un problema que aún al día de hoy no se ha resuelto.

Hoy, quién se atreve a negarlo, la Universidad de Los Andes atraviesa lo que seguramente es la peor situación que ha tenido en toda su historia. A la asfixia financiera, la merma de sus recursos y la depauperación de sus bibliotecas y laboratorios dolorosamente se suma la pérdida de su talento joven, estudiantes, empleados y profesores, que emigran en busca de un destino mejor. No cabe duda de que la pérdida más dolorosa que ha sufrido la Universidad venezolana en toda esta crisis ha sido la de su talento, gracias al cual se había situado entre las más prestigiosas y reconocidas de Latinoamérica. Mientras, bandas armadas atacan, destruyen, expolian y saquean sus instalaciones con saña inexplicable, amparadas por la impunidad más vergonzosa. Sin embargo, aún sigo viendo en la mirada de los pocos alumnos que me quedan ese talento, esa determinación y esa misma vocación de saber que tuvieron sus ancestros, aquellos primeros académicos venezolanos que vivieron igualmente circunstancias duras y dolorosas, y que supieron hacer que la primera universidad republicana de Latinoamérica fuera también, con el tiempo, una de las más importantes. Entonces me gusta pensar: “tiene razón don Elías, de ésta también saldremos”.


ARTÍCULOS MÁS RECIENTES DEL AUTOR

Suscríbete al boletín

No te pierdas la información más importante de PRODAVINCI en tu buzón de correo