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Perspectivas

Un regalo para Pancho

por Salvador Fleján

06/04/2019

Francisco Massiani retratado por Beatriz Fernanda González

Eleazar había interrumpido un verso de Lope de Vega (que él solía recitar de memoria, como todos los versos del Siglo de Oro español), cuando vio acercarse a Pancho.

El cuentista venía flanqueado por dos damas que se tambaleaban más que él.

—¡Panchito Riset!: te odio y te quiero —le gritó el poeta León desde las mesas “afuerinas” del O Gran Sol de principios de los 90 donde estábamos sentados aquella noche.

Por esa época, el autor de Los tres mandamientos de Misterdoc Fonegal andaría por sus cuarenta y ocho y tantos, pero exhibía, sin pudor, las tempranas cicatrices que suelen dejar el desamor, las amistades rotas y la fiesta interminable.

La verdad es que no recuerdo cómo hizo Pancho para desembarazarse de las dos acompañantes (que recuerdo vestidas de blanco, como unas santeras pecaminosas) y logró sentarse en nuestra mesa. Pancho lucía una pulcra guayabera (también blanca), y unos mocasines de cuero marrón pulidos como para un desfile militar.

Estaba algo ebrio (Eleazar y yo más que él) pero hablaba con una lucidez y un tono atemporal y juvenil que no parecía provenir de aquella estampa de señor prematuro.

Al rato, Pancho quiso echar el cuento (era como su rutina de despedida cuando se aburría) de su fallido encuentro con Cortázar en aquel París de finales de los 60, donde fue feliz y becado.

El poeta León, que era su amigo desde los viejos tiempos, lo atajó con un jab que el narrador no se esperaba.

—Panchito, ¿y si le echas el cuento con Beckett, más bien?

En ese momento sentí que a Pancho se le arrugó hasta la guayabera que llevaba puesta. Se haló frenéticamente las precoces barbas blancas y, con la boca torcida de la rabia, solo atinó a decir:

—El coño de su madre ese tipo, vale.

Pancho se paró de la mesa intempestivamente y, sin despedirse, se dirigió a la entrada del O Gran Sol en busca de sus ebúrneas groupies.

Nunca le pregunté a Eleazar sobre aquel cuento de Pancho con Samuel Beckett; ni esa noche ni en los años universitarios que estaban por venir. Sentía que era una intimidad entre dos amigos en la cual no tenía derecho a hurgar.

Poco antes de morir Eleazar, lo visité en su apartamento de Los Palos Grandes. La sala era una suerte de Biblioteca de Alejandría a su escala y semejanza. Entre los muchos libros apilados que esperaban turno por el escrutinio del autor de Por lo que tienes de ceniza se encontraba un librillo de ensayos de Beckett. Por buscar un tema de conversación placentero a mi amigo, levanté el libro del irlandés y le dije:

—Por fin, Eli, ¿cómo fue la vaina entre Massiani y Beckett?

A Eleazar por un instante le brillaron sus ojos de gato que ya tenían meses apagándose en cámara lenta: estaba a punto de romper un pacto entre amigos, pero a la vez sentía que aquella anécdota del Pancho mozalbete no podía morir en aquel solitario bar de Montmartre donde ocurrió:

“Eso fue días después de que embarcó a Cortázar en el apartamento donde se habían citado. Pancho andaba limpio y con ganas de tomarse un vino. En aquel tiempo, a Pancho le dio por practicar tenis y andaba en short y raqueta por todo París. Con esa facha fue que entró en aquel bar buscando a un pintor venezolano a quien había precisado temprano en la pensión donde vivían.

“Pero el bar estaba vacío. O casi.

“Pancho dice que reconoció a Beckett por ‘la nuca’. En realidad fue por una foto de la nuca arrugada del dramaturgo que había aparecido en un reportaje de una revista parisina y que Pancho había hojeado en un quiosco.

Mister Beckett, nice to meet you, me dijo Pancho que se presentó ante aquel solitario cliente del bar.

“Nunca sabré si fue por el disfraz de tenista que cargaba o por su cara de maleante corso que Beckett reaccionó como lo hizo cuando Pancho lo importunó de aquella manera. El caso fue que aquel hombrón se paró del taburete como un cíclope al que le han interrumpido la siesta.

“Pancho nunca me reveló dónde recibió el primer pescozón del literato. Lo que sí aceptó es que el segundo porrazo lo llevó su amada raqueta Dunlop, que utilizó como escudo ante la furia celta. Si no hubiera sido por un garçon que llegó providencialmente a aquella hora a recibir su turno vespertino, la cosa seguro hubiese terminado en tragedia”.

Ese día Pancho aprendió un cuarto mandamiento: Nunca molestar a un hombre que no espera por ti.


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