Artes

Un hombre mira(n)do (Ejercicio narrativo)

por José Balza

Imagen de la exposición “Vivimos a pedazos”, de Diana Carvallo. Fotografía de Giovanna Mascetti | RMTF

09/06/2019

Ningún otro podía entrar por esta puerta,
pues estaba reservada solo para ti. Y voy a cerrarla

Franz Kafka, Ante la ley


O namen, namenlose Freude

Ludwig van Beethoven, Fidelio

El edificio resplandece, aunque no es blanco: así fue percibido tres lustros antes; y, para opiniones autorizadas, el tono perlado que debía ser su color real resultaba un tanto dulce. Sobre él había dicho el erudito arquitecto que, en verdad, la construcción centraba su atractivo en un inusitado matiz de avellana, logrado con materiales traídos desde Otumare para el revestimiento.

Se levanta en una avenida que tuvo incesante tráfico, humano y automovilístico, y estuvo rodeado en sus inicios por tiendas de moda, pequeños restaurantes, vitrinas brillantes, causas, quizá, para justificar la luminosidad de su presencia. Porque en décadas anteriores la zona fue motivo de fascinante atracción.

Lo rodearon las últimas áreas verdes de sector tan agitado, en ocasiones utilizado para ferias del libro o artesanales. Además de lo incitante del lugar, el espacio incluía varias bocas del modernísimo sistema subterráneo que utilizaba la población. Y, en verdad, ni en el año 2003 cuando la prensa difundió la noticia ni dos años después cuando se inició la construcción y ni siquiera a fines del 2007 cuando fue inaugurado, el edificio tuvo notoriedad especial.

Mucho de eso (su estilo, los dieciséis pisos sobre el suelo, los cinco subterráneos) no resultó llamativo entonces; y hasta su resplandor parecía contribuir a que fuese naturalmente integrado a calles y negocios.

Pero el motivo determinante, se dice el Hombre que ha pasado los años recientes mirándolo con cautela, pudo haber sido que, de manera simple, se trataba de la construcción de un edificio más en la ciudad versátil y de que el mismo estaría dedicado a unificar la Dirección y la Administración del actual sistema de transporte. En dos o tres avenidas había habido avisos que identificaban diversas oficinas del servicio; era natural que el gobierno o las empresas dedicadas al asunto hubiesen decidido reunir en una sola casa todos sus organismos. Construcciones frecuentes en una ciudad dinámica.

Y así fue al comienzo, aunque el cartel frontal que indicaba “Compañía Anónima Ferrovial”, para el “Centro Operativo de la misma y sus Departamentos Corporativos”, realizado por la “Gerencia de Proyectos y Néstor Trimén”, desapareció de manera discreta y la edificación quedó (esto parece indicarlo el sabio arquitecto, cuando el Hombre que Mira pudo consultarle) bajo unas confusas siglas.

El Hombre, en la plenitud de su vida y su profesión, y todos recuerdan que el Servicio Central de Comunicaciones allí instalado, durante esos pocos años no solo sirvió como signo para dar direcciones, orientaciones y marcar pequeñas costumbres de los habitantes (“Cerca del edificio que brilla”; “A tres cuadras del Transporte; “Bajando desde las terrazas blancas”, etc); también podía sentirse que desde su estructura la ciudad sintetizaba actualidad, contactos múltiples hacia muchos puntos, rapidez, seguridad, eficacia y, sobre todo, ganancia en el transcurrir como si los días hubiesen adquirido elasticidad, dones positivos, una fluidez doméstica y gentil. Ejemplar sentido del tiempo.

Ahora en su portal están las raras siglas del nuevo organismo oficial. Y la gente transita con rapidez por la acera del edificio, cuyas puertas parecen alejadas, porque hay una permanente vigilancia a su alrededor; y vendedores ambulantes gritando futilezas y un Banco que realiza operaciones de personas humildes, dentro de una atmósfera impersonal. Solo adquiere cierto colorido cuando las bocas del metro arrojan a centenares de seres también apresurados.

No puede precisarlo, pero el Hombre que Mira cree que desde el octavo año del milenio, la estructura del edificio alteró el vibrante, ruidoso paisaje, aunque el gentío no lo advirtiera así. Por varios hechos. O, como sugiriera el sabio arquitecto, metamorfosis.

La más elemental, camuflada por su evidencia a los ojos de todos, fue el cambio de color. No hay testimonios acerca de esto (quizá el Hombre que Mira habría advertido algo y de allí naciera su interés), pero las inmensas paredes fueron apagándose, un tímido gris surgía y por eso en dos años ya eran como más hondas al opacar también la previa transparencia de los ventanales. Esto hizo que la elegante prominencia de los pisos ante el delicado cielo, al separase unos de otros como ocurría con el original espacio, tuviesen perfil de máscara, de armadura.

Los trenes subterráneos, el boulevard, las tiendas y calles arboladas eran el mapa risueño que rodeaba a la zona de la construcción; ellos se repetían hasta integrar la ciudad; y ésta tiene su réplica en parajes de los llanos, de las costas marinas, de las montañas nevadas; también a orillas de grandes ríos o en inmensos territorios de tesoros mineros y rocas nacidas con el planeta, porque el país es muy grande. Y tenía ya más de medio siglo en su desarrollo continuado, con gobiernos civiles, cuando comenzó la construcción. Ahora, en la medida en que las fachadas del edificio se oscurecían, ese mundo (la ciudad y el país), como bajo un maleficio, también palidecía, resultaba neutro, con desaliento.

Porque en algo más de veinte años, la flotante democracia con su riqueza minera, acogedora y abierta, comenzó a ser cambiada, por golpistas militares, por un sistema de grandes promesas redentoras, igualitarias, centradas en repartir riqueza a los habitantes y en reducir el poder de los adinerados. La población ignara fue seducida y engañada. Muchos intelectuales y políticos, por diversas razones, también creyeron o aceptaron. Gente adinerada quiso utilizarlos para agrandar sus fortunas. Y en efecto, de la inmensa riqueza mineral unas migajas se distribuyeron a ciegas, como instrumento para someter voluntades, mientras los nuevos poderosos hacían vertiginosas fortunas sin trabajar, compraban y adulaban a los militares, saqueaban tesoros para instalarse en el mundo como magnates. Esgrimieron los términos socialismo, comuna y comunismo hasta convertirlos en un credo religioso. No tardaron en aliarse con potencias mundiales cómplices y ponerse al servicio de consorcios de drogas. El país entero pareció una cárcel; en las provincias, los directivos subordinados –aunque hubiesen sido decentes hijos de familias, médicos, de otras profesiones– perdían su inicial personalidad para identificarse con la vulgaridad del poder central, con su perversión.

Extraviado moralmente, desangrado en su economía, el país con sus brillantes ciudades languideció de manera tenue al comienzo; para cuando el edificio perlado fue construido la ruina asomaba su disimulado hocico. Centenares de hombres y mujeres lúcidos advirtieron a los ciudadanos y a las naciones sobre el peligro. Nadie pareció atender y defenderse.

Sin embargo, una gran parte de la población despertó de pronto. Dentro de ella saltaron voces de lucha, la ciudad convocó a concentraciones multitudinarias, jóvenes y mayores protestaron. Los poderosos lanzaron jaurías de militares contra las masas. La muerte reía. Día tras día los asesinatos mancharon las calles; la persecución y las cárceles fijaban las horas. Comenzó el exilio de los profesionales; la huida de los más pobres, siempre erráticos en su esperanza. Quien protestara fue secuestrado y llevado a prisión.

En verdad, tal erupción social había sido fraguada de manera irregular pero firme. De manera evidente, por conocedores de las leyes y algunos confusos lideres; de manera clandestina por mujeres y hombres valerosos. También por las protestas espontáneas y por las heroicas masas desorientadas. La palabra libertad corrió como fuego o aire en las mentes de todos. Aún aquellos que ignoraban su sentido o quienes la habían amado y defendido renacían, se reconocían en ella. La palabra libertad resume a todas las otras; es superior a los dioses y hace únicos a los seres; sus infinitos matices van siempre hacia el bien.

Y esto hace coincidir, para el Hombre que Mira, según sus encuentros y conversaciones con el arquitecto, el cambio de la placa que identificó al edificio con las funciones del mismo. De manera explícita (la gente siguió pasando frente a sus puertas, la avenida sufrió deterioros, el tren fallaba y ponía en peligro a los pasajeros, bajo tierra) ya no servía como centro administrativo de la red comunicacional. Su admirada labor de enlace, prontitud, utilidad, vinculación con todos los puntos de la ciudad concluía.

Aumentó de manera franca la presencia de agentes motorizados, soldados y una que otra tanqueta en los alrededores. Y para el Hombre que Mira las altas paredes del edificio adquirían tonalidades negruzcas. En el país, manifestantes, estudiantes, enfermeras, adultos y hasta niños fueron detenidos y encerrados en innumerables cárceles. Nunca cesaron las rebeliones públicas, tampoco los asesinatos por militares o miembros serviles en las calles.

En todas partes se entronizó la tortura que desembocaba en muerte. Pero el edificio negro, con sus 16 pisos y sus cinco sótanos, aparentemente tan natural en la avenida, tras sus guardianes, casi siempre circundado por gente que necesariamente debe pasar ante él, escondía la perfección del poder. En esos años, quien desapareciera para siempre, cuyo cuerpo y cuyo destino permanecería incógnito, había sido reducido allí.

Como podían comprender el sabio y el Hombre que Mira (ambos estuvieron en cada protesta pública), los amplios pisos se convirtieron en calabozos; los subterráneos, tanto en primitivos como en sofisticados cuartos de tortura. Un duro cuerpo de vigilancia (nacidos aquí o traídos de otros regiones) protegía los secretos. Nada podía saberse hasta hoy. Pero registros para placer de los gobernantes, instrumentos y huellas allí encontrados revelan algo de lo ocurrido.

En los altos calabozos, pantallas, sonidos familiares sumergen a los reclutados en atmósferas domésticas. Un personal finamente entrenado actúa. Amenazas, escasa alimentación, insomnio los mantienen en un presente incesante junto a hijos, parejas o padres virtuales. En las madrugadas, frente a ellos, los ventanales invitan; y terminan por lanzarse. Redes adecuadas recogen los cuerpos muertos o malheridos. Estos últimos, sin atención médica, vuelven al proceso. Solo en pocas ocasiones el suicida es descubierto en la calle. También aplica el personal los lanzamientos expresos del prisionero al vacío.

En los cinco sótanos se encierra a gente seleccionada; por su valor, su inteligencia, su claridad al combatir a los tiranos, por su liderazgo. Las pequeñas salas poseen tamaños diversos; no tienen ventanas ni cama ni baños: el prisionero puede estar solo o con otros, reciben la escasa comida en el suelo, defecan allí mismo. La piel, los ojos, el cuerpo entero van sufriendo infecciones e impedimentos. No vuelven a ver la luz ni a respirar sanamente. De vez en cuando los mandatarios supremos asisten a las puertas para insultarlos y burlarse. Son asiduos quienes de ellos representan, en sus cargos arbitrarios, a la Justicia, a los Derechos Humanos, al Arte y la Poesía.

Como contraste, están las salas totalmente blancas, de formas sinuosas, amplias o pequeñas, con luz incandescente encendida siempre, en las que por meses y años el prisionero pierde la noción de las horas o los días o los meses; sitios cuyo silencio es absoluto y en los que la sola percepción de la claridad penetra más allá de la carne, hasta convertir el incesante espacio blanco en un arma física y mental.

Desde luego, el bien supremo incautado a los prisioneros y al país (porque millones de personas han huido y quienes resisten o son ingenuos e ignorantes o personas de aguda mente, como lo es el sabio, padecen hambre, humillaciones, enfermedades, escasez frecuente de electricidad, de agua y transporte) es el tiempo. Así como un prisionero solo vislumbra un presente engañoso –sin hora, noche o día–, los habitantes han sido impulsados a exagerar su pasado, a carecer de perspectivas sanas, incluso a desconfiar de saber dónde y cómo viven. Un tiempo estéril, que acosa y elimina el espíritu; que excluye la esperanza y la alegría; que repite mínimos episodios de carencias, lleva la angustia al sin sentido, a la desesperación o la nada.

Y sin embargo, y por eso el Hombre que Mira considera esta consulta al sabio arquitecto como una parábola: la sociedad herida ha reaccionado. No es este el momento para darnos una explicación. Cuando todo parecía perdido y rendido al poder de los Indignos, algunos lúcidos y honestos, con la multitud, han reaccionado contra el edificio oscuro y sus raíces, contra el poder de sus símbolos políticos y contra los perversos dominadores. Una mezcla de venganza y de exaltado rescate a las Leyes, cambian la historia.

En medio del vértigo del renacimiento, el Hombre que Mira va hacia el sabio porque cree necesario conservar la negra construcción. Ya al caer una dictadura militar, después de 1936, fue eliminada la gran cárcel oficial; ya en 1958 se demolió la de la otra dictadura militar. Ahora considera valioso conservar el agresivo edificio del mal o su historia, con sus terribles testimonios, para que la memoria no lo pierda.


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