Modern Love

Un amor forjado por la amenaza de la deportación

por Alissa Torres

Fotografía de Chris Hondros / AFP

07/05/2018

Todos esos adioses y partidas ocasionados por las detenciones y las deportaciones que veo en las noticias, con escenas desgarradoras de amores separados, tocan una fibra muy sensible en mí y me causan dolor. Mi corazón alguna vez albergó miedos similares a una separación así.

La primera vez que él y yo nos sonreímos fue una noche hace casi veinte años en el Café Remy, uno de los lugares favoritos de los empleados financieros en el centro de Manhattan. El aire húmedo de agosto jugueteaba con su cabello oscuro y grueso que parecía estar revuelto de una manera angelical y pensé: “Hola, ángel, te ves tan lindo. ¿De dónde salió esa melena alocada?”.

Me sentía feliz y atrevida porque al fin me había librado de mi novio anterior; él había terminado conmigo, pero me había mantenido atada con promesas de “Te amo”, “Te extraño” y “Solo necesito tiempo”. Lo que no mencionó es que ese tiempo lo necesitaba para ir en busca de alguien más. Pasé los meses siguientes revolcándome en el piso de mi casa, bebiendo vino y dejando constancia de mi llanto en mis diarios.

Sin embargo, en su ausencia, comencé a entender lo sofocada que me había sentido al estar con alguien cuya mayor felicidad era quedarse en casa con su computadora y sus programas de televisión. Cuando salíamos con mis amigos, parecía adorablemente incómodo, hasta el día en que dijo: “No soy tímido. Es solo que no quiero gastar mi energía en ellos”.

¿De verdad quería que mi ex regresara conmigo? No. Yo quería salir y bailar.

Una vez más, el hombre de cabello ondulado y yo cruzamos la mirada.

Luego, escuché gritos en español: “¡Vamos a bailar!”. Todos subieron la escalera al segundo piso, donde había otro bar y una pequeña pista de baile.

Cuando el hombre me miró por tercera vez, acompañó su mirada con un sutil movimiento de la mano, haciéndome señas para que fuera a la pista de baile. Así que fui.

Se llamaba Eddie. Era el único hombre en aquel lugar que llevaba bajo el brazo una novela. Un agente de divisas oriundo de Cali, Colombia, pasaba los días pegado a tres teléfonos, haciendo negociaciones multimillonarias entre bancos de Estados Unidos y América Latina.

Supuse que había obtenido ese empleo codiciado por formar parte de una familia acomodada después de estudiar en universidades prestigiosas y escuelas de negocios de Estados Unidos. Más tarde, me enteraría de que no era así.

Bailamos hasta no poder más y luego nos sentamos con las piernas entrelazadas distraídamente, contándonos mutuamente historias graciosas. Al terminar la noche, cuando caminamos hacia la puerta de salida del lugar, la luna brillaba justo al lado de las Torres Gemelas y el aire de la ciudad había refrescado y se dejaba sentir la brisa.

Con un brazo rodeándome la espalda, caminamos, hablamos y nos besamos. Cuando agité mi mano para despedirme desde el taxi, el conductor dijo: “Lo verás de nuevo”.

Y sí lo vi la semana siguiente, para despedirme. Quería decirme en persona que estaba en una relación insatisfactoria con la madre de sus dos hijos y, aunque esa relación había llegado a su fin, su regreso a Colombia era inminente.

Sonaba sumamente desesperado cuando me dijo: “Mi permiso de trabajo expiró y no lo van a renovar y, ahora, en mi trabajo, me dijeron que no me moleste en regresar si no he arreglado esto para la semana próxima”.

Hacía casi una década, había llegado a Nueva York desde Ciudad de México, después de cruzar el río Bravo en El Paso, Texas; era un joven en busca de una vida mejor. Trabajó en empleos mal pagados para inmigrantes: pasaba días interminables en fábricas clandestinas seguidos de largas noches en comedores. Después, gracias a un amigo, tuvo la suerte de obtener un empleo mejor pagado en Wall Street, donde sus talentos bilingües eran muy necesarios para dar servicio al mercado cambiario emergente de América Latina.

Ahí, con solo el bachillerato concluido, calculaba a cuánto equivalían operaciones en monedas uruguaya, chilena y colombiana en dólares, algunas veces haciendo el cálculo mental de las tres al mismo tiempo. Me dijo que la mayoría de los agentes no podían con más de dos operaciones a la vez.

Eddie había recibido su permiso para trabajar en Estados Unidos tras casarse con una ciudadana, pero cuando llegó el momento de la entrevista para obtener la green card, su esposa (que no era la madre de sus hijos) se negó a ir y se divorció de él poco después. Por ello, no había ningún motivo para que el Servicio de Inmigración y Naturalización de Estados Unidos (INS) renovara su permiso de trabajo. A fin de que Eddie solicitara el permiso para trabajar tenía que presentarse ante el INS y arriesgarlo todo.

Un caluroso día de septiembre, acompañé a Eddie al número 26 de la Plaza Federal en el Bajo Manhattan como su amiga y testigo, quien podría alertar a su familia en caso de que su sueño americano se convirtiera en una pesadilla. Yo llevaba un portafolio de piel y vestía un traje sastre de estilo militar, tenía una apariencia profesional que para mí también era una sensualidad velada, ya que quería que este hombre se sintiera atraído hacia mí pasara lo que pasara.

El INS era un bloque de concreto horrendo dentro de un enorme patio de concreto. Sigue ahí en toda su fealdad, pero ahora se llama Servicio de Ciudadanía e Inmigración de Estados Unidos y su plaza está llena de guardias de seguridad y sus equipos. Aquella plaza que había sido un espacio público para prepararse o relajarse a causa del drama que ocurre en su interior se ha vuelto parte del trago amargo de la entrada.

Esperaba hacerme pasar por la abogada de inmigración de Eddie. Sí tengo la formación de abogada, aunque no ejerzo y tengo poca experiencia en derecho migratorio. Lo poco que sabía lo había aprendido durante las prácticas profesionales que habían durado un semestre, cuando me la pasé recibiendo llamadas en una línea de asistencia para inmigrantes. Durante mi turno, el teléfono sonaba sin cesar y escuchaba una historia triste tras otra. Casi nunca tenía información que pudiera hacer que alguna historia tuviera un final feliz.

En el interior del INS había una sala de espera plagada de gente, idiomas e incertidumbre. Anunciamos nuestra llegada en una ventanilla, haciendo pasar papeles a un agente a través de una ranura angosta. Había muchos agentes detrás de aquel vidrio, dando o recibiendo documentos y diciéndole a la gente que se sentara y esperara en las sillas de plástico atornilladas al piso.

Por fin, un agente llamó a Eddie. Mientras nos acercábamos, miré fijamente al agente, como diciendo: “Te estoy viendo. Estoy observándolo todo”.

Después de que Eddie se fue con el agente, me quedé sola en el asiento. Como fingía ser su abogada, no le di un beso de despedida. Me dio tristeza que nunca más lo besaría de nuevo. Ahora solo sería un vínculo con su familia, la portadora de malas noticias.

“Lo lamento; se lo llevaron”, les diría. “Él quería que se los dijera”. Quizá conocería a sus hijos. Mientras esperaba, mi mente seguía enfrascada en distintos escenarios, todo tipo de posibilidades terribles, hasta que yo sola me metí en apuros con una pregunta que parecía imposiblemente dulce: “¿Y si me pidiera que me fuera con él? ¿A Colombia o a cualquier otro lugar? ¿Qué haría?”.

Una voz apenas audible pero decidida me dijo que lo hiciera. Si preguntaba, yo iría a cualquier parte si eso significaba que podíamos estar juntos.

Caí en cuenta de que lo que sentía era amor. Un amor que tal vez se fraguó por la urgencia de la situación, pero amor, a pesar de todo. Aunque me parecía terrible y absurdo descubrirlo en esas circunstancias, porque nunca tendría lugar.

Y entonces regresó Eddie. Todo mi sistema hizo cortocircuito cuando apareció frente a mí. Sentí cómo su cuerpo rozó el mío e intercambiamos miradas. Su rostro era inexpresivo. Caminamos en silencio hasta que salimos del edificio, cuando por fin dijo: “Me acaban de dar esto”, mostrándome su nuevo permiso de trabajo, que parecía haber aparecido sobre su palma como por arte de magia.

No fue por un truco de magia, sino por un desorden burocrático.

No nos enteraríamos de la verdad sino hasta dos años después, ya casados, cuando, durante nuestra entrevista para renovar su green card, nos dijeron que en ese entonces el archivo de Eddie se había perdido. Así que, cuando solicitó su reautorización de trabajo aquel cálido día de septiembre, no sabían de su divorcio ni de las implicaciones que tenía este en su estatus migratorio. Simplemente sellaron los papeles y ya.

Ahora nos íbamos de ahí sabiendo que la situación de Eddie estaba en el limbo hasta que encontraran su archivo.

Diez meses después, en diciembre de 2001, por fin recibí la green card de Eddie por correo, mientras sostenía en brazos a nuestro bebé, nacido apenas un mes antes. Pero Eddie no estaba ahí para recibir el permiso de residencia; había muerto el 11 de septiembre en su segundo día de trabajo como agente sénior de Cantor Fitzgerald.

Eso fue hace casi diecisiete años. Nuestro hijo es ahora un joven y mi separación de Eddie es permanente e inquebrantable.

Mientras tanto, soy testigo de los rompimientos diarios, de la ruptura de los lazos de amor entre esposos, padres e hijos, hermanas y hermanos. Veo sus fotografías y observo sus abrazos de despedida (si es que se les permite intercambiarlos).

Todo este amor es negado por un sistema y una visión política que convierte lo que habría sido tan fácil y posible en algo cruel e imposible.

***

Este texto fue publicado originalmente en The New York Times en español.


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