Perspectivas

Tiranía y esperanza

por Wolfgang Gil Lugo

12/07/2019

«Hope in the Prison of Despai» (1887), de Evelyn De Morgan

“Había perdido la esperanza, y eso es lo que te mata, te mata antes de que mueras, mucho antes de que mueras”

Rick Yancey: La quinta ola

 

Las noticias nos hablan de impunidad: perdigonazos a los ojos, esbirros que matan a golpes. El mal parece haber triunfado.

Hay momentos en que todo parece oscuro. Nos sentimos en el salmo 23. En su “valle de sombra de muerte”. Las fuerzas negativas parecen haberse instalado para no irse más. Ante tal perspectiva la voluntad flaquea. Como ocurre con los roedores del “experimento esperanza”, del profesor Rudolf Bilz, los cuales dejan de nadar a los quince minutos si perciben que no van a recibir ayuda.

Este estado de ánimo lo describe buena parte de la literatura del siglo XX, la cual puede ser calificada como una glorificación del fracaso. La obra de Kafka, por ejemplo, presenta un desarrollo dramático de su narrativa que se puede graficar, tal como hace Kurt Vonnegut, como una flecha que va inexorablemente hacia abajo, hasta llegar a la consumación de la tragedia. Por su parte, el teatro de Samuel Beckett recrea, con humor negro, la frustración existencial del ser humano.

Esta visión pesimista nos conduce hacia el fenómeno de la desesperanza aprendida, el cual ha sido objeto de muchos estudios psicológicos. No es de extrañar que esta sea una asignatura adoptada por las tiranías, las cuales se muestran muy solícitas a la hora de enseñárnosla. Ante ese programa educativo disfuncional, lo más subversivo es cultivar la entereza.

Resiliencia

¿Por qué será que, cuando afrontamos una adversidad, nuestra tentación es dejarnos vencer? ¿Por qué preferimos el placer perverso de revolcarnos en nuestras miserias antes de levantarnos sobre nuestros propios pies?

Sobre la resiliencia, mucho tiene que enseñarnos Víktor Frankl, quien define a la desesperanza como sufrimiento sin propósito. Si una persona no puede encontrar un sentido a su sufrimiento, tenderá a la desesperanza. Pero si la persona es capaz de entender la adversidad, puede convertir sus tragedias en logros, en superación.

La clave es la autoestima, pues sin esta no hay punto de partida. Sin crecimiento no nos podemos hacer responsables de nuestra propia existencia. Todos tenemos que asumir una razón que nos permita seguir adelante. Desde los estoicos, sabemos que si no tenemos poder para cambiar la realidad, podemos elegir nuestra actitud frente a esa situación. No necesitamos vivir sin adversidades, sino tener conciencia de su inevitable existencia. Las dificultades son esa parte de la vida con la que se construyen los desafíos.

Para Frankl, hay tres tipos de personalidades. Las que buscan el placer, como sostenía Freud, las que buscan el poder, como sostenía Adler, y habría que agregar a Nietzsche, y las que buscan el sentido de la vida tal como sostenían Sócrates, Platón y Aristóteles. Tan solo la búsqueda del sentido de la vida se puede oponer a la desesperanza.

Por el contrario, cuando no se alcanza el logro existencial, se origina una frustración que se asocia a la desesperanza, caracterizada por la duda sobre el sentido de la vida y por un vacío existencial que se manifiesta en un estado de tedio, en la percepción de falta de control sobre la propia vida y en la ausencia de metas vitales.

La grandeza de ánimo   

La desesperanza no es solo objeto de la psicología existencial; es sobre todo un asunto de la ética. Según Joseph Pieper (Las virtudes fundamentales, p. 367), la desesperanza es un vicio moral que tiene su raíz en la pusilanimidad y la soberbia.

La pusilanimidad es la cobardía para asumir las desgracias, dificultades o sufrimientos. Es la tara que nos impide intentar grandes iniciativas, las cuales siempre suponen retos y obstáculos, y nos obligan a encallar en la mediocridad absoluta.

La virtud contraria es la magnanimidad: la grandeza de ánimo. La magnanimidad implica una nobleza de carácter que lleva a la persona a realizar grandes cosas por un fin más alto. No es una ambición egoísta, pues procura un bien superior. Implica ideales elevados acompañados de generosidad y valentía. El magnánimo vive en armonía con sus convicciones y sabe ponerse al servicio de un ideal mayor que él.

Por otra parte, continúa Pieper, la humildad regula a la magnanimidad. Coloca la esperanza ante sus propias posibilidades, previniendo de las tentaciones fantasiosas del narcisismo. La esperanza lleva de modo natural a la magnanimidad, y la humildad protege todo ese proceso, para que no se pervierta por presunción ni por desesperanza. La desesperanza es como una senilidad del espíritu, y la presunción es lo contrario, como una especie de infantilismo espiritual.

Imágenes de humanidad

Nietzsche afirmaba: “Cuando alguien tiene un por qué en la vida, puede soportar casi todos los cómo». Este pensamiento está muy bien ilustrado en la película La vida es bella (1997), escrita, dirigida y protagonizada por Roberto Benigni. Este film presenta una emotiva historia, ambientada en la Italia de la Segunda Guerra Mundial, en donde Guido, un italiano de origen judío, es llevado al campo de concentración nazi, junto a su pequeño hijo de seis años.

Lo extraordinario de este argumento es cómo Guido enfrenta la fatalidad para mantener a su hijo a salvo, y, además, ocultarle la terrible crueldad que los rodea. Con astucia y mucha imaginación, el padre construye una elaborada fantasía para proteger a su hijo del terror. El final es triste, pues, Guido es asesinado, pero logra que su hijo sobreviva al holocausto.

Otro ejemplo cinematográfico es La carretera (John Hillcoat, 2009), un drama post-apocalíptico. El libreto está basado en la novela homónima de 2006 del autor estadounidense Cormac McCarthy. El planeta ha sido arrasado por un misterioso cataclismo y, en medio de la desolación, un padre y su hijo se dirigen hacia la costa en busca de un lugar seguro.

El clima de la historia es claustrofóbico. La vegetación está muriendo. Los pocos humanos que quedan se han convertido en caníbales. Nuestros protagonistas se enfrentan a la imposibilidad de sobrevivir un invierno más. Lo más razonable sería suicidarse y dejar de sufrir. De todas formas, se empeñan en vivir en medio de la catástrofe y, sobre todo, en aferrarse a la dignidad humana en medio de la bestialización. Ambas películas nos dicen que el humanismo no es una mera postura intelectual sino la respuesta del ser humano ante el hecho de la imposibilidad de lo humano.

Plantar un árbol

Las tiranías expulsan el sentido de la vida del mundo. Cuando el mal triunfa, las personas se preguntan si existe Dios. Esto ocurre, sobre todo, si se mantiene una actitud pasiva ante el mal. Cuando se enfrenta al mal, cuando se lucha contra una tiranía, se rescata el sentido de la vida.

Hay ejemplos que fortalecen el sistema inmunológico contra la desesperanza. Un ejemplo aleccionador lo encontramos en Anna Frank, quien escribió estas palabras apenas tres semanas antes de que la arrestaran:

«Asombra que yo no haya abandonado aún todas mis esperanzas, puesto que parecen absurdas e irrealizables. Sin embargo, me aferro a ellas, a pesar de todo, porque sigo creyendo en la bondad innata del hombre. Me es absolutamente imposible construirlo todo sobre una base de muerte, miseria y confusión. (…) Sin embargo, cuando miro el cielo, pienso que todo eso cambiará y que todo volverá a ser bueno, que hasta estos días despiadados tendrán fin, y el mundo conocerá de nuevo el orden, el reposo y la paz.” (Sábado 15 de julio de 1944)

El gran desafío es cómo inspirarnos a nosotros mismos. Hay que aprender a distinguir entre expectativa y esperanza. Aunque las expectativas sean negativas, no debemos perder la esperanza. Eso implica, en esta situación, apostar por la humanidad que hay en nosotros, a pesar de que la evidencia parezca decir lo contrario. Como afirmaba Martin Luther King: “Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol».


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