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Stásis, la “lucha civil”. Historia de una palabra

por Mariano Nava Contreras

03/08/2019

Imagen de Wikimedia Commons

Ojalá se acabara la discordia para los dioses y para los hombres, y con ella la ira, que lleva a enfurecerse hasta al hombre más sensato, cuando más dulce que la miel se nos introduce en el pecho y después va creciendo como el humo.
Ilíada XVIII

Pocas palabras fueron tan aborrecidas, tan temidas, tan abominadas. Durante siglos poetas y filósofos la nombraron como una maldición de la que hay que huir, un anatema que se mienta con horror y repulsión: la palabra stásis, que en griego significa “facción”, “sedición”, “discordia”, “lucha civil”. En realidad, también significa otras cosas, pues comparte raíz con el verbo hístêmi, que significa “poner”, “colocar”. Stásis, pues, significa también “posición”, “estado”, “condición”. Solo a partir del siglo VI a.C., tiempo de revoluciones, tiranías y convulsiones sociales en Grecia, la palabra va tomando más y más el matiz político con que la recuerda la literatura y el pensamiento.

La palabra aparece por primera vez, lo que es muy significativo, en un poema, la Elegía de Teognis de Mégara. Teognis es un aristócrata horrorizado por el ascenso al poder de las clases más bajas, no tanto por su origen plebeyo sino por su baja condición moral e intelectual. La temida kakistokratía, el “gobierno de los peores”. El poeta está convencido de que ello acarreará inevitablemente el colapso de la ciudad. En su larga elegía, Teognis explica a su amigo Cirno cómo los más viles se han adueñado del poder, creando un régimen corrupto. “No esperes que esta ciudad”, dice, “permanezca tranquila por mucho tiempo, una vez que esta gente vil se ha aficionado a las ganancias a costa del tesoro público”. Y escribe: “De aquí es de donde nacen la stásis y las matanzas entre los ciudadanos”. 

Por aquellos mismos años otro poeta, también político y legislador, menciona igualmente la palabra. En una elegía conocida como Eunomía (“Las buenas leyes”), Solón de Atenas cuenta lo que sufre la ciudad por culpa de los caudillos “que solo piensan en sus ganancias”. Entonces, prosigue, “la ciudad que padece esta llaga no tarda en caer en la vil servidumbre, que despierta la stásis y la guerra, destructora de magníficos jóvenes”. Estando tan cerca Atenas y Mégara, y habiendo vivido posiblemente en la misma época, la posición de Teognis es contraria a la de Solón. Atenas se sumía en violentas luchas intestinas a causa de un desigual sistema que favorecía a los nobles terratenientes, los “eupátridas”, en perjuicio del pueblo, el dêmos. El año 594 a.C. los atenienses encargan a Solón, tenido por uno de los Siete Sabios, una serie de reformas constitucionales con el fin de calmar las tensiones sociales, estableciendo un régimen más justo. El espíritu de tales reformas y de aquello que quieren evitar, la stásis, está recogido en la elegía. Otro poeta arcaico menciona la palabra, cuando Píndaro dedica su Olímpica xii al corredor Ergóteles de Himera, ciudad cretense que tuvo que abandonar por culpa de la stásis, “que a los hombres enfrenta”. 

No será sino un siglo más tarde cuando la palabra aparezca en prosa. En el libro v de sus Historias, Heródoto cuenta que la ciudad de Mileto destacaba con mucho sobre las demás vecinas. “Era la joya de Jonia”, aunque dos generaciones antes había sufrido mucho “por culpa de la stásis”. Años después otro historiador, Tucídides, hace un balance de los acontecimientos que precipitaron el desastre ateniense en la Guerra del Peloponeso, entre los que cuenta la stásis que estalló después de la derrota de Sicilia. 

Ya la palabra es, con este significado, de uso público y su concepto ampliamente conocido, como se infiere de su uso en el teatro y la asamblea. En el prólogo del Heracles de Eurípides se dice que la ciudad de Tebas está “enferma de stásis”, y en la comedia Las Ranas de Aristófanes el corifeo dice que debe callarse y abandonar el coro “todo aquel que no ponga término a la stásis y no sea benévolo con los ciudadanos”. Entre los oradores, Isócrates nos dirá que en Atenas “surgió la stásis de unos contra otros” y Lisias declara que con tristeza que “la ciudad se sumió en la stásis”.

No debe extrañarnos, pues, que la filosofía se haya adueñado del término, tejiendo a su rededor agudas y profundas cavilaciones. Jenofonte, en sus Recuerdos de Sócrates, nos cuenta cómo el maestro preguntaba si alguna vez él provocó la stásis en la ciudad, o si acaso no es el mejor ciudadano aquel que pone fin a la stásis, y “consigue un acuerdo entre las partes”. Platón, en su Republica, dirá que hay una diferencia entre la guerra (pólemos) y la discordia civil (stásis), pues la una se da en el plano externo y la otra al interior de las ciudades. Finalmente Aristóteles, en su Política, observará agudamente (que si no, no fuera Aristóteles) que en las ciudades con una la clase media más numerosa hay menos stásis, y que por tanto las ciudades grandes son las más estables.

Nacida de los orígenes de su dolorosa historia, la reflexión sobre las luchas civiles ocupa un lugar central en las letras griegas. Es curioso el hecho de que fuera la poesía la que haya dado nombre a un concepto fundamental del pensamiento político. Lo contrario, su remedio, la homónoia, la “concordia”, también ocupó la atención de poetas y pensadores, a veces pienso que inútilmente.


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