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Perspectivas

“Star Wars IX”: el porvenir de una ilusión

por Wolfgang Gil Lugo

25/01/2020

Fotograma de The Rise of Skywalker. 2019. J. J. Abrams

(Alerta de spoilers)

«La magia es solo ciencia que no entendemos aún».

Arthur C. Clarke

La nostalgia comenzó hace algo más de cuarenta y dos años. Fue en la oscuridad de una sala de cine, cuando nos asaltaron unos textos inclinados que se desplazaban hacia el punto de fuga, al ritmo de los acordes hímnicos de John Williams.

Esos párrafos contaban una historia que ocurrió en una época inmemorial y en una esquina desconocida del universo. Era una historia de imperios galácticos y de rebeldes, de naves interplanetarias y sables de luz. En ese contexto comenzó la saga, desarrollada a través de nueve largometrajes, que ha venido a culminar recientemente con el capítulo nueve: Star Wars: El ascenso de Skywalker (2019), dirigida por J. J. Abrams.

Había que dar por descontado que el público esperase con avidez el desenlace de una gesta que cubre tres generaciones: los abuelos que vimos la primera entrega ahora llevamos a nuestros nietos a disfrutar de la última. Entre las expectativas de la audiencia estaba el recibir respuestas a los cabos sueltos que surgieron durante el desarrollo argumental, pero sobre todo, volver a conectarse con la magia de una narración con personajes arquetípicos y con una gesta que conmueve nuestra sensibilidad.

En cuanto a los cabos sueltos, Abrams se ocupó de esa tarea, pero tal diligencia viene empañada de precipitación. Nos abruman tantas soluciones dramáticas. Por otra parte, los nuevos personajes no logran ponerse a la altura de los primigenios. Si bien la aventura nos entretiene, no está al nivel épico de las creaciones originales de George Lucas.

Aventuras espaciales

Star Wars es indiscutiblemente el ejemplo más famoso del subgénero de ciencia ficción conocido como  Space Opera, u ópera espacial. De hecho, el impacto de esta saga ha cambiado el término, de despectivo a un referente más positivo. Los amantes de la ciencia ficción dura, en la que se hace uso de especulaciones científicas sólidas y de historias que privilegian el sentido trágico del progreso tecnológico, veían con desprecio las narraciones donde la ciencia no se tomaba en serio y la aventura era considerada un fin en sí mismo.

Esta forma de Space Opera usualmente consistía en aventuras de soldados, o de vaqueros, o de caballeros andantes; solo que cambiaba su escenario terrestre por la amplitud sideral. Ese cambio supone la aceptación de una tecnología futurista convencional, la cual resulta de cambiar la tecnología existente por otra más fantasiosa, lo que implica sustituir armas de pólvora por rayos mortíferos, automóviles por vehículos flotantes, o barcos y aviones por naves interplanetarias. Es cierto que en Star Wars esa tecnología futurista convencional se da por sentada.

Además, sus personajes están sacados de cuentos de hadas: el rey malvado, el buen campesino, la princesa en aprietos, el bribón. También conspira contra el carácter científico de la ficción la presencia de la mística de la Fuerza, la cual introduce la magia.

La fantasía épica de Star Wars está más cerca del ciclo artúrico que de Star Trek, preferida de los duros del cientificismo. De todas formas, Star Wars ha logrado ser tomada en serio. Ello se debe no a la especulación científica ni a la crítica al progreso, sino a la complejidad política subyacente y a la estatura arquetípica de los personajes.

La política interplanetaria 

Dos fuentes de inspiración para George Lucas fueron el serial cinematográfico de Flash Gordon (1936), así como la novela de Tolkien, El señor de los anillos (1954). De Flash Gordon, Lucas tomó la imaginería espacial y el emperador malvado (Ming el Despiadado), pero a la trama políticamente aséptica de este serial le agregó la reflexión sobre el poder como enfermedad del alma, propia de El señor de los anillos, la cual, a su vez, hereda de Shakespeare.

A pesar de ser una Space opera, Star Wars presenta un innegable contenido político en su narrativa. Es evidente su defensa de la democracia. Los rebeldes luchan por el restablecimiento de la república. Al igual que los grandes hombres de las Vidas paralelas de Plutarco, los protagonistas de Star Wars tienen como ideal una sociedad donde triunfe la isonomía, es decir, la igualdad jurídica y el hecho de que los gobernantes estén sometidos a la ley, así como a la ética.

Si bien es cierto que Star Wars juega con el dualismo maniqueo del bien y del mal propio de los cuentos infantiles, también es verdad que lo supera con un planteamiento complejo. Especialmente en la primera y la segunda trilogía, pues vemos cómo se conspira contra la democracia, y cómo los mismos caballeros Jedi, sin tener conciencia, terminan colaborando con los planes del canciller Palpatine, quien realmente es Darth Sidius, el líder de los malvados caballeros Sith.

Tal problema, el falso dilema de que luchar contra los enemigos externos de la república resulta en apoyar al enemigo interno, ya no está presente en el Episodio IX. Por tanto, perdemos la tensión dramática que consiste en saber que nuestros héroes están atrapados en una trampa de la que no tienen conciencia.

Fotograma de The Rise of Skywalker. 2019. J. J. Abrams

Reparar la saga

Un poco de historia. Star Wars 9 es la última de la trilogía formada por Star Wars VII, El despertar de la fuerza, dirigida por Abrams, y Star Wars VIII, El ultimo Jedi, dirigida por Rian Johnson. 

Johnson le dio un giro pesimista a la historia; además, dejó muchas incógnitas: ¿Por qué Rey es una adversaria a la altura de Ren? ¿Quiénes son los padres de ella? ¿Qué afinidad tiene Rey con la Fuerza? ¿Qué lugar ocupa  la malvada «Primera Orden» en la lucha entre los dos lados de la Fuerza?

La película fue adorada por los críticos. Obtuvo una calificación de 91 por ciento en Rotten Tomatoes y una puntuación de 85 en Metacritic. A pesar de eso, se enfrentó a una reacción violenta de los amantes incondicionales de Star Wars.

Abrams retomó el timón, pues tenía que recuperar la conexión con la exigente fanaticada. Se vio obligado a concluir las historias, lo cual implicaba atar todos los cabos que quedaron sueltos tras el controvertido Episodio VIII. De esa forma, Abrams construyó un relato coherente, en el que cierra círculos y deja satisfechos a los seguidores de esta saga.

Personajes nostálgicos 

Abrams toma los personajes donde Johnson los dejó, y les da una vuelta de tuerca. A pesar de todo, vemos que los personajes secundarios de la nueva generación, Poe y Finn, acompañados por el fiel wookiee Chewbacca, no logran llenar el espacio de los antiguos héroes.

De la misma manera, el antagonista Kylo Ren, nuevo campeón del lado oscuro de la Fuerza, interpretado con mucha intensidad por un excelente Adam Driver, no logra llenar el vacío dejado por Darth Vader.

Solo el personaje de Rey, correctamente interpretada por Daisy Ripley, posee la profundidad y el atractivo necesarios para emparejarse con los arquetipos de la saga.

Más suerte tienen las breves apariciones de los antiguos protagonistas. Es muy impactante la presencia de la Princesa Leia, quien desempeña un papel secundario, pero muy significativo como la líder suprema de la resistencia. Debido a que Carrie Fisher murió en 2016, Abrams le echó mano a imágenes inéditas y a retoques de animación. Aunque esta solo aparece durante unos minutos, deja una impresión memorable. Igual de memorable es la aparición de Han Solo, interpretado entrañablemente por Harrison Ford, después de muerto, para ayudar a redimir a su hijo.

Para equilibrar las fuerzas, también contamos con la reaparición de Darth Sidious (Ian McDiarmid), es decir, el mismo emperador Palpatine. Este retorno, aunque permite cerrar algunos arcos dramáticos, es muy folletinesco. Nos sorprende descubrir que el cuerpo decrépito de Palpatine ha sido resucitado a duras penas, gracias a la maquinaria clínica que le proporcionan sus lacayos del planeta Exegol. Este recurso permite que nos enteramos que, desde allí,  el emperador ha movido los hilos de la trama de los dos capítulos anteriores.

Una reflexión democrática

Proponemos una regla para evaluar una versión de cualquier producto cultural. Si la nueva versión no te hace olvidar la anterior, sino que hace resaltar sus propias carencias, entonces es que algo no anda bien. Después de uno ver la Blancanieves de Disney, por ejemplo, siente que les falta algo a las otras versiones. Se pone uno a buscar inútilmente a los enanitos Feliz, Gruñón y Tontín. Claro, hay ejemplos inversos. Puede existir una nueva versión que haga olvidar las anteriores, tal como sucedió con el Hamlet de Shakespeare, que convirtió en notas al pie de página a todos los antecedentes literarios de la triste historia del príncipe de Dinamarca.

La grandeza de Star Wars fue la de crear un imaginario rico y poderoso, capaz de conmovernos con el pathos republicano, a pesar de lo fantasioso del escenario interplanetario. En tal sentido, nos mostró que las cosas no siempre son blancas y negras, cosa que pudimos comprobar con el alma atormentada de Anakin Skywalker, donde luchaban la razón y las pasiones, para finalmente caer en el lado oscuro de la Fuerza. Eso fue una tragedia. Al igual que en la tragedia griega, Star Wars se hace grande cuando es capaz de producir en nosotros una reflexión democrática.


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