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Stan Lee, inventor de superhéroes desgarrados

por Wolfgang Gil Lugo

Fotografía de Valerie Macon | AFP

19/11/2018
«Cualquier sueño que merezca ser vivido es un sueño por el que merece la pena luchar»
Profesor X

Según Thomas Kuhn, en La estructura de las revoluciones científicas, el cambio de paradigma lo marca el hecho de que nuevas generaciones estén dispuestas a cuestionar los supuestos en que se basa el modelo de pensamiento imperante. Hubo una época en que los cómics no eran considerados una forma seria de arte. Desde el nacimiento del comic book, a mediados de los años treinta, hasta comienzos de los sesenta, las historietas ilustradas eran vistas como una diversión infantil sin mayor trascendencia.

Tuvieron lugar dos hechos que cambiaron la perspectiva sobre esa forma de narrativa gráfica. El primero: que los intelectuales que crecieron leyendo cómics estaban dispuestos a demostrar que su afición juvenil era una forma legítima de arte. En este aspecto destaca la magnífica obra de Umberto Eco, Apocalípticos e integrados en la cultura de masas (1964). En este libro, además de reflexionar sobre la cultura de la era industrial, Eco hace profundos análisis semiológicos de personajes como Superman.

El segundo aspecto consiste en que surgió una nueva generación de creadores dispuestos a llevar a cabo exploraciones dramáticas y temáticas que van más allá de la literatura infantil de quiosco. Aquí destaca la empresa Marvel, cuyo líder creativo fue Stan Lee (1922-2018). Nació con el nombre de Stanley Martin Lieber en Manhattan. Su familia sufrió los rigores de la depresión de 1929. Su sueño era convertirse en escritor, pero su familia no pudo pagarle una educación universitaria. Muy joven, entró a trabajar como redactor en una empresa editora de cómics de nombre Timely, la cual, con el tiempo y su inspiración, se convertiría en Marvel.

El personaje atormentado

Uno de los grandes aportes de Stan Lee fue introducir temas novedosos en las historietas, especialmente el concepto de enfrentar al enemigo interno, cuando la norma era que el protagonista oponía toda su fuerza al adversario externo. Desde entonces debieron hacer frente a los conflictos personales, los problemas psicológicos y los propios demonios. Por ejemplo, en el caso de los Cuatro Fantásticos, el argumento no se reduce a luchar contra su archienemigo, el Dr. Doom. Los héroes tienen hercúleas tareas pendientes con su propia personalidad.

Ben Grimm, ‘‘La cosa’’, resiste contra el desgarramiento que le produce estar atrapado dentro de una masa muscular de roca. Johnny Storm, la Antorcha humana, tiene problemas para dominar su impulsividad e inmadurez. Mientras que Reed Richards, Míster Fantástico, debe encontrar lugar para la intimidad emocional frente a su obsesión de controlar la ciencia para salvar el mundo.

Otro personaje trágico es Bruce Banner, quien afectado por una radiación de rayos gama, ha quedado dividido en dos personalidades, al estilo de Doctor Jekyll y Mr. Hyde. La ira detona su metabolismo y lo convierte en un ogro de fibra muscular verde con conciencia primitiva: Hulk. Tal situación le permite a Lee denunciar la locura del complejo industrial militar así como los peligros que pueden emerger de la ciencia.

Tal vez su ejemplo más paradigmático sea Spider-Man. La historia rompió la convención de dos maneras: el protagonista era un adolescente. Antes, los personajes jóvenes estaban encasillados en el papel de comparsa, como el Robin de Batman. A partir de Lee, un personaje muy joven puede padecer agonía emocional.

Peter Parker es un chico tímido, criado por sus tíos, gente trabajadora, de clase media baja, quien recibe inesperadamente unos superpoderes a través de la picadura de un arácnido radiactivo. Dichos poderes no resuelven sus problemas. Al contrario, los exasperan. Sufre de sentimientos de culpa por no haber utilizado sus nuevas capacidades para evitar el atraco donde asesinan a su tío Ben, la figura paternal y paradigma de moral, de quien aprendió que “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”, el proverbio más popular de Stan Lee. Este personaje encarna un profundo mensaje: la fuerza física extraordinaria no nos redime de nuestra sombra.

También Stan introdujo novedades en los perfiles psicológicos de los villanos, desarrollando la ambigüedad moral. Esto fue revolucionario. Namor, el príncipe submarino, defiende la supervivencia del reino de la Atlántida de los ataques humanos. De la misma manera, Magneto, el archienemigo de los X-Men, lucha contra la humanidad por discriminar a los mutantes. Ninguno de los dos se considera un villano; por el contrario, sus consciencias son de luchadores en favor de causas justas.

El lenguaje del alma

Otro aporte de Stan Lee fue dar una voz espontánea a sus personajes impresos. Antes de la revolución de Marvel, las mejores series de superhéroes eran las aventuras de personajes como Superman y Batman, ambos de DC Comics. Dichos personajes nunca hablaban con desenvoltura coloquial. Su lenguaje era solemne. Además, todos se expresaban de forma semejante. Son los personajes de Lee quienes comienzan a usar jerga, a bromear y sonar distintos entre sí. El personaje de La cosa conversa con desparpajo humorístico. Hulk pronuncia las palabras como con retardo mental. El Silver Surfer declama como profeta. Mientras que Thor habla en tono shakesperiano.

Por otro lado, la narración a menudo rompe la cuarta pared para compartir confidencias con los lectores. Esto se veía reforzado por el hecho de que, en la sección de cartas a la redacción, Lee hablaba a los fanáticos como un amigo cercano, alimentando directamente su entusiasmo y estableciendo una relación cálida con su audiencia.

Más allá de lo fantástico

Un aspecto característico de la dirección de Stan Lee es la riqueza temática. En algunos momentos, ha sabido traducir tensiones sociales. El héroe africano Pantera negra es una sublimación de las tensiones raciales de los años sesenta. Más allá de eso, están otras temáticas de gran alcance. El mundo de la ciencia ficción, que sostiene las aventuras, comenzó a extender sus límites hasta lo mítico. En Marvel, los dioses se convierten en superhéroes. Todo comienza con la introducción de Thor y la mitología germánica (1962). Con esto echaba mano al panteón de las religiones desaparecidas. Después llevó a cabo una apuesta más arriesgada al crear una nueva mitología, al enfrentar a los Cuatro Fantásticos contra un ser divino como Galactus, y su heraldo el Silver Surfer (1966).

Con el Dr. Strange (1963), se abrieron las dimensiones teosóficas. El universo de este maestro de las artes ocultas era diferente a todo lo que habían visto los lectores de historietas. El dibujante Steve Ditko, inspirado en el surrealismo de Salvador Dalí, estuvo a cargo de ilustrar la imaginería psicodélica e insólita de los mundos místicos. Así se abrió la puerta al esoterismo, la magia negra, los viajes astrales, las realidades alternas y el territorio de los sueños.

La saga de los X-Men (1963) nos brinda el cuadro de una sociedad donde los mutantes, es decir, sus rebeldes creativos, son temidos e incomprendidos. La sociedad no está en capacidad de ver su potencial para revitalizar a la misma civilización. Por eso es imprescindible la escuela mutante del Profesor X, metáfora de la educación alternativa, que es capaz de convertir a los marginados en el nuevo liderazgo que exige el mundo que está por nacer.

Stan pierde la magia

Stan Lee tuvo la clarividencia para crear un nuevo paradigma que iba de acuerdo con la sensibilidad de los años sesenta. Proporcionó los personajes y temas que exigía una conciencia más evolucionada estéticamente. Además, cambió la configuración del mercado. Comenzó a apuntar hacia un público más adulto. Los adolescentes agradecen que los traten como mayores. En esa década, quien controlara los corazones de los adolescentes podía controlar el mercado.

Para los años setenta, el éxito de sus creaciones encumbró a Stan como ejecutivo de la empresa. Su talento no estaba orientado hacia la administración. Se convirtió en un caso del Principio de Peter, el cual reza: con el tiempo, todo puesto tiende a ser ocupado por un empleado que es incompetente para desempeñar sus obligaciones. Además, el nuevo cargo lo alejó de la producción de cómics. Ocasionalmente, llegó a escribir una o dos historias, pero nunca obtuvieron la aclamación de su época de gloria, cuando producía una docena cada mes.

Parte del problema fue que Lee fue víctima de su propio éxito. Pasó una década presionando para que los cómics fueran vistos como algo más que cosas de niños y, como resultado, los cómics se volvieron cada vez más inapropiados para los jóvenes. Mientras las historias que produjo en su era dorada eran más oscuras y más extrañas que las anteriores, una década más tarde, parecían tímidas al compararlas con las últimas novedades. El propio Lee quedó fuera del paradigma que él mismo había fundado.

Stan gana la gloria

Paradójicamente la pérdida del toque mágico de Stan, no se convirtió en su caída. Todo lo contrario, vino acompañada de una gran popularidad. De ser el portaviones de donde partían los grandes personajes, pasó a ser la mascota de Marvel. Es el único artista del cómic que ha logrado convertirse en una celebridad de los grandes medios. Sus cameos se convirtieron en canónicos en las películas del universo Marvel. Cuenta con el honor de ser elevado a la dignidad de fetiche de la serie The Big Bang Theory.

La figura de Stan Lee nos recuerda que no es una impersonal corporación comercial la que creó todas esas historias que han impactado nuestras vidas. Estos personajes míticos fueron obra de manos y mentes humanas, siendo Lee la más destacada. Marvel fue posible por una persona. Como escritor, editor y empleador, Lee proporcionó el tejido orgánico que contenía las diferentes creaciones que él y otros artistas, como Jack Kirby y Steve Ditko, estaban produciendo mes tras mes durante el florecimiento de la compañía.

Adiós, Stan. Nos veremos en uno de tus universos paralelos. Gracias por dejarnos la mitología de Marvel, la cual nos ha enseñado que hay una mejor versión de nosotros mismos que pugna por ser expresada, así como la advertencia que todo superpoder exige que antes nos hagamos capitanes de nuestra propia alma.


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