PERSPECTIVAS

Sol Invictus

por Mariano Nava Contreras

22/12/2018

En la mitología griega Helios, el sol, era personificado como un hermoso dios coronado por una brillante aureola, el cual conducía un carro que surcaba el cielo todos los días en dirección este-oeste hasta sumergirse en el océano, haciendo su viaje de regreso por la noche. Hesíodo, en su Teogonía, dice que era hijo de los titanes Hiperión y Tea, y por tanto hermano de Selene, la luna, y Eos, la aurora. Píndaro, por su parte, dice que Helios “engendra rayos de luz penetrantes” y que los corceles que tiran de su carro respiran fuego. Homero dice que Helios es panoptes, es decir, “que todo lo ve”. En el canto VIII de la Odisea cuenta que Afrodita, que estaba casada con Hefesto, se acostaba en secreto con Ares, el dios de la guerra. Fue Helios, “que todo lo ve”, quien los descubrió y se lo contó a Hefesto, quien a su vez tendió una trampa a los amantes: los atrapó in fraganti con una red muy fina que tejió y los mostró, desnudos como estaban, a los demás dioses, que no podían contener la risa.

En El banquete de los eruditos, Ateneo de Naucratis dice que, cuando llegaba la noche, Helios se subía a una gran copa dorada en la que se trasladaba hasta la tierra de los etíopes, donde permanecía hasta el otro día. No es de extrañar que Helios terminara relacionado con Apolo, el dios de la luz. Apolo era también representado con una cabellera rubia y resplandeciente. Uno de sus apodos era precisamente Febo, “brillante”. La primera asociación entre ambos dioses aparece en la tragedia Faetón de Eurípides, cuando Clímene, la madre de Faetón, lamenta que Helios, “al que también los hombres llaman Apolo”, haya matado a su hijo. En fragmentos de filósofos como Parménides y Empédocles, o escritores como Plutarco, también aparecen ambos dioses relacionados.

En realidad, el culto a Helios-Apolo no es sino la expresión griega de otros cultos solares que proliferaron en el Asia y el Mediterráneo antiguos, como es el caso del de El-Gabal en Siria y Mitra entre los persas. Entre los romanos, se rendía culto al Sol Invictus, el “Sol Invencible”, cuya fiesta se celebraba con motivo del solsticio de invierno el 25 de diciembre, cuando, se creía, era la noche más larga y, a partir de entonces, el sol comenzaba a renacer. Esta fiesta se llamaba Dies Natalis o Nativitas, origen de nuestra palabra “Navidad”. La fiesta del Sol Invictus coincidía con las fiestas Brumales o las Brumalia. Su nombre proviene de la palabra bruma, que en latín significa “el día más corto”, pues terminaban, también, el día 25 de diciembre. Las Brumalia fueron instituidas nada menos que por Rómulo, fundador y primer rey de Roma.

Sin embargo la reina de las fiestas romanas eran las llamadas Saturnales, en honor a Saturno, dios de la agricultura. Según la mitología romana, Saturno había gobernado el mundo en una época feliz en la que no existía el hambre, las enfermedades ni la maldad, así que en una fiesta en su honor debía ser muy alegre. El poeta Catulo dijo que las Saturnalia eran “los mejores días” y Plinio el Joven dijo que durante ellas “toda Roma se volvía loca”. Las fiestas comenzaban con un sacrificio en el templo de Saturno, en el foro romano, y después continuaban con un banquete público, un intercambio de regalos donde especialmente los niños recibían obsequios de los mayores y terminaban con una gran fiesta que duraba siete días y comenzaba al grito de ¡Io, Saturnalia!

Durante las Saturnales se comía cochinillo y se bebía más vino de la cuenta, se organizaban juegos, bacanales y bailes de máscaras, se adornaban las casas con velas y se colgaban adornos de los árboles para celebrar el regreso del verdor y de la luz. También se liberaba temporalmente a los esclavos y se jugaba al intercambio de roles en un ambiente carnavalesco. Para recordar la época de Saturno, cuando todos éramos iguales, los amos servían a los esclavos en banquetes y éstos podrían criticar los defectos de los amos. Algunos historiadores dicen que la fiesta marcaba el fin de los trabajos del campo, los cuales se detenían por el invierno, pero también marcaba el comienzo de las vacaciones escolares y judiciales, se suspendían las guerras y los negocios. Los romanos colgaban las togas y se vestían de modo más informal. Muchos hacían paseos campestres al monte Aventino. Era el final de la oscuridad y el comienzo de un nuevo año. Las Saturnales comenzaban el 17 de diciembre y se extendían hasta el día 25, el día de la bruma, cuando empalmaban con las fiestas del Sol Invicto.

No faltó el emperador romano que supo ver en estas celebraciones una estupenda herramienta de cohesión para el vasto imperio. Si bien el culto al Sol Invicto era ya popular entre los soldados romanos, en el siglo III el emperador Heliogábalo, de origen sirio y que había sido sacerdote de El-Gabal, quiso reemplazar en Roma el culto a Zeus por el de la divinidad solar, irrespetando las antiguas tradiciones romanas y fundando una nueva religión de la que era sumo sacerdote y en cuyos excéntricos rituales obligaba a participar a muchos nobles romanos. Esto le costó la vida, aunque no acabó con el culto solar. Más tarde, Aureliano quiso asimismo fortalecer al Sol Invicto como centro del panteón romano. Para ello hizo construir en el año 271 un imponente templo en el Campus Agrippae de Roma. También durante el reinado de Constantino fueron frecuentes las monedas con la imagen del Sol. Fue bajo su reinado, como se sabe, cuando se permitió el cristianismo mediante el Edicto de Milán del año 313.

Ahora bien, ¿cómo se llega del culto pagano al nacimiento de Jesús? No es posible saber si antes de esa fecha los cristianos celebraban el nacimiento de Jesús, y ante la falta de noticias en el Nuevo Testamento, se tomó una antigua tradición judía que decía que los profetas morían el mismo día en que habían sido concebidos. Se creía que Jesús había muerto un 25 de marzo, para nosotros el día de la Anunciación. Si ese día fue concebido, la cuenta para su nacimiento da, exactamente, el 25 de diciembre, el Dies Natalis, la Nativitas, el día del Sol Invicto, el astro que muere y vuelve a nacer.


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