Visiones de coexistencia

Silvio Mignano: “La coexistencia es el único futuro de la humanidad”

por Johanna Pérez Daza

05/05/2019

Silvio Mignano retratado por Elizabeth Schummer

Silvio Mignano, embajador y poeta, conjuga la carrera diplomática y la sensibilidad artística. Con respeto y apertura se ha acercado a las diversas culturas de los países en los cuales ha sido designado como representante de Italia, su país de origen. En Venezuela se ha vinculado a la actividad literaria, estrechando lazos culturales. Nos recibió con amabilidad y disposición, compartiendo ideas claras, envueltas en un tono de voz pausado y frases de crítica lucidez. Su enfoque resume la coexistencia como un proceso inevitable e imprescindible. En sus reflexiones hace un recorrido por eventos del pasado que, pese a los conflictos y desencuentros, permiten mirar el porvenir con optimismo.

Quisiéramos conocer, desde su visión, si la coexistencia es posible o es, más bien, una idea utópica, un anhelo o una añoranza.

Yo creo que seguramente es un anhelo, es algo que por lo menos yo, personalmente, estoy convencido que se puede alcanzar y es un sueño importante para todos nosotros. Sin embargo, es evidente que no siempre se alcanza y no se ha logrado aún realizar, como sería oportuno que eso ocurriese. Pero, por otro lado, estoy también convencido –y ésta es la parte más optimista de mi pensamiento– que, de una manera u otra, es algo imprescindible, necesario, inevitable. Creo que las personas, tarde o temprano, se dan cuenta de la necesidad de llegar a una coexistencia completa, total. Estoy muy convencido de que la humanidad está necesariamente constituida por mezclas, encuentros, cruces entre personas, lenguas, culturas, grupos históricos, encuentro entre seres humanos.

Claro, la historia –sería inútil esconderlo– ha estado conformada por choques, conflictos; la decisión muchas veces atroz de algunos grupos de personas, estados, partidos, de imponerse sobre otros. Pero, a largo plazo, inevitablemente, prevalece el encuentro, la coexistencia.

Ese encuentro con el otro implica identificarlo y reconocerlo, y esto es muy característico de las relaciones internacionales y la diplomacia, entendiendo que la coexistencia puede darse no exclusivamente en el plano individual, sino en un marco global, entre países. Quisiéramos reflexionar sobre esto, a partir de su experiencia.

He tenido la suerte, desde el punto de vista de mi experiencia personal, profesional y humana, de visitar muchos países, de encontrar tantas culturas en Latinoamérica, África y Europa, y he elegido –de cierta manera– una profesión que implica la voluntad de encontrar otras culturas, otros estados, otros idiomas, otras personas. Eso ha fortalecido en mí la idea de que tenemos que trabajar diariamente para favorecer la coexistencia y, efectivamente, desde el punto de vista del trabajo de un diplomático, esto es la tarea principal, fundamental. La tarea del diplomático es favorecer soluciones pacíficas a cualquier forma de potencial conflicto. Favorecer siempre la palabra, el diálogo.

Este fortalecimiento de la palabra nos permite hacer un puente hacia otra de sus áreas de interés, como lo es la literatura, la poesía. De un modo más amplio, el arte como expresión y búsqueda del ser humano tal vez un poco más introspectiva, pero también de sentido crítico e interpretación de los acontecimientos que, en oportunidades, conlleva una carga muy grande –a mi modo de ver– asociada a ideas mesiánicas o salvadoras que pueden tornarse difusas y hasta engañosas. Desde una postura quizás más modesta y realista, ¿existen aportes específicos de la cultura y las letras a la coexistencia?

Este es un tema muy complejo. Pienso que el arte no se puede juzgar desde el supuesto mensaje que transmite, esto sería una visión un poco limitada. Creo que la tarea de crear puentes y enviar mensajes le toca más bien a otros ámbitos donde también la palabra es muy importante, como justamente lo son la diplomacia, la política, etc.

Creo que el mundo del arte, en cierto sentido, no se debe forzar demasiado a servir a una tarea –incluso la más noble–, sino que debe tener un valor estético propio. Sin embargo, es inevitable que, incluso involuntariamente, indirectamente, se produzcan estos puentes. Pienso que, por ejemplo, la poesía siempre surge desde una perspectiva personal, introspectiva, existencial y, por supuesto, también desde el espacio cultural en el cual uno se mueve, porque uno tiene una opinión, porque nace en un determinado lugar y absorbe inicialmente un cierto entorno cultural, literario, poético, pero se convierte realmente en poeta, en autor de algo auténtico desde el punto de vista creativo, cuando logra universalizar estos elementos que inicialmente se producen desde la perspectiva personal o local. Entonces, mientras el poeta descubre a través de su experiencia personal aspectos que son universales, que son propios de la condición humana, más alta se hace su creación poética –aunque no sea su objetivo–, e indirectamente y de una manera feliz, participa también en esta tarea general de crear puentes entre las personas en todas partes del mundo.

Profundizando en estas ideas, la palabra puede usarse para conmover, seducir, conectar, pero también para persuadir y manipular. Todo parece relativo y acomodaticio. ¿Cómo podemos hacer uso efectivo de la palabra en la búsqueda de armonía entre diferentes, en ese diálogo entre contrarios?

Creo que esto es una de las dificultades mayores de la época contemporánea. Yo amo mucho el progreso, ver hacia el futuro. No soy de esas personas que añora el pasado. Creo que el pasado de la humanidad, con todos los grandes valores que siempre ha tenido, seguramente era peor que el presente o el futuro. En este sentido, soy muy optimista. Yo creo que nos falta muchísimo para alcanzar una convivencia mejor, pero hemos hecho progresos respecto al pasado y, sin embargo, esta visión optimista que sigo teniendo no esconde las dificultades que la modernidad y la contemporaneidad nos dan. Para ser un poco más claro, tenemos hoy instrumentos extraordinarios con un valor altísimo: la facilidad que tiene cualquier persona de poder acceder a las informaciones, de poder participar, conectándose con el mundo, abriéndose sin barreras, cada día con menos censura, con la mayor libertad posible de expresarse. Pero, por otro lado, nos pone frente a la responsabilidad de utilizar esos instrumentos porque la otra cara de la medalla es que hay la posibilidad, lamentablemente, de utilizarlos con mayor facilidad para difundir falsas noticias, para ofender, para crear situaciones de potencial conflicto. Entonces, los mejores instrumentos nos obligan a una mayor madurez, a tener una conciencia más fuerte. Se necesita una mayor cultura, es un esfuerzo que todos tenemos que hacer. Pero yo lo veo siempre desde una perspectiva positiva, porque podemos mejorar todos. Eso nos obliga a trabajar más, a ser más conscientes y a tener que estudiar, profundizar en las materias, las culturas. Ser menos superficiales cuando utilizamos esos instrumentos. Pero no tengo ninguna duda de que una vez más la tendencia sea positiva. No tenemos que tener miedo y encerrarnos o renunciar a esos instrumentos.

Esa visión positiva parece muy necesaria para encarar el presente y el futuro. Y también puede ser útil para aprender del pasado y mirar las experiencias anteriores, con la intención de fortalecer aprendizajes y visualizar algunas pistas sobre las posibilidades de la coexistencia en otros contextos y circunstancias. ¿Recuerda algunos ejemplos que pueda compartir con nosotros?

Hay muchos, por suerte. Me resulta más fácil –y en cierto sentido, más correcto– dar unos ejemplos que más bien pertenecen a la historia moderna no muy antigua. Pensando un poco en las últimas décadas, hay ejemplos que muchos conocen y comparten. Pienso en cómo la comunicación, la literatura, el ámbito artístico han permitido romper ciertas barreras, incluso dentro de regímenes totalitarios y, lentamente, pero de manera exitosa, hacer salir ciertos mensajes o ciertas voces que estaban reprimidas. Pensemos en las dictaduras totalitarias del siglo XX. La importancia que han tenido, justamente, los testimonios de la Shoá durante la tragedia que la represión nazi ha provocado. Los campos de exterminio, la importancia que le damos a testimonios como el de Anna Frank o el de Primo Levi. La fuerza de la palabra nos ha permitido, al final, romper ciertas barreras que la represión había impuesto. O también, a los escritores que durante los años de la represión estalinista han podido hacernos llegar información, incluso en las condiciones más difíciles, como le ocurrió a Aleksandr Solzhenitsyn, quien escribió textos fundamentales desde su situación de encarcelamiento de los gulag soviéticos. O una novela muy importante como fue Doctor Zhivago, de Boris Pasternak, que permitió al mundo conocer la represión dentro de la Unión Soviética, a partir de informaciones que era muy difícil hacer salir de otra manera. En el mismo ámbito, el gran poeta que fue luego premio Nobel de Literatura, Joseph Brodsky, que a diferencia de los casos anteriores, no llegó abiertamente a la rebeldía pero era seguramente un espíritu libre y diríamos disidente, y lo expresaba con los versos, con los poemas. Pero fue igualmente importante, porque sus versos extraordinarios han permitido comprender el valor de la libertad en este contexto de represión totalitaria. Hay muchos otros casos de otras culturas. Al final, yo creo que el arte prevalece sobre la represión.

Desde las artes en el Renacimiento, así como en ciertos personajes que se han convertido en universales –tal vez Leonardo Da Vinci sea el caso más emblemático–, se evidencia el legado de la cultura italiana a la humanidad. ¿Esto, de alguna manera, es también una forma de encuentro, de trascender a partir de la cultura?

Yo creo y, me atrevo a decirlo con cierto orgullo, que quizá más que cualquier otra cultura. Pero quiero expresar que no es un orgullo nacionalista, sino casi al revés, porque la fuerza de la cultura italiana, incluso de la anterior, de la latina y romana, ha sido siempre fundarse sobre el encuentro con otras culturas, mancharse –en el mejor sentido del término–, y tiene siempre una característica de variedad, de una gran composición interna. Las culturas latina y romana nacen de una serie de componentes que casi nadie conoce plenamente. Eran complejas.

Hablamos de literatura latina, pero en realidad tenía componentes etruscos, de poblaciones medio orientales, incluso judías, pero era también antes de los celtas, de autores que nacían en lugares muy periféricos del imperio, de la actual España o de los Balcanes, y del norte de África. Entonces incluyó elementos egipcios, helenísticos. Es la exaltación de la mezcla de culturas. Diferencias que han enriquecido esta cultura. Entonces, cuando yo pienso en la gran literatura, poesía, pintura, escultura y música italianas, es casi imposible leer un único factor. Es el producto de un mestizaje continuo.

En la práctica, el encuentro entre Italia y Venezuela puede relacionarse con las comunidades de inmigrantes, así como de elementos vinculados a la religión, la gastronomía, el fútbol. ¿Cómo entender y profundizar la coexistencia entre ambas naciones?

Los italianos, desde cierto punto de vista, en la propia tierra siempre han recibido elementos culturales ajenos, que luego ya no eran ajenos y eran parte de una cultura italiana compuesta. Por otro lado, han hecho lo mismo emigrando, y la gran migración italiana es humilde, pacífica. Nosotros después del período del Imperio Romano no fuimos nunca más una potencia conquistadora. Hemos llegado a otros países siempre como trabajadores, migrantes, desde abajo, y eso ha producido resultados muy positivos, incluso en Venezuela.

La gastronomía italiana es famosa en todo el mundo. Pero también podemos descubrir que es el producto de elementos que vienen desde afuera, porque nadie puede pensar en la cocina italiana sin el tomate, la pasta, la pizza. Sin embargo, hasta el encuentro con el continente americano, en Italia no existía el tomate, y entonces, una vez que los italianos llegan a países como Venezuela y llevan consigo esos elementos culturales y humanos, se mezclan mucho. Esa es la característica que tiene el italiano de juntarse, de no quedarse aislado y, efectivamente, se producen casos de personas que se sienten muy, muy venezolanas aun con acento italiano. Y lo mismo en otros ámbitos. Italia siempre ha sido una potencia futbolística muy importante, pero también con el aporte extraordinario de futbolistas latinoamericanos que durante décadas han participado en el fútbol italiano, algunos incluso se han nacionalizado. Ahora, ¿qué debemos hacer para profundizar la coexistencia? Yo creo que, simplemente, estar conscientes, mirando dentro de nosotros mismos, del hecho de que cada uno de nosotros está compuesto por una serie de elementos que vienen de cualquier parte del mundo.

Esto demanda una coexistencia en varios niveles, dentro de nosotros y también en la sociedad. ¿Es la coexistencia un reto individual y colectivo?

Yo no sé qué soy. Somos tan complejos, en Italia, en el mundo. Es imposible volver atrás en la historia, pero imagino que ha habido una mezcla de personas que han sido forzadas, violadas; pero, más allá de la tragedia individual, cuando pasan los siglos, la sangre se ha mezclado y uno no puede decir que es heredero de los invadidos o de los invasores, nadie lo puede decir. Lo importante es olvidar los conflictos y pensar ahora “yo soy esto”. Seré un poquito romano, un poquito etrusco, un poquito árabe, porque alguien habrá invadido, un poquito judío, un poquito español, quién sabe y qué importa. El resultado soy yo. Hay que pensar en valorizar esto, no en tener rencor. Todos, en cierto modo, hemos sido culpables y hemos sido víctimas, pero espero que a largo plazo eso se olvide y quede solo la homogeneidad del género humano.

¿Podemos ser optimistas, en medio de tanto caos y conflicto?

Ninguno de nosotros, por suerte, puede decir “yo soy puro”. Yo le tengo horror al concepto de pureza. Y, entonces, si uno realmente mira dentro de sí mismo encuentra todos los elementos para poder coexistir con los otros, porque al final es como coexistir consigo mismo y eso le da este concepto de inevitabilidad. Personalmente, yo me considero muy optimista, por supuesto, a largo plazo. Muy realista en el presente, consciente de tantas dificultades, tantos conflictos, pero estoy convencido que al final prevalecerá la coexistencia, porque es el único futuro de la humanidad.

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Johanna Pérez Daza es periodista y curadora independiente. Investigadora y docente universitaria (UCV, UCAB).

Elizabeth Schummer es fotógrafa y coordinadora de Proyectos Fotográficos de Espacio Anna Frank

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Visiones de Coexistencia

Serie de 10 entrevistas producidas por Espacio Anna Frank, con el propósito de presentar el concepto de coexistencia desde distintos enfoques y facilitar su comprensión, permitiendo el intercambio de ideas y experiencias. Para ello se utilizan analogías, metáforas y relatos de áreas como historia, arte, biología, deportes, comunicación, diplomacia, psicología, educación, entre otras, que permiten un acercamiento amplio y diverso al tema de la coexistencia mediante ejemplos concretos orientados a su entendimiento.


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