EntrevistaVisiones de Coexistencia

Mireya Lozada: “Coexistir es compartir en una red de relaciones”

por Johanna Pérez Daza

28/04/2019

Fotografía de Verónica Aponte | RMTF

La academia y la práctica social confluyen en Mireya Lozada, psicóloga y docente-investigadora del Instituto de Psicología de la Universidad Central de Venezuela. Durante años se ha dedicado a estudiar los procesos de polarización y a favorecer procesos de reconstrucción social requeridos por sectores afectados por la violencia política, siendo en la actualidad una de las voces más calificadas para analizar las tensiones del contexto venezolano y sus alternativas. Con ella conversamos sobre la coexistencia colectiva y repasamos el escenario nacional desde un enfoque amplio que incluye conceptos como conflicto, emociones, reparación social y reconocimiento al otro.

¿Cómo podemos entender el concepto de coexistencia en la sociedad actual?

Coexistir es convivir, es el intercambio de seres humanos en un mismo espacio. Esta convivencia define el carácter social del ser humano. No podemos vivir sin relacionarnos, ello define nuestra humanidad. Y ese intercambio, esa colaboración, ese compartir favorece la salud psíquica y física de cada uno, por supuesto, pero también el bienestar del colectivo, el bienestar social.

La coexistencia es convivencia. Convivimos, participamos, compartimos, colaboramos en los espacios en los que vivimos juntos. Uno podría decir: coexistir es vivir, es convivir. Esa triada puede llevarnos a reflexionar sobre nuestro modo de vida, sobre nuestras formas de relacionarnos con las otras personas, con la naturaleza, con el mundo, sobre cómo nos relacionamos en los espacios públicos, reales y virtuales. Son modos de relación que tocan
desde lo más íntimo y personal de cada uno de nosotros, hasta el nivel más global.

Sin embargo, cuando vemos los procesos sociales y políticos en general, pareciera un tanto utópico ese concepto. ¿La coexistencia es solo una idea abstracta o una proposición teórica que en la praxis resulta intangible?

La coexistencia es real, tanto que en ocasiones enfrenta obstáculos y dificultades que limitan la convivencia pacífica. Coexistir es compartir en una red de relaciones. La coexistencia nos fortalece, aún en condiciones de opresión. Anna Frank escribió su diario escondida en un ático donde convivían dos familias, donde recibían el apoyo solidario de algunas personas de la comunidad, en un medio asediado por las amenazas y persecución nazi.

Son factores familiares, sociales, económicos, políticos, culturales, religiosos, los que intervienen y pueden afectar esa coexistencia. En ese sentido es importante cuidar y resignificar nuestras formas de coexistencia, desde una conciencia ecológica y socio- política que transforme la sobrevivencia impuesta en la lucha por el poder, por la cultura de la violencia y la muerte, por la criminalidad, inseguridad e impunidad.

¿Qué ocurre con la coexistencia en situaciones de conflicto? ¿Por qué se desdibuja, se pierde de vista?

El conflicto es inherente a la vida social, está presente en nuestra vida familiar, laboral, comunitaria. En situaciones de conflictividad social, de polarización, de confrontación, emergen claramente las diferencias, las cuales en muchos casos son instrumentalizadas políticamente, lo que conduce a una escalada de violencia.

El manejo adecuado de las diferencias y dificultades que se presentan en la convivencia cotidiana favorece la paz. Las diferencias son necesarias y definen la pluralidad democrática. La paz no es la ausencia de conflicto, es el manejo pacífico y constructivo de los conflictos.

Son múltiples las expresiones de esa pluralidad y diversidad. Entonces, más que reprimirlas y tratar de imponer una sola postura, se trata de reconocer, celebrar, reivindicar esas diferencias que enriquecen y garantizan la convivencia.

Ciertamente, abundan los casos donde la violencia y el conflicto tratan de imponerse, episodios de tensión que requieren negociación y persuasión. Sin embargo, quienes están dispuestos a reconsiderar y negociar, en no pocas ocasiones son calificados de ingenuos o cómplices. ¿Se distancia esto de la coexistencia, o a veces hay que ceder en ciertos aspectos?

La coexistencia supone vivir en armonía, supone reciprocidad y complementariedad, formas de convivir distintas y distantes a la violencia que impone la fragmentación y la polarización.

Por ello, la negociación, la búsqueda de espacios comunes, e incluso, de mínimos consensos entre sectores confrontados son absolutamente necesarios. Si el diálogo y la negociación política son imprescindibles en democracia, son ineludibles y obligatorios en contextos sumidos en la conflictividad socio-política. De ello dan cuenta las experiencias de negociación, diálogo y acuerdos de paz en distintos países que han enfrentado conflictos a nivel mundial.

La satanización o la reivindicación del diálogo y la negociación, así como la descalificación de las figuras que participan en estas iniciativas, dependen del contexto y la lógica maniquea e instrumental del conflicto, así como de los éxitos, fracasos y duración de estos procesos. Los procesos de negociación y mediación enfrentan también las dificultades que se derivan de las visiones y tensiones existentes entre distintos sectores ideológicos y actores con visiones antagónicas del conflicto y su resolución.

¿Recuerda algunos casos o ejemplos específicos donde la coexistencia se haya evidenciado, ya sea entre individuos, entre grupos o incluso en países que han tenido conflictos?

En Venezuela, a lo largo de su lucha independentista y en momentos agudos de confrontación política, hubo consensos y pactos más o menos exitosos. De ello dan cuenta nuestros historiadores. Tal vez lo que más recordamos es el abrazo de Bolívar y Morillo, pero hay otros pactos, tratados, acuerdos, propuestas de Constitución. Además de los tratados de Trujillo, el Tratado de Coche, el Pacto de Punto Fijo, las propuestas de Constitución en 1830, 1961, 1999, los acuerdos para la pacificación de la guerrilla en los años sesenta, los acuerdos por la paz y la democracia en Venezuela, establecidos por la Mesa de Negociación y Acuerdos en 2003, entre otros.

¿Y en plano internacional, conoce algunas experiencias?

Las experiencias mundiales recogen largos y difíciles procesos de diálogos y acuerdos de paz, alcanzados en países sometidos a graves condiciones de segregación, exclusión, violencia, violación de derechos humanos. Algunas iniciativas de este tipo se adelantaron en Irlanda del Norte, Angola, Sudáfrica, Guatemala, El Salvador, Chile y otros países.

Después de años de confrontación, con graves secuelas a nivel de número de muertos, heridos, desplazados, viudez, orfandad; luego del evidente daño material a edificaciones, infraestructura, telecomunicaciones, del fuerte impacto sobre las instituciones, la gobernabilidad, la cultura, la ley, el orden, los derechos humanos, gravísimas consecuencias que genera la violencia, finalmente, y luego de muchos años, los actores involucrados terminaron sentándose a negociar y acordar mecanismos para alcanzar la paz.

Asumo que estas experiencias hay que entenderlas también como procesos. Las soluciones no se decretan y automáticamente se materializan, sino que implican etapas y la convocatoria de distintos actores, no todos necesariamente sincronizados. ¿Es así?

Sí, así es. Son procesos complejos con múltiples dimensiones y niveles, que nos interrogan sobre la capacidad de las sociedades en conflicto para reconstruir el sendero de la paz, la reparación y la justicia. Creo que este es el mayor desafío que enfrenta Venezuela. Aún sumidos en una situación de conflictividad, precariedad y violencia, es una exigencia ética evitar nuevas fracturas y fragmentación social, producidas en la lucha por territorios y recursos, en un contexto de fragilidad institucional, de anomía y anarquía social.

También en este contexto se trata de emprender procesos de reparación social, un proceso simultáneamente sociopolítico y psicosocial que persigue atender el impacto de la violencia y luchar contra sus causas, incentivando o acompañando iniciativas sobre memoria, verdad y justicia. Sin ellas, no hay paz posible.

En tal sentido, es importante el esfuerzo conjunto de especialistas, afectados, familiares y sociedad en general, de manera que los procesos de perdón, reconciliación, amnistía y reparación no sean considerados expresión de olvido e impunidad frente a las violaciones de derechos humanos, ni traición a las víctimas.

Hablar de memoria, verdad y justicia puede resultar incómodo para ciertos actores, sobre todo en escenarios tan divididos donde todo lo que se parece al otro inmediatamente genera prejuicio y distanciamiento. ¿Qué condiciones, tanto en lo individual como en lo colectivo, deben darse para acercarnos al otro y entender que a pesar de las diferencias esto es necesario? ¿Cómo materializar esto desde la toma de conciencia?

La reconstrucción crítica de la memoria histórica, de la memoria social, es una condición necesaria en estos procesos. Llevamos 20 años lidiando y sufriendo un contexto de conflictividad socio-política. La desconfianza y la negación del Otro –considerado enemigo y no adversario que supone la polarización– han afectado los cimientos físicos y simbólicos de la convivencia social y política en Venezuela. Reconstruir la convivencia supone reconocer las consecuencias de este impacto, mientras asumimos individual y colectivamente las tareas de dicha reconstrucción.

Esto nos lleva a reconocer y resignificar nuestra identidad personal y social. ¿Quién soy yo hoy, después de esta larga conflictividad? ¿Cómo ha afectado mi vida personal, familiar, comunitaria, laboral, etc.? ¿Y quién es el Otro? ¿Qué es lo que yo quiero y puedo hacer con ese Otro, que hasta hace poco desprecié o negué? ¿Cuál es nuestro objetivo común?

Se trata de asumir el desafío de la convivencia, de ejercer una ciudadanía responsable y crítica, comprometida con la defensa de los derechos humanos, el reconocimiento del Otro, con la creación y preservación de espacios plurales de debate y participación, que garanticen la convivencia democrática y garanticen una paz sustentable.

¿Qué enseñanzas se pueden extraer de esto?

La herida colectiva causada por la vivencia prolongada de la violencia en los ámbitos político, económico y social, está generando en Venezuela –en términos de Freire– un nuevo saber y una acción crítica, transformadora de nuestra realidad social. Una ciudadanía en tránsito, mucho más responsable y preocupada por asuntos de interés y bienestar común.De a poco se va definiendo también un horizonte común, reconstruyéndose el tejido social fracturado por el conflicto, por el odio, el fanatismo y la intolerancia.

Durante dos décadas, la población venezolana ha hecho frente a la arremetida autoritaria y ha desarrollado diversas formas de resistencia cívica. La ciudadanía no ha cedido totalmente a las amenazas, coacción, soborno, intimidación y privilegios que buscan coaptar la voluntad popular. Sectores mayoritarios de la población venezolana han resistido cívica y pacíficamente y siguen en búsqueda de salidas no violentas a la grave crisis que vive el país. Este quehacer ciudadano ha puesto a prueba la cultura democrática en Venezuela y mostrado su anclaje en la identidad y conciencia social.

Centrándonos en la dimensión individual y desde la perspectiva psicológica, vemos que un mismo sujeto alberga dentro de sí diferentes emociones –tristeza, alegría, rabia– que, en cierto modo, ameritan una especie de coexistencia emocional. Más que excluirse o negarse, estas emociones se orientan hacia el equilibrio y la comprensión de nuestra propia diversidad interna, lo cual puede ameritar un esfuerzo superlativo. ¿Cómo coexistir con nosotros mismos?

El extendido sufrimiento social, el agotador clima de tensión socio-emocional, la violación permanente de los derechos humanos, la mentira institucionalizada, el hambre, la muerte, el desempleo, la deserción escolar, la migración han generado un profundo impacto emocional, que ha dejado huella en familias, escuelas, comunidades, instituciones públicas y privadas. Este sufrimiento provoca un fuerte impacto en el psiquismo individual y en la subjetividad social, expresándose en procesos de deshumanización, de naturalización y legitimación de la violencia, la cual se transforma en vivencia cotidiana, crónica, permanente a nivel personal y colectivo. Superarlo requiere un importante esfuerzo individual y de acompañamiento psicosocial que permita alcanzar el equilibrio interno, sanar las heridas y recuperar la capacidad de convivir, justa y sensiblemente, con la diversidad de voces y sueños que la vida en democracia nos ofrece.

En este contexto, ¿qué papel desempeñan los valores ciudadanos?

Ha sido extendida una práctica de desprecio por la vida humana, legitimada social e institucionalmente, que se expresa en intolerancia, confrontación o negación del Otro, donde la ley reposa en manos de quien tiene más poder o más armas. En este contexto es necesario re-educar en valores para el trabajo, para la convivencia ciudadana, como respeto, diálogo, reconocimiento al Otro, dignidad, participación, solidaridad, responsabilidad, libertad, justicia, que facilitan el intercambio, la cohesión grupal, la vida en común.

¿Qué podemos hacer para afianzar la coexistencia?

Una mirada auto-crítica nos permitirá reconocer nuestros errores, excesos u omisiones, hechos y responsabilidades individuales y colectivas, ofreciendo también la oportunidad de reivindicar aprendizajes y logros de este tiempo, para otorgar un sentido a la experiencia de vida en su lucha por la dignidad y la libertad.

El rescate y resignificación de dichos valores constituye la condición ética del cambio. Ella otorga cohesión y fuerza colectiva a la reconstrucción democrática. Una coexistencia que celebre la diversidad y pluralidad de voces de distintos sectores sociales y políticos en Venezuela.

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Johanna Pérez Daza es periodista y curadora independiente. Investigadora y docente universitaria (UCV, UCAB).

Elizabeth Schummer es fotógrafa y coordinadora de Proyectos Fotográficos de Espacio Anna Frank

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Visiones de Coexistencia

Serie de 10 entrevistas producidas por Espacio Anna Frank, con el propósito de presentar el concepto de coexistencia desde distintos enfoques y facilitar su comprensión, permitiendo el intercambio de ideas y experiencias. Para ello se utilizan analogías, metáforas y relatos de áreas como historia, arte, biología, deportes, comunicación, diplomacia, psicología, educación, entre otras, que permiten un acercamiento amplio y diverso al tema de la coexistencia mediante ejemplos concretos orientados a su entendimiento.


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