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ActualidadCrónica

Siete dólares por una bandera

por Luisa Salomón

Rafael Castillo durante la protesta del sábado 16 de noviembre. Fotografía de Ernesto Costante | RMTF

17/11/2019

En medio de las banderas que ondeaba la multitud, un anciano alzaba un hueso de res. Gritaba que tenía hambre. Su voz se quebró. Se arrodilló con los brazos abiertos. 

Quienes estaban alrededor le tomaron fotos, lo grabaron y aplaudieron sus reclamos. Nadie lo levantó del suelo. 

Rafael Castillo era el único que gritaba en la protesta. En ese momento, la multitud estaba dispersa. Algunos buscaban puesto en las escaleras de las torres de oficinas; otros se agrupaban bajo la sombra de los árboles. Eran las once de la mañana. Había pasado una hora de la convocatoria de la protesta contra Nicolás Maduro. Todavía no había líderes a quienes escuchar. 

El día de Rafael empezó mucho más temprano. A las seis de la mañana ya había salido de casa. Si quería llegar a la protesta a tiempo, tendría que aprovechar que un vecino le ofreció llevarlo. Vive en Cúa a más de 65 kilómetros de Caracas y pocas unidades de transporte circulan por su zona durante los fines de semana. Si encontraba uno para llegar a Caracas, igual le sería difícil acercarse: estaban cerradas todas las estaciones de Metro del este de la ciudad. 

No se había terminado de levantar cuando pasaron dos vendedores a su lado. Ofrecían dos chocolates por un dólar. “Cuando nos pagan los escondemos porque la gente nos mira”. Los tres heladeros en la esquina vendían tres cepillados por un dólar. La bandera de Venezuela costaba siete.

La marcha tenía como destino la plaza José Martí, en Chacaíto. Había sido convocada por el presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, quien asumió en enero la presidencia interina del país. Cuando llegaron los primeros manifestantes, escucharon por megáfonos que la protesta sería unos 100 metros más atrás, en la Torre Europa. Todavía no había tarima, no había cornetas, no estaba el principal convocante. 

Rafael no esperaba directrices para protestar. Estuvo en varias esquinas gritando sus reclamos mientras otros esperaban los discursos. Tenía una corbata con la palabra “libertad”. La confeccionó él mismo en 2007, cuando comenzó a salir a las protestas contra el inminente cierre del canal de televisión RCTV, que se oponía al gobierno del expresidente Hugo Chávez. Había pintado los colores de la bandera en sus mejillas.

Pero era el hueso lo que quería mostrar. Tenía diez días esperando para usarlo. Se lo habían regalado entre las sobras de una olla popular que hicieron en su comunidad. Las organizan regularmente para ayudar a los vecinos sin comida. Lo guardó porque sabía que asistiría a la protesta convocada por Guaidó. 

“Lo elegí porque antes yo iba a la carnicería y compraba distintas clases de carne. Ahora no. Con la pensión, el bono y lo que me dan mis hijas no me alcanza para comprar ni un kilo de pollo. Decidí sacar lo que estoy comiendo”.

Bajó la mirada mientras recordaba: comenzó a trabajar a los nueve años, cuando acompañaba a su papá a vender las mecedoras y sillas que construía en madera. A los catorce su papá lo llevó a trabajar en construcción. Entre levantar y pegar bloques aprendió a montar tuberías. Así se convirtió en albañil. Pero ya casi no ejerce. Lo intenta, pero no consigue contratos. Quienes eran sus clientes ya no le pueden pagar. Tiene 65 años, así que trata de sobrevivir con la pensión de vejez, pero con un mes entero de pago no podría comprar una bandera.

Fotografía de Andrés Kerese | RMTF

Como Rafael, había muchos ancianos en la protesta. Cerca de él, dos señores comentaron la notoria falta de jóvenes. “Como que vinimos a cumplir los padres, porque los hijos no están”, dijo uno al otro.

A pocos metros de la esquina donde protestaba Rafael, instalaron una tarima improvisada. Después del mediodía, comenzaron los discursos de dirigentes estudiantiles, gremiales y el diputado Juan Pablo Guanipa, quien asistió a la protesta a pesar de que el Tribunal Supremo de Justicia ordenó allanar su inmunidad parlamentaria a finales de octubre. 

Juan Guaidó saluda a los manifestantes desde la tarima. Fotografía de Alfredo Lasry | RMTF

Guaidó se abrió paso entre los manifestantes cerca de la una de la tarde. Alrededor de la tarima había forcejeos. Los paramédicos intentaban moverse para poder atender a las personas desmayadas por el calor. Desde la tarima, Guaidó pidió varias veces el apoyo de los socorristas. 

“No vengo a pedir que confíen en mí, vengo a pedirles que confíen en ustedes mismos, en lo que podemos hacer”, gritó ante la multitud. Pero su voz solo se escuchaba a unos cuantos metros. No había instalación de sonido que cubriera las seis cuadras de la avenida Francisco de Miranda que estaban llenas de manifestantes. No les permitieron instalar la tarima oficial, explicó. Les impidieron poner sonido para todos, se excusó. 

La noche anterior, sujetos armados y encapuchados irrumpieron en la sede de Voluntad Popular, su partido político. Retuvieron a unos cuarenta militantes que organizaban la logística de la marcha. Su indumentaria no tenía logo, pero desde el partido político denunciaron que eran funcionarios de la Fuerza de Acciones Especiales (FAES), el cuerpo del Estado que la Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, pidió disolver por las acusaciones de persecución política y ejecuciones extrajudiciales. Hace un mes, el propio Guaidó encabezó el entierro del exconcejal Edmundo Rada, dirigente de su partido en Petare, que fue asesinado días después de un recorrido de Guaidó en la parroquia.

“Llegó el momento de los ciudadanos dispuestos a dar todo por Venezuela”, gritó Guaidó. También pidió disculpas “por los errores cometidos” en los últimos meses. 

La semana próxima Guaidó cumple diez meses desde que fue juramentado como presidente interino y trazó una ruta de protesta para lograr “el cese de la usurpación, nombrar un gobierno de transición y realizar elecciones libres”. Desde entonces, recibió el reconocimiento de más de cincuenta países, trató de promover el ingreso de ayuda humanitaria a Venezuela, intentó encauzar un alzamiento frustrado en abril y participó en una mesa de diálogo para encontrar una salida política con la mediación de Noruega. Los intentos fracasaron y en un mes termina su período como presidente parlamentario. En enero podría retomar el cargo si lo aprueba la mayoría de la Asamblea Nacional, a la que regresó recientemente la minoría del chavismo.

La multitud interrumpía para gritar: “¡Calle sin retorno!”. “Calle sin retorno es permanecer en la protesta. No hay fórmulas mágicas”, recalcó Guaidó. Tal protesta permanente implica una agenda de conflicto para la semana próxima, anunciada por Guaidó: protestas el lunes desde las nueve de la mañana, pero no indicó lugares; participar en una manifestación del gremio de enfermeras el martes, pero no indicó dónde; apoyar el paro nacional de maestros del miércoles, pero no indicó cómo; asistir a la marcha de los estudiantes universitarios en su día, el jueves 21 de noviembre.

Mientras tanto, en el oeste de Caracas se realizaba una marcha convocada por el Partido Socialista Unido de Venezuela “contra el golpe de Estado en Bolivia”. La marcha llegó al Palacio de Miraflores, pero Nicolás Maduro no apareció. Participó a través de una llamada en la que afirmó que respalda a Evo Morales, expresidente de Bolivia. “Aquí en Venezuela pretenden imponer una dictadura igual. Eso nunca va a suceder pero, si algún día sucediera, millones a la calle, la clase obrera adelante, las comunas, los milicianos”, advirtió vía telefónica.

Morales había sido proclamado ganador de las elecciones presidenciales bolivianas, realizadas el 20 de octubre. Sería su cuarto mandato consecutivo desde 2006, a pesar de que la ley boliviana permite solo dos. Hace tres años, Morales convocó un referéndum para cambiar la legislación y ampliar los mandatos. Perdió. Entonces acudió a la Corte Suprema, y consiguió una sentencia judicial para presentar de nuevo su candidatura. Tres semanas después de las elecciones, la auditoría de la Organización de Estados Americanos reveló malas prácticas y alteración de las actas electorales. El anuncio disparó protestas en todo el país. Destacamentos policiales se rebelaron y el alto mando militar sugirió a Morales que renunciara para calmar la situación. Después de trece años y nueve meses en el poder, Morales dejó la presidencia y se refugió en México.

La marcha culminó en las afueras de la embajada de Bolivia en Caracas. Fotografía de Iñaki Zugasti | RMTF

Al final de su discurso, Guaidó pidió a todos seguir el ejemplo de las protestas de los bolivianos contra Morales: “Bolivia estuvo dieciocho días, nosotros hemos estado años. No es momento de desistir”. Llamó a marchar hasta la embajada de Bolivia para cantar juntos el Himno Nacional. La embajada está ubicada en Altamira, uno de los puntos iniciales de la concentración. Muchos se molestaron. No querían regresar. Guaidó bajó de la tarima para hacer la caminata. La mayoría de los manifestantes se dispersaron y no lo acompañaron.

En la entrada de la Torre Europa, Rafael dejó su pancarta en el suelo mientras guardaba el hueso en un bolso. Se preparaba para seguir. A veces, dijo, se encierra en el baño de su casa para llorar sin que su esposa lo vea. A veces, dice, siente vergüenza porque ya no puede comprar leche. A veces, aclaró su garganta, recuerda cuando atendía a sus nietos y los invitaba a la merienda. Así que sale a protestar, como lo ha hecho en los últimos 12 años. No le da miedo que lo sigan, no le da miedo que lo retraten, no le da miedo que se cumpla la amenaza de quitarle sus bonos. No le da miedo que le quiten la pensión por la que trabajó más de cincuenta años. 

“Yo prefiero una libertad peligrosa a una esclavitud tranquila. Eso es lo que me motiva”.

Se colgó el bolso al hombro, recogió su pancarta y arrancó rápido a caminar. Guaidó le sacó ventaja y Rafael no se quería perder el Himno Nacional. 


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