Perspectivas

¿Por qué viniste a verme?: precariedad y subjetividad

por Manuel Llorens

05/05/2018

A propósito de la exposición ‘Precario’ de Xiomara Jiménez, a ser inaugurada este 6 de mayo en el Centro Cultural Chacao.

Una consultante en psicoterapia que vive en el exterior me cuenta que la semana la pasó alterada con la noticia de un militar venezolano arrestado que aparentemente fue torturado hasta causarle el desprendimiento de un testículo, además de las imágenes y testimonios de niños hambrientos y sin medicinas que ha visto por las redes sociales que dan cuenta de la grave situación económica. Le perturba pensar en una tragedia tan dolorosa pero ante la cual siente, a pesar de los aportes económicos que hace a algunas causas, mucha impotencia.

—Es difícil pensar en eso. Pero también es difícil saber que con cerrar el twitter me traslado a otra realidad, otro mundo en el que estoy viviendo. Es difícil imaginar que con pasar el dedo por el teléfono puedo hacer que esa realidad deje de existir para mí.

Ella habla de la consciencia de lo traumático, de lo difícil que es hacer registro consciente de lo doloroso de la precariedad abrumadora que atraviesa el país entero. Ella vive en Berlín, la antigua parte oriental, que habitaba detrás de la cortina de hierro. Todas las mañanas camina por un vecindario hermoso, lleno de árboles. Al final de la caminata están la prisión de lo que fue la Stasi, la policía política de la República Federal Alemana. El edificio fue convertido en museo, exhibe la persecución que llevó a cabo esa policía, tanto a disidentes políticos como a artistas incómodos, la maquinaria para destruir vidas. Los guías del museo son ex-perseguidos políticos. Esa semana sus reflexiones sobre Venezuela la impulsaron a entrar a visitarlo. Nunca lo había hecho. La perturbación de las noticias provenientes de Venezuela despertaron su curiosidad. La visita le permitió hacer consciencia del trauma que se vivió en las mismísimas calles por las que ahora pasea.

La realidad apareció paradójica ante ella como en varias capas. Por un lado, el presente de calles hermosas y pacíficas, por el otro, de terror y persecución, allí en esas mismas esquinas. Por un lado, el dolor intenso a kilómetros de distancia que sufren sus compatriotas y parte de su familia, del otro, la tranquilidad de su entorno inmediato.

Las cáscaras desechadas de la vida moderna regadas por una ciudad mal mantenida se convierten en paisaje, se vuelven cotidianas, pueblan la vista, al punto que nos habituamos a ellas, no nos sorprenden. Perros atropellados en la autopista, “familias de tres personas y hasta un bebé que viajan en moto”, cartones que sirven de cobijo, láminas de zinc que fungen de pared, la precariedad de la vida por doquier.

Xiomara nos invita a contemplarla. Aquello de lo que habitualmente preferimos voltear para no ver, la fragilidad que preferiríamos no tener que registrar, la precariedad de nuestro entorno, enmarcada, invitándonos a que fijemos allí nuestra atención, como mi consultante que decide entrar en las antiguas oficinas de la Stasi en medio de su tranquilo paseo matutino.

Con el deterioro continuo de nuestro país, que en los últimos tiempos ha llegado a dimensiones de desastre, Caracas se fue poblando de rejas, alcabalas, vidrios forrados de papel ahumado, formas de intentar ponerle coto, filtrar, una realidad traumática y traumatizante. En otros casos las familias decidieron emigrar para poner distancia de por medio. ¿Por qué ir a un museo a ver todo esto, que preferiríamos no tener que ver? ¿Para qué abrir el twitter y enterarnos de aquello que duele sin remedio? ¿Para qué visitar la sede de las tragedias del presente o del pasado?

Hay un registro del horror contrapuesto al deseo de voltear la mirada. Lo traumático produce vivencias polares. Atracción y huida. En las autopistas el tráfico se hace más lento cerca de los accidentes. Mientras más aparatoso, más se puebla la cola de curiosos que bajan la velocidad para mirar. Asimismo, circulan fotos horripilantes de crímenes, de cuerpos mutilados, de charcos de sangre. El horror produce tanto repulsión como fascinación. Las redes sociales han multiplicado las posibilidades de fotografiar, grabar y compartir las distintas expresiones de nuestra tragedia. El registro y la circulación de las imágenes se vuelve un dilema político, ético y emotivo.

Ante cada nueva noticia de las desgracias impuestas por el desgobierno resurge el dilema. ¿Deben circular las imágenes de los cadáveres de los sesenta y ocho muertos productos del motín e incendio sucedido en la comandancia de la policía de Carabobo? ¿Las imágenes impactantes de los niños famélicos deben mostrarse para conmover la fibra indiferente al hambre?

El gobierno corre a impedir que se puedan fotografiar las consecuencias de sus distintas masacres. La circulación de las imágenes es perseguida. Sabemos a estas alturas que la circulación de imágenes o su censura es en sí mismo un discurso político. Las imágenes cumplen funciones retóricas, entran en el debate, apunta a responsabilidades, culpables y víctimas. La discusión sobre autoría, validez, falsedad o intenciones detrás del que las hace circular son diarias en la contienda política venezolana y mundial.

La bondad y maldad de las imágenes y su circulación interroga a diario a la convivencia. ¿Cómo invitar a hacer consciencia sin alimentar la fascinación morbosa con la violencia?

Las obras de Xiomara han surgido de una larga colaboración con la Unidad de Psicología del Parque Social Padre Manuel Aguirre, s.j. Allí Xiomara ha trabajado junto a un equipo de psicólogos en distintos talleres y proyectos de investigación sobre juventud en contextos de pobreza y exclusión social. A través del arte hemos querido registrar, explorar y comprender el mundo de vida de los jóvenes de las barriadas vecinas a la Universidad Católica Andrés Bello que atienden a nuestros servicios de psicología.

Hemos querido acercarnos a la vivencias de estos jóvenes, a cómo las condiciones sociales se traducen en subjetividad. El arte ha servido tanto de red para recolectar experiencias, como lienzo  para registrar y espejo para devolver una mirada reflexiva. Eso que Xiomara, tomando de los griegos, denomina anognórisis.

Explorar la pobreza y la precariedad del país desde las artes plásticas nos coloca ante varios dilemas. El principal es que nos coloca ante la dimensión estética. Xiomara explora la estética de la precariedad y de esta manera entra en el discurso de la fealdad. “Me fascinan los colores puros y las líneas rectas”, nos confiesa Xiomara, “pero resulta que no puedo hablar sino de lo que me incomoda”.

La belleza y la fealdad son fascinantes por su complejidad de capas sobrepuestas. En nuestro goce estético y nuestro asco residen no solo nuestras pasiones inconscientes, sino además las herencias culturales, los prejuicios socio-económicos, las jerarquías del poder. El placer estético es una experiencia profundamente íntima pero forjada inevitablemente a través de la socialización. En ella convive lo personal, lo cultural, lo económico y lo político. El poder impone cánones estéticos y no calzar en ellos es una forma de exclusión. Quizás el más oneroso en un mundo saturado por la mirada.

Las cajas de cartón dominan el imaginario de la exposición. El tránsito de estas cajas invocan por sí mismas a la imaginación. Algunas que seguramente sirvieron para trasladar productos de consumo, algunas que guardaron escondidos, anhelados regalos de cumpleaños o Navidad, que luego mutaron a contenedores de desechos para sacar la basura, antes de volverse catres, techos y cobijas para los indigentes. Aquí reaparecen como lienzos de paisajes manchados como por humo.

Como contrapunto a los coloridos lienzos horizontales que representan al Avila, que son una marca estereotipada de la representación idealizada de la ciudad, estos tonos oscuros como de smog citadino y sangre sobre los cartones, algunos también horizontales, vigilados por una gran luna negra hecha de bolsas de basura, construyen un ambiente sutilmente opresivo, levemente angustiante. La otra versión de Caracas, bajo sus cielos azules y sus montañas de frondoso bosque tropical. La ciudad fea, de la que queremos escapar cuando vamos a la playa o subimos a la montaña de excursión.

La precariedad de Xiomara no es apabullante. Más bien sutil, va haciendo insinuaciones. La secuencia de platos rojos con colores distintos es atractiva, hasta que ves de cerca que en vez de comida, lo que hay es un trapo amarillo, unas patas de gallina, unos cubos de hielo, o nada.

¿Es basura o es un lienzo? ¿Es la transformación de basura en un lienzo? El tránsito desde el barrio el 70 en El Valle hasta los pasillos de la Universidad Católica Andrés Bello aparece en otra secuencia. ¿Es un alegato a favor de la sublimación y la resiliencia?

Por momentos, el proyecto ha apuntado a rescatar la sensibilidad que a menudo queda encubierta por la dejadez. El trabajo con los jóvenes de la Unidad de Psicología apunta a potenciar las fortalezas que jóvenes, con quienes Xiomara desarrolla una estrecha colaboración en parte de la obra, traen a menudo para desarrollar. En otros espacios hemos escrito sobre la belleza que con frecuencia subyace sin reconocimiento bajo el peso de la exclusión social[1].

Pero allí es donde pienso que el cartón cobra significado, igual que los pedazos de adhesivo que atraviesan algunas pinturas. Los sufrimientos de la pobreza son a menudo sutiles. La obra se puede llevar a cabo, como en efecto se hizo en esta exposición, a pesar de la escasez. Lo que falta sin embargo, la mayoría de las veces, son lugares de apoyo. La obra es precaria, porque sus soportes son frágiles y las heridas que existieron no siempre son fáciles de disimular. La infraestructura física es escasa, las aceras están rotas, la casa autoconstruida se sostiene por una columna que se balancea sobre un barranco, los cables para llevar electricidad al hogar son una maraña improvisada, las instituciones estatales son cáscaras vacías, los lienzos no son de tela sino de cartón y a veces necesitan tirro para mantenerlos unidos.

Algunos jóvenes atraviesan con éxito esta enorme cantidad de obstáculos. Atraviesan la ciudad todos los días, bajando de las laderas de los cerros por calles a veces peligrosas, casi siempre mal mantenidas, llegan a las universidades y estudian contra todo pronóstico. Somos testigos de centenares de casos así que nos llenan de orgullo. La capacidad para trascender a la carencia existe, sin duda. Es posible hacer arte con materiales limitados. Lo que sucede es que los soportes son frágiles, las heridas a veces, inevitables. Xiomara hace arte con lo precario, que no busca disimular las heridas, no quiere una representación que sea “vano embellecimiento”.

Héctor Torres, a través de las crónicas breves de la ciudad, ha intentado un proyecto análogo a través de la literatura. Se pregunta en el segundo libro de la trilogía ‘Caracas Muerde’: “Uno piensa en lo difícil que es levantar niños cada mañana para que vayan a la escuela e imagina a ese niño arrebatado de sus sueños, que sale a la calle encerrado en sus diálogos con las imágenes con las que se va tropezando, conversando (más bien recibiendo su andanada de insultos) con cada acera rota, cada laguna de aguas negras, cada grosero cornetazo y cada montaña de basura atravesada por ratas descomunales. Cuando se decida a responder, marcador en mano ¿qué otra cosa podría expresar, con qué lenguaje podrá hacerlo, sino con el mismo con el que la ciudad le habla?[2]”.

Las personas que sufren los embates de una realidad precaria, no son personajes abstractos en un noticiero. Las personas muriendo por falta de medicinas, los que tienen que caminar largos trechos porque el transporte público paró, los que hacen largas colas para comprar alimentos, los que huyen del país buscando resguardo, son las personas con que hemos crecido, nuestros familiares, nuestros conocidos, somos nosotros mismos. Las reflexiones sobre la precariedad, son reflexiones sobre nuestra propia vida precaria. Sobre cómo ha influido en la construcción de nuestra manera de ver y de experimentar el mundo, de vernos a nosotros mismos.

El proceso para realizar esta exposición estuvo marcada por la dificultad de contar con los medios para comprar los materiales, por la misma falta de materiales en el país, por los continuos contratiempos que la realidad venezolana dispensa a diario. Nada extraordinario. Lo que ocurre con cualquier proyecto en un medio carenciado. Reía junto a Xiomara con cierta ironía reflexiva mientras iba avanzando su obra: “hablar de la precariedad en medio de la precariedad, con recursos limitados”.

El proceso de desarrollo de la exposición y de todos nuestros proyectos en el Parque Social son relevantes porque han sido siempre un esfuerzo por construir, con recursos muy limitados, resultados de los que nos sintamos satisfechos. En ocasiones la falta de recursos nos ha hecho pensar que quizás, a pesar de todos los esfuerzos, el problema no son los recursos, sino que quizás nosotros mismos no damos la talla. Es una pregunta lógica, quizás hasta saludable. Ayuda a calibrarnos con realismo. Pero quizás también es el golpe inevitable, no por nuestras limitaciones personales, sino por las que nos impone el contexto. En todo caso es un ejemplo revelador de los retos psicológicos de creer en uno mismo en medio de la precariedad.

La muestra es también una sala de espejos.

“¿Por qué me estás viendo?

no vine a quedarme…”

Es la cita con que comienza la autobiografía de la poeta negra norteamericana Maya Angelou[3]. Son oraciones de la Biblia que a ella, de niña, le correspondían leer en una  misa. Una oportunidad para mostrar sus habilidades lectoras a la comunidad. Hija de una familia pobre cuya madre hermosa termina con distintos hombres maltratadores por lo cual abandona a sus hijos en la casa de la abuela, Maya crece en un contexto austero, vigilada por una abuela estricta y trabajadora, intentando solventar lo que su madre no le pudo ofrecer.

Ella soñaba con ese momento estelar. Su abuela le había cosido un vestido que ella imaginaba angelical. Pero en la mañana en que le toca vestirlo lo ve roído, un intento de reparar un vestido viejo descartado por una niña blanca. De pronto, en medio de la lectura se tropieza con la frase que la delata “¿por qué me estás viendo?” y la frase la vuelve tartamuda. El episodio que imaginaba como la oportunidad de ser reconocida se convierte en una pesadilla de fracaso, ni bonita, ni gran lectora, sino ridícula frente a todos. Pide apresuradamente ser excusada mientras se orina encima de la ansiedad.

Su precariedad no duele solo por las privaciones materiales que imponen. Sin duda de pequeña se da cuenta de las limitaciones a la hora de comer y vestirse. Pero lo que puebla la autobiografía es su sufrimiento y lucha para reconstruir una imagen que ha internalizado, al vivir con escasas miradas de admiración, apartada de los cánones de éxito, riqueza y belleza. La enorme hermosura que quedó desatendida y que luego demostró al mundo a través de sus escritos.

Un 29% de los jóvenes latinoamericanos viven en lo que se conoce como privación relativa que, según la investigadora centroamericana Tani Adams, le da forma a las expectativas de vida de esa población. Lo que significa que, insertados en entornos urbanos en que la pobreza es vecina de la riqueza, los jóvenes latinoamericanos en contextos de carencia “crecen agudamente conscientes de aquello que no tienen”[4].

Dicho de otra manera, las valoraciones se construyen por presencia, por ausencia y por contraste.

Las cajas no son solo el lienzo, también son protagonistas en algunas pinturas. El paisaje puede convertirse en la manera de representarnos a nosotros mismos. El fondo se convierte en figura. Aparecen apiladas en varios de los dibujos de Xiomara. Parecen reproducir el paisaje de las montañas pobladas de barrios, con sus ranchos rectangulares que se multiplican desordenadamente sobre las laderas de la ciudad. Las miles de cajas que desde lejos suscitan todo tipo de fantasías. En algunas obras de la exposición aparecen esos rectángulos sin personas, fotografiados por dentro.

Las cajas en la mitología son lugares que resguardan misterios, deseos y horrores. En el caso de Pandora, mujer esculpida por Hefestos a imagen y semejanza de los inmortales, quien se casa con Epimeteo “el que piensa lento”, la belleza viene con un misterio prohibido, una caja que la acompaña y esconde las peores tragedias.

El aviador del Principito también propone una interpretación psicológica de las cajas y los pintores. En las primeras líneas nos ofrece un dibujo de El Principito para que nos hagamos una idea de cómo era, pero nos advierte que su representación palidece frente a lo extraordinario del personaje. No puede pintarlo en todo su esplendor pues las personas mayores lo habían desalentado de su carrera de artista. El Principito sin embargo, lo primero que le pide es justamente que le haga un dibujo. Intentando infructuosamente satisfacer las peticiones de El Principito de que le pinte un cordero hermoso, decide, ya en el tercer intento, pintarle una caja en la que vive adentro el cordero más bello. El Principito queda encantado. Allí adentro, donde nadie puede ver, está el cordero deseado.

“La pobreza no es una cosa precisa y redonda”, concluye Xiomara, a través de su exploración. La caja de la exposición es también un espacio para ser llenado por el visitante.

En tiempos precarios, como los que nos han tocado vivir, ‘¿Por qué viniste a verme?’ – parecerían interrogar.

***

[1] Jiménez, X.; Llorens, M.; Mora, N. y Oteyza, E. (2013). La Belleza Propia: arte, adolescencia e identidad. Caracas: Fundación Polar.

[2] Torres, H. (2014). Objetos no Declarados. Caracas: Alfa Editorial.

[3] Angelou, M. (1969). I Know Why the Caged Bird Sings. Random House.

[4] Adams, T. (2016).  How Chronic Violence Affects Human Development, Social Relations and the Practice of Citizenship. Wilson Center: Washington.


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