Literatura

Poetas de América 1970-1980, una experiencia apasionante a propósito de ‘Nubes’, un libro necesario

por Alejandro Oliveros

Fotografía de Toshiyuki IMAI | Flickr

07/09/2019

Tardíamente comencé a interesarme en serio en la poesía latinoamericana, y eso sería a mediados de 1971, cuando fundé la revista Poesía con el apoyo de la Universidad de Carabobo. Hasta ese momento, y aparte de las obligadas lecturas de Vallejo, Neruda, Huidobro —cuyas obras completas había conseguido dos años antes en Nueva York— y un poco Paz, en los pocos libros que circulaban en Venezuela (como Águila o sol), mi conocimiento de los poetas de nuestros países era fragmentaria y condicionada por dos arbitrarios y excitantes volúmenes: la Antología de la revista Caballo de Fuego, imprevisible pero de una lucidez indeclinable, y la Antología de la poesía viva latinoamericana, que Aldo Pellegrini había editado en Seix-Barral. La situación cambiaría con la revista Poesía. Como su director no podía justificar tal indiferencia, el problema sería resuelto parcialmente gracias a Juan Sánchez Peláez, quien, durante sus estadías en Santiago de Chile y Bogotá, había conocido a algunos de los mejores poetas de la región. Gracias a mi querido maestro, supe de las obras de importantes autores como Humberto Díaz Casanueva, Rosamel del Valle, Gonzalo Rojas, Enrique Molina o Fernando Charry Lara. Durante sus años en Chile conoció a los poetas surrealistas del grupo Mandrágora y leyó la obra de otros autores de la misma tendencia en toda Latinoamérica; incluyendo la de poetas antillanos de lengua francesa, como Aimé Cesaire y el raro y exquisito Magloire-Saint Aude. También me haría conocer a otros, como el colombiano Nicolás Suescún y el peruano Manuel Moreno Jimeno, quien residió durante años en Venezuela. Poco después, través de Eugenio Montejo, mi consejero y codirector exoficio de la revista, conocí la poesía de Raúl Gustavo Aguirre, cuyo poema es con el cual se abría el primer número de mi revista y que fuera enviado especialmente. Gracias a Raúl Gustavo, obtendría colaboraciones de otros poetas de su generación, tal era el caso de Rodolfo Alonso, Edgar Bailey, Francisco Madariaga y otros algo mayores, como Enrique Molina y Carlos Latorre. Por desgracia, no accedí a Olga Orozco, Juarroz o Alejandra Pizarnik. Pero, en todo caso, nada de Borges o Molinari, estrellas del Olimpo personal de Victoria Ocampo y la revista Sur, ni del más interesante Alberto Girri o el demasiado comprometido Juan Gelman. Pero sí voces más aisladas como el epigramático Antonio Porchia o el marginado Jacobo Fihman; los amigos de Raúl Gustavo publicaban en su revista, Poesía de Buenos Aires, más discreta pero más influyente. De hecho, el  formato y la diagramación que escogí para Poesía estaban modelados en la publicación porteña.

Pero no todo era Argentina en la poesía latinoamericana, y ya sabía para aquel entonces que una de las líricas más apasionantes de las escritas en el continente era la peruana. Apasionante y escondida, generosa en poetas malditos, quienes habían arrastrado sus miserias por aquella “Lima la horrible”, descrita con indeclinable amor por Sebastián Salazar Bondy. Con el mismo Juan Sánchez había leído los poemas en francés de Cesar Moro, para mí y para Juan, una de las cumbres de la poesía surrealista universal. Después sería el escurridizo Emilio Adolfo Westphalen, de quien nunca pude conseguir un libro, autor de una obra escasa y espléndida, así como director de Las moradas, una de las grandes revistas de la historia literaria de América Latina. Mi querido Humberto Díaz Casanueva, por su parte, me acercó al mundo iluminado de su gran amigo, Jorge Eduardo Eielson, genio precoz, mago de la palabra, artista plástico genial y generoso de afecto, quien había huido de la Lima de Martín Adán y Salazar Bondy para radicarse en Roma durante décadas. Más tarde sería privilegiado por su amistad y colaboración. Todos nombres representados en la más reveladora de las antologías, Vuelta a la otra margen (un verso de Westphalen), editada por Alberto Ocando y Mirko Lauer en 1970. Fue allí donde leí por primera vez al mas genial y maldito de toda la tribu extendida de poetas malditos latinoamericanos. Me refiero a Carlos Oquendo de Amat, descendiente de una familia de antecedentes virreinales que vendría al menos por razones políticas. El padre de Oquendo se convirtió en feroz opositor al Gobierno déspota de su país, lo cual pagaría a un alto costo. Muerto joven de pobreza y cárceles, dejó en la intemperie a la esposa, una aristocrática de rara belleza, quien se hundiría en la miseria, el alcoholismo y la locura con el testigo del adolescente Carlos, quien se convertiría en gloria de su país ingrato. El poeta, por su parte, seguiría los pasos y desgracias de su padre y, después de participar en la empresa de Amauta con  Mariátegui, iría a dar con sus blancos huesos estropeados por la tortura a España, donde moriría de miserias y tuberculosis paternas en un hospital de provincias. No obstante, tres años antes de morir, publicaría un libro insólito y apasionante; 5 metros de poemas lo llamó y de eso de trataba. De una sola hoja, de esa improbable extensión, donde aparecían impresos sus poemas, incluyendo caligramas en la tradición de Apollinaire. Oquendo, sin embargo, debía ser conocido por los venezolanos. En efecto, en Caracas, en el discurso de recepción del premio “Rómulo Gallegos” de 1967, el vencedor y compatriota de Oquendo, Mario Vargas Llosa, se refirió al preterido vate en líneas dignas de memoria:

Hace aproximadamente treinta años, un joven que había leído con fervor los primeros escritos de André Breton, moría en las Sierras de Castilla, en un hospital de caridad, enloquecido de furor. Dejaba en el mundo una camisa colorada y “5 metros de poemas” de una singular delicadeza visionaria. Tenía un nombre sonoro y cortesano, de virrey, pero su vida había sido tenazmente oscura, tercamente infeliz. En Lima fue un provinciano hambriento y soñador que vivía en el barrio del Cercado, en una cueva sin luz, y cuando viajaba a Europa, en Centro América, nadie sabe por qué, había sido bajado, encarcelado, torturado, convertido en una ruina febril. Luego de muerto, su infortunio pertinaz, en lugar de cesar, alcanzaría una apoteosis: los cañones de la guerra civil española borraron su tumba de la tierra, y en todos estos años, el tiempo ha ido borrando su recuerdo en la memoria de las gentes que tuvieron la fortuna de conocerlo y de leerlo. No me extrañaría que las alimañas hayan dado cuenta de los ejemplares de su único libro, enterrado en bibliotecas que nadie visita, y que sus poemas que ya nadie lee terminen muy pronto transmutados en “humo, en viento, en nada”, como la insolente camisa colorada que compró para morir. Y, sin embargo, este compatriota mío había sido un hechicero consumado, un brujo de la palabra, un osado arquitecto de imágenes, un fulgurante explorador del sueño, un creador cabal y empecinado que tuvo  la locura, la lucidez necesaria, para asumir su vocación de escritor como hay que hacerlo: como diaria y furiosa inmolación.

De Oquendo nunca publicaría nada en Poesía por razones que ahora se me hacen imposibles de entender. Luego conocería la obra de otros dos peruanos notables, Carlos Germán Belli y Antonio Cisneros. Contemporánea de Poesía, con el mismo presupuesto y convenciones, el fino poeta Javier Sologuren fundó Creación&Crítica con la eficiente colaboración de Ricardo Silva-Santisteban. De características similares iba a ser la revista Golpe de dados, editada en Bogotá por los amigos Giovanni Quesseps, Mario Rivero y Jaime García Maffla. Con ellos conocería a Fernando Charry Lara, quien me hablaría con afecto de Juan y lo mismo haría el impecable traductor y poeta Nicolás Suescún. Con mi contemporáneo, Juan Gustavo Cobo Borda, amigo y colaborador permanente, Poesía tuvo acceso a los vates colombianos más recientes.

Con los mexicanos mis contactos no fueron tan plurales y se limitaron, y para mí siempre fue suficiente el contacto con José Emilio Pacheco, con el cual mantenía la revista más de una afinidad electiva. Nunca me interesaron mucho las poesías de Homero Aridjis, Marco Antonio Montés de Oca o Tomás Segovia, y prefería a los ¨viejos¨ Carlos Gorostiza o José Juan Tablada. A Octavio Paz, a quien admiraba en ese momento como poeta y ensayista, me limité a enviarle regularmente Poesía, la cual coleccionaba cuidadosamente con otras muchas revistas literarias. No obstante, la poesía escrita en México había tenido la fortuna, para su difusión, de contar con una de las mejores antologías que conozco en cualquier idioma: Poesía en movimiento, editada por Paz para la recién nacida editorial Siglo XXI con la asistencia de otros poetas como  Xavier Villaurrutia y Pacheco.

Todo esto lo recuerdo a propósito de la reciente publicación de Nubes, la antología de poesía hispanoamericana preparada por la destacada poeta venezolana Edda Armas. Nubes es una antología monotemática en la cual Edda, con un ojo impecable para la buena poesía y una generosidad controlada y responsable, ha incluido lo mejor que ha encontrado, y encontró bastante, entre los vates del idioma que han utilizado la imagen de las nubes en su poesía. La empresa es el producto de una obsesión, una idée fixe, el trabajo de más de diez años de Edda y del acierto de sus editores, los cuales, como es la marca del sello editorial, encontraron interés donde seguramente otro editor no la habría visto. La edición, como son todas las ediciones de Pre-textos,  de Nubes es preciosa, y también lo es su contenido, donde, a diferencia de las demás antologías que conozco, incluyendo la griega, es difícil encontrar -no es que no las haya- una página que no valga la pena, un texto que no merezca ser leído y disfrutado. Un volumen de una rara belleza, donde, como quería Machado, la poesía vuelve a lo que nunca debió dejar de ser: una “cosa cordial”.


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