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Perspectivas

París en la cabeza de Julien Green

por Alejandro Oliveros

29/06/2019

Fotografía de HARCOURT | AFP

Todos tenemos un París en la cabeza. No importa si la hemos visitado o no, si hemos o no vivido un tiempo en ella. Nos imaginamos la ciudad desde la infancia, con su magnífica torre y su copia de un arco romano, convencidos de que un día caminaremos por sus calles.

La capital francesa fue la indisputada capital del siglo XIX, como la llamó Benjamin, pero también de buena parte del XX. Durante casi dos siglos era la Atenas hacia donde se dirigían las miradas de todos los que querían participar en la gran aventura de la modernidad. Se llegó a pensar que siempre había sido así, que bajo su nublado cielo había ocurrido lo más significativo de la historia europea. Muy pocos podían pensar que, apenas dos siglos antes, París se encontraba en una situación lamentable, si se le comparaba con los grandes centros urbanos de Italia, Flandes y Holanda.

Heinrich Mann en su dilatada crónica de la vida de Enrique IV, describe las deplorables condiciones de la residencia de los reyes en lo que es hoy el Museo del Louvre. El abuelo de Enrique, Luis XIV, la había abandonado para residenciarse en su flamante Versalles. El París que conocemos es la invención de dos miembros de una familia corsa con el mismo nombre: Napoleón y Napoleón III. Ambos hipertrofiaron con éxito la imagen de París, convencidos de su vocación imperial.

Durante el XIX, sin embargo, no fueron únicamente políticos los que hicieron a Paris lo que es; sino sus burgueses, de donde saldrían todos los artistas y escritores que se encargaron de idealizarla. Sobre los venezolanos, la gravitación parisina ha sido larga y estimulante. Miranda fue uno de los protagonistas del Directorio, y no sin riesgos, pudo sobrevivir a las pasiones cortesanas de la época; el nombre de Simón Bolívar aparece en la lista de alumni del elitesco College de France; y su émulo, y también general, Guzmán Blanco, descansó durante más de un siglo en la elegante tranquilidad del cementerio de Passy, hasta que un inoportuno mandatario ordenó el traslado de sus restos al patético panteón nacional. Más recientemente, a mediados del XX, en la capital francesa coincidieron intelectuales y artistas criollos para fundar el grupo “Los disidentes”, puerta teórica de entrada al arte moderno. No mucho después, desde una galería de Saint Germain-des-Pres, se promocionaría el llamado cinetismo con varios distinguidos artistas venezolanos entre sus miembros.

Por mi parte, conocí a París tardíamente. La lectura, hacia 1968, de una antología de poesía norteamericana, publicada en México y traducida por el catalán Agusti Bartra, habría de cambiar mi destino latinoamericano. Y así, durante mi primera salida al exterior, en diciembre de 1969, en lugar de dirigirme a la urbe francesa, me dirigí a Nueva York, centro de una cultura a cuyo estudio y admiración habría de dedicar buena parte de mi existencia. No solo me interesaban sus escritores y poetas. Uno de los objetivos de mi traslado era ver “en persona” a los héroes de mi museo imaginario, en cuyas salas solo había espacio para los grandes expresionistas abstractos, Krasner y Pollock, Gorky y Rothko, Motherwell y Louis, Kline y Newman.

Una década después, para una estadía más prolongada, y desoyendo las recomendaciones de los amigos artistas y poetas, preferiría la misma Nueva York al París de la rayuela latinoamericana. Las ciudades perdonan menos que la mujer amada. Y fue así, que con sus razones, París, cuando por fin decidí visitarla en la Navidad de 1979, me recibió con una indiferencia que me llegó al alma. Pasarían muchos años y muchos viajes, para que la indiferencia se convirtiera en discreta simpatía. No sé si esta actitud acogedora se extiende por toda la dilatada urbe, pero en la calle del Dr. Roux, a donde vuelvo en cada una de mis estadías, me siento un poco como en mi propia calle. Al fin y al cabo, como diría algún romántico, París es la segunda ciudad de todos.

Julien Green, aparte de ser uno de los escritores franceses verdaderamente permanentes del novecientos, con Valery, Gide, Proust, Claudel, Rebatet, Malraux, Camus y algún otro, es el más conspicuo ejemplo de esa “extra-territorialidad” de la que habla Steiner (Extraterritorial. Papers on Literature and the Language Revolution) para referirse a los escritores que, como Conrad o Nabokov, escogieron escribir en una lengua distinta al parlar materno. El venezolano Robert Ganzo, quien escribió toda su distinguida obra en francés, es otro; y Borges también lo hubiese sido de haberlo querido, o podido.

Green, perteneciente a una distinguida familia del sur de los Estados Unidos, nació en París, donde se habían trasladado sus padres, en 1910. Desde muy temprano prefirió el idioma de Racine al de Poe y, a pesar de escribir varios libros en inglés, lo más conocido de su producción está escrito en un francés pocas veces mejorado por los escritores galos del siglo XX. La suya es una prosa con la elegancia de Chateaubriand sin la pedantería; tan mineral como la de Valéry pero más cordial, y de una musicalidad que recuerda a Gide y Faure, si este hubiese  sido escritor. Su precisión se inscribe, sin embargo, en la mejor tradición anglosajona, desde Samuel Johnson a Mathew Arnold y Chesterton.

Leerlo, no importa de lo que se ocupe, es una invocación a los placeres del texto que decía Barthes. Novelista de los grandes temas (la soledad existencial, el vacío de dioses, la inseguridad amorosa, la precariedad de cada hombre en su noche); ensayista modelo (Suite inglesa, por ejemplo); biógrafo comprensivo (su biografía de San Francisco es de una empática y conmovedora belleza), y diarista solo homologable a Kafka, Gide, Leautaud, Musil o Junger. Animado por su extranjera procedencia, se convertiría en el más parisino de los parisinos, y a la ciudad que lo acogió y formó, dedica reiteradas paginas en los más de veinte tomos de su diarística. Y con ese solo nombre, París, recogió una serie de memorias, crónicas, descripciones y alusiones, que, con amoroso cuidado, Pre-textos tradujo y publico, con las evocativas ilustraciones  del original, en 2005.

Todo es interesante y admirable en este conjunto de notas. Pero dos son los signos que me resultan más notables: su excentricidad tipográfica, y sus expresiones sobre el exilio. Green nunca perteneció a la pintoresca fauna de la “rive gauche” que, con exquisita indolencia, reflexiona sobre una humanidad condenada a la perdición por no haber sabido, o querido, seguir sus elaboradas reflexiones. La rive gauche ha sido la protagonista del imaginario intelectual francés por lo menos desde que Picasso abandono sus cuarteles en Montmartre para mudarse a Montparnasse, en los altos de un elegante edificio art deco, diagonal con el histórico Hotel Aiglon y el bulevar Edgar Quinet. La extraordinaria lista de los rivegauchistas es la más extensa y multinacional. Mucho más breve, sin embargo, es la de los creadores que fijaron su residencia del otro lado del río, hacia las burguesas latitudes de Trocadero. En ese elegante distrito vivió, con los dineros públicos, el mismo Guzmán Blanco, y, con sus propios haberes nuestro Julien Green; en la rue Cortambert, para ser más precisos. Pocos han escrito con tanto afecto sobre un sector de la ciudad como lo hizo Green con el barrio de su infancia, lamentando su parcial desaparición:

Cuando bajo de las alturas de Passy en dirección al Sena me pregunto a veces donde estoy, y si no habré soñado. Solo me consuelan del desastre las profundidades de la avenida Henri Martin, todavía intacta, cuando a principio del verano, la bóveda opaca de los castaños vela por la permanencia de un resto de frescor y cuando, en ese verde túnel hendido por estrías luminosas, veo a un jinete descuidado de su tiempo que huye al galope hacia el Ayer.

No se vive en ese sector de París, el XVI arrondisement, impunemente. Las opiniones de Green son invariablemente conservadoras, lo que hasta hace poco, con la imprecisión del caso, llamaban reaccionarias. La sola posibilidad de que una de las calles de su amado Passy pudiera llevar el nombre de Marat le produce horror. Sus compañeros de café no son Sartre, Malraux o Aragon. No simpatiza con el pseudocomunismo de estos intelectuales ni con el extravío fascista de Drieu, Rebatet o Celine. Todo lo que hizo Green estuvo signado por la elegancia. Fue un hombre de derecha incómodo tanto para la derecha como para la izquierda.

A comienzos de la Segunda Guerra, Green se refugia en los Estados Unidos paternos y desde allí observa preocupado la situación de su amado París. Con la sensibilidad exacerbada de los enamorados a distancia, sufre con los parisinos las estrecheces de los difíciles años de la guerra, lo cual es de una candorosa hipersensibilidad, al lamentarse por una ciudad que, de entre todas las afectadas por la guerra, fue la que menos padeció sus horrores. Una capital ocupada que permitía que Goering se trasladara de un lado a otro sin escolta, y que el capitán Junger, en las suaves horas de la madrugada, regresara caminando de uniforme, sin ser molestado, a su cuartel, después de pasar la noche bajo las sabanas de su distinguida amante parisina. Pero desde el exilio, los cielos de la ciudad natal siempre son oscuros, sobre todo cuando las posibilidades del regreso  parecen las más huidizas:

Los franceses padecen crueles privaciones, lo sabemos, pero hay una gran privación que no han sufrido y es verse privados de Francia. Me atrevo a decir que, en el plano moral, esta privación equivale a muchos infortunios materiales, pues tenemos hambre y sed de Francia.

Tras cuarenta y dos meses de guerra, Francia se nos muestra a través de esas imágenes, y solo podemos mirarlas en silencio; su aflicción es demasiado grande para inspirarnos otra cosa que no sea el deseo de callarnos. Si antaño fue trágicamente despreocupada, hoy podría decirnos con el profeta, “Oh, todos ustedes que pasan por este camino, reflexionen y piensen si hay algún dolor semejante a mi dolor”. Sin embargo, en estos tiempos Francia sonríe, y tal vez resulte más desgarrador si nos dejara ver las lágrimas que vierte en secreto.

 No es improbable que París sea el libro menor de un escritor mayor, pero se trata de una pequeña joya para todos los que, habiéndolo conocido o no, habiendo vivido en ella o no, andamos por el mundo con nuestro propio París en la cabeza.


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