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Olvidaremos a Castillo y a Valbuena, como olvidamos a todos… como nos olvidamos

por Jován Pulgarín

07/12/2018

¿Cuánto durará la indignación? ¿Semanas? ¿Días? ¿Horas? ¿Cuánto duró nuestra rabia por lo que le pasó a Mónica Spears y a su familia? ¿Quién recuerda a Gustavo Polidor? ¿Y a Jhonny González?

Mientras lee, seguro le viene otro nombre. Y luego las preguntas: ¿Qué ha hecho el Estado? ¿Qué medidas adoptaron los equipos? ¿Qué respuesta tiene la Liga? ¿Cuándo terminará este infierno?

Los que nos fuimos de Venezuela nos censuramos. Nos cuesta hablar de béisbol porque sabemos que es de los pocos pasatiempos que, los que se quedaron, pueden disfrutar. Y en mi caso, del que muchos colegas viven.

Hace tiempo tomé una decisión: no escribir más sobre una disciplina que se mantiene con un dinero que podría ser destinado a la salud. Lo asumí después de concluir que la pelota, en un país en emergencia, podía seguir, aunque con un estatus diferente.

La liga del dólar a 6,30” se llama el reportaje que me llevó al silencio. Es de 2014. Piense en todo lo que ha sucedido después. Y sin embargo, como diría Sabina, aquí estoy, escribiendo de nuevo sobre béisbol.

Nuestro pasatiempo preferido fue concebido como un deporte de paciencia. Es de las pocas disciplinas que se manejan en un horario de camionero nocturno. Se llega a casa cuando la mayoría de la población está durmiendo y la jornada laboral empieza cuando el resto de mortales deja la oficina.

Y es ingrato. Si ven a un pelotero con una cerveza le dicen borracho. Cuando cuelgan el uniforme sobre la medianoche y cenan a la una o dos de la mañana. En ese contexto, no es una irresponsabilidad, es una necesidad.

Hace unas semanas el mundo del béisbol miraba con sorpresa lo que sucedía en el River Plate – Boca. Hoy es al contrario. “¿Por qué conducían a esa hora?”; “seguro estaban drogados”; “¿por qué no iban en el autobús?, A lo mejor estaban en una vaina”. Ya Willy Mckey lo definió muy bien, es “la pulsión por deshacer el pasado”.

Un amigo que trabaja en la liga me cuenta que el cheque con los dólares le “cayó ayer” a los equipos. Millón y medio dólares por franquicia. Leo una declaración del presidente de la Liga que apunta al árbol: “Si iban en el autobús no pasaba”.  Otro pana de sucesos me asegura que los rateritos que pusieron la piedra en el camino y que generó el volcamiento “no vivirán para contarlo”. Y espero por el anuncio del gobierno. El enésimo plan de seguridad. Termino borracho de ideas.

Hace poco leí dos crónicas que me pusieron la piel de gallina. Una sucedió en el estacionamiento del Centro Comercial San Ignacio: “Soy Paula, tengo 22 años. Me asesinó un tipo y no sé por qué”. El título de Paula Díaz es solo la introducción al infierno.

El segundo es de Luisa Salomón. “Mi secuestro” se llama. Y se acerca a lo que podría haberles pasado a José Castillo y Luis Valbuena si hubieran quedado vivos. Me pusieron la piel de gallina porque además de graficar nuestro presente, los relatos me devolvieron al pasado: tres secuestros, dos tiroteos (uno de ellos me obligó a tirar a mi hijo al suelo) e infinidad de enfrentamientos violentos sinsentido en cualquier calle, bar o Metro.

Es probable que, como me dice mi amigo de sucesos, a los culpables de los asesinatos de Castillo y Valbuena les den “chuleta”. Poco nos interesarán sus historias. Por qué hicieron lo que hicieron. Tal vez eran fanáticos de béisbol, capaz alguna vez vieron un jonrón de “El Hacha”. Los que sorteen la muerte, terminarán en la cárcel, como el asesino de Polidor.

El 26 de julio nos enteramos que Hernán Gregorio López Ortúñez, mejor conocido como Hernancito, existía. Fue “abatido”, el eufemismo que tanto gusta en las redacciones oficiales. Realmente nunca paró después de asesinar al jugador de los Tiburones de La Guaira. La cárcel fue una breve parada.

Y desde la cárcel, con apenas 19 años, Gerardo Contreras Álvarez dice: “Yo no la maté porque quise, sino que yo disparé y casualmente la bala la agarró a ella; no me arrepiento”. La confesión se la hizo a María Isoliett Iglesias y Deivis Ramírez, los autores del libro “Capítulo final: el homicidio de Mónica Spears”.

Al menos las familias de Polidor y Spears conocen a los responsables de sus desgracias. No es el caso de la familia del periodista Jhonny González, con quien tuve el placer de compartir en varias redacciones. Su crimen sigue impune a pesar de que puertas adentro todo el mundo sabe lo que pasó.

Ojalá los familiares de Castillo y Valbuena no tengan que pasar por el calvario que transita la familia González. Porque a eso se ha reducido el consuelo en un país sin prevención y justicia, a conocer el rostro, los nombres y los apellidos de los criminales.


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