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Béisbol

Nuestro juego

por Mari Montes

Fotografía de Rob Carr | Getty Images North America | AFP

03/11/2019
«Nuestro juego … el juego de los Estados Unidos de América; tiene el ambiente de ir y venir de la atmósfera estadounidense; pertenece tanto a nuestras instituciones, encaja en ellas tan significativamente como las leyes de nuestra Constitución; es muy importante en la suma total de nuestra vida histórica «.
Walt Whitman

Fue la primera vez desde 1924 que Washington, la capital de los Estados Unidos de America, gana un título de Serie Mundial. No era escenario de un Clásico de Otoño desde 1933, cuando los Senadores de Washington enfrentaron a los Gigantes de Nueva York, y perdieron. Aquella franquicia creada en 1901 desapareció en 1960. Para ver béisbol, los aficionados que viven en DC debían manejar poco menos de una hora para ver a los Orioles de Baltimore. En 2005, los Expos de Montreal se mudaron y se convirtieron en Nacionales.

Washington es una ciudad llena de historia, el centro del gobierno, ordenada y amable.

Su estadio es el Nationals Park, una edificación que combina modernidad y estilo clásico, sin techo, con grama natural y obras de arte y fotografías magníficas que recuerdan la historia de los Senadores, estrellas de las Ligas Negras y las figuras de ahora. Más de ciento veinte mil personas se congregaron ahí en los tres juegos que disputaron los Astros y los Nats. Curiosamente, como se ha dicho, los fanáticos que hoy celebran su primer campeonato no pueden decir que los vieron ganar, pero se divirtieron, animaron, cantaron y nunca perdieron la alegría, parecía que para ellos era mucho haber llegado tan lejos: ser los campeones de la Liga Nacional. Disfrutaron un mundo.

La mayoría del público que asiste es estadounidense, blancos, afroamericanos y de ascendencia indígena, y también latinoamericanos, en especial de países caribeños. Toda esa diversidad se cruzaba por los amplios pasillos que forman los anillos donde se puede comer de todo: perros calientes tradicionales en combo con un refresco, pretzels, tacos, hamburguesas, costillas, roles de langosta, sándwiches de carne de res o puerco y, claro, snacks como maní y cotufas dulces, conocidas como “Cacker Jack”. Además de bares y tiendas con toda la mercancía oficial del equipo.

El otro escenario fue la “Ciudad Espacial”, cuyo nombre fue la primera palabra que se pronunció en la superficie de la Luna el 20 de julio de 1969: Houston.

Houston es una ciudad enorme. Una ciudad de contrastes, tejana, de pasado campesino hasta que apareció el petróleo. Con edificaciones modernísimas, famosa por sus servicios de salud y porque desde ahí la NASA controla las naves que están en órbita por la Vía Láctea.

La diversidad étnica y de nacionalidades es mucho más acentuada que en la capital. Además de los blancos e indígenas tejanos, abundan pobladores de origen mexicano o estadounidenses con ascendencia azteca, recientemente una buena cantidad de venezolanos, centroamericanos, colombianos, cubanos y boricuas. A cada rato y en todas partes se habla español.

Ahí está el Minute Maid Park, con arquitectura tradicional de un estadio de pelota, de techo retráctil que permite jugar sobre grama natural y al aire libre, a diferencia de su antecesor, el Astrodome, completamente cerrado y de césped artificial, recordado como “La Octava Maravilla del Mundo”.

El Minute Maid fue construido en 2000, antes se llamó Enron Field y Astro Field, previo al acuerdo con la compañía de bebidas que opera en Houston desde 1967. Alberga más de 40 mil fanáticos que disfrutan del béisbol desde 1964. Entre sus atractivos está un tren que se activa cuando los jugadores de casa conectan cuadrangular. El tren también identifica a la Union Station, un importante emblema por la influencia que los ferrocarriles tuvieron en Houston, especialmente en los inicios del siglo 20. Transporta naranjas y es parte de la identidad del parque.

Fotografía de Patrick McDermott | Getty Images North America | AFP

Los escenarios de la Serie Mundial 2019 fueron diferentes, pero igual de atractivos. Cada uno con sus detalles y, lo mejor de todo en común, gente feliz disfrutando del juego de pelota. También mucha música: los clásicos del Rock, melodías caribeñas por el sonido interno y en los clubhouses, desde Celia Cruz hasta Pedro Capó con su “Calma”, pasando por los Fabulosos Cadillacs y Juan Luis Guerra.

Comencé con esa reflexión del escritor, poeta y periodista Walt Whitman porque me pareció que esta Serie Mundial se ajustó perfectamente a eso que él describe. Fue como este país inmenso que se ha edificado desde los pobladores originarios, la inmigración del Viejo Mundo y África, los mexicanos, los latinoamericanos y los caribeños. Fue la síntesis de eso.

Los dos equipos que se enfrentaron están conformados igual: estadounidenses como Ryan Zimmerman, Justin Verlander, Alex Bregman, Max Scherzer, Stephen Strasburg, Gerrit Cole, Zack Greinke, Adam Eaton, Sean Doolittle, Patrick Corbin, Trea Turner, Anthony Rendón; afroamericanos como Howie Kendrick, Michael Taylor, Michael Brantley; los mexicanos José Urquidy y Roberto Osuna; los cubanos Yuly Gurriel y Yordan Álvarez; el brasileño Yam Gomes; el hawaiano de origen japonés Kurt Suzuki; los venezolanos José Altuve, Robinson Chirinos, Héctor Rondón, el técnico Javier Bracamonte, Gerardo Parra, Asdrúbal Cabrera, Anibal Sánchez, Adrian Sánchez y el coach Henry Blanco; los puertorriqueños representados por Carlos Correa, Martín Maldonado; los dominicanos, destacando Juan Soto y el veterano Fernando Rodney, para solo citar al más joven y al de mayor edad; y todos quienes no mencionamos para no extendernos o porque no estaban en roster aunque participaron al menos en un juego durante la temporada.

Para coronar esa diversidad, el manager campeón es Dave Martínez, un hombre nacido en New Jersey, hijo de boricuas que está muy orgulloso de su abolengo caribeño, de su origen latino.

Después de todo, el béisbol es un hijo de inmigrantes también. La tregua en medio de la guerra. No es casualidad que la primera vez que se escuchó como canción «The star spangled banner» fue el 15 de mayo de 1862, en el Union Grounds de Brooklyn, New York, en un juego de béisbol que incluía un concierto. Tampoco es casualidad que se haya entonado en la Serie Mundial antes de iniciar cada juego en 1918, cuando transcurría la Primera Guerra Mundial y fue interpretada por Fred Thomas, un oficial de la Armada. El congreso decretó la canción patriótica como himno de esta gran nación, el 3 de marzo de 1930.

El béisbol es un espacio de convivencia desde que Jackie Robinson derribó la barrera racial y la gigante figura de Roberto Clemente insistió en enaltecer el gentilicio latinoamericano. Esta Serie Mundial ratificó eso.

En el béisbol, como decía Lou Gehrig: “No hay lugar para la discriminación. Es nuestro pasatiempo nacional y un juego para todos”.

Recordé parte del monólogo de Terence Mann, el personaje que interpreta James Earl Jones en el clásico del cine, Campo de Sueños: “Lo único constante a través de los años, ha sido el béisbol. América ha marchado como un ejército, como una aplanadora, ha sido borrada como un pizarrón, reconstruida y borrada otra vez. Pero el béisbol ha marcado el tiempo, este campo, este juego, es parte de nuestro pasado, nos recuerda lo que alguna vez fue bueno y puede volver a serlo. La gente vendrá, la gente definitivamente vendrá”.


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