Economía

No permitamos que la geopolítica mate a la economía mundial

Joe Biden en la reunión con líderes empresariales y laborales en el South Court Auditorium de la Casa Blanca en Washington, DC. Fotografía de Brendan Smialowski | AFP.

18/11/2022

CAMBRIDGE – En el vigésimo Congreso Nacional del Partido Comunista Chino el mes pasado, el régimen unipersonal del país bajo el mando de Xi Jinping se afianzó profundamente. Aunque la China comunista nunca ha sido una democracia, sus líderes post-Mao siempre estuvieron atentos a las opiniones que circulaban, les prestaron atención a las voces provenientes de abajo y así pudieron revertir políticas fallidas antes de que se volvieran desastrosas. La centralización del poder de Xi representa una estrategia diferente y esto no es un buen augurio para cómo el país decida frente a sus crecientes problemas -el deterioro económico, las costosas políticas de COVID cero, la cantidad cada vez mayor de abusos de los derechos humanos y la represión política. 

El presidente norteamericano, Joe Biden, ha agravado significativamente estos desafíos al lanzar lo que Edward Luce del Financial Times ha calificado correctamente como “una guerra económica declarada a China”. Justo antes del Congreso del Partido, Estados Unidos anunció un gran conjunto de nuevas restricciones a la venta de tecnologías avanzadas a empresas chinas. Como observa Luce, Biden ha ido mucho más allá que su antecesor, Donald Trump, quien había apuntado contra compañías individuales como Huawei. Las nuevas medidas son descomunalmente ambiciosas y apuntan nada menos que a impedir el ascenso de China como una potencia de alta tecnología. 

Estados Unidos ya controla algunos de los nodos más críticos de la cadena de suministro global de semiconductores, incluyendo “puntos de control” como la investigación y el diseño de chips avanzados. Como señala Gregory C. Allen del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, las nuevas medidas conllevan “un grado sin precedentes de intervención gubernamental estadounidense no sólo para preservar la supervisión de los puntos de control sino también para iniciar una nueva política norteamericana destinada a estrangular activamente a grandes segmentos de la industria tecnológica china -estrangular con intenciones de matar”.

Como explica Allen, la estrategia de Biden tiene cuatro partes interrelacionadas que apuntan a todos los niveles de la cadena de suministro. Los objetivos son lograr que la industria de inteligencia artificial china no tenga acceso a chips de alta calidad; impedir que China diseñe y produzca chips de IA en el país restringiendo el acceso a software de diseño de chips norteamericano y a equipamientos de fabricación de semiconductores construidos en Estados Unidos; y bloquear la producción china de sus propios equipos de fabricación de semiconductores impidiendo los suministros de componentes estadounidenses. 

La estrategia está motivada por la visión de la administración Biden, que cuenta con un amplio consenso bipartidario, de que China plantea una amenaza importante para Estados Unidos. ¿Pero una amenaza a qué? Así lo expresa Biden en el prefacio de su Estrategia de Seguridad Nacional divulgada recientemente: “La República Popular China tiene la intención y, cada vez más, la capacidad de reformular el orden internacional a favor de un orden que incline el campo de juego global en beneficio propio”. 

Entonces, para que no queden dudas, China es una amenaza no porque socava los intereses de seguridad fundamentales de Estados Unidos, sino porque querrá influir en las reglas del orden político y económico global en tanto se vuelva más rica y más poderosa. Mientras tanto, “Estados Unidos sigue decidido a manejar la competencia entre nuestros países de manera responsable”, lo que realmente significa que Estados Unidos quiere seguir siendo la fuerza indiscutida que traza las reglas globales en materia de tecnología, ciberseguridad, comercio y economía. 

Al responder de esta manera, la administración Biden está redoblando la apuesta sobre la supremacía de Estados Unidos en lugar de adaptarse a las realidades de un mundo que ha dejado de ser unipolar. Como dejan en claro los nuevos controles de exportaciones, Estados Unidos ya no hace ninguna distinción entre las tecnologías que ayudan directamente al ejército chino (y, por lo tanto, que podrían plantear una amenaza a los aliados estadounidenses) y las tecnologías comerciales (que podrían generar beneficios económicos no sólo para China sino también para otros, entre ellos empresas norteamericanas). Vale decir que han triunfado quienes sostienen que es imposible separar las aplicaciones militares de las comerciales.

Estados Unidos ahora ha cruzado una línea. Una estrategia generalista como ésta de por sí plantea peligros importantes -aunque se la pueda justificar en parte debido a la naturaleza entrelazada de los sectores comercial y militar de China-. China, que con razón considera que las nuevas restricciones norteamericanas son una escalada agresiva, encontrará la manera de tomar represalias, aumentando las tensiones y agudizando aún más los temores mutuos. 

Las grandes potencias (y por cierto todos los países) cuidan de sus intereses y protegen su seguridad nacional, tomando contramedidas en contra de otras potencias según sea necesario. Pero como hemos argumentado con Stephen M. Walt, un orden mundial seguro, próspero y estable requiere que estas respuestas estén bien calibradas. Eso significa que deben estar claramente vinculadas al daño infligido por las políticas de una de las partes y destinadas exclusivamente a mitigar los efectos negativos de esas políticas. Las respuestas no deberían cumplir el propósito expreso de castigar a la otra parte o debilitarla en el largo plazo. Los controles de las exportaciones de Biden a los productos de alta tecnología no pasan esta prueba.

La nueva estrategia de Estados Unidos hacia China también crea otros puntos ciegos. La Estrategia de Seguridad Nacional enfatiza los «desafíos compartidos”, como el cambio climático y la salud pública global, donde la cooperación con China será crítica. Pero no reconoce que llevar adelante una guerra económica contra China mina la confianza y las perspectivas de cooperación en esas otras áreas. También distorsiona la agenda económica doméstica al priorizar el objetivo de superar a China por sobre otros objetivos más encomiables. Invertir en cadenas de suministro de semiconductores que requieren de una alta dosis de capital y de capacidades -en las que se concentra actualmente la política industrial de Estados Unidos- es la manera más costosa de crear buenos empleos en la economía estadounidense para quienes más los necesitan. 

Sin duda, el gobierno chino no es una víctima inocente. China se ha vuelto cada vez más agresiva a la hora de proteger su poder económico y militar, aunque sus acciones han estado esencialmente confinadas a su propio vecindario. A pesar de garantías previas, China ha militarizado algunas de las islas artificiales que construyó en el Mar de la China Meridional. Impuso sanciones económicas a Australia cuando ese país exigió una investigación de los orígenes del COVID-19. Y sus violaciones de los derechos humanos en el país ciertamente merecen la condena de los países democráticos. 

El problema de la híper-globalización fue que permitimos que los grandes bancos y las corporaciones internacionales redactaran las reglas de la economía mundial. Es bueno que ahora estemos abandonando esa estrategia, dado lo perjudicial que fue para nuestro tejido social. Tenemos la oportunidad de desarrollar una mejor globalización. Desafortunadamente, las grandes potencias parecen haber elegido un camino diferente, e inclusive peor. Hoy les están entregando las llaves de la economía global a sus establishments de seguridad nacional, poniendo en peligro la paz y la prosperidad global. 

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Dani Rodrik, profesor de Economía Política Internacional en la Escuela Kennedy de Harvard, es presidente de la Asociación Económica Internacional y autor de Straight Talk on Trade: Ideas for a Sane World Economy (Princeton University Press, 2017).

Copyright: Project Syndicate, 2022.
www.project-syndicate.org


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