Literatura

Marcucho y el culto a la imagen en Venezuela

por Juan Pablo Gómez Cova

09/03/2019

Narciso (1594-1596), de Caravaggio

Leyendo La salvación de lo bello del filósofo trending surcoreano Byung-Chul Han me encuentro con la frase: “Hoy, lo bello mismo resulta satinado cuando se le quita toda negatividad, toda forma de conmoción y vulneración. Lo bello se agota en el «me gusta»”, pienso en el terrible hecho de que sea necesario en nuestro tiempo explicar estas cosas; que haya que recordar que el arte contiene algo oscuro, difuso e innombrable que es lo que realmente nos sacude y nos produce conmoción. La grandeza de obras como Macbeth o La muerte en Venecia reside, entre muchas otras cosas, en la constatación del poder destructivo de la belleza. Fair is foul and foul is fair viene a ser casi un principio estético. Aunque Odiseo sabe que sería estúpido y nefasto aspirar a casarse con Helena y trata de hacerse el loco cuando van a buscarlo para que se una a la expedición contra Troya, sabe también que vivir en un mundo sin la carga opresiva de la belleza sería aún más estúpido y nefasto. Macbeth, por su parte, labra su propia destrucción con un sentido de la estética tan sublime que nos arrastra hacia una nueva sublimación del dolor que escenifica la lucha contra el destino incluso después de que se ha revelado en hechos. Y Aschenbach, allá en Venecia, comprueba en su carne que la sólida naturaleza racional se diluye en los espasmos insoportables de la contemplación como pathos. La belleza no se disfruta, se padece. O se disfruta precisamente porque contiene en sí la potencialidad destructiva.

Recordé también el más célebre de los Otros fantoches de Leoncio Martínez titulado “Marcucho, el modelo”. Ignoro si ese cuento deba su relativa fama a su incorporación por parte de Guillermo Meneses en su conocida antología del cuento venezolano o si ya en las postrimerías del gomecismo logró algo de repercusión. No sé por qué en este tiempo de saturaciones de likes, influencers, tuiteros, yotubers, y celebrities de la nada afanados por el incontenible y absurdo deseo de notoriedad me da por leer a Leoncio Martínez. El hecho es que, como sospechaba, la relectura de ese relato me produce un extraño asombro. Un muchacho llamado Marcucho se dedica a posar como modelo en las escuelas y academias de arte. Su anatomía prodiga una belleza especialmente fecunda para los estudiantes de pintura, aunque “a primera vista confundíase con un mandadero cualquiera, con un individuo sin relieve ni importancia”. La belleza del joven se hace notable cuando se incorpora desnudo al pedestal de modelo en el centro del aula. La atención minuciosa de los aprendices de pintura es lo que descubre a este “elemento primordial de belleza”. Una vez en tarima, adquiere “proporciones inconmensurables”. El narrador, que no tiene ni una pizca de ingenuo, separa dos realidades. En una, este muchacho de color “ambarino del indio ancestral” y “sin relieve ni importancia” pasa a convertirse por medio del modelaje y la desnudez en un prodigio de belleza, que lo eleva de su condición “vulgar” a una “simbólica serenidad de sacerdocio y de mando”. En otra, la belleza pasa de largo por los asuntos mundanos y sobrecarga con fuerza a un individuo que no está dotado para contenerla.

El narrador describe con detenimiento las poses y posturas de Marcucho y su satisfacción especial (casi vocacional) al ejercer ese papel con tan buen oficio. ¿Qué se espera de un modelo? Que se convierta en objeto. Para ser apreciado, admirado, evocado, estudiado, analizado, recreado. El narrador se recrea en lo visual como forma irónica sublime. Los pensamientos de Marcucho discurren en la nada, puesto que su función como objeto ha sido asimilada e internalizada a tal punto que su interioridad se ha vaciado: “parecía reflexionar o idiotizarse en la monotonía de su trabajo al igual que un burro de noria”. Pero, ¿qué es de la vida personal de Marcucho? Allí el narrador va elaborando una gruesa elipsis que va de la mano con la ironía. A nadie le importa la vida de Marcucho y ya ni siquiera a él mismo. El punto de vista narrativo es distante y ajeno al personaje, de quien se va esbozando una línea vital trágica a la cual parecía predestinado. Marcucho se ha convertido en marco de su propia existencia y, empujado un poco por las circunstancias, ha renunciado a ser sujeto activo. Pero el marco además va acompañado del sufijo peyorativo que le resta aún más importancia: Marcucho. Con el tiempo, se fue entregando a la bebida y un día llegó la noticia a la Escuela de Pintura de la muerte del modelo predilecto. Como nadie ha reclamado el cadáver, terminó “encallado en la mesa del anfiteteatro” de la Escuela de Medicina. Marcucho, muerto, seguirá ejerciendo el mismo oficio: ser objeto. Después de las respectivas lecciones de anatomía y de desgajar sus carnes, órganos y articulaciones, terminará en una estantería como bello esqueleto en el aula universitaria, en “su última pose, predestinado a servir hasta más allá de la muerte para el estudio de la belleza y el dolor”.

La paradoja está en que el proceso de autodestrucción de Marcucho es casi anémico y aburrido. Su belleza inconmensurable contrasta con su inerte forma de disolverse en la nada. Su vida no ofrece un arco de formas nítidas, sino una brumosa frontera con el vacío. Marcucho ha dejado de existir desde muchísimo tiempo antes de morir, y la palabra “tragedia” parece quedarle grande a quien se ha entregado al placer cada vez más extendido de la autocontemplación. Y a nadie le ha importado. La sociedad de Marcucho no ha tenido reparos en objetivarlo de forma interesada y sin ofrecerle siquiera herramientas básicas de estimación propia. Tal vez el ser humano está muy cerca siempre del sinsentido y es un trabajo constante y arduo mantenerse siempre a flote a base de estímulos personales y colectivos. Marcucho no adquiere ni siquiera la sensibilidad para apreciar de forma artística las propias imágenes plásticas de sí mismo que sirvan para descubrir los matices, las apreciaciones, las subjetividades. Su vida se ha convertido en sólo cuerpo, y su cuerpo ha sido explotado al máximo (incluso como cadáver) por los demás. No hay diferencias entre vida y muerte, entre contenido y forma, entre ser y parecer. Su existencia no contiene ámbitos, facetas, mundos, sino que entra en la planicie del modelaje como fondo. No hay más allá, ni más acá tampoco. El narrador del relato, hábilmente, se denuncia también a sí mismo como contemplador aséptico de la vida y muerte de Marcucho, sumiéndonos en esta dolorosa paradoja de la belleza.

Como Marcucho no sabe qué ni quién es, opta por prescindir en sí mismo del mundo y, como han hecho durante años los estudiantes de pintura que lo retratan, no sabe hacer otra cosa que apreciarse y contemplarse a sí mismo. De hecho, las paredes de “su pieza” eran un “museo unipersonal de sí mismo”. La elipsis en torno a su vida privada queda reducida a esa frase que parece más que suficiente para imaginar el resto, “pulpa de anonimia, corazón sin amores inmediatos, balza a la deriva”. Ni siquiera puede decirse que su vida se extingue, porque este verbo “extinguirse” no corresponde con esa inocua forma de estar en este mundo “posando”. Uno de los alumnos de pintura que lo retrató exclamó una vez: “Caray, Marcucho sí que tiene la piedra de zamuro para las mujeres. ¡Dios como que le echó la bendición con la zurda!”. La frase graciosa, dicha sin ironía y que además le arranca una sonrisa de autocomplacencia a Marcucho, queda fijada como una maldición. La literatura siempre descubre los trazos irónicos de la vida. Coloquialmente solemos decir que “la belleza duele”, refiriéndonos un poco al esfuerzo que implica mantener una buena presencia y un buen físico, pero la frase en realidad debe extenderse en un sentido más amplio: la belleza duele porque tiene unas implicaciones terriblemente opresivas para todo sujeto realmente vivo.

Que este cuento haya sido escrito por un extraordinario humorista gráfico en la Venezuela gomecista nos da una idea de la relevancia que podía tener entonces un excesivo culto a la imagen en nuestro país. La imagen no sólo entendida como simple “apariencia” acompañada de la connotación de frivolidad, sino la imagen como revelación religiosa o mistérica y también como forma perceptible de lo bello (bueno y verdadero, diría Platón). Mientras menos se comprenda el poder y la naturaleza de la imagen en este sentido, más vulnerable se es a su poder destructivo o alienante. La belleza satinada es tan inocua que deja de ser belleza. Como casi todo lo que vale la pena en esta vida, la belleza debe tomarse con respeto, justamente como forma de reconocer su fortaleza subyugante. Imagino un país donde las escuelas de modelaje dedican una primera sesión especial a los aspirantes en la que lean, por ejemplo, un cuento como “Marcucho, el modelo” y entablen un debate abierto al respecto. Pero, bueno, la literatura nunca ha sido escuchada seriamente y quién sabe si de eso dependa que siga existiendo.


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